Una historia de putas - Ricard Ibáñez

Jordi Armengol Carner
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Tema: "Mundo de Héroes"






Barcelona, octubre de 2007

Es un restaurante japonés... O eso pone en la entrada. Con generosidad, yo lo calificaría de asiático. Eres la puta, la puta de Babilonia, borracha con la sangre de los mártires, y llevas en tu impúdico vientre al Anticristo. ¡Eres la puta, puta, puta de Babilonia!Un chino reconvertido que te hace cualquier plato de aire oriental que los ignorantes occidentales estemos dispuestos a tragar. Con todo, es económico, y al niño le divierte la manera que tienen para que pidas la comida: te traen una especie de cuestionario con todos los platos mezclados y numerados (tienen más de cien), y marcas los que quieres con lápiz. Así, la comida es más variada. Aunque vayas a diario.  Además, como casi nadie se fija nunca en mi hijo, con un menú de tres platos ya comemos sobradamente los dos.

Fue el niño el que se percató. Es curioso; con lo revoltoso y polvorilla que es, la atención que le pone a lo que le rodea.

—Fíjate mamá —me susurró. Y miré.

Era una pareja joven, de aspecto huesudo y descuidado. Ella tenía una larga cabellera castaña de pelo lacio y enfermizo, que le ocultaba la cara como una mortaja, aunque no tanto como para que un ojo atento no viera sus párpados rojos e hinchados de mucho llorar, y los moratones de haber sido abofeteada más de una vez. Él mostraba con gesto nervioso unos dientes manchados y estropeados, arrugando hacia atrás los labios como lo haría un perro al gruñir, mientras la empujaba hacia la puerta trasera.

La que daba al callejón.

Entendí lo que había llamado la atención de mi hijo. Había algo en la indefensión de ella, en la ansiedad de él, que no auguraba nada bueno.

Fuera como fuese, no era mi problema, así que traté de concentrarme en mi plato de tallarines tres delicias, como haría cualquier persona normal. Pero cuando volví a alzar la vista descubrí que el metomentodo del niño ya no estaba conmigo.

***

Era una habitación sin ventanas, tan pequeña que podría pasar por armario. No recuerdo quién era yo antes de que el padre Eusebio me metiera allí. Se dedicó a destruirme a base de palizas, gritos, insultos, vejaciones... y cómo no, violaciones. Insertando una y otra vez su miembro grueso y tumefacto por mis orificios, demasiado pequeños para él… o para nadie. Babeándome con su boca ensalivada. Manoseando mi cuerpo con sus manos sudadas. Frotando su barriga caída contra mi cuerpo desnudo. Al fin y al cabo, tenía yo doce años y casi era mujer.

***

Antes de las Olimpiadas, cuando en el barrio había putas, esta era la zona de los travelos, y les encantaba usar estos callejones para hacer mamadas rápidas. Los vecinos habían conseguido por fin echarlas de las calles, a ellas y a ellos, pero estos rincones y callejuelas secundarias seguían siendo excelentes lugares para llevar a cabo asuntos discretos.

Y claro, también ilegales.

La mujer estalló en un jadeo de sorpresa y miedo cuando, al salir al callejón, un hombre de cabeza afeitada y torso musculoso, apenas cubierto con una camiseta deportiva tan ceñida que parecía a punto de estallar, surgió de un portal y se plantó ante ellos. Ella retrocedió… para encontrarse con que su acompañante la retenía por los hombros, como si temiera que huyera. Lo miró con incredulidad:

—Pero... ¿Cómo has podido? —balbuceó a punto de echarse a llorar.

—Lo siento —apenas susurró él sin mirarla. —Tengo deudas— añadió como si eso lo explicara todo.

El recién llegado, con una mueca de aburrimiento y hastío tatuada en la cara,  le soltó a la muchacha un puñetazo en la boca del estómago, cortando de raíz las protestas (o súplicas) que pudiera tener en los labios. El acompañante de la chica dio un par de pasos atrás, encendió un cigarrillo con gesto nervioso, miró para otro lado. Como si la cosa no fuera con él.

Para el bruto, en cambio, la cosa sí que era algo suyo. Y no perdía detalle, ni andaba despistado papando moscas. Por eso fue él el primero en darse cuenta de que les había seguido, y que los miraba desde la entrada del callejón.

—¿Qué miras, guarra? —me dijo con impaciencia.

No contesté. No cambié la expresión. Ni le miré. Miraba a mi hijo, que estaba detrás de él, con ojos acusadores.

El hombre dio un empujón a la chica, arrojándola al suelo junto al otro, que seguía fumando como si le fuera la vida en ello. Se me acercó a grandes zancadas. Para darme un golpe con el puño cerrado, o una bofetada con la mano abierta, por mirona y entrometida.

Iba a atacarme.

Así que me defendí.

***

Era yo casi mujer, y sin que él ni nadie se dieran cuenta me hice mujer del todo, ya que el niño empezó a crecer dentro de mí. Se lo oculté como pude, temiendo lo que pasaría cuando lo descubriera. Siendo más amable y servil, sometiéndome en todo a él. Fue en vano, claro. Finalmente, no pude ocultar más la barriga. Calculo que estaría ya de cinco o seis meses, y juro por lo que sea que esté en el Cielo o en el Infierno que lo notaba moverse dentro de mí.

***

El niño puso el cuchillo en mi mano. Un cuchillo de estos de a tres palmos de largo y casi uno de ancho, de crueles bordes dentados. Una bestialidad de esas que llevan en las películas los héroes del Vietnam. O de Afganistán. O de donde sea. Estaba muy, muy afilado, y entró en su bajo vientre con facilidad, deslizándose entre sus marcados abdominales. El hombre me miró sin comprender, parándose en seco. Tiré del arma hacia abajo, y salió con un sonido de succión, rasgando carne y vísceras, provocando que sus intestinos se desparramaran en el suelo. Cayó de rodillas, con demasiada sorpresa y dolor para gritar o llorar, tratando estúpidamente de sostener el rosario de tripas violáceas que se descolgaban a sus pies.

El otro, el que le había llevado a la mujer, me miró con ojos desorbitados, posiblemente intentando digerir la bestialidad que acababa de ver... Trató de huir de mí sin apartar la vista. Mala cosa correr sin mirar. Mi hijo le puso la zancadilla, él cayó torpemente sobre la basura. Quería incorporarse a cuatro patas cuando mi cuchillo le trazó una segunda sonrisa, roja y abierta, en la garganta. Y por ella vomitó su vida.

Miré a la muchacha, casi esperando que se pusiera a gritar. Me miraba aterrada, pero en silencio. Y vino tras de mí, como un perro sin dueño, cuando me fui de allí.

Se llamaba Vanesa, o eso me dijo mientras sostenía su café con manos temblorosas. El tipo que la había vendido era su novio… o algo parecido. El otro fulano, el bruto, un matón de una red de trata de mujeres.

—Las compran a desgraciados con deudas de juego, como mi novio, o cogen a tontas a las que engañan diciendo que serán actrices, o a yonkis que harían cualquier cosa por la próxima dosis. Somos escoria que no le importamos a nadie. Las llevan a un bar de copas con hotel que tienen en las afueras, el Babilonia, se llama. Allí exhiben la mercancía, dan la posibilidad a los clientes hasta de catarla. Los hay que les compran las muchachas para su uso exclusivo, o para llevarlas a otros locales, incluso a otros países. Toda la que intenta protestar o escapar recibe una paliza. A veces algo peor que eso. Lo llaman «la doma». Te preguntarás cómo es que sé tanto de eso... Yo fui una de ellas. Me compraron, y he ido pasando de mano en mano. Tuve una oportunidad y escapé. Ahora me querían hacer volver. Otra vez. Pero se acabó. Te juro que se acabó. Haré lo que sea para que esto acabe.

***

Cuando finalmente se enteró, se enfadó muchísimo. Más de lo que me imaginaba. Me abofeteó y golpeó, y se fue para volver al cabo de un rato. Se había vestido con túnica, casulla y estola por encima, como si fuera a dar misa. Empezó a golpearme de nuevo, metódicamente, sin pasión, puñetazos y patadas, mientras repetía como una letanía:

—Eres la puta, la puta de Babilonia, borracha con la sangre de los mártires, y llevas en tu impúdico vientre al Anticristo. ¡Eres la puta, puta, puta de Babilonia!

***

Me miró con ojos esperanzados:

—He oído cosas... Tú eres una de ellos ¿verdad? Una de esos justicieros que están apareciendo por la ciudad desde este verano, como dicen los periódicos. ¿Me ayudarás a salvarme... y a salvar a las otras, las que tienen encerradas? ¿Me ayudarás a acabar con ellos? Al fin y al cabo, eres una heroína... Es tu trabajo, ¿no?

Supongo que la miré con incredulidad. Algo sé de locos y de manicomios, que he visto más de uno por dentro, pero esa tía estaba más loca que yo.

Entonces vi a mi hijo

Y mi hijo asintió con gravedad.

Así que no dije nada. No había nada que decir.   

La muchacha y yo nos acercamos al Babilonia por la mañana, cuando la gente currante se toma el café antes de empezar la jornada diaria.

—Más pronto lo mismo nos encontrábamos con algún cliente que hubiera empalmado la noche. Hazme caso, que a esta hora aún no se han despertado —me bisbiseaba excitada.

Se la veía un manojo de nervios. Pero estaba ahí, conmigo. Repitiendo hasta la saciedad (creo yo que más para ella que para mí) que no iba a dejarme meterme ahí dentro sola.

Nos colamos por la puerta trasera. La que daba a las cocinas. Trasteé con los fogones de gas, abriendo todas las llaves. Luego, mientras ella hacía guardia al otro lado de la puerta, empecé a derramar la gasolina por el suelo.

—¡Vane! ¿Qué haces aquí?

—Ho-hola Marco... —oí como balbuceaba ella tras la madera. —Ya ves, he vuelto…

—¿No sabías que te hemos estado buscando? ¿No te has encontrado con Héctor?—gruñó él amenazador.

***

Me dejó inconsciente en un charco de sangre. Cuando me desperté vi que no solo había sangrado de mis heridas. También había sangrado dentro de mí. Y mi niño, mi cosita... Se había roto.

Lloré hasta que agoté las lágrimas de toda una vida. Y me negué a volver a recibir dentro de mí al padre Eusebio, por muchos golpes y muchas amenazas que me diera. Me encerré en mi dolor y en mi soledad. Y en él descubrí la rabia. Y un día la rabia fue más fuerte que la impotencia.

***

Abrí la puerta de un empujón. Se giró más rápido de lo que me esperaba, pero al verme mujer y menuda, me atrajo hacia sí por la pechera.

Error.

Tendría que haberme dado un empujón.

Jose Barrero

El cuchillo, que pensaba clavarle en los riñones, se fue a su ingle, rebanándole músculos, tendones... y la arteria femoral. La sangre le brotó a borbotones, él se tambaleó de sorpresa y dolor, y fue relativamente fácil darle una patada en la pierna buena para desestabilizarle y hacerle caer. Otra patada le fue a la cabeza, para dejarlo inconsciente y que se desangrara sin gritar.

Ella me miraba con los ojos muy abiertos, cuajados de respeto y de miedo. Pero había llegado demasiado lejos para echarse atrás ahora. Siguiendo lo planeado, me llevó al fondo, al sótano donde encerraban a las chicas. La trampilla estaba cerrada por un grueso candado... Pero no hay candado que se resista a un par de martillazos y un cincel, si sabes cómo hacerlo.

Las muchachas estaban histéricas. Carne y espíritu maltratados hasta convertirlos en una masa informe. Algo que yo conocía demasiado bien. Por desconocida, a mí no me hubieran seguido. Por ser una de ellas, no hubieran confiado en Vane. Juntas, logramos llevarlas como un rebaño de ovejas temblorosas camino de la puerta.

Sus captores dormían en las habitaciones de arriba, así que terminé de derramar la gasolina en los escalones que llevaban al piso superior. Y estaba a punto de prenderle fuego cuando algo así como un camión se me estrelló al lado de la oreja, tirándome al suelo. Luché contra la inconsciencia mientras un bruto descalzo y con el torso desnudo, cubierto apenas por unos tejanos, alzaba sobre su cabeza un bate de béisbol que yo juraría que, homologado, no estaba... Tampoco es que pensara con mucha claridad. ¡Maldito matón insomne! Me goteaba sangre de la oreja, y su voz me producía ecos extraños en la cabeza.

—¿Pero de dónde has salido tú, puta?

***

Ese día descubrí, también, que mi niño, mi hijo... no había muerto. Seguía conmigo, a veces dentro de mí, a veces fuera. ¿Qué importaba que solo yo lo viera? Era mío, y yo era suya. Para siempre.

Mi niño es mi fuerza.

Mi niño fue mi libertad, ya que él me dijo lo que tenía que hacer. Fingí someterme de nuevo a la lascivia del padre, volví a ser su esclava, chupeteé sus carnes peludas y acogí dentro de mi boca su miembro, siempre alzado y a punto de estallar.

Y mordí.

***

Estaba a punto de aplastarme el cráneo como si fuera una cáscara de huevo, cuando mi hijo apareció a su lado, y saltó sobre él mordiéndole y arañándole. El matón gritó, se lo sacó de encima de un manotazo...

Pero mi hijo me había dado los segundos que necesitaba.

Arrojé el zippo encendido a sus pies… sobre el charco de gasolina. Aulló de miedo cuando las llamas le lamieron las piernas, y no me prestó atención cuando me alcé y lo empujé hacia atrás, hacia las escaleras donde un puro infierno se alzaba ya. Luego me mareé por el golpe y el esfuerzo; estuve a punto de caer sobre las llamas yo también, pero mi hijo me sostuvo. Y con una fuerza que nadie supondría en un chiquillo tan pequeño, cargó conmigo y me llevó hacia la puerta.

Nos fue muy justo. Apenas tuvimos tiempo de salir y dar un par de pasos cuando las llamas llegaron a la cocina, donde se acumulaba el gas, haciendo estallar la casa.

Un par de días después, mi hijo y yo estábamos en un bar, tomando a medias un café con leche y un donut. En el televisor volvían a dar la noticia de la misteriosa heroína que se había enfrentado sola a la peligrosa red de proxenetas, salvando a las muchachas que tenían secuestradas como esclavas.

Cambiaron de canal. Un político presentaba otra ley. Otra más. Otra promesa incumplida. Otra cosa que, antes de salir elegido, había jurado por su vida que no iba a hacer…

Lo había jurado por su vida…

—¡Venga, pon lo de antes! —protestó uno de los clientes—. ¡Pon otra vez lo de la salvadora de las putas, que prefiero oír eso a ver a este chorizo, que lo único que sabe cumplir son años!

Y le hicieron caso, y vi en pantalla el rostro de Vanesa:

—No sé su nombre. No me lo dijo. Hablaba poco. Apenas me susurró que se llamaba «la Puta». Creo que eligió ese nombre porque fue una de las nuestras. Qué sé yo… Pero, ahora, es nuestra protectora. Estés donde estés, Puta... gracias. Gracias por ser... lo que sea que seas. Estamos contigo. Sabremos devolverte el favor si nos necesitas…

***

Mordí con toda mi fuerza, con toda mi rabia, hasta que se lo arranqué de cuajo.

Aulló de dolor y desesperación, me golpeó... Pero ya me había golpeado antes, y no me dolieron sus puños. Pronto se olvidó de mí, y se puso a rodar por el suelo tratando de detener con sus manos la fuente de sangre que le brotaba entre los muslos, sin molestarse en tratar de esquivar las patadas con que le obsequiaba. Pronto dejó de moverse, y yo seguí golpeando y golpeando sus carnes, hasta que ya no pude más.

Entonces mi hijo cogió mi mano, y me fui con él. Nada, ni nadie nos separaría.

Nunca.

Jamás.

***

Perdí el hilo de lo que decía el rostro de Vanesa en el televisor. Miraba al niño, y el niño me miraba a mí.

Alguien que no cumple sus promesas es una mala persona.

Muy, muy mala.

Y ha de ser castigada.

Ricard Ibáñez fue el creador del juego de rol Aquelarre (1990, primer juego de rol creado y publicado en España) y escritor de novela histórica, entre las que se cuentan El oro y el acero, La última galera del rey o Mio Sidi.
Jordi Armengol Carner
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Tema: "Mundo de Héroes"






Barcelona, octubre de 2007

Es un restaurante japonés... O eso pone en la entrada. Con generosidad, yo lo calificaría de asiático. Eres la puta, la puta de Babilonia, borracha con la sangre de los mártires, y llevas en tu impúdico vientre al Anticristo. ¡Eres la puta, puta, puta de Babilonia!Un chino reconvertido que te hace cualquier plato de aire oriental que los ignorantes occidentales estemos dispuestos a tragar. Con todo, es económico, y al niño le divierte la manera que tienen para que pidas la comida: te traen una especie de cuestionario con todos los platos mezclados y numerados (tienen más de cien), y marcas los que quieres con lápiz. Así, la comida es más variada. Aunque vayas a diario.  Además, como casi nadie se fija nunca en mi hijo, con un menú de tres platos ya comemos sobradamente los dos.

Fue el niño el que se percató. Es curioso; con lo revoltoso y polvorilla que es, la atención que le pone a lo que le rodea.

—Fíjate mamá —me susurró. Y miré.

Era una pareja joven, de aspecto huesudo y descuidado. Ella tenía una larga cabellera castaña de pelo lacio y enfermizo, que le ocultaba la cara como una mortaja, aunque no tanto como para que un ojo atento no viera sus párpados rojos e hinchados de mucho llorar, y los moratones de haber sido abofeteada más de una vez. Él mostraba con gesto nervioso unos dientes manchados y estropeados, arrugando hacia atrás los labios como lo haría un perro al gruñir, mientras la empujaba hacia la puerta trasera.

La que daba al callejón.

Entendí lo que había llamado la atención de mi hijo. Había algo en la indefensión de ella, en la ansiedad de él, que no auguraba nada bueno.

Fuera como fuese, no era mi problema, así que traté de concentrarme en mi plato de tallarines tres delicias, como haría cualquier persona normal. Pero cuando volví a alzar la vista descubrí que el metomentodo del niño ya no estaba conmigo.

***

Era una habitación sin ventanas, tan pequeña que podría pasar por armario. No recuerdo quién era yo antes de que el padre Eusebio me metiera allí. Se dedicó a destruirme a base de palizas, gritos, insultos, vejaciones... y cómo no, violaciones. Insertando una y otra vez su miembro grueso y tumefacto por mis orificios, demasiado pequeños para él… o para nadie. Babeándome con su boca ensalivada. Manoseando mi cuerpo con sus manos sudadas. Frotando su barriga caída contra mi cuerpo desnudo. Al fin y al cabo, tenía yo doce años y casi era mujer.

***

Antes de las Olimpiadas, cuando en el barrio había putas, esta era la zona de los travelos, y les encantaba usar estos callejones para hacer mamadas rápidas. Los vecinos habían conseguido por fin echarlas de las calles, a ellas y a ellos, pero estos rincones y callejuelas secundarias seguían siendo excelentes lugares para llevar a cabo asuntos discretos.

Y claro, también ilegales.

La mujer estalló en un jadeo de sorpresa y miedo cuando, al salir al callejón, un hombre de cabeza afeitada y torso musculoso, apenas cubierto con una camiseta deportiva tan ceñida que parecía a punto de estallar, surgió de un portal y se plantó ante ellos. Ella retrocedió… para encontrarse con que su acompañante la retenía por los hombros, como si temiera que huyera. Lo miró con incredulidad:

—Pero... ¿Cómo has podido? —balbuceó a punto de echarse a llorar.

—Lo siento —apenas susurró él sin mirarla. —Tengo deudas— añadió como si eso lo explicara todo.

El recién llegado, con una mueca de aburrimiento y hastío tatuada en la cara,  le soltó a la muchacha un puñetazo en la boca del estómago, cortando de raíz las protestas (o súplicas) que pudiera tener en los labios. El acompañante de la chica dio un par de pasos atrás, encendió un cigarrillo con gesto nervioso, miró para otro lado. Como si la cosa no fuera con él.

Para el bruto, en cambio, la cosa sí que era algo suyo. Y no perdía detalle, ni andaba despistado papando moscas. Por eso fue él el primero en darse cuenta de que les había seguido, y que los miraba desde la entrada del callejón.

—¿Qué miras, guarra? —me dijo con impaciencia.

No contesté. No cambié la expresión. Ni le miré. Miraba a mi hijo, que estaba detrás de él, con ojos acusadores.

El hombre dio un empujón a la chica, arrojándola al suelo junto al otro, que seguía fumando como si le fuera la vida en ello. Se me acercó a grandes zancadas. Para darme un golpe con el puño cerrado, o una bofetada con la mano abierta, por mirona y entrometida.

Iba a atacarme.

Así que me defendí.

***

Era yo casi mujer, y sin que él ni nadie se dieran cuenta me hice mujer del todo, ya que el niño empezó a crecer dentro de mí. Se lo oculté como pude, temiendo lo que pasaría cuando lo descubriera. Siendo más amable y servil, sometiéndome en todo a él. Fue en vano, claro. Finalmente, no pude ocultar más la barriga. Calculo que estaría ya de cinco o seis meses, y juro por lo que sea que esté en el Cielo o en el Infierno que lo notaba moverse dentro de mí.

***

El niño puso el cuchillo en mi mano. Un cuchillo de estos de a tres palmos de largo y casi uno de ancho, de crueles bordes dentados. Una bestialidad de esas que llevan en las películas los héroes del Vietnam. O de Afganistán. O de donde sea. Estaba muy, muy afilado, y entró en su bajo vientre con facilidad, deslizándose entre sus marcados abdominales. El hombre me miró sin comprender, parándose en seco. Tiré del arma hacia abajo, y salió con un sonido de succión, rasgando carne y vísceras, provocando que sus intestinos se desparramaran en el suelo. Cayó de rodillas, con demasiada sorpresa y dolor para gritar o llorar, tratando estúpidamente de sostener el rosario de tripas violáceas que se descolgaban a sus pies.

El otro, el que le había llevado a la mujer, me miró con ojos desorbitados, posiblemente intentando digerir la bestialidad que acababa de ver... Trató de huir de mí sin apartar la vista. Mala cosa correr sin mirar. Mi hijo le puso la zancadilla, él cayó torpemente sobre la basura. Quería incorporarse a cuatro patas cuando mi cuchillo le trazó una segunda sonrisa, roja y abierta, en la garganta. Y por ella vomitó su vida.

Miré a la muchacha, casi esperando que se pusiera a gritar. Me miraba aterrada, pero en silencio. Y vino tras de mí, como un perro sin dueño, cuando me fui de allí.

Se llamaba Vanesa, o eso me dijo mientras sostenía su café con manos temblorosas. El tipo que la había vendido era su novio… o algo parecido. El otro fulano, el bruto, un matón de una red de trata de mujeres.

—Las compran a desgraciados con deudas de juego, como mi novio, o cogen a tontas a las que engañan diciendo que serán actrices, o a yonkis que harían cualquier cosa por la próxima dosis. Somos escoria que no le importamos a nadie. Las llevan a un bar de copas con hotel que tienen en las afueras, el Babilonia, se llama. Allí exhiben la mercancía, dan la posibilidad a los clientes hasta de catarla. Los hay que les compran las muchachas para su uso exclusivo, o para llevarlas a otros locales, incluso a otros países. Toda la que intenta protestar o escapar recibe una paliza. A veces algo peor que eso. Lo llaman «la doma». Te preguntarás cómo es que sé tanto de eso... Yo fui una de ellas. Me compraron, y he ido pasando de mano en mano. Tuve una oportunidad y escapé. Ahora me querían hacer volver. Otra vez. Pero se acabó. Te juro que se acabó. Haré lo que sea para que esto acabe.

***

Cuando finalmente se enteró, se enfadó muchísimo. Más de lo que me imaginaba. Me abofeteó y golpeó, y se fue para volver al cabo de un rato. Se había vestido con túnica, casulla y estola por encima, como si fuera a dar misa. Empezó a golpearme de nuevo, metódicamente, sin pasión, puñetazos y patadas, mientras repetía como una letanía:

—Eres la puta, la puta de Babilonia, borracha con la sangre de los mártires, y llevas en tu impúdico vientre al Anticristo. ¡Eres la puta, puta, puta de Babilonia!

***

Me miró con ojos esperanzados:

—He oído cosas... Tú eres una de ellos ¿verdad? Una de esos justicieros que están apareciendo por la ciudad desde este verano, como dicen los periódicos. ¿Me ayudarás a salvarme... y a salvar a las otras, las que tienen encerradas? ¿Me ayudarás a acabar con ellos? Al fin y al cabo, eres una heroína... Es tu trabajo, ¿no?

Supongo que la miré con incredulidad. Algo sé de locos y de manicomios, que he visto más de uno por dentro, pero esa tía estaba más loca que yo.

Entonces vi a mi hijo

Y mi hijo asintió con gravedad.

Así que no dije nada. No había nada que decir.   

La muchacha y yo nos acercamos al Babilonia por la mañana, cuando la gente currante se toma el café antes de empezar la jornada diaria.

—Más pronto lo mismo nos encontrábamos con algún cliente que hubiera empalmado la noche. Hazme caso, que a esta hora aún no se han despertado —me bisbiseaba excitada.

Se la veía un manojo de nervios. Pero estaba ahí, conmigo. Repitiendo hasta la saciedad (creo yo que más para ella que para mí) que no iba a dejarme meterme ahí dentro sola.

Nos colamos por la puerta trasera. La que daba a las cocinas. Trasteé con los fogones de gas, abriendo todas las llaves. Luego, mientras ella hacía guardia al otro lado de la puerta, empecé a derramar la gasolina por el suelo.

—¡Vane! ¿Qué haces aquí?

—Ho-hola Marco... —oí como balbuceaba ella tras la madera. —Ya ves, he vuelto…

—¿No sabías que te hemos estado buscando? ¿No te has encontrado con Héctor?—gruñó él amenazador.

***

Me dejó inconsciente en un charco de sangre. Cuando me desperté vi que no solo había sangrado de mis heridas. También había sangrado dentro de mí. Y mi niño, mi cosita... Se había roto.

Lloré hasta que agoté las lágrimas de toda una vida. Y me negué a volver a recibir dentro de mí al padre Eusebio, por muchos golpes y muchas amenazas que me diera. Me encerré en mi dolor y en mi soledad. Y en él descubrí la rabia. Y un día la rabia fue más fuerte que la impotencia.

***

Abrí la puerta de un empujón. Se giró más rápido de lo que me esperaba, pero al verme mujer y menuda, me atrajo hacia sí por la pechera.

Error.

Tendría que haberme dado un empujón.

Jose Barrero

El cuchillo, que pensaba clavarle en los riñones, se fue a su ingle, rebanándole músculos, tendones... y la arteria femoral. La sangre le brotó a borbotones, él se tambaleó de sorpresa y dolor, y fue relativamente fácil darle una patada en la pierna buena para desestabilizarle y hacerle caer. Otra patada le fue a la cabeza, para dejarlo inconsciente y que se desangrara sin gritar.

Ella me miraba con los ojos muy abiertos, cuajados de respeto y de miedo. Pero había llegado demasiado lejos para echarse atrás ahora. Siguiendo lo planeado, me llevó al fondo, al sótano donde encerraban a las chicas. La trampilla estaba cerrada por un grueso candado... Pero no hay candado que se resista a un par de martillazos y un cincel, si sabes cómo hacerlo.

Las muchachas estaban histéricas. Carne y espíritu maltratados hasta convertirlos en una masa informe. Algo que yo conocía demasiado bien. Por desconocida, a mí no me hubieran seguido. Por ser una de ellas, no hubieran confiado en Vane. Juntas, logramos llevarlas como un rebaño de ovejas temblorosas camino de la puerta.

Sus captores dormían en las habitaciones de arriba, así que terminé de derramar la gasolina en los escalones que llevaban al piso superior. Y estaba a punto de prenderle fuego cuando algo así como un camión se me estrelló al lado de la oreja, tirándome al suelo. Luché contra la inconsciencia mientras un bruto descalzo y con el torso desnudo, cubierto apenas por unos tejanos, alzaba sobre su cabeza un bate de béisbol que yo juraría que, homologado, no estaba... Tampoco es que pensara con mucha claridad. ¡Maldito matón insomne! Me goteaba sangre de la oreja, y su voz me producía ecos extraños en la cabeza.

—¿Pero de dónde has salido tú, puta?

***

Ese día descubrí, también, que mi niño, mi hijo... no había muerto. Seguía conmigo, a veces dentro de mí, a veces fuera. ¿Qué importaba que solo yo lo viera? Era mío, y yo era suya. Para siempre.

Mi niño es mi fuerza.

Mi niño fue mi libertad, ya que él me dijo lo que tenía que hacer. Fingí someterme de nuevo a la lascivia del padre, volví a ser su esclava, chupeteé sus carnes peludas y acogí dentro de mi boca su miembro, siempre alzado y a punto de estallar.

Y mordí.

***

Estaba a punto de aplastarme el cráneo como si fuera una cáscara de huevo, cuando mi hijo apareció a su lado, y saltó sobre él mordiéndole y arañándole. El matón gritó, se lo sacó de encima de un manotazo...

Pero mi hijo me había dado los segundos que necesitaba.

Arrojé el zippo encendido a sus pies… sobre el charco de gasolina. Aulló de miedo cuando las llamas le lamieron las piernas, y no me prestó atención cuando me alcé y lo empujé hacia atrás, hacia las escaleras donde un puro infierno se alzaba ya. Luego me mareé por el golpe y el esfuerzo; estuve a punto de caer sobre las llamas yo también, pero mi hijo me sostuvo. Y con una fuerza que nadie supondría en un chiquillo tan pequeño, cargó conmigo y me llevó hacia la puerta.

Nos fue muy justo. Apenas tuvimos tiempo de salir y dar un par de pasos cuando las llamas llegaron a la cocina, donde se acumulaba el gas, haciendo estallar la casa.

Un par de días después, mi hijo y yo estábamos en un bar, tomando a medias un café con leche y un donut. En el televisor volvían a dar la noticia de la misteriosa heroína que se había enfrentado sola a la peligrosa red de proxenetas, salvando a las muchachas que tenían secuestradas como esclavas.

Cambiaron de canal. Un político presentaba otra ley. Otra más. Otra promesa incumplida. Otra cosa que, antes de salir elegido, había jurado por su vida que no iba a hacer…

Lo había jurado por su vida…

—¡Venga, pon lo de antes! —protestó uno de los clientes—. ¡Pon otra vez lo de la salvadora de las putas, que prefiero oír eso a ver a este chorizo, que lo único que sabe cumplir son años!

Y le hicieron caso, y vi en pantalla el rostro de Vanesa:

—No sé su nombre. No me lo dijo. Hablaba poco. Apenas me susurró que se llamaba «la Puta». Creo que eligió ese nombre porque fue una de las nuestras. Qué sé yo… Pero, ahora, es nuestra protectora. Estés donde estés, Puta... gracias. Gracias por ser... lo que sea que seas. Estamos contigo. Sabremos devolverte el favor si nos necesitas…

***

Mordí con toda mi fuerza, con toda mi rabia, hasta que se lo arranqué de cuajo.

Aulló de dolor y desesperación, me golpeó... Pero ya me había golpeado antes, y no me dolieron sus puños. Pronto se olvidó de mí, y se puso a rodar por el suelo tratando de detener con sus manos la fuente de sangre que le brotaba entre los muslos, sin molestarse en tratar de esquivar las patadas con que le obsequiaba. Pronto dejó de moverse, y yo seguí golpeando y golpeando sus carnes, hasta que ya no pude más.

Entonces mi hijo cogió mi mano, y me fui con él. Nada, ni nadie nos separaría.

Nunca.

Jamás.

***

Perdí el hilo de lo que decía el rostro de Vanesa en el televisor. Miraba al niño, y el niño me miraba a mí.

Alguien que no cumple sus promesas es una mala persona.

Muy, muy mala.

Y ha de ser castigada.

Ricard Ibáñez fue el creador del juego de rol Aquelarre (1990, primer juego de rol creado y publicado en España) y escritor de novela histórica, entre las que se cuentan El oro y el acero, La última galera del rey o Mio Sidi.
Jordi Armengol Carner
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Tema: "Mundo de Héroes"






Barcelona, octubre de 2007

Es un restaurante japonés... O eso pone en la entrada. Con generosidad, yo lo calificaría de asiático. Eres la puta, la puta de Babilonia, borracha con la sangre de los mártires, y llevas en tu impúdico vientre al Anticristo. ¡Eres la puta, puta, puta de Babilonia!Un chino reconvertido que te hace cualquier plato de aire oriental que los ignorantes occidentales estemos dispuestos a tragar. Con todo, es económico, y al niño le divierte la manera que tienen para que pidas la comida: te traen una especie de cuestionario con todos los platos mezclados y numerados (tienen más de cien), y marcas los que quieres con lápiz. Así, la comida es más variada. Aunque vayas a diario.  Además, como casi nadie se fija nunca en mi hijo, con un menú de tres platos ya comemos sobradamente los dos.

Fue el niño el que se percató. Es curioso; con lo revoltoso y polvorilla que es, la atención que le pone a lo que le rodea.

—Fíjate mamá —me susurró. Y miré.

Era una pareja joven, de aspecto huesudo y descuidado. Ella tenía una larga cabellera castaña de pelo lacio y enfermizo, que le ocultaba la cara como una mortaja, aunque no tanto como para que un ojo atento no viera sus párpados rojos e hinchados de mucho llorar, y los moratones de haber sido abofeteada más de una vez. Él mostraba con gesto nervioso unos dientes manchados y estropeados, arrugando hacia atrás los labios como lo haría un perro al gruñir, mientras la empujaba hacia la puerta trasera.

La que daba al callejón.

Entendí lo que había llamado la atención de mi hijo. Había algo en la indefensión de ella, en la ansiedad de él, que no auguraba nada bueno.

Fuera como fuese, no era mi problema, así que traté de concentrarme en mi plato de tallarines tres delicias, como haría cualquier persona normal. Pero cuando volví a alzar la vista descubrí que el metomentodo del niño ya no estaba conmigo.

***

Era una habitación sin ventanas, tan pequeña que podría pasar por armario. No recuerdo quién era yo antes de que el padre Eusebio me metiera allí. Se dedicó a destruirme a base de palizas, gritos, insultos, vejaciones... y cómo no, violaciones. Insertando una y otra vez su miembro grueso y tumefacto por mis orificios, demasiado pequeños para él… o para nadie. Babeándome con su boca ensalivada. Manoseando mi cuerpo con sus manos sudadas. Frotando su barriga caída contra mi cuerpo desnudo. Al fin y al cabo, tenía yo doce años y casi era mujer.

***

Antes de las Olimpiadas, cuando en el barrio había putas, esta era la zona de los travelos, y les encantaba usar estos callejones para hacer mamadas rápidas. Los vecinos habían conseguido por fin echarlas de las calles, a ellas y a ellos, pero estos rincones y callejuelas secundarias seguían siendo excelentes lugares para llevar a cabo asuntos discretos.

Y claro, también ilegales.

La mujer estalló en un jadeo de sorpresa y miedo cuando, al salir al callejón, un hombre de cabeza afeitada y torso musculoso, apenas cubierto con una camiseta deportiva tan ceñida que parecía a punto de estallar, surgió de un portal y se plantó ante ellos. Ella retrocedió… para encontrarse con que su acompañante la retenía por los hombros, como si temiera que huyera. Lo miró con incredulidad:

—Pero... ¿Cómo has podido? —balbuceó a punto de echarse a llorar.

—Lo siento —apenas susurró él sin mirarla. —Tengo deudas— añadió como si eso lo explicara todo.

El recién llegado, con una mueca de aburrimiento y hastío tatuada en la cara,  le soltó a la muchacha un puñetazo en la boca del estómago, cortando de raíz las protestas (o súplicas) que pudiera tener en los labios. El acompañante de la chica dio un par de pasos atrás, encendió un cigarrillo con gesto nervioso, miró para otro lado. Como si la cosa no fuera con él.

Para el bruto, en cambio, la cosa sí que era algo suyo. Y no perdía detalle, ni andaba despistado papando moscas. Por eso fue él el primero en darse cuenta de que les había seguido, y que los miraba desde la entrada del callejón.

—¿Qué miras, guarra? —me dijo con impaciencia.

No contesté. No cambié la expresión. Ni le miré. Miraba a mi hijo, que estaba detrás de él, con ojos acusadores.

El hombre dio un empujón a la chica, arrojándola al suelo junto al otro, que seguía fumando como si le fuera la vida en ello. Se me acercó a grandes zancadas. Para darme un golpe con el puño cerrado, o una bofetada con la mano abierta, por mirona y entrometida.

Iba a atacarme.

Así que me defendí.

***

Era yo casi mujer, y sin que él ni nadie se dieran cuenta me hice mujer del todo, ya que el niño empezó a crecer dentro de mí. Se lo oculté como pude, temiendo lo que pasaría cuando lo descubriera. Siendo más amable y servil, sometiéndome en todo a él. Fue en vano, claro. Finalmente, no pude ocultar más la barriga. Calculo que estaría ya de cinco o seis meses, y juro por lo que sea que esté en el Cielo o en el Infierno que lo notaba moverse dentro de mí.

***

El niño puso el cuchillo en mi mano. Un cuchillo de estos de a tres palmos de largo y casi uno de ancho, de crueles bordes dentados. Una bestialidad de esas que llevan en las películas los héroes del Vietnam. O de Afganistán. O de donde sea. Estaba muy, muy afilado, y entró en su bajo vientre con facilidad, deslizándose entre sus marcados abdominales. El hombre me miró sin comprender, parándose en seco. Tiré del arma hacia abajo, y salió con un sonido de succión, rasgando carne y vísceras, provocando que sus intestinos se desparramaran en el suelo. Cayó de rodillas, con demasiada sorpresa y dolor para gritar o llorar, tratando estúpidamente de sostener el rosario de tripas violáceas que se descolgaban a sus pies.

El otro, el que le había llevado a la mujer, me miró con ojos desorbitados, posiblemente intentando digerir la bestialidad que acababa de ver... Trató de huir de mí sin apartar la vista. Mala cosa correr sin mirar. Mi hijo le puso la zancadilla, él cayó torpemente sobre la basura. Quería incorporarse a cuatro patas cuando mi cuchillo le trazó una segunda sonrisa, roja y abierta, en la garganta. Y por ella vomitó su vida.

Miré a la muchacha, casi esperando que se pusiera a gritar. Me miraba aterrada, pero en silencio. Y vino tras de mí, como un perro sin dueño, cuando me fui de allí.

Se llamaba Vanesa, o eso me dijo mientras sostenía su café con manos temblorosas. El tipo que la había vendido era su novio… o algo parecido. El otro fulano, el bruto, un matón de una red de trata de mujeres.

—Las compran a desgraciados con deudas de juego, como mi novio, o cogen a tontas a las que engañan diciendo que serán actrices, o a yonkis que harían cualquier cosa por la próxima dosis. Somos escoria que no le importamos a nadie. Las llevan a un bar de copas con hotel que tienen en las afueras, el Babilonia, se llama. Allí exhiben la mercancía, dan la posibilidad a los clientes hasta de catarla. Los hay que les compran las muchachas para su uso exclusivo, o para llevarlas a otros locales, incluso a otros países. Toda la que intenta protestar o escapar recibe una paliza. A veces algo peor que eso. Lo llaman «la doma». Te preguntarás cómo es que sé tanto de eso... Yo fui una de ellas. Me compraron, y he ido pasando de mano en mano. Tuve una oportunidad y escapé. Ahora me querían hacer volver. Otra vez. Pero se acabó. Te juro que se acabó. Haré lo que sea para que esto acabe.

***

Cuando finalmente se enteró, se enfadó muchísimo. Más de lo que me imaginaba. Me abofeteó y golpeó, y se fue para volver al cabo de un rato. Se había vestido con túnica, casulla y estola por encima, como si fuera a dar misa. Empezó a golpearme de nuevo, metódicamente, sin pasión, puñetazos y patadas, mientras repetía como una letanía:

—Eres la puta, la puta de Babilonia, borracha con la sangre de los mártires, y llevas en tu impúdico vientre al Anticristo. ¡Eres la puta, puta, puta de Babilonia!

***

Me miró con ojos esperanzados:

—He oído cosas... Tú eres una de ellos ¿verdad? Una de esos justicieros que están apareciendo por la ciudad desde este verano, como dicen los periódicos. ¿Me ayudarás a salvarme... y a salvar a las otras, las que tienen encerradas? ¿Me ayudarás a acabar con ellos? Al fin y al cabo, eres una heroína... Es tu trabajo, ¿no?

Supongo que la miré con incredulidad. Algo sé de locos y de manicomios, que he visto más de uno por dentro, pero esa tía estaba más loca que yo.

Entonces vi a mi hijo

Y mi hijo asintió con gravedad.

Así que no dije nada. No había nada que decir.   

La muchacha y yo nos acercamos al Babilonia por la mañana, cuando la gente currante se toma el café antes de empezar la jornada diaria.

—Más pronto lo mismo nos encontrábamos con algún cliente que hubiera empalmado la noche. Hazme caso, que a esta hora aún no se han despertado —me bisbiseaba excitada.

Se la veía un manojo de nervios. Pero estaba ahí, conmigo. Repitiendo hasta la saciedad (creo yo que más para ella que para mí) que no iba a dejarme meterme ahí dentro sola.

Nos colamos por la puerta trasera. La que daba a las cocinas. Trasteé con los fogones de gas, abriendo todas las llaves. Luego, mientras ella hacía guardia al otro lado de la puerta, empecé a derramar la gasolina por el suelo.

—¡Vane! ¿Qué haces aquí?

—Ho-hola Marco... —oí como balbuceaba ella tras la madera. —Ya ves, he vuelto…

—¿No sabías que te hemos estado buscando? ¿No te has encontrado con Héctor?—gruñó él amenazador.

***

Me dejó inconsciente en un charco de sangre. Cuando me desperté vi que no solo había sangrado de mis heridas. También había sangrado dentro de mí. Y mi niño, mi cosita... Se había roto.

Lloré hasta que agoté las lágrimas de toda una vida. Y me negué a volver a recibir dentro de mí al padre Eusebio, por muchos golpes y muchas amenazas que me diera. Me encerré en mi dolor y en mi soledad. Y en él descubrí la rabia. Y un día la rabia fue más fuerte que la impotencia.

***

Abrí la puerta de un empujón. Se giró más rápido de lo que me esperaba, pero al verme mujer y menuda, me atrajo hacia sí por la pechera.

Error.

Tendría que haberme dado un empujón.

Jose Barrero

El cuchillo, que pensaba clavarle en los riñones, se fue a su ingle, rebanándole músculos, tendones... y la arteria femoral. La sangre le brotó a borbotones, él se tambaleó de sorpresa y dolor, y fue relativamente fácil darle una patada en la pierna buena para desestabilizarle y hacerle caer. Otra patada le fue a la cabeza, para dejarlo inconsciente y que se desangrara sin gritar.

Ella me miraba con los ojos muy abiertos, cuajados de respeto y de miedo. Pero había llegado demasiado lejos para echarse atrás ahora. Siguiendo lo planeado, me llevó al fondo, al sótano donde encerraban a las chicas. La trampilla estaba cerrada por un grueso candado... Pero no hay candado que se resista a un par de martillazos y un cincel, si sabes cómo hacerlo.

Las muchachas estaban histéricas. Carne y espíritu maltratados hasta convertirlos en una masa informe. Algo que yo conocía demasiado bien. Por desconocida, a mí no me hubieran seguido. Por ser una de ellas, no hubieran confiado en Vane. Juntas, logramos llevarlas como un rebaño de ovejas temblorosas camino de la puerta.

Sus captores dormían en las habitaciones de arriba, así que terminé de derramar la gasolina en los escalones que llevaban al piso superior. Y estaba a punto de prenderle fuego cuando algo así como un camión se me estrelló al lado de la oreja, tirándome al suelo. Luché contra la inconsciencia mientras un bruto descalzo y con el torso desnudo, cubierto apenas por unos tejanos, alzaba sobre su cabeza un bate de béisbol que yo juraría que, homologado, no estaba... Tampoco es que pensara con mucha claridad. ¡Maldito matón insomne! Me goteaba sangre de la oreja, y su voz me producía ecos extraños en la cabeza.

—¿Pero de dónde has salido tú, puta?

***

Ese día descubrí, también, que mi niño, mi hijo... no había muerto. Seguía conmigo, a veces dentro de mí, a veces fuera. ¿Qué importaba que solo yo lo viera? Era mío, y yo era suya. Para siempre.

Mi niño es mi fuerza.

Mi niño fue mi libertad, ya que él me dijo lo que tenía que hacer. Fingí someterme de nuevo a la lascivia del padre, volví a ser su esclava, chupeteé sus carnes peludas y acogí dentro de mi boca su miembro, siempre alzado y a punto de estallar.

Y mordí.

***

Estaba a punto de aplastarme el cráneo como si fuera una cáscara de huevo, cuando mi hijo apareció a su lado, y saltó sobre él mordiéndole y arañándole. El matón gritó, se lo sacó de encima de un manotazo...

Pero mi hijo me había dado los segundos que necesitaba.

Arrojé el zippo encendido a sus pies… sobre el charco de gasolina. Aulló de miedo cuando las llamas le lamieron las piernas, y no me prestó atención cuando me alcé y lo empujé hacia atrás, hacia las escaleras donde un puro infierno se alzaba ya. Luego me mareé por el golpe y el esfuerzo; estuve a punto de caer sobre las llamas yo también, pero mi hijo me sostuvo. Y con una fuerza que nadie supondría en un chiquillo tan pequeño, cargó conmigo y me llevó hacia la puerta.

Nos fue muy justo. Apenas tuvimos tiempo de salir y dar un par de pasos cuando las llamas llegaron a la cocina, donde se acumulaba el gas, haciendo estallar la casa.

Un par de días después, mi hijo y yo estábamos en un bar, tomando a medias un café con leche y un donut. En el televisor volvían a dar la noticia de la misteriosa heroína que se había enfrentado sola a la peligrosa red de proxenetas, salvando a las muchachas que tenían secuestradas como esclavas.

Cambiaron de canal. Un político presentaba otra ley. Otra más. Otra promesa incumplida. Otra cosa que, antes de salir elegido, había jurado por su vida que no iba a hacer…

Lo había jurado por su vida…

—¡Venga, pon lo de antes! —protestó uno de los clientes—. ¡Pon otra vez lo de la salvadora de las putas, que prefiero oír eso a ver a este chorizo, que lo único que sabe cumplir son años!

Y le hicieron caso, y vi en pantalla el rostro de Vanesa:

—No sé su nombre. No me lo dijo. Hablaba poco. Apenas me susurró que se llamaba «la Puta». Creo que eligió ese nombre porque fue una de las nuestras. Qué sé yo… Pero, ahora, es nuestra protectora. Estés donde estés, Puta... gracias. Gracias por ser... lo que sea que seas. Estamos contigo. Sabremos devolverte el favor si nos necesitas…

***

Mordí con toda mi fuerza, con toda mi rabia, hasta que se lo arranqué de cuajo.

Aulló de dolor y desesperación, me golpeó... Pero ya me había golpeado antes, y no me dolieron sus puños. Pronto se olvidó de mí, y se puso a rodar por el suelo tratando de detener con sus manos la fuente de sangre que le brotaba entre los muslos, sin molestarse en tratar de esquivar las patadas con que le obsequiaba. Pronto dejó de moverse, y yo seguí golpeando y golpeando sus carnes, hasta que ya no pude más.

Entonces mi hijo cogió mi mano, y me fui con él. Nada, ni nadie nos separaría.

Nunca.

Jamás.

***

Perdí el hilo de lo que decía el rostro de Vanesa en el televisor. Miraba al niño, y el niño me miraba a mí.

Alguien que no cumple sus promesas es una mala persona.

Muy, muy mala.

Y ha de ser castigada.

Ricard Ibáñez fue el creador del juego de rol Aquelarre (1990, primer juego de rol creado y publicado en España) y escritor de novela histórica, entre las que se cuentan El oro y el acero, La última galera del rey o Mio Sidi.
Jordi Armengol Carner
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Tema: "Mundo de Héroes"






Barcelona, octubre de 2007

Es un restaurante japonés... O eso pone en la entrada. Con generosidad, yo lo calificaría de asiático. Eres la puta, la puta de Babilonia, borracha con la sangre de los mártires, y llevas en tu impúdico vientre al Anticristo. ¡Eres la puta, puta, puta de Babilonia!Un chino reconvertido que te hace cualquier plato de aire oriental que los ignorantes occidentales estemos dispuestos a tragar. Con todo, es económico, y al niño le divierte la manera que tienen para que pidas la comida: te traen una especie de cuestionario con todos los platos mezclados y numerados (tienen más de cien), y marcas los que quieres con lápiz. Así, la comida es más variada. Aunque vayas a diario.  Además, como casi nadie se fija nunca en mi hijo, con un menú de tres platos ya comemos sobradamente los dos.

Fue el niño el que se percató. Es curioso; con lo revoltoso y polvorilla que es, la atención que le pone a lo que le rodea.

—Fíjate mamá —me susurró. Y miré.

Era una pareja joven, de aspecto huesudo y descuidado. Ella tenía una larga cabellera castaña de pelo lacio y enfermizo, que le ocultaba la cara como una mortaja, aunque no tanto como para que un ojo atento no viera sus párpados rojos e hinchados de mucho llorar, y los moratones de haber sido abofeteada más de una vez. Él mostraba con gesto nervioso unos dientes manchados y estropeados, arrugando hacia atrás los labios como lo haría un perro al gruñir, mientras la empujaba hacia la puerta trasera.

La que daba al callejón.

Entendí lo que había llamado la atención de mi hijo. Había algo en la indefensión de ella, en la ansiedad de él, que no auguraba nada bueno.

Fuera como fuese, no era mi problema, así que traté de concentrarme en mi plato de tallarines tres delicias, como haría cualquier persona normal. Pero cuando volví a alzar la vista descubrí que el metomentodo del niño ya no estaba conmigo.

***

Era una habitación sin ventanas, tan pequeña que podría pasar por armario. No recuerdo quién era yo antes de que el padre Eusebio me metiera allí. Se dedicó a destruirme a base de palizas, gritos, insultos, vejaciones... y cómo no, violaciones. Insertando una y otra vez su miembro grueso y tumefacto por mis orificios, demasiado pequeños para él… o para nadie. Babeándome con su boca ensalivada. Manoseando mi cuerpo con sus manos sudadas. Frotando su barriga caída contra mi cuerpo desnudo. Al fin y al cabo, tenía yo doce años y casi era mujer.

***

Antes de las Olimpiadas, cuando en el barrio había putas, esta era la zona de los travelos, y les encantaba usar estos callejones para hacer mamadas rápidas. Los vecinos habían conseguido por fin echarlas de las calles, a ellas y a ellos, pero estos rincones y callejuelas secundarias seguían siendo excelentes lugares para llevar a cabo asuntos discretos.

Y claro, también ilegales.

La mujer estalló en un jadeo de sorpresa y miedo cuando, al salir al callejón, un hombre de cabeza afeitada y torso musculoso, apenas cubierto con una camiseta deportiva tan ceñida que parecía a punto de estallar, surgió de un portal y se plantó ante ellos. Ella retrocedió… para encontrarse con que su acompañante la retenía por los hombros, como si temiera que huyera. Lo miró con incredulidad:

—Pero... ¿Cómo has podido? —balbuceó a punto de echarse a llorar.

—Lo siento —apenas susurró él sin mirarla. —Tengo deudas— añadió como si eso lo explicara todo.

El recién llegado, con una mueca de aburrimiento y hastío tatuada en la cara,  le soltó a la muchacha un puñetazo en la boca del estómago, cortando de raíz las protestas (o súplicas) que pudiera tener en los labios. El acompañante de la chica dio un par de pasos atrás, encendió un cigarrillo con gesto nervioso, miró para otro lado. Como si la cosa no fuera con él.

Para el bruto, en cambio, la cosa sí que era algo suyo. Y no perdía detalle, ni andaba despistado papando moscas. Por eso fue él el primero en darse cuenta de que les había seguido, y que los miraba desde la entrada del callejón.

—¿Qué miras, guarra? —me dijo con impaciencia.

No contesté. No cambié la expresión. Ni le miré. Miraba a mi hijo, que estaba detrás de él, con ojos acusadores.

El hombre dio un empujón a la chica, arrojándola al suelo junto al otro, que seguía fumando como si le fuera la vida en ello. Se me acercó a grandes zancadas. Para darme un golpe con el puño cerrado, o una bofetada con la mano abierta, por mirona y entrometida.

Iba a atacarme.

Así que me defendí.

***

Era yo casi mujer, y sin que él ni nadie se dieran cuenta me hice mujer del todo, ya que el niño empezó a crecer dentro de mí. Se lo oculté como pude, temiendo lo que pasaría cuando lo descubriera. Siendo más amable y servil, sometiéndome en todo a él. Fue en vano, claro. Finalmente, no pude ocultar más la barriga. Calculo que estaría ya de cinco o seis meses, y juro por lo que sea que esté en el Cielo o en el Infierno que lo notaba moverse dentro de mí.

***

El niño puso el cuchillo en mi mano. Un cuchillo de estos de a tres palmos de largo y casi uno de ancho, de crueles bordes dentados. Una bestialidad de esas que llevan en las películas los héroes del Vietnam. O de Afganistán. O de donde sea. Estaba muy, muy afilado, y entró en su bajo vientre con facilidad, deslizándose entre sus marcados abdominales. El hombre me miró sin comprender, parándose en seco. Tiré del arma hacia abajo, y salió con un sonido de succión, rasgando carne y vísceras, provocando que sus intestinos se desparramaran en el suelo. Cayó de rodillas, con demasiada sorpresa y dolor para gritar o llorar, tratando estúpidamente de sostener el rosario de tripas violáceas que se descolgaban a sus pies.

El otro, el que le había llevado a la mujer, me miró con ojos desorbitados, posiblemente intentando digerir la bestialidad que acababa de ver... Trató de huir de mí sin apartar la vista. Mala cosa correr sin mirar. Mi hijo le puso la zancadilla, él cayó torpemente sobre la basura. Quería incorporarse a cuatro patas cuando mi cuchillo le trazó una segunda sonrisa, roja y abierta, en la garganta. Y por ella vomitó su vida.

Miré a la muchacha, casi esperando que se pusiera a gritar. Me miraba aterrada, pero en silencio. Y vino tras de mí, como un perro sin dueño, cuando me fui de allí.

Se llamaba Vanesa, o eso me dijo mientras sostenía su café con manos temblorosas. El tipo que la había vendido era su novio… o algo parecido. El otro fulano, el bruto, un matón de una red de trata de mujeres.

—Las compran a desgraciados con deudas de juego, como mi novio, o cogen a tontas a las que engañan diciendo que serán actrices, o a yonkis que harían cualquier cosa por la próxima dosis. Somos escoria que no le importamos a nadie. Las llevan a un bar de copas con hotel que tienen en las afueras, el Babilonia, se llama. Allí exhiben la mercancía, dan la posibilidad a los clientes hasta de catarla. Los hay que les compran las muchachas para su uso exclusivo, o para llevarlas a otros locales, incluso a otros países. Toda la que intenta protestar o escapar recibe una paliza. A veces algo peor que eso. Lo llaman «la doma». Te preguntarás cómo es que sé tanto de eso... Yo fui una de ellas. Me compraron, y he ido pasando de mano en mano. Tuve una oportunidad y escapé. Ahora me querían hacer volver. Otra vez. Pero se acabó. Te juro que se acabó. Haré lo que sea para que esto acabe.

***

Cuando finalmente se enteró, se enfadó muchísimo. Más de lo que me imaginaba. Me abofeteó y golpeó, y se fue para volver al cabo de un rato. Se había vestido con túnica, casulla y estola por encima, como si fuera a dar misa. Empezó a golpearme de nuevo, metódicamente, sin pasión, puñetazos y patadas, mientras repetía como una letanía:

—Eres la puta, la puta de Babilonia, borracha con la sangre de los mártires, y llevas en tu impúdico vientre al Anticristo. ¡Eres la puta, puta, puta de Babilonia!

***

Me miró con ojos esperanzados:

—He oído cosas... Tú eres una de ellos ¿verdad? Una de esos justicieros que están apareciendo por la ciudad desde este verano, como dicen los periódicos. ¿Me ayudarás a salvarme... y a salvar a las otras, las que tienen encerradas? ¿Me ayudarás a acabar con ellos? Al fin y al cabo, eres una heroína... Es tu trabajo, ¿no?

Supongo que la miré con incredulidad. Algo sé de locos y de manicomios, que he visto más de uno por dentro, pero esa tía estaba más loca que yo.

Entonces vi a mi hijo

Y mi hijo asintió con gravedad.

Así que no dije nada. No había nada que decir.   

La muchacha y yo nos acercamos al Babilonia por la mañana, cuando la gente currante se toma el café antes de empezar la jornada diaria.

—Más pronto lo mismo nos encontrábamos con algún cliente que hubiera empalmado la noche. Hazme caso, que a esta hora aún no se han despertado —me bisbiseaba excitada.

Se la veía un manojo de nervios. Pero estaba ahí, conmigo. Repitiendo hasta la saciedad (creo yo que más para ella que para mí) que no iba a dejarme meterme ahí dentro sola.

Nos colamos por la puerta trasera. La que daba a las cocinas. Trasteé con los fogones de gas, abriendo todas las llaves. Luego, mientras ella hacía guardia al otro lado de la puerta, empecé a derramar la gasolina por el suelo.

—¡Vane! ¿Qué haces aquí?

—Ho-hola Marco... —oí como balbuceaba ella tras la madera. —Ya ves, he vuelto…

—¿No sabías que te hemos estado buscando? ¿No te has encontrado con Héctor?—gruñó él amenazador.

***

Me dejó inconsciente en un charco de sangre. Cuando me desperté vi que no solo había sangrado de mis heridas. También había sangrado dentro de mí. Y mi niño, mi cosita... Se había roto.

Lloré hasta que agoté las lágrimas de toda una vida. Y me negué a volver a recibir dentro de mí al padre Eusebio, por muchos golpes y muchas amenazas que me diera. Me encerré en mi dolor y en mi soledad. Y en él descubrí la rabia. Y un día la rabia fue más fuerte que la impotencia.

***

Abrí la puerta de un empujón. Se giró más rápido de lo que me esperaba, pero al verme mujer y menuda, me atrajo hacia sí por la pechera.

Error.

Tendría que haberme dado un empujón.

Jose Barrero

El cuchillo, que pensaba clavarle en los riñones, se fue a su ingle, rebanándole músculos, tendones... y la arteria femoral. La sangre le brotó a borbotones, él se tambaleó de sorpresa y dolor, y fue relativamente fácil darle una patada en la pierna buena para desestabilizarle y hacerle caer. Otra patada le fue a la cabeza, para dejarlo inconsciente y que se desangrara sin gritar.

Ella me miraba con los ojos muy abiertos, cuajados de respeto y de miedo. Pero había llegado demasiado lejos para echarse atrás ahora. Siguiendo lo planeado, me llevó al fondo, al sótano donde encerraban a las chicas. La trampilla estaba cerrada por un grueso candado... Pero no hay candado que se resista a un par de martillazos y un cincel, si sabes cómo hacerlo.

Las muchachas estaban histéricas. Carne y espíritu maltratados hasta convertirlos en una masa informe. Algo que yo conocía demasiado bien. Por desconocida, a mí no me hubieran seguido. Por ser una de ellas, no hubieran confiado en Vane. Juntas, logramos llevarlas como un rebaño de ovejas temblorosas camino de la puerta.

Sus captores dormían en las habitaciones de arriba, así que terminé de derramar la gasolina en los escalones que llevaban al piso superior. Y estaba a punto de prenderle fuego cuando algo así como un camión se me estrelló al lado de la oreja, tirándome al suelo. Luché contra la inconsciencia mientras un bruto descalzo y con el torso desnudo, cubierto apenas por unos tejanos, alzaba sobre su cabeza un bate de béisbol que yo juraría que, homologado, no estaba... Tampoco es que pensara con mucha claridad. ¡Maldito matón insomne! Me goteaba sangre de la oreja, y su voz me producía ecos extraños en la cabeza.

—¿Pero de dónde has salido tú, puta?

***

Ese día descubrí, también, que mi niño, mi hijo... no había muerto. Seguía conmigo, a veces dentro de mí, a veces fuera. ¿Qué importaba que solo yo lo viera? Era mío, y yo era suya. Para siempre.

Mi niño es mi fuerza.

Mi niño fue mi libertad, ya que él me dijo lo que tenía que hacer. Fingí someterme de nuevo a la lascivia del padre, volví a ser su esclava, chupeteé sus carnes peludas y acogí dentro de mi boca su miembro, siempre alzado y a punto de estallar.

Y mordí.

***

Estaba a punto de aplastarme el cráneo como si fuera una cáscara de huevo, cuando mi hijo apareció a su lado, y saltó sobre él mordiéndole y arañándole. El matón gritó, se lo sacó de encima de un manotazo...

Pero mi hijo me había dado los segundos que necesitaba.

Arrojé el zippo encendido a sus pies… sobre el charco de gasolina. Aulló de miedo cuando las llamas le lamieron las piernas, y no me prestó atención cuando me alcé y lo empujé hacia atrás, hacia las escaleras donde un puro infierno se alzaba ya. Luego me mareé por el golpe y el esfuerzo; estuve a punto de caer sobre las llamas yo también, pero mi hijo me sostuvo. Y con una fuerza que nadie supondría en un chiquillo tan pequeño, cargó conmigo y me llevó hacia la puerta.

Nos fue muy justo. Apenas tuvimos tiempo de salir y dar un par de pasos cuando las llamas llegaron a la cocina, donde se acumulaba el gas, haciendo estallar la casa.

Un par de días después, mi hijo y yo estábamos en un bar, tomando a medias un café con leche y un donut. En el televisor volvían a dar la noticia de la misteriosa heroína que se había enfrentado sola a la peligrosa red de proxenetas, salvando a las muchachas que tenían secuestradas como esclavas.

Cambiaron de canal. Un político presentaba otra ley. Otra más. Otra promesa incumplida. Otra cosa que, antes de salir elegido, había jurado por su vida que no iba a hacer…

Lo había jurado por su vida…

—¡Venga, pon lo de antes! —protestó uno de los clientes—. ¡Pon otra vez lo de la salvadora de las putas, que prefiero oír eso a ver a este chorizo, que lo único que sabe cumplir son años!

Y le hicieron caso, y vi en pantalla el rostro de Vanesa:

—No sé su nombre. No me lo dijo. Hablaba poco. Apenas me susurró que se llamaba «la Puta». Creo que eligió ese nombre porque fue una de las nuestras. Qué sé yo… Pero, ahora, es nuestra protectora. Estés donde estés, Puta... gracias. Gracias por ser... lo que sea que seas. Estamos contigo. Sabremos devolverte el favor si nos necesitas…

***

Mordí con toda mi fuerza, con toda mi rabia, hasta que se lo arranqué de cuajo.

Aulló de dolor y desesperación, me golpeó... Pero ya me había golpeado antes, y no me dolieron sus puños. Pronto se olvidó de mí, y se puso a rodar por el suelo tratando de detener con sus manos la fuente de sangre que le brotaba entre los muslos, sin molestarse en tratar de esquivar las patadas con que le obsequiaba. Pronto dejó de moverse, y yo seguí golpeando y golpeando sus carnes, hasta que ya no pude más.

Entonces mi hijo cogió mi mano, y me fui con él. Nada, ni nadie nos separaría.

Nunca.

Jamás.

***

Perdí el hilo de lo que decía el rostro de Vanesa en el televisor. Miraba al niño, y el niño me miraba a mí.

Alguien que no cumple sus promesas es una mala persona.

Muy, muy mala.

Y ha de ser castigada.

Ricard Ibáñez fue el creador del juego de rol Aquelarre (1990, primer juego de rol creado y publicado en España) y escritor de novela histórica, entre las que se cuentan El oro y el acero, La última galera del rey o Mio Sidi.

9 comentarios :

  1. De lo mejorcito que hay en la pagina, brutal, bestial...Encantador!!!!

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    1. Muchas gracias, Eva. Le trasladaremos tus impresiones a Ricard, que seguro le van a encantar.

      Parece que empezamos bien la ronda de autores invitados. Esperamos que los que vienen después os gusten tanto o más ;)

      Un saludo.

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    1. ¡Eres un tío grande, que digo grande, Trismegisto!

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  3. Me parece una idea excelente lo de los relatos. Este primero ha sido de lujo, historia e ilustraciones.Enhorabuena.

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  4. Trimegisto, Trimegisto. El relato es, sencillamente, perfecto.

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    1. ¡¡¡Don Pedro, cagoenlacompañíademaría, gracias por venir!!!

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  5. ¡¡Fantástico!!
    Tu imaginación traspasa los limites de lo imaginable por el malvado,
    para convertirse en despiadada y sangrienta vengadora sin compasión.

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