Deber cumplido - Manuel Moledo

Olga Masià
Escucha la banda sonora mientras lees ->


Nuevo Tema Acto 2: "Marlín"








—¿Que si fue puta la cosa? Imagínate. Toda la manada peregrinando para ver al puto japo ese, ¿sabes? Joder, como si no hubiera bastantes españoles que supieran pinchar; aquí siempre como borregos a lo que esté de moda, y solo vale lo de fuera. El caso es que aquello ya estaba petado, macho, pero petado de verdad, una burrada de gente. Y luego aún llegaron los que se colaron de fuera.

«Y no teníamos órdenes, joder, no para eso. Nos habían dicho lo típico, que no se suban a las barras, que no lleven armas, no le partáis la crisma a nadie que va a haber mucho niño bien. Gilipolleces.

Así que cuando vimos aquella marea humana que empezaba a colapsarse, nos quedamos sin saber qué hacer, como imbéciles. Intentamos pastorear al rebaño a gritos y empujones para que no siguieran entrando en aquella puta ratonera. También cerramos con vallas algunos accesos, pero era tarde. Se cagó del todo cuando la gente olió a pólvora. ¿Que clase de deficiente tira una bengala en medio de un gentío? Entonces se volvió el sálvese quien pueda, pero aquello ya antes era como un río.

El caso que de pronto llegó un tipo y puso orden. Se identificó como policía. Joder. En mi puta vida pensé que me iba a alegrar de ver a uno de la secreta. Así que como era lo más parecido a un líder, obedecimos.

Nos pusimos arrancar a todos esos críos de la masa de carne como pudimos, tirando de ellos, primero de los que estaban abajo. Si a uno le pagan ha de cumplir con su deber, ¿no? Aunque hubo gente que lo hizo de gratis. Con dos cojones, porque hacía falta sangre fría para meterse en esa marea en vez de salir por pies. Joder, yo no soy un marica, bien lo sabes, pero espero no volver a ver nada así en la vida.

Había uno, ¿sabes? Un emo de estos, con el pelo a lo Justin Bieber. El típico tirillas que si tú o yo le damos una hostia, le quitamos el vampirismo forever. Anda que no le he zurrado solo por gusto a mamones como ese.

El tipo estaba clavando los dos codos y la cabeza contra una pared, donde más empujaban, parecía un jugador de rugby en la melé. Gritaba de dolor, y no me extraña, porque lo machacaban de lo lindo. Pero allí seguía, como una roca mientras sube la marea. Tenía los codos destrozados y la frente sangrante cuando conseguimos liberarlo, y estaba tan asfixiado y apaleado que Buldog lo sacó cargándolo en el hombro.

Bajo él había dos niñas abrazadas. Por eso estaba ahí arqueando la espalda como un gato cabreado y clavando los codos, para no caer encima de ellas y aplastarlas. Yo no sé ni cómo lo hizo tío; aquello no fue cuestión de fuerza, porque no hay fuerza humana que aguante eso, fue un puto milagro.

Pensé que serían sus amigas o hermanas o algo. Pero al separase, una de las chavalas le dijo: «Gracias, chico».

No las conocía de nada. Lo hizo porque alguien tenía que hacerlo.

Y casos como este que te digo, docenas. Chicos protegiendo a niñas para que no cayeran. Chavalas que abultaban menos que mi brazo tirando como locas de sus amigas para sacarlas fuera. Gente que se ayudaba a derribar a una puerta a golpes de hombro para hacer sitio. Algunos se veía que habían estudiado medicina o socorrismo algo, y ahí en el suelo a ayudar mientras otros hacían sitio».

Pantera le dio un trago a la birra para remojarse la garganta. No quedaba nada por decir, salvo una cosa.

—Que no te engañen, tío. Este asunto lo jodió el puto querer ahorrar en seguridad, como siempre.

—Joder macho. Me alegro de que no me tocara guardia esa vez, de verdad. ¿No vienes a entrenar hoy entonces? Casi es hora.

—Paso tío. Mañana.

Tan pronto Bola Ocho dejó el local, el Pantera empezó a leer. El sargento le había pasado Rebelión en la granja, de Orwell. Parece ser que el tipo había sido un rojo de cuidado, pero hablando de los comunistas lo clavaba.

En la tele del bareto pasaban las noticias. Algo de una tipa que se había ido a un balneario en un día de luto. Cuando alzó los ojos del libro pudo ver la foto de la implicada, enmarcada por la cabeza de torete colgada a la derecha y la bandera rojigualda a la izquierda.

Y entonces Pantera se cagó hasta en Pilatos.

«Para esto cobran lo que cobran estos hijos de puta. Para irse a que les masajeen los pies cuando hay problemas. Y el resto, a jugarnos el físico por un par de euros la hora».

Para no envenenarse más, bajó la vista al libro y leyó al azar.

El nuevo y único mandamiento decía: Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros.

Recordó al emo y a las chicas. Pensó en su sargento, en el jefe, y en la puta mierda que era su vida. En los guarros, en la raza y la puta madre que los parió a todos.

Luego se levantó y dejó el local para no volver nunca más.
Olga Masià
Escucha la banda sonora mientras lees ->


Nuevo Tema Acto 2: "Marlín"








—¿Que si fue puta la cosa? Imagínate. Toda la manada peregrinando para ver al puto japo ese, ¿sabes? Joder, como si no hubiera bastantes españoles que supieran pinchar; aquí siempre como borregos a lo que esté de moda, y solo vale lo de fuera. El caso es que aquello ya estaba petado, macho, pero petado de verdad, una burrada de gente. Y luego aún llegaron los que se colaron de fuera.

«Y no teníamos órdenes, joder, no para eso. Nos habían dicho lo típico, que no se suban a las barras, que no lleven armas, no le partáis la crisma a nadie que va a haber mucho niño bien. Gilipolleces.

Así que cuando vimos aquella marea humana que empezaba a colapsarse, nos quedamos sin saber qué hacer, como imbéciles. Intentamos pastorear al rebaño a gritos y empujones para que no siguieran entrando en aquella puta ratonera. También cerramos con vallas algunos accesos, pero era tarde. Se cagó del todo cuando la gente olió a pólvora. ¿Que clase de deficiente tira una bengala en medio de un gentío? Entonces se volvió el sálvese quien pueda, pero aquello ya antes era como un río.

El caso que de pronto llegó un tipo y puso orden. Se identificó como policía. Joder. En mi puta vida pensé que me iba a alegrar de ver a uno de la secreta. Así que como era lo más parecido a un líder, obedecimos.

Nos pusimos arrancar a todos esos críos de la masa de carne como pudimos, tirando de ellos, primero de los que estaban abajo. Si a uno le pagan ha de cumplir con su deber, ¿no? Aunque hubo gente que lo hizo de gratis. Con dos cojones, porque hacía falta sangre fría para meterse en esa marea en vez de salir por pies. Joder, yo no soy un marica, bien lo sabes, pero espero no volver a ver nada así en la vida.

Había uno, ¿sabes? Un emo de estos, con el pelo a lo Justin Bieber. El típico tirillas que si tú o yo le damos una hostia, le quitamos el vampirismo forever. Anda que no le he zurrado solo por gusto a mamones como ese.

El tipo estaba clavando los dos codos y la cabeza contra una pared, donde más empujaban, parecía un jugador de rugby en la melé. Gritaba de dolor, y no me extraña, porque lo machacaban de lo lindo. Pero allí seguía, como una roca mientras sube la marea. Tenía los codos destrozados y la frente sangrante cuando conseguimos liberarlo, y estaba tan asfixiado y apaleado que Buldog lo sacó cargándolo en el hombro.

Bajo él había dos niñas abrazadas. Por eso estaba ahí arqueando la espalda como un gato cabreado y clavando los codos, para no caer encima de ellas y aplastarlas. Yo no sé ni cómo lo hizo tío; aquello no fue cuestión de fuerza, porque no hay fuerza humana que aguante eso, fue un puto milagro.

Pensé que serían sus amigas o hermanas o algo. Pero al separase, una de las chavalas le dijo: «Gracias, chico».

No las conocía de nada. Lo hizo porque alguien tenía que hacerlo.

Y casos como este que te digo, docenas. Chicos protegiendo a niñas para que no cayeran. Chavalas que abultaban menos que mi brazo tirando como locas de sus amigas para sacarlas fuera. Gente que se ayudaba a derribar a una puerta a golpes de hombro para hacer sitio. Algunos se veía que habían estudiado medicina o socorrismo algo, y ahí en el suelo a ayudar mientras otros hacían sitio».

Pantera le dio un trago a la birra para remojarse la garganta. No quedaba nada por decir, salvo una cosa.

—Que no te engañen, tío. Este asunto lo jodió el puto querer ahorrar en seguridad, como siempre.

—Joder macho. Me alegro de que no me tocara guardia esa vez, de verdad. ¿No vienes a entrenar hoy entonces? Casi es hora.

—Paso tío. Mañana.

Tan pronto Bola Ocho dejó el local, el Pantera empezó a leer. El sargento le había pasado Rebelión en la granja, de Orwell. Parece ser que el tipo había sido un rojo de cuidado, pero hablando de los comunistas lo clavaba.

En la tele del bareto pasaban las noticias. Algo de una tipa que se había ido a un balneario en un día de luto. Cuando alzó los ojos del libro pudo ver la foto de la implicada, enmarcada por la cabeza de torete colgada a la derecha y la bandera rojigualda a la izquierda.

Y entonces Pantera se cagó hasta en Pilatos.

«Para esto cobran lo que cobran estos hijos de puta. Para irse a que les masajeen los pies cuando hay problemas. Y el resto, a jugarnos el físico por un par de euros la hora».

Para no envenenarse más, bajó la vista al libro y leyó al azar.

El nuevo y único mandamiento decía: Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros.

Recordó al emo y a las chicas. Pensó en su sargento, en el jefe, y en la puta mierda que era su vida. En los guarros, en la raza y la puta madre que los parió a todos.

Luego se levantó y dejó el local para no volver nunca más.
Olga Masià
Escucha la banda sonora mientras lees ->


Nuevo Tema Acto 2: "Marlín"








—¿Que si fue puta la cosa? Imagínate. Toda la manada peregrinando para ver al puto japo ese, ¿sabes? Joder, como si no hubiera bastantes españoles que supieran pinchar; aquí siempre como borregos a lo que esté de moda, y solo vale lo de fuera. El caso es que aquello ya estaba petado, macho, pero petado de verdad, una burrada de gente. Y luego aún llegaron los que se colaron de fuera.

«Y no teníamos órdenes, joder, no para eso. Nos habían dicho lo típico, que no se suban a las barras, que no lleven armas, no le partáis la crisma a nadie que va a haber mucho niño bien. Gilipolleces.

Así que cuando vimos aquella marea humana que empezaba a colapsarse, nos quedamos sin saber qué hacer, como imbéciles. Intentamos pastorear al rebaño a gritos y empujones para que no siguieran entrando en aquella puta ratonera. También cerramos con vallas algunos accesos, pero era tarde. Se cagó del todo cuando la gente olió a pólvora. ¿Que clase de deficiente tira una bengala en medio de un gentío? Entonces se volvió el sálvese quien pueda, pero aquello ya antes era como un río.

El caso que de pronto llegó un tipo y puso orden. Se identificó como policía. Joder. En mi puta vida pensé que me iba a alegrar de ver a uno de la secreta. Así que como era lo más parecido a un líder, obedecimos.

Nos pusimos arrancar a todos esos críos de la masa de carne como pudimos, tirando de ellos, primero de los que estaban abajo. Si a uno le pagan ha de cumplir con su deber, ¿no? Aunque hubo gente que lo hizo de gratis. Con dos cojones, porque hacía falta sangre fría para meterse en esa marea en vez de salir por pies. Joder, yo no soy un marica, bien lo sabes, pero espero no volver a ver nada así en la vida.

Había uno, ¿sabes? Un emo de estos, con el pelo a lo Justin Bieber. El típico tirillas que si tú o yo le damos una hostia, le quitamos el vampirismo forever. Anda que no le he zurrado solo por gusto a mamones como ese.

El tipo estaba clavando los dos codos y la cabeza contra una pared, donde más empujaban, parecía un jugador de rugby en la melé. Gritaba de dolor, y no me extraña, porque lo machacaban de lo lindo. Pero allí seguía, como una roca mientras sube la marea. Tenía los codos destrozados y la frente sangrante cuando conseguimos liberarlo, y estaba tan asfixiado y apaleado que Buldog lo sacó cargándolo en el hombro.

Bajo él había dos niñas abrazadas. Por eso estaba ahí arqueando la espalda como un gato cabreado y clavando los codos, para no caer encima de ellas y aplastarlas. Yo no sé ni cómo lo hizo tío; aquello no fue cuestión de fuerza, porque no hay fuerza humana que aguante eso, fue un puto milagro.

Pensé que serían sus amigas o hermanas o algo. Pero al separase, una de las chavalas le dijo: «Gracias, chico».

No las conocía de nada. Lo hizo porque alguien tenía que hacerlo.

Y casos como este que te digo, docenas. Chicos protegiendo a niñas para que no cayeran. Chavalas que abultaban menos que mi brazo tirando como locas de sus amigas para sacarlas fuera. Gente que se ayudaba a derribar a una puerta a golpes de hombro para hacer sitio. Algunos se veía que habían estudiado medicina o socorrismo algo, y ahí en el suelo a ayudar mientras otros hacían sitio».

Pantera le dio un trago a la birra para remojarse la garganta. No quedaba nada por decir, salvo una cosa.

—Que no te engañen, tío. Este asunto lo jodió el puto querer ahorrar en seguridad, como siempre.

—Joder macho. Me alegro de que no me tocara guardia esa vez, de verdad. ¿No vienes a entrenar hoy entonces? Casi es hora.

—Paso tío. Mañana.

Tan pronto Bola Ocho dejó el local, el Pantera empezó a leer. El sargento le había pasado Rebelión en la granja, de Orwell. Parece ser que el tipo había sido un rojo de cuidado, pero hablando de los comunistas lo clavaba.

En la tele del bareto pasaban las noticias. Algo de una tipa que se había ido a un balneario en un día de luto. Cuando alzó los ojos del libro pudo ver la foto de la implicada, enmarcada por la cabeza de torete colgada a la derecha y la bandera rojigualda a la izquierda.

Y entonces Pantera se cagó hasta en Pilatos.

«Para esto cobran lo que cobran estos hijos de puta. Para irse a que les masajeen los pies cuando hay problemas. Y el resto, a jugarnos el físico por un par de euros la hora».

Para no envenenarse más, bajó la vista al libro y leyó al azar.

El nuevo y único mandamiento decía: Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros.

Recordó al emo y a las chicas. Pensó en su sargento, en el jefe, y en la puta mierda que era su vida. En los guarros, en la raza y la puta madre que los parió a todos.

Luego se levantó y dejó el local para no volver nunca más.
Olga Masià
Escucha la banda sonora mientras lees ->


Nuevo Tema Acto 2: "Marlín"








—¿Que si fue puta la cosa? Imagínate. Toda la manada peregrinando para ver al puto japo ese, ¿sabes? Joder, como si no hubiera bastantes españoles que supieran pinchar; aquí siempre como borregos a lo que esté de moda, y solo vale lo de fuera. El caso es que aquello ya estaba petado, macho, pero petado de verdad, una burrada de gente. Y luego aún llegaron los que se colaron de fuera.

«Y no teníamos órdenes, joder, no para eso. Nos habían dicho lo típico, que no se suban a las barras, que no lleven armas, no le partáis la crisma a nadie que va a haber mucho niño bien. Gilipolleces.

Así que cuando vimos aquella marea humana que empezaba a colapsarse, nos quedamos sin saber qué hacer, como imbéciles. Intentamos pastorear al rebaño a gritos y empujones para que no siguieran entrando en aquella puta ratonera. También cerramos con vallas algunos accesos, pero era tarde. Se cagó del todo cuando la gente olió a pólvora. ¿Que clase de deficiente tira una bengala en medio de un gentío? Entonces se volvió el sálvese quien pueda, pero aquello ya antes era como un río.

El caso que de pronto llegó un tipo y puso orden. Se identificó como policía. Joder. En mi puta vida pensé que me iba a alegrar de ver a uno de la secreta. Así que como era lo más parecido a un líder, obedecimos.

Nos pusimos arrancar a todos esos críos de la masa de carne como pudimos, tirando de ellos, primero de los que estaban abajo. Si a uno le pagan ha de cumplir con su deber, ¿no? Aunque hubo gente que lo hizo de gratis. Con dos cojones, porque hacía falta sangre fría para meterse en esa marea en vez de salir por pies. Joder, yo no soy un marica, bien lo sabes, pero espero no volver a ver nada así en la vida.

Había uno, ¿sabes? Un emo de estos, con el pelo a lo Justin Bieber. El típico tirillas que si tú o yo le damos una hostia, le quitamos el vampirismo forever. Anda que no le he zurrado solo por gusto a mamones como ese.

El tipo estaba clavando los dos codos y la cabeza contra una pared, donde más empujaban, parecía un jugador de rugby en la melé. Gritaba de dolor, y no me extraña, porque lo machacaban de lo lindo. Pero allí seguía, como una roca mientras sube la marea. Tenía los codos destrozados y la frente sangrante cuando conseguimos liberarlo, y estaba tan asfixiado y apaleado que Buldog lo sacó cargándolo en el hombro.

Bajo él había dos niñas abrazadas. Por eso estaba ahí arqueando la espalda como un gato cabreado y clavando los codos, para no caer encima de ellas y aplastarlas. Yo no sé ni cómo lo hizo tío; aquello no fue cuestión de fuerza, porque no hay fuerza humana que aguante eso, fue un puto milagro.

Pensé que serían sus amigas o hermanas o algo. Pero al separase, una de las chavalas le dijo: «Gracias, chico».

No las conocía de nada. Lo hizo porque alguien tenía que hacerlo.

Y casos como este que te digo, docenas. Chicos protegiendo a niñas para que no cayeran. Chavalas que abultaban menos que mi brazo tirando como locas de sus amigas para sacarlas fuera. Gente que se ayudaba a derribar a una puerta a golpes de hombro para hacer sitio. Algunos se veía que habían estudiado medicina o socorrismo algo, y ahí en el suelo a ayudar mientras otros hacían sitio».

Pantera le dio un trago a la birra para remojarse la garganta. No quedaba nada por decir, salvo una cosa.

—Que no te engañen, tío. Este asunto lo jodió el puto querer ahorrar en seguridad, como siempre.

—Joder macho. Me alegro de que no me tocara guardia esa vez, de verdad. ¿No vienes a entrenar hoy entonces? Casi es hora.

—Paso tío. Mañana.

Tan pronto Bola Ocho dejó el local, el Pantera empezó a leer. El sargento le había pasado Rebelión en la granja, de Orwell. Parece ser que el tipo había sido un rojo de cuidado, pero hablando de los comunistas lo clavaba.

En la tele del bareto pasaban las noticias. Algo de una tipa que se había ido a un balneario en un día de luto. Cuando alzó los ojos del libro pudo ver la foto de la implicada, enmarcada por la cabeza de torete colgada a la derecha y la bandera rojigualda a la izquierda.

Y entonces Pantera se cagó hasta en Pilatos.

«Para esto cobran lo que cobran estos hijos de puta. Para irse a que les masajeen los pies cuando hay problemas. Y el resto, a jugarnos el físico por un par de euros la hora».

Para no envenenarse más, bajó la vista al libro y leyó al azar.

El nuevo y único mandamiento decía: Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros.

Recordó al emo y a las chicas. Pensó en su sargento, en el jefe, y en la puta mierda que era su vida. En los guarros, en la raza y la puta madre que los parió a todos.

Luego se levantó y dejó el local para no volver nunca más.

4 comentarios :

  1. Acabo de vivir casi en persona lo sucedido en M. Arena. No has podido contarlo mejor, Manuel, aún se me saltan las lágrimas. Los mejores héroes siempre son los que hacen y no dicen. Felicidades.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Siento oír eso Rosg. Ojalá nadie tuviese que pasar un trance tan difícil. Espero que ya te hayas repuesto y que nunca te vuelva a pasar algo así, y no haberte dañado sin querer trayéndote esos recuerdos, lo cual no estaba por supuesto en mi intención. Nuestra única pretensión es esta semana hacer un homenaje de héroes anónimos de todos los días, y en este tristemente reciente evento los hubo. Quise hacerles este pequeño homenaje, porque creo que están en los corazones de todos, y gracias a ellos no hubo que lamentar más víctimas inocentes. Suficientemente malo fue ya.

      Un afectuoso saludo.

      Eliminar
    2. No, Manu. Afortunadamente no ha sido nada personal, pero sí algo que le ha pasado a una niña de mi familia que ha ido a terminar estudios a Madrid. Menos mal que consiguió salir sin ningún mal, pero el trauma no creo que se le quite nunca y nuestra preocupación cuando lo supimos fue importante.

      Creo que lo que has escrito está hecho desde el respeto y muy bien. No creo que nadie pueda sentirse mal por leerlo, emocionarse sí, pero nada más. Gracias por preocuparte.

      Un abrazo. Zara Rosa

      Eliminar

Otros héroes