Espera un momento - Claudio Cerdán

Olga Masià
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Tema: "Mundo de Héroes"





El origen del más grande de los supervillanos

—Hoy me ha pasado algo muy… absurdo.

La Coñofrío se volvió hacia el Pachino. Ella, cuarentona tirando a gorda, tetas como alforjas, maquillaje corrido mezclado con sudor. Él, cincuentón con dieta de heroinómano, venas y pómulos demasiado marcados, mirada oscura como su piel. Estaban desnudos sobre la cama de aquel sórdido motel. Sonaba una versión de Frank Sinatra cantada por Los Chunguitos.

—¿Absurdo? —preguntó la Coñofrío.

—Sí, joder. Algo… gilipollas, algo imbécil. No sé ni cómo llamarlo.

—Pues no lo llames.

—¿Qué?

—Que no lo llames de ninguna manera.

El Pachino realmente sí sabía cómo llamarlo. Todo tenía un nombre, y si no se le ponía. Él era la copia yonki de Al Pacino, y por eso lo llamaban Pachino. Coñofrío tenía mucho más significado.

—¿No te preguntas por qué he venido a verte hoy? —preguntó el Pachino.

—Cariño, vienes a verme todos los días. —Le acarició la entrepierna—. Yo soy puta, tú me pagas. Es lo que hay.

—No me jodas, Susi. ¿Sabes que todos te llaman la Coñofrío?

La chica apretó el entrecejo. No era de esas mujeres que se ponen guapas cuando se enfadan.

—Vete a la mierda, Pachino.

—No, escucha…

—A la mierda. —Se giró en el colchón y le dio la espalda.

—Mira, nena, he venido porque tengo un… don.

—Un montón de cuento es lo que tienes.

—Puedo parar el tiempo.

La Coñofrío volvió la cabeza hacia el Pachino. En sus ojos amarillentos, además del mono que le vendría en unas horas, se vislumbraba una pequeña chispa de verdad.

—Parar el tiempo…

—Sí, tía. Detenerlo.

—¿Y cómo te has dado cuenta de eso?

El Pachino siempre había podido hacerlo, pero no lo sabía. Desde pequeño le daban parálisis mientras dormía. Era una sensación extraña. Él estaba despierto, pero era incapaz de moverse por más fuerza que hiciera. Una extraña energía lo mantenía bajo las sábanas, asfixiándolo, hasta que desaparecía y todo volvía a la normalidad.

—Ha sido esta mañana —dijo—. Me ha dado una de esos chungazos que me dejaban grogui, petrificado, ya sabes. Pero esta vez había una diferencia, y es que estaba desnudo. En pelotas, como ahora. Y esta vez sí que he podido moverme.

—Yo me muevo todos los días, ¿sabes?

—Mira Susi, que… —Levantó la mano para partirle la cara, pero se detuvo en el último momento—. Mierda, escucha un segundo.

—Que te movías. ¿Y qué?

—Que era el único que podía hacerlo. El resto del mundo estaba quieto, como si fuera una foto, ¿te imaginas? Una foto en la que yo, y solo yo, podía moverme.

—Ya, claro…

—Que sí, coño.

—Vale, entonces, si puedes parar el tiempo y moverte mientras los demás estamos quietos, por qué no haces algo. No sé, pon el armario del revés.

—No puedo.

—O abre el grifo de agua.

—No puedo.

—O…

—¡Que no puedo, hostias! —El Pachino se levantó de un salto—. Joder, joder…

—¿Qué te pasa, cariño?

El Pachino se hizo un par de rayas sobre la mesita de noche. Quería explicar lo que le ocurría, pero no era capaz. ¿Cómo poner en palabras algo que era más extraordinario que la propia vida?

—No puedo mover nada. Ni siquiera mi propia ropa. Por eso, cuando me daban los ataques, me quedaba petrificado bajo las sábanas. No podía hacer nada.

—Más despacio, cariño, que no me entero.

—Cuando congelo el tiempo me puedo mover, ¿vale? Pero todo lo demás está fijo. ¿Ves este moratón? —Se señaló la calva—. Me choqué con un puto mosquito. Estaba ahí, petrificado en el aire, pero no lo vi y me llevé una hostia. Fue como… como si me abriera la cabeza con un clavo.

—Ya, claro…

El Pachino se metió una raya y le pasó el canutillo a la puta.

—Cuando vi lo que podía hacer pensé que me había tocado la lotería. Hice pruebas, detuve el tiempo un montón de veces. Antes lo hacía sin querer, pero ahora lo controlo. Me dije: «Pachino, te vas a forrar». Mi primera idea era entrar en un banco, llenarme los bolsillos de billetes, y marcharme al siguiente. Pero no podía mover nada que estuviera paralizado en el tiempo.

—Una pena. —La Coñofrío no se lo tomaba en serio—. Oye, ¿por qué no te cambias de posición? Ya sabes, como en las películas. Paras el tiempo, das un paso al lado, y le vuelves a dar al play.

—No puedo.

—Venga, ¿cómo que no puedes?

—Para volver a darle al play como tú dices, tengo que regresar a la misma posición que tenía antes de parar el tiempo. Puedo detener el tiempo, ¿vale?, pero no puedo ponerlo en marcha si no está todo en el mismo sitio.

—¿Y cómo sabes qué posición es la correcta? Yo cada vez hago el «volcán invertido» de una forma distinta.

—No lo sé. Es como encajar una pieza en un puzle, como si hubiera un molde donde me acoplo de puta madre.

La Coñofrío lo miró con aburrimiento. La coca le daba ganas de hablar, pero aquel tema era tedioso.

—Pues sí que te ha pasado algo absurdo de verdad. Puedes parar el tiempo, pero no puedes demostrarlo porque tienes que volver a tu misma posición y es imposible cambiar nada mientras está congelado.

—Eso es.

—Y encima solo funciona si estás desnudo, porque si no tu propia ropa te hace de barrera.

—Ya te lo he dicho, es algo muy gilipollas.

—Entonces, ¿para qué sirve?

El Pachino estuvo tentado de contarle que las tres veces que había dejado de darle por el culo para cambiar de condón, en realidad había parado el tiempo y se había corrido fuera. Después había descansado, siempre con el tiempo congelado, para que su líbido se recuperase. No podía decirle que le había echado cuatro polvos seguidos, en lugar de uno muy largo, como ella pensaba. Tampoco podía confesar que se había pasado la noche colándose en el piso de su vecina para masturbarse mientras se duchaba, que le había chupado los pezones petrificados a una monja o que había meado en la mesa del policía que le detuvo la semana anterior. Él creía tener una reputación que conservar.

—Por eso he venido a verte, Susi. —La abrazó—. Los dos somos iguales.

—¿Iguales?

—Los dos tenemos un don. Yo paro el tiempo, y tú tienes el coño que parece Groenlandia.

—Joder, eso no es un don…

—Pero los tíos hacen cola por estar contigo. Nunca han conocido a alguien así. Dios, es como tirarse a un cubito de hielo.

—Vale ya. Esto lo heredé de mi madre y me da de comer.

—A eso me refiero. Le has encontrado utilidad a algo que parecía no tenerla. Tía, mírate. Tu coño es tu empresa. Eres una emprendedora, Susi. Una emprendedora.

—¿Y el Portugués?

El Portugués era su chulo. Una chica en un mundo de hombres suele acabar mal. Por ello, la mayoría se busca a un gilipollas que las cuide y proteja, pero en muchos casos acaban esclavizadas por él. El Portugués, además, era un proxeneta muy bueno y enseguida captó que el Pachino estaba enamorado de la Coñofrío. De vez en cuando le daba de hostias. Él era así.

—Mira, nena, te lo diré a las claras —balbució el Pachino—. Quiero que te vengas conmigo. Sé que mi don me puede hacer ganar pasta fácil. Solo hay que ver cómo lo hacemos, ¿vale?

La Coñofrío no tenía muchas ganas de irse con el Pachino. Sí, le daba cariño, pero como a cualquier otro cliente. Él la trataba bien, le traía regalos, aunque la amenazaba nunca la había maltratado, y se la metía por detrás para no dejarla embarazada. La realidad era que no aguantaba el frío de su vagina, pero eso era otra historia.

—Cariño, ya te lo he dicho muchas veces…

—Yo me ocuparé de todo. Vivirás como una reina. ¿He dicho reina? ¡Como una marquesa! No te faltará de nada. Vamos, ¿qué dices, Susi?

Antes del Portugués vino el Jinete, y antes el Chimpancé. Todos le prometieron lo mismo y acabaron usándola como puta y gastándose toda su pasta. Sin embargo, en los ojos de yonki del Pachino seguía viva esa chispa que la cautivaba.

—Vale, pero ¿cómo vas a sacar pasta con esa mierda de poder indemostrable que tienes?

—Ya se nos ocurrirá algo, encanto. —Le amasaba las tetas entre las manos—. Entre los dos podremos con todo.

—¿Te crees que soy idiota? —Lo apartó a un lado—. Mira que me han venido con milongas y tonterías, pero que ya tengo veintidós años, tío. Que no me creo lo de los poderes mágicos.

—Pero tu coño es de nitrógeno líquido…

—¿Y qué? Nene, yo te aguanto la charla todo lo que quieras, ¿vale? Es mi trabajo, me pagan por eso. Por mí, como si quieres decir que has visto un marciano. Yo te contestaré si verde o amarillo. ¿Lo entiendes? Pero no me puedes venir aquí y hablarme de esa gilipollez y pedirme que me fugue contigo. Necesito algo más, cariño. Dame algo más.

Cuando decía «algo más» quería decir «billetes».

—Vale, joder. —El Pachino sacó un calendario de bolsillo de la cartera—. Mira, pregúntame qué día cae el 20 de octubre.
Fany Carmona

—¿Para qué?

—¡Hazlo, hostia!

—¿Qué día cae…?

—Sábado.

La Coñofrío sonrió.

—Vale, ya te entiendo.

—Paro el tiempo, me levanto, miro el día en el calendario y vuelvo a darle al play

—¿El 13 de junio?

—Miércoles.

—¿6 de noviembre?

—Martes.

—¿29 de febr…?

—No está.

—Joder, qué guapo. ¿El ocho de diciembre?

—No puedo verlo, tienes el dedo encima.

—¿Y cómo sé que no te has aprendido los números?

—Ponme otra prueba.

La Coñofrío se lo pensó un rato. Ella siempre decía que era más de actuar que de pensar, así que duró poco.

—Date la vuelta —ordenó.

El Pachino obedeció. Abrió el cajón de la mesita de noche y depositó dentro el calendario.

—¿Cómo está el calendario, boca arriba o…?

—Boca abajo.

—¿Y ahora?

—Igual.

—¿Y ahora?

—Lo has cambiado.

—Mierda, tío, puedes detener el tiempo.

La demostración dejó impactada a la Coñofrío. El Pachino ya no era el cliente simpático: ahora era un superhéroe.

—Eres un superhéroe —dijo.

—Soy más que eso, Susi. Mira, esta mañana me he acercado a una de esas librerías de frikis, ya sabes, que venden «mortadelos» y tal. Bueno, pues me he leído varios tebeos parando el tiempo. Abría la página, congelaba el universo, y leía tranquilamente. Estaba buscando inspiración y todo eso. ¿Y sabes qué? Los que cortan la pana son los malos. Los buenos solo reciben hostias, pero los supervillanos roban bancos y la lían parda.

—Joder, qué guapo.

—Ya te digo.

—¿Y cómo vas a sacar pasta con tu superpoder? —preguntó, esta vez sí entusiasmada por su hombre.

El Pachino recordó el negocio que había intentado por la tarde. Había pensado mucho qué podía hacer con su don. Solo funcionaba desnudo, lo cual era una putada, y no podía cambiar nada de posición, ni siquiera a él mismo, que debía regresar al punto en el que detuvo el tiempo para poder reanudarlo. Así que se había metido en un club de maricas donde jugaban al strip poker. Se sentó en el borde de la silla, de forma que pudiera levantarse en cualquier momento, y se dejó perder las primeras manos. Cuando solo le quedaban los calzoncillos, los puso encima de la mesa para que todos los vieran. Ya desnudo, fue parando el tiempo a cada pestañeo para ver las cartas de sus rivales. Se retiró de las partidas que podía perder, y atacó en las que podía ganar. Sin embargo, un gordo cabrón, que estaba frente a él, se guardaba los ases entre los pliegues de la lorza y le hizo trampas. Perdió sus calzoncillos y tuvo que pirarse a casa desnudo. Ni siquiera se atrevió a denunciar al gordo. Supo que le habían limpiado del todo. No estaba dispuesto a repetirlo.

—Bueno, ya lo has visto. Puedo hacer de adivino para la gente.

—¿Desnudo?

—Eso da igual. Montaremos un camping nudista o algo así.

—¿Y si algún día no puedes regresar? No sé, que se te caiga un pelo mientras caminas y ya no puedas activar el tiempo porque…

—No funciona así, ¿vale? Quédate solo con la copla que te he contado. Parar el tiempo es igual a pasta gansa. Mucha pasta. Así que, ¿qué me dices? ¿Te vienes conmigo, muñeca?

La Coñofrío sintió ardor en la entrepierna. Supo que era una señal.

—Claro que sí, héroe mío.

No se besaron. No había que besar a las putas.

—No me llames «héroe».

En ese momento se abrió la puerta. La cerradura se rompió y entró en la habitación el Portugués. Grande, mulato, brazos como jamones. Los ojos inyectados en sangre al ver al Pachino en la cama. No aguantaba la visión de su polla torcida ni de sus venas remarcadas.

—Tú, hijo de perra —gruñó—. Tres clientes se han largado con otras chicas porque estás aquí haciéndome perder el tiempo.

—Un momento, Yoni.

—Ni Yoni ni hostias. La Susi es la estrella de la calle. El otro día vino un autobús de turistas japoneses solo para meter sus ridículas pollas en el coño helado de mi chica. No eres el único que puede follársela.

—Voy a pagar, Yoni.

—Joder con el tío duro. Claro que vas a pagar. Me vas a pagar toda la semana, por gilipollas.

—¿Toda la semana…?

—¿Qué te pasa? —Lo empujó—. ¿Estás sordo? Porque subnormal ya sé que eres un rato. Vamos, la pasta, mamón.

—Espera un momento, Yoni. No tengo tanto…

—Déjalo en paz, Yoni —musitó la Coñofrío.

—Tú —pausa—. Te callas —pausa.

—…

—Así está mejor. Y tú —le dijo al Pachino—, vas a pagar o te vas a ir con las piernas rotas.

—Vamos, Yoni, tío…

El primer puñetazo casi lo noquea. Fue como chocar contra un tren de mercancías. Lo peor es que paró el tiempo, pero no le sirvió de nada. Sabía que tenía que regresar a su misma posición y que el puñetazo se lo iba a llevar de igual forma. Aprovechó para buscar rutas de huida, pero solo se podía salir por la puerta principal. Por ello no le quedó más remedio que recibir la hostia.

—Vaya huevos que tienes, payaso —se burló el Portugués—. ¿Cómo la engatusas? ¿Le dices que me vas a partir la cara? ¿Es eso?

El dolor hizo reaccionar al Pachino. Se incorporó temblando. Paró el tiempo hasta que recuperó el control de su cuerpo, lo reanudó. A tientas, alcanzó el cuarto de baño. El Portugués apareció al instante.

—¿Dónde crees que vas?

El Pachino se amorró al grifo.

—Espera un momento —dijo—. Tengo la boca seca.

El Portugués alucinaba de la sed que tenía el Pachino. Le dio asco pensar que le iba vomitar toda esa agua cuando le reventara las tripas. Así que sacó la navaja.

—Vale, esto es lo que vamos a hacer —dijo—. Te voy a rajar la cara de arriba abajo. Así, mira, así. De arriba abajo. ¿Lo ves? Y cuando te pregunten, les dirás que el Yoni te dio bien por el culo. Serás el escarmiento para los demás. Porque la Susi, pedazo de gilipollas, es mía.

El Pachino cerró el grifo. Temblaba de nuevo.

—¿Me has llamado gilipollas? —susurró.

—No, si será verdad lo de que estás sordo.

—¿Pues sabes qué? —Se encaró a él—. Esta vez te has metido con el gilipollas equivocado.

El Yoni puso los ojos como platos.

—Estás muerto, pedazo de ma…

Stop.

Una pausa que equivalía a una hora. Quizá más.

Play.

El Portavoz. Año XXXII. Nº 9876. 29/10/2012.

ENCUENTRAN EL CADÁVER DE UN PROXENETA

Efectivos del Cuerpo Nacional de Policía hallaron en la madrugada de ayer el cuerpo sin vida de Jonathan D. P., en una habitación del céntrico motel Mayamy. Los investigadores sospecharon que se podía tratar de un ajuste de cuentas, ya que el fallecido era un conocido proxeneta. La autopsia reveló que la causa de la muerte había sido el ahogamiento. Fuentes oficiales indicaron a su vez lo extraño del asunto, ya que los pulmones de la víctima estaban llenos de orina humana. La investigación continúa bajo secreto sumarial, pero varios testigos aseguran haber visto huir de la escena del crimen a una prostituta llamada Susana R. R. acompañada de un cliente habitual.
Claudio Cerdán, REDACCIÓN


Olga Masià
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Tema: "Mundo de Héroes"





El origen del más grande de los supervillanos

—Hoy me ha pasado algo muy… absurdo.

La Coñofrío se volvió hacia el Pachino. Ella, cuarentona tirando a gorda, tetas como alforjas, maquillaje corrido mezclado con sudor. Él, cincuentón con dieta de heroinómano, venas y pómulos demasiado marcados, mirada oscura como su piel. Estaban desnudos sobre la cama de aquel sórdido motel. Sonaba una versión de Frank Sinatra cantada por Los Chunguitos.

—¿Absurdo? —preguntó la Coñofrío.

—Sí, joder. Algo… gilipollas, algo imbécil. No sé ni cómo llamarlo.

—Pues no lo llames.

—¿Qué?

—Que no lo llames de ninguna manera.

El Pachino realmente sí sabía cómo llamarlo. Todo tenía un nombre, y si no se le ponía. Él era la copia yonki de Al Pacino, y por eso lo llamaban Pachino. Coñofrío tenía mucho más significado.

—¿No te preguntas por qué he venido a verte hoy? —preguntó el Pachino.

—Cariño, vienes a verme todos los días. —Le acarició la entrepierna—. Yo soy puta, tú me pagas. Es lo que hay.

—No me jodas, Susi. ¿Sabes que todos te llaman la Coñofrío?

La chica apretó el entrecejo. No era de esas mujeres que se ponen guapas cuando se enfadan.

—Vete a la mierda, Pachino.

—No, escucha…

—A la mierda. —Se giró en el colchón y le dio la espalda.

—Mira, nena, he venido porque tengo un… don.

—Un montón de cuento es lo que tienes.

—Puedo parar el tiempo.

La Coñofrío volvió la cabeza hacia el Pachino. En sus ojos amarillentos, además del mono que le vendría en unas horas, se vislumbraba una pequeña chispa de verdad.

—Parar el tiempo…

—Sí, tía. Detenerlo.

—¿Y cómo te has dado cuenta de eso?

El Pachino siempre había podido hacerlo, pero no lo sabía. Desde pequeño le daban parálisis mientras dormía. Era una sensación extraña. Él estaba despierto, pero era incapaz de moverse por más fuerza que hiciera. Una extraña energía lo mantenía bajo las sábanas, asfixiándolo, hasta que desaparecía y todo volvía a la normalidad.

—Ha sido esta mañana —dijo—. Me ha dado una de esos chungazos que me dejaban grogui, petrificado, ya sabes. Pero esta vez había una diferencia, y es que estaba desnudo. En pelotas, como ahora. Y esta vez sí que he podido moverme.

—Yo me muevo todos los días, ¿sabes?

—Mira Susi, que… —Levantó la mano para partirle la cara, pero se detuvo en el último momento—. Mierda, escucha un segundo.

—Que te movías. ¿Y qué?

—Que era el único que podía hacerlo. El resto del mundo estaba quieto, como si fuera una foto, ¿te imaginas? Una foto en la que yo, y solo yo, podía moverme.

—Ya, claro…

—Que sí, coño.

—Vale, entonces, si puedes parar el tiempo y moverte mientras los demás estamos quietos, por qué no haces algo. No sé, pon el armario del revés.

—No puedo.

—O abre el grifo de agua.

—No puedo.

—O…

—¡Que no puedo, hostias! —El Pachino se levantó de un salto—. Joder, joder…

—¿Qué te pasa, cariño?

El Pachino se hizo un par de rayas sobre la mesita de noche. Quería explicar lo que le ocurría, pero no era capaz. ¿Cómo poner en palabras algo que era más extraordinario que la propia vida?

—No puedo mover nada. Ni siquiera mi propia ropa. Por eso, cuando me daban los ataques, me quedaba petrificado bajo las sábanas. No podía hacer nada.

—Más despacio, cariño, que no me entero.

—Cuando congelo el tiempo me puedo mover, ¿vale? Pero todo lo demás está fijo. ¿Ves este moratón? —Se señaló la calva—. Me choqué con un puto mosquito. Estaba ahí, petrificado en el aire, pero no lo vi y me llevé una hostia. Fue como… como si me abriera la cabeza con un clavo.

—Ya, claro…

El Pachino se metió una raya y le pasó el canutillo a la puta.

—Cuando vi lo que podía hacer pensé que me había tocado la lotería. Hice pruebas, detuve el tiempo un montón de veces. Antes lo hacía sin querer, pero ahora lo controlo. Me dije: «Pachino, te vas a forrar». Mi primera idea era entrar en un banco, llenarme los bolsillos de billetes, y marcharme al siguiente. Pero no podía mover nada que estuviera paralizado en el tiempo.

—Una pena. —La Coñofrío no se lo tomaba en serio—. Oye, ¿por qué no te cambias de posición? Ya sabes, como en las películas. Paras el tiempo, das un paso al lado, y le vuelves a dar al play.

—No puedo.

—Venga, ¿cómo que no puedes?

—Para volver a darle al play como tú dices, tengo que regresar a la misma posición que tenía antes de parar el tiempo. Puedo detener el tiempo, ¿vale?, pero no puedo ponerlo en marcha si no está todo en el mismo sitio.

—¿Y cómo sabes qué posición es la correcta? Yo cada vez hago el «volcán invertido» de una forma distinta.

—No lo sé. Es como encajar una pieza en un puzle, como si hubiera un molde donde me acoplo de puta madre.

La Coñofrío lo miró con aburrimiento. La coca le daba ganas de hablar, pero aquel tema era tedioso.

—Pues sí que te ha pasado algo absurdo de verdad. Puedes parar el tiempo, pero no puedes demostrarlo porque tienes que volver a tu misma posición y es imposible cambiar nada mientras está congelado.

—Eso es.

—Y encima solo funciona si estás desnudo, porque si no tu propia ropa te hace de barrera.

—Ya te lo he dicho, es algo muy gilipollas.

—Entonces, ¿para qué sirve?

El Pachino estuvo tentado de contarle que las tres veces que había dejado de darle por el culo para cambiar de condón, en realidad había parado el tiempo y se había corrido fuera. Después había descansado, siempre con el tiempo congelado, para que su líbido se recuperase. No podía decirle que le había echado cuatro polvos seguidos, en lugar de uno muy largo, como ella pensaba. Tampoco podía confesar que se había pasado la noche colándose en el piso de su vecina para masturbarse mientras se duchaba, que le había chupado los pezones petrificados a una monja o que había meado en la mesa del policía que le detuvo la semana anterior. Él creía tener una reputación que conservar.

—Por eso he venido a verte, Susi. —La abrazó—. Los dos somos iguales.

—¿Iguales?

—Los dos tenemos un don. Yo paro el tiempo, y tú tienes el coño que parece Groenlandia.

—Joder, eso no es un don…

—Pero los tíos hacen cola por estar contigo. Nunca han conocido a alguien así. Dios, es como tirarse a un cubito de hielo.

—Vale ya. Esto lo heredé de mi madre y me da de comer.

—A eso me refiero. Le has encontrado utilidad a algo que parecía no tenerla. Tía, mírate. Tu coño es tu empresa. Eres una emprendedora, Susi. Una emprendedora.

—¿Y el Portugués?

El Portugués era su chulo. Una chica en un mundo de hombres suele acabar mal. Por ello, la mayoría se busca a un gilipollas que las cuide y proteja, pero en muchos casos acaban esclavizadas por él. El Portugués, además, era un proxeneta muy bueno y enseguida captó que el Pachino estaba enamorado de la Coñofrío. De vez en cuando le daba de hostias. Él era así.

—Mira, nena, te lo diré a las claras —balbució el Pachino—. Quiero que te vengas conmigo. Sé que mi don me puede hacer ganar pasta fácil. Solo hay que ver cómo lo hacemos, ¿vale?

La Coñofrío no tenía muchas ganas de irse con el Pachino. Sí, le daba cariño, pero como a cualquier otro cliente. Él la trataba bien, le traía regalos, aunque la amenazaba nunca la había maltratado, y se la metía por detrás para no dejarla embarazada. La realidad era que no aguantaba el frío de su vagina, pero eso era otra historia.

—Cariño, ya te lo he dicho muchas veces…

—Yo me ocuparé de todo. Vivirás como una reina. ¿He dicho reina? ¡Como una marquesa! No te faltará de nada. Vamos, ¿qué dices, Susi?

Antes del Portugués vino el Jinete, y antes el Chimpancé. Todos le prometieron lo mismo y acabaron usándola como puta y gastándose toda su pasta. Sin embargo, en los ojos de yonki del Pachino seguía viva esa chispa que la cautivaba.

—Vale, pero ¿cómo vas a sacar pasta con esa mierda de poder indemostrable que tienes?

—Ya se nos ocurrirá algo, encanto. —Le amasaba las tetas entre las manos—. Entre los dos podremos con todo.

—¿Te crees que soy idiota? —Lo apartó a un lado—. Mira que me han venido con milongas y tonterías, pero que ya tengo veintidós años, tío. Que no me creo lo de los poderes mágicos.

—Pero tu coño es de nitrógeno líquido…

—¿Y qué? Nene, yo te aguanto la charla todo lo que quieras, ¿vale? Es mi trabajo, me pagan por eso. Por mí, como si quieres decir que has visto un marciano. Yo te contestaré si verde o amarillo. ¿Lo entiendes? Pero no me puedes venir aquí y hablarme de esa gilipollez y pedirme que me fugue contigo. Necesito algo más, cariño. Dame algo más.

Cuando decía «algo más» quería decir «billetes».

—Vale, joder. —El Pachino sacó un calendario de bolsillo de la cartera—. Mira, pregúntame qué día cae el 20 de octubre.
Fany Carmona

—¿Para qué?

—¡Hazlo, hostia!

—¿Qué día cae…?

—Sábado.

La Coñofrío sonrió.

—Vale, ya te entiendo.

—Paro el tiempo, me levanto, miro el día en el calendario y vuelvo a darle al play

—¿El 13 de junio?

—Miércoles.

—¿6 de noviembre?

—Martes.

—¿29 de febr…?

—No está.

—Joder, qué guapo. ¿El ocho de diciembre?

—No puedo verlo, tienes el dedo encima.

—¿Y cómo sé que no te has aprendido los números?

—Ponme otra prueba.

La Coñofrío se lo pensó un rato. Ella siempre decía que era más de actuar que de pensar, así que duró poco.

—Date la vuelta —ordenó.

El Pachino obedeció. Abrió el cajón de la mesita de noche y depositó dentro el calendario.

—¿Cómo está el calendario, boca arriba o…?

—Boca abajo.

—¿Y ahora?

—Igual.

—¿Y ahora?

—Lo has cambiado.

—Mierda, tío, puedes detener el tiempo.

La demostración dejó impactada a la Coñofrío. El Pachino ya no era el cliente simpático: ahora era un superhéroe.

—Eres un superhéroe —dijo.

—Soy más que eso, Susi. Mira, esta mañana me he acercado a una de esas librerías de frikis, ya sabes, que venden «mortadelos» y tal. Bueno, pues me he leído varios tebeos parando el tiempo. Abría la página, congelaba el universo, y leía tranquilamente. Estaba buscando inspiración y todo eso. ¿Y sabes qué? Los que cortan la pana son los malos. Los buenos solo reciben hostias, pero los supervillanos roban bancos y la lían parda.

—Joder, qué guapo.

—Ya te digo.

—¿Y cómo vas a sacar pasta con tu superpoder? —preguntó, esta vez sí entusiasmada por su hombre.

El Pachino recordó el negocio que había intentado por la tarde. Había pensado mucho qué podía hacer con su don. Solo funcionaba desnudo, lo cual era una putada, y no podía cambiar nada de posición, ni siquiera a él mismo, que debía regresar al punto en el que detuvo el tiempo para poder reanudarlo. Así que se había metido en un club de maricas donde jugaban al strip poker. Se sentó en el borde de la silla, de forma que pudiera levantarse en cualquier momento, y se dejó perder las primeras manos. Cuando solo le quedaban los calzoncillos, los puso encima de la mesa para que todos los vieran. Ya desnudo, fue parando el tiempo a cada pestañeo para ver las cartas de sus rivales. Se retiró de las partidas que podía perder, y atacó en las que podía ganar. Sin embargo, un gordo cabrón, que estaba frente a él, se guardaba los ases entre los pliegues de la lorza y le hizo trampas. Perdió sus calzoncillos y tuvo que pirarse a casa desnudo. Ni siquiera se atrevió a denunciar al gordo. Supo que le habían limpiado del todo. No estaba dispuesto a repetirlo.

—Bueno, ya lo has visto. Puedo hacer de adivino para la gente.

—¿Desnudo?

—Eso da igual. Montaremos un camping nudista o algo así.

—¿Y si algún día no puedes regresar? No sé, que se te caiga un pelo mientras caminas y ya no puedas activar el tiempo porque…

—No funciona así, ¿vale? Quédate solo con la copla que te he contado. Parar el tiempo es igual a pasta gansa. Mucha pasta. Así que, ¿qué me dices? ¿Te vienes conmigo, muñeca?

La Coñofrío sintió ardor en la entrepierna. Supo que era una señal.

—Claro que sí, héroe mío.

No se besaron. No había que besar a las putas.

—No me llames «héroe».

En ese momento se abrió la puerta. La cerradura se rompió y entró en la habitación el Portugués. Grande, mulato, brazos como jamones. Los ojos inyectados en sangre al ver al Pachino en la cama. No aguantaba la visión de su polla torcida ni de sus venas remarcadas.

—Tú, hijo de perra —gruñó—. Tres clientes se han largado con otras chicas porque estás aquí haciéndome perder el tiempo.

—Un momento, Yoni.

—Ni Yoni ni hostias. La Susi es la estrella de la calle. El otro día vino un autobús de turistas japoneses solo para meter sus ridículas pollas en el coño helado de mi chica. No eres el único que puede follársela.

—Voy a pagar, Yoni.

—Joder con el tío duro. Claro que vas a pagar. Me vas a pagar toda la semana, por gilipollas.

—¿Toda la semana…?

—¿Qué te pasa? —Lo empujó—. ¿Estás sordo? Porque subnormal ya sé que eres un rato. Vamos, la pasta, mamón.

—Espera un momento, Yoni. No tengo tanto…

—Déjalo en paz, Yoni —musitó la Coñofrío.

—Tú —pausa—. Te callas —pausa.

—…

—Así está mejor. Y tú —le dijo al Pachino—, vas a pagar o te vas a ir con las piernas rotas.

—Vamos, Yoni, tío…

El primer puñetazo casi lo noquea. Fue como chocar contra un tren de mercancías. Lo peor es que paró el tiempo, pero no le sirvió de nada. Sabía que tenía que regresar a su misma posición y que el puñetazo se lo iba a llevar de igual forma. Aprovechó para buscar rutas de huida, pero solo se podía salir por la puerta principal. Por ello no le quedó más remedio que recibir la hostia.

—Vaya huevos que tienes, payaso —se burló el Portugués—. ¿Cómo la engatusas? ¿Le dices que me vas a partir la cara? ¿Es eso?

El dolor hizo reaccionar al Pachino. Se incorporó temblando. Paró el tiempo hasta que recuperó el control de su cuerpo, lo reanudó. A tientas, alcanzó el cuarto de baño. El Portugués apareció al instante.

—¿Dónde crees que vas?

El Pachino se amorró al grifo.

—Espera un momento —dijo—. Tengo la boca seca.

El Portugués alucinaba de la sed que tenía el Pachino. Le dio asco pensar que le iba vomitar toda esa agua cuando le reventara las tripas. Así que sacó la navaja.

—Vale, esto es lo que vamos a hacer —dijo—. Te voy a rajar la cara de arriba abajo. Así, mira, así. De arriba abajo. ¿Lo ves? Y cuando te pregunten, les dirás que el Yoni te dio bien por el culo. Serás el escarmiento para los demás. Porque la Susi, pedazo de gilipollas, es mía.

El Pachino cerró el grifo. Temblaba de nuevo.

—¿Me has llamado gilipollas? —susurró.

—No, si será verdad lo de que estás sordo.

—¿Pues sabes qué? —Se encaró a él—. Esta vez te has metido con el gilipollas equivocado.

El Yoni puso los ojos como platos.

—Estás muerto, pedazo de ma…

Stop.

Una pausa que equivalía a una hora. Quizá más.

Play.

El Portavoz. Año XXXII. Nº 9876. 29/10/2012.

ENCUENTRAN EL CADÁVER DE UN PROXENETA

Efectivos del Cuerpo Nacional de Policía hallaron en la madrugada de ayer el cuerpo sin vida de Jonathan D. P., en una habitación del céntrico motel Mayamy. Los investigadores sospecharon que se podía tratar de un ajuste de cuentas, ya que el fallecido era un conocido proxeneta. La autopsia reveló que la causa de la muerte había sido el ahogamiento. Fuentes oficiales indicaron a su vez lo extraño del asunto, ya que los pulmones de la víctima estaban llenos de orina humana. La investigación continúa bajo secreto sumarial, pero varios testigos aseguran haber visto huir de la escena del crimen a una prostituta llamada Susana R. R. acompañada de un cliente habitual.
Claudio Cerdán, REDACCIÓN


Olga Masià
Escucha la banda sonora mientras lees ->


Tema: "Mundo de Héroes"





El origen del más grande de los supervillanos

—Hoy me ha pasado algo muy… absurdo.

La Coñofrío se volvió hacia el Pachino. Ella, cuarentona tirando a gorda, tetas como alforjas, maquillaje corrido mezclado con sudor. Él, cincuentón con dieta de heroinómano, venas y pómulos demasiado marcados, mirada oscura como su piel. Estaban desnudos sobre la cama de aquel sórdido motel. Sonaba una versión de Frank Sinatra cantada por Los Chunguitos.

—¿Absurdo? —preguntó la Coñofrío.

—Sí, joder. Algo… gilipollas, algo imbécil. No sé ni cómo llamarlo.

—Pues no lo llames.

—¿Qué?

—Que no lo llames de ninguna manera.

El Pachino realmente sí sabía cómo llamarlo. Todo tenía un nombre, y si no se le ponía. Él era la copia yonki de Al Pacino, y por eso lo llamaban Pachino. Coñofrío tenía mucho más significado.

—¿No te preguntas por qué he venido a verte hoy? —preguntó el Pachino.

—Cariño, vienes a verme todos los días. —Le acarició la entrepierna—. Yo soy puta, tú me pagas. Es lo que hay.

—No me jodas, Susi. ¿Sabes que todos te llaman la Coñofrío?

La chica apretó el entrecejo. No era de esas mujeres que se ponen guapas cuando se enfadan.

—Vete a la mierda, Pachino.

—No, escucha…

—A la mierda. —Se giró en el colchón y le dio la espalda.

—Mira, nena, he venido porque tengo un… don.

—Un montón de cuento es lo que tienes.

—Puedo parar el tiempo.

La Coñofrío volvió la cabeza hacia el Pachino. En sus ojos amarillentos, además del mono que le vendría en unas horas, se vislumbraba una pequeña chispa de verdad.

—Parar el tiempo…

—Sí, tía. Detenerlo.

—¿Y cómo te has dado cuenta de eso?

El Pachino siempre había podido hacerlo, pero no lo sabía. Desde pequeño le daban parálisis mientras dormía. Era una sensación extraña. Él estaba despierto, pero era incapaz de moverse por más fuerza que hiciera. Una extraña energía lo mantenía bajo las sábanas, asfixiándolo, hasta que desaparecía y todo volvía a la normalidad.

—Ha sido esta mañana —dijo—. Me ha dado una de esos chungazos que me dejaban grogui, petrificado, ya sabes. Pero esta vez había una diferencia, y es que estaba desnudo. En pelotas, como ahora. Y esta vez sí que he podido moverme.

—Yo me muevo todos los días, ¿sabes?

—Mira Susi, que… —Levantó la mano para partirle la cara, pero se detuvo en el último momento—. Mierda, escucha un segundo.

—Que te movías. ¿Y qué?

—Que era el único que podía hacerlo. El resto del mundo estaba quieto, como si fuera una foto, ¿te imaginas? Una foto en la que yo, y solo yo, podía moverme.

—Ya, claro…

—Que sí, coño.

—Vale, entonces, si puedes parar el tiempo y moverte mientras los demás estamos quietos, por qué no haces algo. No sé, pon el armario del revés.

—No puedo.

—O abre el grifo de agua.

—No puedo.

—O…

—¡Que no puedo, hostias! —El Pachino se levantó de un salto—. Joder, joder…

—¿Qué te pasa, cariño?

El Pachino se hizo un par de rayas sobre la mesita de noche. Quería explicar lo que le ocurría, pero no era capaz. ¿Cómo poner en palabras algo que era más extraordinario que la propia vida?

—No puedo mover nada. Ni siquiera mi propia ropa. Por eso, cuando me daban los ataques, me quedaba petrificado bajo las sábanas. No podía hacer nada.

—Más despacio, cariño, que no me entero.

—Cuando congelo el tiempo me puedo mover, ¿vale? Pero todo lo demás está fijo. ¿Ves este moratón? —Se señaló la calva—. Me choqué con un puto mosquito. Estaba ahí, petrificado en el aire, pero no lo vi y me llevé una hostia. Fue como… como si me abriera la cabeza con un clavo.

—Ya, claro…

El Pachino se metió una raya y le pasó el canutillo a la puta.

—Cuando vi lo que podía hacer pensé que me había tocado la lotería. Hice pruebas, detuve el tiempo un montón de veces. Antes lo hacía sin querer, pero ahora lo controlo. Me dije: «Pachino, te vas a forrar». Mi primera idea era entrar en un banco, llenarme los bolsillos de billetes, y marcharme al siguiente. Pero no podía mover nada que estuviera paralizado en el tiempo.

—Una pena. —La Coñofrío no se lo tomaba en serio—. Oye, ¿por qué no te cambias de posición? Ya sabes, como en las películas. Paras el tiempo, das un paso al lado, y le vuelves a dar al play.

—No puedo.

—Venga, ¿cómo que no puedes?

—Para volver a darle al play como tú dices, tengo que regresar a la misma posición que tenía antes de parar el tiempo. Puedo detener el tiempo, ¿vale?, pero no puedo ponerlo en marcha si no está todo en el mismo sitio.

—¿Y cómo sabes qué posición es la correcta? Yo cada vez hago el «volcán invertido» de una forma distinta.

—No lo sé. Es como encajar una pieza en un puzle, como si hubiera un molde donde me acoplo de puta madre.

La Coñofrío lo miró con aburrimiento. La coca le daba ganas de hablar, pero aquel tema era tedioso.

—Pues sí que te ha pasado algo absurdo de verdad. Puedes parar el tiempo, pero no puedes demostrarlo porque tienes que volver a tu misma posición y es imposible cambiar nada mientras está congelado.

—Eso es.

—Y encima solo funciona si estás desnudo, porque si no tu propia ropa te hace de barrera.

—Ya te lo he dicho, es algo muy gilipollas.

—Entonces, ¿para qué sirve?

El Pachino estuvo tentado de contarle que las tres veces que había dejado de darle por el culo para cambiar de condón, en realidad había parado el tiempo y se había corrido fuera. Después había descansado, siempre con el tiempo congelado, para que su líbido se recuperase. No podía decirle que le había echado cuatro polvos seguidos, en lugar de uno muy largo, como ella pensaba. Tampoco podía confesar que se había pasado la noche colándose en el piso de su vecina para masturbarse mientras se duchaba, que le había chupado los pezones petrificados a una monja o que había meado en la mesa del policía que le detuvo la semana anterior. Él creía tener una reputación que conservar.

—Por eso he venido a verte, Susi. —La abrazó—. Los dos somos iguales.

—¿Iguales?

—Los dos tenemos un don. Yo paro el tiempo, y tú tienes el coño que parece Groenlandia.

—Joder, eso no es un don…

—Pero los tíos hacen cola por estar contigo. Nunca han conocido a alguien así. Dios, es como tirarse a un cubito de hielo.

—Vale ya. Esto lo heredé de mi madre y me da de comer.

—A eso me refiero. Le has encontrado utilidad a algo que parecía no tenerla. Tía, mírate. Tu coño es tu empresa. Eres una emprendedora, Susi. Una emprendedora.

—¿Y el Portugués?

El Portugués era su chulo. Una chica en un mundo de hombres suele acabar mal. Por ello, la mayoría se busca a un gilipollas que las cuide y proteja, pero en muchos casos acaban esclavizadas por él. El Portugués, además, era un proxeneta muy bueno y enseguida captó que el Pachino estaba enamorado de la Coñofrío. De vez en cuando le daba de hostias. Él era así.

—Mira, nena, te lo diré a las claras —balbució el Pachino—. Quiero que te vengas conmigo. Sé que mi don me puede hacer ganar pasta fácil. Solo hay que ver cómo lo hacemos, ¿vale?

La Coñofrío no tenía muchas ganas de irse con el Pachino. Sí, le daba cariño, pero como a cualquier otro cliente. Él la trataba bien, le traía regalos, aunque la amenazaba nunca la había maltratado, y se la metía por detrás para no dejarla embarazada. La realidad era que no aguantaba el frío de su vagina, pero eso era otra historia.

—Cariño, ya te lo he dicho muchas veces…

—Yo me ocuparé de todo. Vivirás como una reina. ¿He dicho reina? ¡Como una marquesa! No te faltará de nada. Vamos, ¿qué dices, Susi?

Antes del Portugués vino el Jinete, y antes el Chimpancé. Todos le prometieron lo mismo y acabaron usándola como puta y gastándose toda su pasta. Sin embargo, en los ojos de yonki del Pachino seguía viva esa chispa que la cautivaba.

—Vale, pero ¿cómo vas a sacar pasta con esa mierda de poder indemostrable que tienes?

—Ya se nos ocurrirá algo, encanto. —Le amasaba las tetas entre las manos—. Entre los dos podremos con todo.

—¿Te crees que soy idiota? —Lo apartó a un lado—. Mira que me han venido con milongas y tonterías, pero que ya tengo veintidós años, tío. Que no me creo lo de los poderes mágicos.

—Pero tu coño es de nitrógeno líquido…

—¿Y qué? Nene, yo te aguanto la charla todo lo que quieras, ¿vale? Es mi trabajo, me pagan por eso. Por mí, como si quieres decir que has visto un marciano. Yo te contestaré si verde o amarillo. ¿Lo entiendes? Pero no me puedes venir aquí y hablarme de esa gilipollez y pedirme que me fugue contigo. Necesito algo más, cariño. Dame algo más.

Cuando decía «algo más» quería decir «billetes».

—Vale, joder. —El Pachino sacó un calendario de bolsillo de la cartera—. Mira, pregúntame qué día cae el 20 de octubre.
Fany Carmona

—¿Para qué?

—¡Hazlo, hostia!

—¿Qué día cae…?

—Sábado.

La Coñofrío sonrió.

—Vale, ya te entiendo.

—Paro el tiempo, me levanto, miro el día en el calendario y vuelvo a darle al play

—¿El 13 de junio?

—Miércoles.

—¿6 de noviembre?

—Martes.

—¿29 de febr…?

—No está.

—Joder, qué guapo. ¿El ocho de diciembre?

—No puedo verlo, tienes el dedo encima.

—¿Y cómo sé que no te has aprendido los números?

—Ponme otra prueba.

La Coñofrío se lo pensó un rato. Ella siempre decía que era más de actuar que de pensar, así que duró poco.

—Date la vuelta —ordenó.

El Pachino obedeció. Abrió el cajón de la mesita de noche y depositó dentro el calendario.

—¿Cómo está el calendario, boca arriba o…?

—Boca abajo.

—¿Y ahora?

—Igual.

—¿Y ahora?

—Lo has cambiado.

—Mierda, tío, puedes detener el tiempo.

La demostración dejó impactada a la Coñofrío. El Pachino ya no era el cliente simpático: ahora era un superhéroe.

—Eres un superhéroe —dijo.

—Soy más que eso, Susi. Mira, esta mañana me he acercado a una de esas librerías de frikis, ya sabes, que venden «mortadelos» y tal. Bueno, pues me he leído varios tebeos parando el tiempo. Abría la página, congelaba el universo, y leía tranquilamente. Estaba buscando inspiración y todo eso. ¿Y sabes qué? Los que cortan la pana son los malos. Los buenos solo reciben hostias, pero los supervillanos roban bancos y la lían parda.

—Joder, qué guapo.

—Ya te digo.

—¿Y cómo vas a sacar pasta con tu superpoder? —preguntó, esta vez sí entusiasmada por su hombre.

El Pachino recordó el negocio que había intentado por la tarde. Había pensado mucho qué podía hacer con su don. Solo funcionaba desnudo, lo cual era una putada, y no podía cambiar nada de posición, ni siquiera a él mismo, que debía regresar al punto en el que detuvo el tiempo para poder reanudarlo. Así que se había metido en un club de maricas donde jugaban al strip poker. Se sentó en el borde de la silla, de forma que pudiera levantarse en cualquier momento, y se dejó perder las primeras manos. Cuando solo le quedaban los calzoncillos, los puso encima de la mesa para que todos los vieran. Ya desnudo, fue parando el tiempo a cada pestañeo para ver las cartas de sus rivales. Se retiró de las partidas que podía perder, y atacó en las que podía ganar. Sin embargo, un gordo cabrón, que estaba frente a él, se guardaba los ases entre los pliegues de la lorza y le hizo trampas. Perdió sus calzoncillos y tuvo que pirarse a casa desnudo. Ni siquiera se atrevió a denunciar al gordo. Supo que le habían limpiado del todo. No estaba dispuesto a repetirlo.

—Bueno, ya lo has visto. Puedo hacer de adivino para la gente.

—¿Desnudo?

—Eso da igual. Montaremos un camping nudista o algo así.

—¿Y si algún día no puedes regresar? No sé, que se te caiga un pelo mientras caminas y ya no puedas activar el tiempo porque…

—No funciona así, ¿vale? Quédate solo con la copla que te he contado. Parar el tiempo es igual a pasta gansa. Mucha pasta. Así que, ¿qué me dices? ¿Te vienes conmigo, muñeca?

La Coñofrío sintió ardor en la entrepierna. Supo que era una señal.

—Claro que sí, héroe mío.

No se besaron. No había que besar a las putas.

—No me llames «héroe».

En ese momento se abrió la puerta. La cerradura se rompió y entró en la habitación el Portugués. Grande, mulato, brazos como jamones. Los ojos inyectados en sangre al ver al Pachino en la cama. No aguantaba la visión de su polla torcida ni de sus venas remarcadas.

—Tú, hijo de perra —gruñó—. Tres clientes se han largado con otras chicas porque estás aquí haciéndome perder el tiempo.

—Un momento, Yoni.

—Ni Yoni ni hostias. La Susi es la estrella de la calle. El otro día vino un autobús de turistas japoneses solo para meter sus ridículas pollas en el coño helado de mi chica. No eres el único que puede follársela.

—Voy a pagar, Yoni.

—Joder con el tío duro. Claro que vas a pagar. Me vas a pagar toda la semana, por gilipollas.

—¿Toda la semana…?

—¿Qué te pasa? —Lo empujó—. ¿Estás sordo? Porque subnormal ya sé que eres un rato. Vamos, la pasta, mamón.

—Espera un momento, Yoni. No tengo tanto…

—Déjalo en paz, Yoni —musitó la Coñofrío.

—Tú —pausa—. Te callas —pausa.

—…

—Así está mejor. Y tú —le dijo al Pachino—, vas a pagar o te vas a ir con las piernas rotas.

—Vamos, Yoni, tío…

El primer puñetazo casi lo noquea. Fue como chocar contra un tren de mercancías. Lo peor es que paró el tiempo, pero no le sirvió de nada. Sabía que tenía que regresar a su misma posición y que el puñetazo se lo iba a llevar de igual forma. Aprovechó para buscar rutas de huida, pero solo se podía salir por la puerta principal. Por ello no le quedó más remedio que recibir la hostia.

—Vaya huevos que tienes, payaso —se burló el Portugués—. ¿Cómo la engatusas? ¿Le dices que me vas a partir la cara? ¿Es eso?

El dolor hizo reaccionar al Pachino. Se incorporó temblando. Paró el tiempo hasta que recuperó el control de su cuerpo, lo reanudó. A tientas, alcanzó el cuarto de baño. El Portugués apareció al instante.

—¿Dónde crees que vas?

El Pachino se amorró al grifo.

—Espera un momento —dijo—. Tengo la boca seca.

El Portugués alucinaba de la sed que tenía el Pachino. Le dio asco pensar que le iba vomitar toda esa agua cuando le reventara las tripas. Así que sacó la navaja.

—Vale, esto es lo que vamos a hacer —dijo—. Te voy a rajar la cara de arriba abajo. Así, mira, así. De arriba abajo. ¿Lo ves? Y cuando te pregunten, les dirás que el Yoni te dio bien por el culo. Serás el escarmiento para los demás. Porque la Susi, pedazo de gilipollas, es mía.

El Pachino cerró el grifo. Temblaba de nuevo.

—¿Me has llamado gilipollas? —susurró.

—No, si será verdad lo de que estás sordo.

—¿Pues sabes qué? —Se encaró a él—. Esta vez te has metido con el gilipollas equivocado.

El Yoni puso los ojos como platos.

—Estás muerto, pedazo de ma…

Stop.

Una pausa que equivalía a una hora. Quizá más.

Play.

El Portavoz. Año XXXII. Nº 9876. 29/10/2012.

ENCUENTRAN EL CADÁVER DE UN PROXENETA

Efectivos del Cuerpo Nacional de Policía hallaron en la madrugada de ayer el cuerpo sin vida de Jonathan D. P., en una habitación del céntrico motel Mayamy. Los investigadores sospecharon que se podía tratar de un ajuste de cuentas, ya que el fallecido era un conocido proxeneta. La autopsia reveló que la causa de la muerte había sido el ahogamiento. Fuentes oficiales indicaron a su vez lo extraño del asunto, ya que los pulmones de la víctima estaban llenos de orina humana. La investigación continúa bajo secreto sumarial, pero varios testigos aseguran haber visto huir de la escena del crimen a una prostituta llamada Susana R. R. acompañada de un cliente habitual.
Claudio Cerdán, REDACCIÓN


Olga Masià
Escucha la banda sonora mientras lees ->


Tema: "Mundo de Héroes"





El origen del más grande de los supervillanos

—Hoy me ha pasado algo muy… absurdo.

La Coñofrío se volvió hacia el Pachino. Ella, cuarentona tirando a gorda, tetas como alforjas, maquillaje corrido mezclado con sudor. Él, cincuentón con dieta de heroinómano, venas y pómulos demasiado marcados, mirada oscura como su piel. Estaban desnudos sobre la cama de aquel sórdido motel. Sonaba una versión de Frank Sinatra cantada por Los Chunguitos.

—¿Absurdo? —preguntó la Coñofrío.

—Sí, joder. Algo… gilipollas, algo imbécil. No sé ni cómo llamarlo.

—Pues no lo llames.

—¿Qué?

—Que no lo llames de ninguna manera.

El Pachino realmente sí sabía cómo llamarlo. Todo tenía un nombre, y si no se le ponía. Él era la copia yonki de Al Pacino, y por eso lo llamaban Pachino. Coñofrío tenía mucho más significado.

—¿No te preguntas por qué he venido a verte hoy? —preguntó el Pachino.

—Cariño, vienes a verme todos los días. —Le acarició la entrepierna—. Yo soy puta, tú me pagas. Es lo que hay.

—No me jodas, Susi. ¿Sabes que todos te llaman la Coñofrío?

La chica apretó el entrecejo. No era de esas mujeres que se ponen guapas cuando se enfadan.

—Vete a la mierda, Pachino.

—No, escucha…

—A la mierda. —Se giró en el colchón y le dio la espalda.

—Mira, nena, he venido porque tengo un… don.

—Un montón de cuento es lo que tienes.

—Puedo parar el tiempo.

La Coñofrío volvió la cabeza hacia el Pachino. En sus ojos amarillentos, además del mono que le vendría en unas horas, se vislumbraba una pequeña chispa de verdad.

—Parar el tiempo…

—Sí, tía. Detenerlo.

—¿Y cómo te has dado cuenta de eso?

El Pachino siempre había podido hacerlo, pero no lo sabía. Desde pequeño le daban parálisis mientras dormía. Era una sensación extraña. Él estaba despierto, pero era incapaz de moverse por más fuerza que hiciera. Una extraña energía lo mantenía bajo las sábanas, asfixiándolo, hasta que desaparecía y todo volvía a la normalidad.

—Ha sido esta mañana —dijo—. Me ha dado una de esos chungazos que me dejaban grogui, petrificado, ya sabes. Pero esta vez había una diferencia, y es que estaba desnudo. En pelotas, como ahora. Y esta vez sí que he podido moverme.

—Yo me muevo todos los días, ¿sabes?

—Mira Susi, que… —Levantó la mano para partirle la cara, pero se detuvo en el último momento—. Mierda, escucha un segundo.

—Que te movías. ¿Y qué?

—Que era el único que podía hacerlo. El resto del mundo estaba quieto, como si fuera una foto, ¿te imaginas? Una foto en la que yo, y solo yo, podía moverme.

—Ya, claro…

—Que sí, coño.

—Vale, entonces, si puedes parar el tiempo y moverte mientras los demás estamos quietos, por qué no haces algo. No sé, pon el armario del revés.

—No puedo.

—O abre el grifo de agua.

—No puedo.

—O…

—¡Que no puedo, hostias! —El Pachino se levantó de un salto—. Joder, joder…

—¿Qué te pasa, cariño?

El Pachino se hizo un par de rayas sobre la mesita de noche. Quería explicar lo que le ocurría, pero no era capaz. ¿Cómo poner en palabras algo que era más extraordinario que la propia vida?

—No puedo mover nada. Ni siquiera mi propia ropa. Por eso, cuando me daban los ataques, me quedaba petrificado bajo las sábanas. No podía hacer nada.

—Más despacio, cariño, que no me entero.

—Cuando congelo el tiempo me puedo mover, ¿vale? Pero todo lo demás está fijo. ¿Ves este moratón? —Se señaló la calva—. Me choqué con un puto mosquito. Estaba ahí, petrificado en el aire, pero no lo vi y me llevé una hostia. Fue como… como si me abriera la cabeza con un clavo.

—Ya, claro…

El Pachino se metió una raya y le pasó el canutillo a la puta.

—Cuando vi lo que podía hacer pensé que me había tocado la lotería. Hice pruebas, detuve el tiempo un montón de veces. Antes lo hacía sin querer, pero ahora lo controlo. Me dije: «Pachino, te vas a forrar». Mi primera idea era entrar en un banco, llenarme los bolsillos de billetes, y marcharme al siguiente. Pero no podía mover nada que estuviera paralizado en el tiempo.

—Una pena. —La Coñofrío no se lo tomaba en serio—. Oye, ¿por qué no te cambias de posición? Ya sabes, como en las películas. Paras el tiempo, das un paso al lado, y le vuelves a dar al play.

—No puedo.

—Venga, ¿cómo que no puedes?

—Para volver a darle al play como tú dices, tengo que regresar a la misma posición que tenía antes de parar el tiempo. Puedo detener el tiempo, ¿vale?, pero no puedo ponerlo en marcha si no está todo en el mismo sitio.

—¿Y cómo sabes qué posición es la correcta? Yo cada vez hago el «volcán invertido» de una forma distinta.

—No lo sé. Es como encajar una pieza en un puzle, como si hubiera un molde donde me acoplo de puta madre.

La Coñofrío lo miró con aburrimiento. La coca le daba ganas de hablar, pero aquel tema era tedioso.

—Pues sí que te ha pasado algo absurdo de verdad. Puedes parar el tiempo, pero no puedes demostrarlo porque tienes que volver a tu misma posición y es imposible cambiar nada mientras está congelado.

—Eso es.

—Y encima solo funciona si estás desnudo, porque si no tu propia ropa te hace de barrera.

—Ya te lo he dicho, es algo muy gilipollas.

—Entonces, ¿para qué sirve?

El Pachino estuvo tentado de contarle que las tres veces que había dejado de darle por el culo para cambiar de condón, en realidad había parado el tiempo y se había corrido fuera. Después había descansado, siempre con el tiempo congelado, para que su líbido se recuperase. No podía decirle que le había echado cuatro polvos seguidos, en lugar de uno muy largo, como ella pensaba. Tampoco podía confesar que se había pasado la noche colándose en el piso de su vecina para masturbarse mientras se duchaba, que le había chupado los pezones petrificados a una monja o que había meado en la mesa del policía que le detuvo la semana anterior. Él creía tener una reputación que conservar.

—Por eso he venido a verte, Susi. —La abrazó—. Los dos somos iguales.

—¿Iguales?

—Los dos tenemos un don. Yo paro el tiempo, y tú tienes el coño que parece Groenlandia.

—Joder, eso no es un don…

—Pero los tíos hacen cola por estar contigo. Nunca han conocido a alguien así. Dios, es como tirarse a un cubito de hielo.

—Vale ya. Esto lo heredé de mi madre y me da de comer.

—A eso me refiero. Le has encontrado utilidad a algo que parecía no tenerla. Tía, mírate. Tu coño es tu empresa. Eres una emprendedora, Susi. Una emprendedora.

—¿Y el Portugués?

El Portugués era su chulo. Una chica en un mundo de hombres suele acabar mal. Por ello, la mayoría se busca a un gilipollas que las cuide y proteja, pero en muchos casos acaban esclavizadas por él. El Portugués, además, era un proxeneta muy bueno y enseguida captó que el Pachino estaba enamorado de la Coñofrío. De vez en cuando le daba de hostias. Él era así.

—Mira, nena, te lo diré a las claras —balbució el Pachino—. Quiero que te vengas conmigo. Sé que mi don me puede hacer ganar pasta fácil. Solo hay que ver cómo lo hacemos, ¿vale?

La Coñofrío no tenía muchas ganas de irse con el Pachino. Sí, le daba cariño, pero como a cualquier otro cliente. Él la trataba bien, le traía regalos, aunque la amenazaba nunca la había maltratado, y se la metía por detrás para no dejarla embarazada. La realidad era que no aguantaba el frío de su vagina, pero eso era otra historia.

—Cariño, ya te lo he dicho muchas veces…

—Yo me ocuparé de todo. Vivirás como una reina. ¿He dicho reina? ¡Como una marquesa! No te faltará de nada. Vamos, ¿qué dices, Susi?

Antes del Portugués vino el Jinete, y antes el Chimpancé. Todos le prometieron lo mismo y acabaron usándola como puta y gastándose toda su pasta. Sin embargo, en los ojos de yonki del Pachino seguía viva esa chispa que la cautivaba.

—Vale, pero ¿cómo vas a sacar pasta con esa mierda de poder indemostrable que tienes?

—Ya se nos ocurrirá algo, encanto. —Le amasaba las tetas entre las manos—. Entre los dos podremos con todo.

—¿Te crees que soy idiota? —Lo apartó a un lado—. Mira que me han venido con milongas y tonterías, pero que ya tengo veintidós años, tío. Que no me creo lo de los poderes mágicos.

—Pero tu coño es de nitrógeno líquido…

—¿Y qué? Nene, yo te aguanto la charla todo lo que quieras, ¿vale? Es mi trabajo, me pagan por eso. Por mí, como si quieres decir que has visto un marciano. Yo te contestaré si verde o amarillo. ¿Lo entiendes? Pero no me puedes venir aquí y hablarme de esa gilipollez y pedirme que me fugue contigo. Necesito algo más, cariño. Dame algo más.

Cuando decía «algo más» quería decir «billetes».

—Vale, joder. —El Pachino sacó un calendario de bolsillo de la cartera—. Mira, pregúntame qué día cae el 20 de octubre.
Fany Carmona

—¿Para qué?

—¡Hazlo, hostia!

—¿Qué día cae…?

—Sábado.

La Coñofrío sonrió.

—Vale, ya te entiendo.

—Paro el tiempo, me levanto, miro el día en el calendario y vuelvo a darle al play

—¿El 13 de junio?

—Miércoles.

—¿6 de noviembre?

—Martes.

—¿29 de febr…?

—No está.

—Joder, qué guapo. ¿El ocho de diciembre?

—No puedo verlo, tienes el dedo encima.

—¿Y cómo sé que no te has aprendido los números?

—Ponme otra prueba.

La Coñofrío se lo pensó un rato. Ella siempre decía que era más de actuar que de pensar, así que duró poco.

—Date la vuelta —ordenó.

El Pachino obedeció. Abrió el cajón de la mesita de noche y depositó dentro el calendario.

—¿Cómo está el calendario, boca arriba o…?

—Boca abajo.

—¿Y ahora?

—Igual.

—¿Y ahora?

—Lo has cambiado.

—Mierda, tío, puedes detener el tiempo.

La demostración dejó impactada a la Coñofrío. El Pachino ya no era el cliente simpático: ahora era un superhéroe.

—Eres un superhéroe —dijo.

—Soy más que eso, Susi. Mira, esta mañana me he acercado a una de esas librerías de frikis, ya sabes, que venden «mortadelos» y tal. Bueno, pues me he leído varios tebeos parando el tiempo. Abría la página, congelaba el universo, y leía tranquilamente. Estaba buscando inspiración y todo eso. ¿Y sabes qué? Los que cortan la pana son los malos. Los buenos solo reciben hostias, pero los supervillanos roban bancos y la lían parda.

—Joder, qué guapo.

—Ya te digo.

—¿Y cómo vas a sacar pasta con tu superpoder? —preguntó, esta vez sí entusiasmada por su hombre.

El Pachino recordó el negocio que había intentado por la tarde. Había pensado mucho qué podía hacer con su don. Solo funcionaba desnudo, lo cual era una putada, y no podía cambiar nada de posición, ni siquiera a él mismo, que debía regresar al punto en el que detuvo el tiempo para poder reanudarlo. Así que se había metido en un club de maricas donde jugaban al strip poker. Se sentó en el borde de la silla, de forma que pudiera levantarse en cualquier momento, y se dejó perder las primeras manos. Cuando solo le quedaban los calzoncillos, los puso encima de la mesa para que todos los vieran. Ya desnudo, fue parando el tiempo a cada pestañeo para ver las cartas de sus rivales. Se retiró de las partidas que podía perder, y atacó en las que podía ganar. Sin embargo, un gordo cabrón, que estaba frente a él, se guardaba los ases entre los pliegues de la lorza y le hizo trampas. Perdió sus calzoncillos y tuvo que pirarse a casa desnudo. Ni siquiera se atrevió a denunciar al gordo. Supo que le habían limpiado del todo. No estaba dispuesto a repetirlo.

—Bueno, ya lo has visto. Puedo hacer de adivino para la gente.

—¿Desnudo?

—Eso da igual. Montaremos un camping nudista o algo así.

—¿Y si algún día no puedes regresar? No sé, que se te caiga un pelo mientras caminas y ya no puedas activar el tiempo porque…

—No funciona así, ¿vale? Quédate solo con la copla que te he contado. Parar el tiempo es igual a pasta gansa. Mucha pasta. Así que, ¿qué me dices? ¿Te vienes conmigo, muñeca?

La Coñofrío sintió ardor en la entrepierna. Supo que era una señal.

—Claro que sí, héroe mío.

No se besaron. No había que besar a las putas.

—No me llames «héroe».

En ese momento se abrió la puerta. La cerradura se rompió y entró en la habitación el Portugués. Grande, mulato, brazos como jamones. Los ojos inyectados en sangre al ver al Pachino en la cama. No aguantaba la visión de su polla torcida ni de sus venas remarcadas.

—Tú, hijo de perra —gruñó—. Tres clientes se han largado con otras chicas porque estás aquí haciéndome perder el tiempo.

—Un momento, Yoni.

—Ni Yoni ni hostias. La Susi es la estrella de la calle. El otro día vino un autobús de turistas japoneses solo para meter sus ridículas pollas en el coño helado de mi chica. No eres el único que puede follársela.

—Voy a pagar, Yoni.

—Joder con el tío duro. Claro que vas a pagar. Me vas a pagar toda la semana, por gilipollas.

—¿Toda la semana…?

—¿Qué te pasa? —Lo empujó—. ¿Estás sordo? Porque subnormal ya sé que eres un rato. Vamos, la pasta, mamón.

—Espera un momento, Yoni. No tengo tanto…

—Déjalo en paz, Yoni —musitó la Coñofrío.

—Tú —pausa—. Te callas —pausa.

—…

—Así está mejor. Y tú —le dijo al Pachino—, vas a pagar o te vas a ir con las piernas rotas.

—Vamos, Yoni, tío…

El primer puñetazo casi lo noquea. Fue como chocar contra un tren de mercancías. Lo peor es que paró el tiempo, pero no le sirvió de nada. Sabía que tenía que regresar a su misma posición y que el puñetazo se lo iba a llevar de igual forma. Aprovechó para buscar rutas de huida, pero solo se podía salir por la puerta principal. Por ello no le quedó más remedio que recibir la hostia.

—Vaya huevos que tienes, payaso —se burló el Portugués—. ¿Cómo la engatusas? ¿Le dices que me vas a partir la cara? ¿Es eso?

El dolor hizo reaccionar al Pachino. Se incorporó temblando. Paró el tiempo hasta que recuperó el control de su cuerpo, lo reanudó. A tientas, alcanzó el cuarto de baño. El Portugués apareció al instante.

—¿Dónde crees que vas?

El Pachino se amorró al grifo.

—Espera un momento —dijo—. Tengo la boca seca.

El Portugués alucinaba de la sed que tenía el Pachino. Le dio asco pensar que le iba vomitar toda esa agua cuando le reventara las tripas. Así que sacó la navaja.

—Vale, esto es lo que vamos a hacer —dijo—. Te voy a rajar la cara de arriba abajo. Así, mira, así. De arriba abajo. ¿Lo ves? Y cuando te pregunten, les dirás que el Yoni te dio bien por el culo. Serás el escarmiento para los demás. Porque la Susi, pedazo de gilipollas, es mía.

El Pachino cerró el grifo. Temblaba de nuevo.

—¿Me has llamado gilipollas? —susurró.

—No, si será verdad lo de que estás sordo.

—¿Pues sabes qué? —Se encaró a él—. Esta vez te has metido con el gilipollas equivocado.

El Yoni puso los ojos como platos.

—Estás muerto, pedazo de ma…

Stop.

Una pausa que equivalía a una hora. Quizá más.

Play.

El Portavoz. Año XXXII. Nº 9876. 29/10/2012.

ENCUENTRAN EL CADÁVER DE UN PROXENETA

Efectivos del Cuerpo Nacional de Policía hallaron en la madrugada de ayer el cuerpo sin vida de Jonathan D. P., en una habitación del céntrico motel Mayamy. Los investigadores sospecharon que se podía tratar de un ajuste de cuentas, ya que el fallecido era un conocido proxeneta. La autopsia reveló que la causa de la muerte había sido el ahogamiento. Fuentes oficiales indicaron a su vez lo extraño del asunto, ya que los pulmones de la víctima estaban llenos de orina humana. La investigación continúa bajo secreto sumarial, pero varios testigos aseguran haber visto huir de la escena del crimen a una prostituta llamada Susana R. R. acompañada de un cliente habitual.
Claudio Cerdán, REDACCIÓN


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