La última Navidad - Víctor Blázquez

Daniel Eduardo Mendoza
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Tema: "Mundo de Héroes"






Fue entrar en Gran Vía y ver el camión y a Ramón Córdoba se le cambió la cara. Algo muy bestia. No había forma mejor de describirlo.Como si hubiera visto a un fantasma, o peor aún, como si le hubieran estrujado los huevos con mano de hierro. Pablo se giró hacia él, confundido, y trató de seguir su mirada para adivinar qué causaba esa expresión en su amigo. Nada de lo que viera en la arteria central madrileña le haría extrañarse ni un poco. Todo parecía normal: tráfico lento y a punto de congestionarse, innumerables seres humanos que subían y bajaban llenando las aceras…

—¿Qué pasa, Ramón, tío? —preguntó.

—Ya están aquí —fue la escueta respuesta.

Pablo, que no tenía la menor idea de a lo que se refería su colega, sintió un escalofrío recorriéndole la espalda y se giró a toda prisa esperando ver, quién sabía, tal vez extraterrestres descendiendo de una nave espacial o monstruos cruzando una puerta interdimensional. Lo único que encontró fue la misma Gran Vía que había visto un momento antes.

—¿Qué pasa, Ramón? —preguntó de nuevo intentando no reflejar su inquietud. Lo cierto era que se sentía un poco tonto.

—Ya están colocando el alumbrado de Navidad —gruñó Ramón, señalando.

Pablo se giró una vez más. Había un camión detenido en el lado derecho de la calle y sí, en efecto, estaban colocando el alumbrado decorativo de las fiestas.

—¿Y qué coño pasa? —soltó malhumorado. Se sentía más estúpido que nunca—, me has dado un susto de tres pares, colega.

—¿Tú sabes la de pasta que cuesta esa mierda? —interrogó Ramón con el rostro torcido—. Todos los putos años igual. ¿Sabes de dónde sale ese dinero? Porque te aseguro que no lo pagan los políticos de los cojones.

Pablo parpadeó con incredulidad, preguntándose si Ramón había perdido finalmente el tornillo que todo el mundo decía que le faltaba. Joder, que sí, que Ramón siempre había sido extravagante y por esa misma razón no tenía demasiados amigos, pero a Pablo le caía bien. Excepto cuando se ponía demasiado rarito, claro. A veces le hacía sentir vergüenza ajena aunque solo estuvieran ellos dos charlando en un bar. Pero ¿qué podía hacer? Sabía bien que Ramón no tenía otros amigos, siempre había sido un solitario y a Pablo le daba pena. Incluso su mujer le miraba con resignación cuando sabía que quedaba con él, no importaba las veces que le explicara que era un buen tío. Su mujer también consideraba que era un rarito.

«Es de esa clase de gente a los que un día se les cruza el cable y entran en una guardería armado hasta los dientes, —aseguraba ella—, y luego los vecinos salen en el telediario diciendo que saludaba todos los días y parecía un buen tipo».

Aquello siempre había hecho gracia a Pablo. Incluso una vez le había respondido a su mujer que entonces no sería de Ramón de quien estarían hablando. «Ramón no saluda a nadie. Vive a solas en su mundo».

«Ya sabes a lo que me refiero, —le había respondido ella en tono preocupado—. Lo que no quiero es que te veas envuelto cuando se le pire la puta chaveta».

Pero ¿pensaba Pablo que eso ocurriría de verdad algún día? Él conocía a Ramón, se jactaba de ello, de ser el único que realmente lo hacía…


—Bueno, se pagan tantas cosas con dinero público que no valen para nada… —murmuró, restándole importancia a la conversación con un gesto de la mano—; ya sabes, aeropuertos fantasmas y esas cosas. Al menos la Navidad sirve para darles ilusión a los niños.

Ramón gruñó como única contestación.

—Y es época de felicidad —lo intentó Pablo una vez más.

—Ya empiezan a anunciarlo en todos sitios —dijo.

Señaló hacia el cartel que podía verse en la marquesina del autobús donde una chica joven y de maravilloso buen ver anunciaba, en pose sugerente, lencería roja y navideña.

—En breve empezaremos a ver putos papanoeles en todos sitios…

Y entonces Pablo cayó en la cuenta. Eso era, por supuesto. Por alguna razón, a Ramón le horrorizaban los papanoeles. Pablo le había preguntado en una ocasión por qué, pero la única respuesta que había recibido había sido un gruñido evasivo y que el rostro de Ramón se contrajese como si le hubieran dado una descarga eléctrica.

Pablo se había dicho que tampoco era la fobia más rara de la que había oído hablar. Mucha gente temía a los payasos, por ejemplo. O a cosas aún más raras. Una vez se metió en internet y leyó los nombres de cientos de fobias raras. Había llegado a plantearse cómo era posible tener fobia a alguna de aquellas cosas cuando a él ni siquiera se le hubiera ocurrido pensar en ellas jamás.

Pero la gente era rara. Se ocultaban detrás de máscaras de normalidad, pero eran raros de cojones, quien más y quien menos.

Al menos Ramón lo llevaba por bandera.

***

María estaba cortando verdura para preparar la cena cuando oyó la puerta cerrándose en el recibidor.

—¡Hola! —saludó—, ¿qué tal lo has pasado?

Pablo entró quitándose el abrigo y lo dejó sobre una silla antes de acercarse a María y darle un beso en los labios.

—Bien —respondió encogiéndose de hombros—, hemos dado una vuelta y tomado un café.

—¿Qué tal está el friki?

—No le llames así —respondió, molesto—. Sabes que no me gusta.

—Ay, hijo, era broma.

Pablo se encogió de hombros y se giró para sacar una botella de agua de la nevera. Ya no tenía ganas de contarle a ella si se lo había pasado bien o no. Que ni una cosa ni la otra; simplemente había sido una tarde normal con un colega, charlando en un bar. Excepto, claro estaba, por el monumental enfado que Ramón había cogido al ver que estaban poniendo ya el alumbrado de Navidad. Pablo había pensado que se le pasaría pronto, pero había durado casi hasta el final de la cita. Ramón había tenido el rostro retorcido, como si aquello fuera una afrenta personal contra él y, de cuando en cuando, había repetido sus quejas sobre lo desagradable que le resultaba la Navidad. Pablo había preferido no entrar al trapo. No tenía sentido, creía.

Sin embargo, esa noche no le resultó nada extraño soñar con su amigo Ramón entrando en una guardería donde todos los niños vestían con diminutos trajes de Papá Noel. Cientos de pequeños Santa Claus cantando villancicos y sobresaltándose al ver entrar a aquel hombre escopeta en mano.

«Parecía un tipo normal. Nunca saludaba, joder, pero nadie en el barrio pensaba que fuera capaz de algo así».

***

El plato daba vueltas en el microondas acompañado del sonido del pequeño motor del electrodoméstico e iluminado por la bombilla interior, que daba una luz amarillenta que siempre le había parecido enfermiza. Ramón prefería las luces blancas. Todas las bombillas de su casa daban luz blanca, como la de la cocina, que era la que él estaba mirando fijamente en ese momento.

Entrecerró los ojos sin dejar de mirar la bombilla y pensó en los operarios que esa misma tarde había visto colocando el alumbrado navideño.

Con gesto tajante cerró el puño derecho hasta convertirlo en una esfera amenazante. Al mismo tiempo, con violencia inusitada, la bombilla de la cocina estalló con un chispazo. La cocina entera habría quedado a oscuras de no ser por la amarillenta, y desagradable, lucecilla del microondas.

Despacio… esbozando una sonrisa que le estiraba hacia arriba la comisura derecha de los labios dándole una apariencia cruel y maligna, con medio rostro iluminado de amarillo y la otra mitad a oscuras, Ramón giró la cara hacia el microondas. Dentro, el plato de sopa giraba y giraba calentando su contenido, lo que sería su cena.

Despacio… estiró el brazo y apuntó con el dedo índice hacia el microondas, levantando el pulgar y formando una pistola imaginaria. Sus labios se abrieron lentamente dejando a la vista unos dientes apretados con fuerza.

—Pum.

La bombilla del microondas estalló. El motor se detuvo y la sopa quedó a medio calentar. A Ramón no le importó. Se echó a reír de una manera tan estridente que cualquiera que le hubiera visto habría pensado que estaba completamente fuera de sus cabales; incluso Pablo habría llegado a esa conclusión.

Ramón siguió riendo y se dejó caer al suelo mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Hacía varios meses ya que había despertado con el estridente sonido de la alarma, como cada puta mañana, por supuesto; pero aquel día se había girado y le había lanzado una mirada de odio al despertador. Había pasado la peor noche en la historia de las peores noches y estaba enfadado. La alarma se había detenido abruptamente, con un chasquido, y una fina hebra de humo negro había surgido de entre las junturas del aparato. Parpadeando sin saber lo que acababa de pasar, Ramón había cogido el despertador y le había dado una vuelta. Estaba apagado, muerto del todo, y olía a quemado.

Cualquier otra persona habría pensado que era una casualidad, pero no Ramón. Él se dijo que había sido el poder de su mente. Se dijo que lo había hecho él, y aunque una vocecilla en su cabeza insistía en decirle que no recorriera aquella senda, que él no era un Jedi, Ramón se obsesionó con aquello.

Pasó los siguientes cinco días mirando con los ojos entrecerrados a todos los aparatos electrónicos que tenía en casa, lanzándoles órdenes mentales para que se rompieran, murieran o estallaran. Fue perdiendo el interés a medida que vio que no pasaba nada. Gritó de frustración. Maldijo en voz alta. Estuvo a punto de abandonar, pero siempre se decía que le daría un último intento. «Solo una vez más y ya».

Y entonces el aparato de DVD dejó de funcionar, con el mismo chasquido que había surgido del despertador. Entonces Ramón lo supo, supo que había algo en él, que tenía un poder y no había necesitado que le picara ninguna araña radiactiva para ello. ¡Oh, sí!

«Lo que acaba de pasarme… —Ramón había mirado al aparato de DVD con la boca abierta y la emoción recorriéndole las venas como pequeñas descargas eléctricas— lo que acaba de pasarme hoy es grande, muy grande, es…»

Algo muy bestia. No había forma mejor de describirlo.

A partir de entonces había sido cuestión de entrenamiento. Porque, al fin y al cabo, todo en la vida se mejora con entrenamiento y perseverancia. Y Ramón puso toda su dedicación al servicio de su «Fuerza».

Por supuesto, probó a intentar mover objetos, soñando con algún día poder levantar un coche en el aire tal vez, pero nunca logró que nada se moviera ni un ápice. Su poder parecía limitarse a la energía. Era capaz de apagarla, de mandar a tomar por culo aparatos electrónicos y luces de todo tipo.

Y cada vez le salía con más facilidad.

Probablemente, para cuando llegara diciembre tendría la fuerza suficiente como para hacer explotar todas aquellas bombillas del alumbrado festivo e impedir la Navidad, como un moderno e igual de malvado Grinch. Soñaba con destrozar todas aquellas luces, con verlas estallar. Incluso le excitaba pensar en los gritos que daría la gente cuando las chispas empezaran a caer y los crujidos de las bombillas al reventarse apagaran su puta felicidad impostada.

A tomar por culo la Navidad de los cojones.

***

Un montón de críos, de edades comprendidas entre los seis y los ocho años, gritando expectantes y nerviosos que les llegue su turno mientras las profesoras intentan mantener el orden, la calma y tener controlada la jauría de niños. Desde detrás de la cortina sale riendo uno de aquellos chiquillos; en el rostro porta una de esas expresiones de felicidad que solo un niño es capaz de esbozar, contagiosa y hermosa a partes iguales.

—Te toca, Ramón —dice la profesora, señalando al niño que está en primera fila estrujándose las manos con nervios e ilusión.

Y Ramón se levanta. Apenas tiene seis años y echa a correr hacia la cortina. La atraviesa y al otro lado encuentra a un fotógrafo de gesto aburrido que observa su cámara con parsimonia y, más allá, sí, allí está, sentado en su trono, un enorme y gordinflón Papá Noel, con su traje rojo brillante y su barba blanca.

El corazón de Ramón late con fuerza mientras corre hacia él y se lanza a sus brazos. Papá Noel le recibe con la misma efusividad y se ríe. «Jo, Jo, Jo».

—¿Cómo te llamas, pequeño?

—¡Ramón! —exclama él sin dejar de mirarle emocionado.

—¿Y qué quieres pedir para estas navidades?

A toda velocidad, como si fuera una metralleta, Ramón empieza a escupir nombres de juguetes que ha visto en los anuncios de la tele y le llaman poderosamente. El hombre escondido tras el traje de Papá Noel ríe y asiente con la cabeza. Algo más allá el fotógrafo le hace una señal.

—Tengo que coger otra batería para hacer la foto— dice.

Aquellas palabras sentencian el futuro de Ramón. Porque el fotógrafo sale de la salita y él se queda a solas con Papá Noel mientras sigue enumerando juguetes y juguetes. Tiene una lista enorme en la mente; se la ha aprendido de memoria porque lleva esperando este día desde hace más de un mes.

—¿Y has sido un niño bueno?

—¡Sí!

—No lo sé… —murmura Papá Noel—. Aún tenemos que comprobar si eres un niño bueno.

La mano de Papá Noel se desliza bajo la ropa del chiquillo quebrando en un mismo instante su inocencia y la persona brillante que podría haber llegado a ser.

Y sentenciando con ello la navidad madrileña de unos cuantos años después.

***

Jordi Armengol Carner
Veinticuatro de diciembre. Gran Vía y la plaza de Callao atestadas de gente ultimando sus compras. La muchedumbre caminando de un lado a otro y las luces embelleciendo las calles con sus colores y formas alegres. Y allí, en el centro, sonriendo como lo haría un psicópata, Ramón levantó las manos hacia el cielo y se preparó para mandarlo todo al carajo.
Daniel Eduardo Mendoza
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Tema: "Mundo de Héroes"






Fue entrar en Gran Vía y ver el camión y a Ramón Córdoba se le cambió la cara. Algo muy bestia. No había forma mejor de describirlo.Como si hubiera visto a un fantasma, o peor aún, como si le hubieran estrujado los huevos con mano de hierro. Pablo se giró hacia él, confundido, y trató de seguir su mirada para adivinar qué causaba esa expresión en su amigo. Nada de lo que viera en la arteria central madrileña le haría extrañarse ni un poco. Todo parecía normal: tráfico lento y a punto de congestionarse, innumerables seres humanos que subían y bajaban llenando las aceras…

—¿Qué pasa, Ramón, tío? —preguntó.

—Ya están aquí —fue la escueta respuesta.

Pablo, que no tenía la menor idea de a lo que se refería su colega, sintió un escalofrío recorriéndole la espalda y se giró a toda prisa esperando ver, quién sabía, tal vez extraterrestres descendiendo de una nave espacial o monstruos cruzando una puerta interdimensional. Lo único que encontró fue la misma Gran Vía que había visto un momento antes.

—¿Qué pasa, Ramón? —preguntó de nuevo intentando no reflejar su inquietud. Lo cierto era que se sentía un poco tonto.

—Ya están colocando el alumbrado de Navidad —gruñó Ramón, señalando.

Pablo se giró una vez más. Había un camión detenido en el lado derecho de la calle y sí, en efecto, estaban colocando el alumbrado decorativo de las fiestas.

—¿Y qué coño pasa? —soltó malhumorado. Se sentía más estúpido que nunca—, me has dado un susto de tres pares, colega.

—¿Tú sabes la de pasta que cuesta esa mierda? —interrogó Ramón con el rostro torcido—. Todos los putos años igual. ¿Sabes de dónde sale ese dinero? Porque te aseguro que no lo pagan los políticos de los cojones.

Pablo parpadeó con incredulidad, preguntándose si Ramón había perdido finalmente el tornillo que todo el mundo decía que le faltaba. Joder, que sí, que Ramón siempre había sido extravagante y por esa misma razón no tenía demasiados amigos, pero a Pablo le caía bien. Excepto cuando se ponía demasiado rarito, claro. A veces le hacía sentir vergüenza ajena aunque solo estuvieran ellos dos charlando en un bar. Pero ¿qué podía hacer? Sabía bien que Ramón no tenía otros amigos, siempre había sido un solitario y a Pablo le daba pena. Incluso su mujer le miraba con resignación cuando sabía que quedaba con él, no importaba las veces que le explicara que era un buen tío. Su mujer también consideraba que era un rarito.

«Es de esa clase de gente a los que un día se les cruza el cable y entran en una guardería armado hasta los dientes, —aseguraba ella—, y luego los vecinos salen en el telediario diciendo que saludaba todos los días y parecía un buen tipo».

Aquello siempre había hecho gracia a Pablo. Incluso una vez le había respondido a su mujer que entonces no sería de Ramón de quien estarían hablando. «Ramón no saluda a nadie. Vive a solas en su mundo».

«Ya sabes a lo que me refiero, —le había respondido ella en tono preocupado—. Lo que no quiero es que te veas envuelto cuando se le pire la puta chaveta».

Pero ¿pensaba Pablo que eso ocurriría de verdad algún día? Él conocía a Ramón, se jactaba de ello, de ser el único que realmente lo hacía…


—Bueno, se pagan tantas cosas con dinero público que no valen para nada… —murmuró, restándole importancia a la conversación con un gesto de la mano—; ya sabes, aeropuertos fantasmas y esas cosas. Al menos la Navidad sirve para darles ilusión a los niños.

Ramón gruñó como única contestación.

—Y es época de felicidad —lo intentó Pablo una vez más.

—Ya empiezan a anunciarlo en todos sitios —dijo.

Señaló hacia el cartel que podía verse en la marquesina del autobús donde una chica joven y de maravilloso buen ver anunciaba, en pose sugerente, lencería roja y navideña.

—En breve empezaremos a ver putos papanoeles en todos sitios…

Y entonces Pablo cayó en la cuenta. Eso era, por supuesto. Por alguna razón, a Ramón le horrorizaban los papanoeles. Pablo le había preguntado en una ocasión por qué, pero la única respuesta que había recibido había sido un gruñido evasivo y que el rostro de Ramón se contrajese como si le hubieran dado una descarga eléctrica.

Pablo se había dicho que tampoco era la fobia más rara de la que había oído hablar. Mucha gente temía a los payasos, por ejemplo. O a cosas aún más raras. Una vez se metió en internet y leyó los nombres de cientos de fobias raras. Había llegado a plantearse cómo era posible tener fobia a alguna de aquellas cosas cuando a él ni siquiera se le hubiera ocurrido pensar en ellas jamás.

Pero la gente era rara. Se ocultaban detrás de máscaras de normalidad, pero eran raros de cojones, quien más y quien menos.

Al menos Ramón lo llevaba por bandera.

***

María estaba cortando verdura para preparar la cena cuando oyó la puerta cerrándose en el recibidor.

—¡Hola! —saludó—, ¿qué tal lo has pasado?

Pablo entró quitándose el abrigo y lo dejó sobre una silla antes de acercarse a María y darle un beso en los labios.

—Bien —respondió encogiéndose de hombros—, hemos dado una vuelta y tomado un café.

—¿Qué tal está el friki?

—No le llames así —respondió, molesto—. Sabes que no me gusta.

—Ay, hijo, era broma.

Pablo se encogió de hombros y se giró para sacar una botella de agua de la nevera. Ya no tenía ganas de contarle a ella si se lo había pasado bien o no. Que ni una cosa ni la otra; simplemente había sido una tarde normal con un colega, charlando en un bar. Excepto, claro estaba, por el monumental enfado que Ramón había cogido al ver que estaban poniendo ya el alumbrado de Navidad. Pablo había pensado que se le pasaría pronto, pero había durado casi hasta el final de la cita. Ramón había tenido el rostro retorcido, como si aquello fuera una afrenta personal contra él y, de cuando en cuando, había repetido sus quejas sobre lo desagradable que le resultaba la Navidad. Pablo había preferido no entrar al trapo. No tenía sentido, creía.

Sin embargo, esa noche no le resultó nada extraño soñar con su amigo Ramón entrando en una guardería donde todos los niños vestían con diminutos trajes de Papá Noel. Cientos de pequeños Santa Claus cantando villancicos y sobresaltándose al ver entrar a aquel hombre escopeta en mano.

«Parecía un tipo normal. Nunca saludaba, joder, pero nadie en el barrio pensaba que fuera capaz de algo así».

***

El plato daba vueltas en el microondas acompañado del sonido del pequeño motor del electrodoméstico e iluminado por la bombilla interior, que daba una luz amarillenta que siempre le había parecido enfermiza. Ramón prefería las luces blancas. Todas las bombillas de su casa daban luz blanca, como la de la cocina, que era la que él estaba mirando fijamente en ese momento.

Entrecerró los ojos sin dejar de mirar la bombilla y pensó en los operarios que esa misma tarde había visto colocando el alumbrado navideño.

Con gesto tajante cerró el puño derecho hasta convertirlo en una esfera amenazante. Al mismo tiempo, con violencia inusitada, la bombilla de la cocina estalló con un chispazo. La cocina entera habría quedado a oscuras de no ser por la amarillenta, y desagradable, lucecilla del microondas.

Despacio… esbozando una sonrisa que le estiraba hacia arriba la comisura derecha de los labios dándole una apariencia cruel y maligna, con medio rostro iluminado de amarillo y la otra mitad a oscuras, Ramón giró la cara hacia el microondas. Dentro, el plato de sopa giraba y giraba calentando su contenido, lo que sería su cena.

Despacio… estiró el brazo y apuntó con el dedo índice hacia el microondas, levantando el pulgar y formando una pistola imaginaria. Sus labios se abrieron lentamente dejando a la vista unos dientes apretados con fuerza.

—Pum.

La bombilla del microondas estalló. El motor se detuvo y la sopa quedó a medio calentar. A Ramón no le importó. Se echó a reír de una manera tan estridente que cualquiera que le hubiera visto habría pensado que estaba completamente fuera de sus cabales; incluso Pablo habría llegado a esa conclusión.

Ramón siguió riendo y se dejó caer al suelo mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Hacía varios meses ya que había despertado con el estridente sonido de la alarma, como cada puta mañana, por supuesto; pero aquel día se había girado y le había lanzado una mirada de odio al despertador. Había pasado la peor noche en la historia de las peores noches y estaba enfadado. La alarma se había detenido abruptamente, con un chasquido, y una fina hebra de humo negro había surgido de entre las junturas del aparato. Parpadeando sin saber lo que acababa de pasar, Ramón había cogido el despertador y le había dado una vuelta. Estaba apagado, muerto del todo, y olía a quemado.

Cualquier otra persona habría pensado que era una casualidad, pero no Ramón. Él se dijo que había sido el poder de su mente. Se dijo que lo había hecho él, y aunque una vocecilla en su cabeza insistía en decirle que no recorriera aquella senda, que él no era un Jedi, Ramón se obsesionó con aquello.

Pasó los siguientes cinco días mirando con los ojos entrecerrados a todos los aparatos electrónicos que tenía en casa, lanzándoles órdenes mentales para que se rompieran, murieran o estallaran. Fue perdiendo el interés a medida que vio que no pasaba nada. Gritó de frustración. Maldijo en voz alta. Estuvo a punto de abandonar, pero siempre se decía que le daría un último intento. «Solo una vez más y ya».

Y entonces el aparato de DVD dejó de funcionar, con el mismo chasquido que había surgido del despertador. Entonces Ramón lo supo, supo que había algo en él, que tenía un poder y no había necesitado que le picara ninguna araña radiactiva para ello. ¡Oh, sí!

«Lo que acaba de pasarme… —Ramón había mirado al aparato de DVD con la boca abierta y la emoción recorriéndole las venas como pequeñas descargas eléctricas— lo que acaba de pasarme hoy es grande, muy grande, es…»

Algo muy bestia. No había forma mejor de describirlo.

A partir de entonces había sido cuestión de entrenamiento. Porque, al fin y al cabo, todo en la vida se mejora con entrenamiento y perseverancia. Y Ramón puso toda su dedicación al servicio de su «Fuerza».

Por supuesto, probó a intentar mover objetos, soñando con algún día poder levantar un coche en el aire tal vez, pero nunca logró que nada se moviera ni un ápice. Su poder parecía limitarse a la energía. Era capaz de apagarla, de mandar a tomar por culo aparatos electrónicos y luces de todo tipo.

Y cada vez le salía con más facilidad.

Probablemente, para cuando llegara diciembre tendría la fuerza suficiente como para hacer explotar todas aquellas bombillas del alumbrado festivo e impedir la Navidad, como un moderno e igual de malvado Grinch. Soñaba con destrozar todas aquellas luces, con verlas estallar. Incluso le excitaba pensar en los gritos que daría la gente cuando las chispas empezaran a caer y los crujidos de las bombillas al reventarse apagaran su puta felicidad impostada.

A tomar por culo la Navidad de los cojones.

***

Un montón de críos, de edades comprendidas entre los seis y los ocho años, gritando expectantes y nerviosos que les llegue su turno mientras las profesoras intentan mantener el orden, la calma y tener controlada la jauría de niños. Desde detrás de la cortina sale riendo uno de aquellos chiquillos; en el rostro porta una de esas expresiones de felicidad que solo un niño es capaz de esbozar, contagiosa y hermosa a partes iguales.

—Te toca, Ramón —dice la profesora, señalando al niño que está en primera fila estrujándose las manos con nervios e ilusión.

Y Ramón se levanta. Apenas tiene seis años y echa a correr hacia la cortina. La atraviesa y al otro lado encuentra a un fotógrafo de gesto aburrido que observa su cámara con parsimonia y, más allá, sí, allí está, sentado en su trono, un enorme y gordinflón Papá Noel, con su traje rojo brillante y su barba blanca.

El corazón de Ramón late con fuerza mientras corre hacia él y se lanza a sus brazos. Papá Noel le recibe con la misma efusividad y se ríe. «Jo, Jo, Jo».

—¿Cómo te llamas, pequeño?

—¡Ramón! —exclama él sin dejar de mirarle emocionado.

—¿Y qué quieres pedir para estas navidades?

A toda velocidad, como si fuera una metralleta, Ramón empieza a escupir nombres de juguetes que ha visto en los anuncios de la tele y le llaman poderosamente. El hombre escondido tras el traje de Papá Noel ríe y asiente con la cabeza. Algo más allá el fotógrafo le hace una señal.

—Tengo que coger otra batería para hacer la foto— dice.

Aquellas palabras sentencian el futuro de Ramón. Porque el fotógrafo sale de la salita y él se queda a solas con Papá Noel mientras sigue enumerando juguetes y juguetes. Tiene una lista enorme en la mente; se la ha aprendido de memoria porque lleva esperando este día desde hace más de un mes.

—¿Y has sido un niño bueno?

—¡Sí!

—No lo sé… —murmura Papá Noel—. Aún tenemos que comprobar si eres un niño bueno.

La mano de Papá Noel se desliza bajo la ropa del chiquillo quebrando en un mismo instante su inocencia y la persona brillante que podría haber llegado a ser.

Y sentenciando con ello la navidad madrileña de unos cuantos años después.

***

Jordi Armengol Carner
Veinticuatro de diciembre. Gran Vía y la plaza de Callao atestadas de gente ultimando sus compras. La muchedumbre caminando de un lado a otro y las luces embelleciendo las calles con sus colores y formas alegres. Y allí, en el centro, sonriendo como lo haría un psicópata, Ramón levantó las manos hacia el cielo y se preparó para mandarlo todo al carajo.
Daniel Eduardo Mendoza
Escucha la banda sonora mientras lees ->


Tema: "Mundo de Héroes"






Fue entrar en Gran Vía y ver el camión y a Ramón Córdoba se le cambió la cara. Algo muy bestia. No había forma mejor de describirlo.Como si hubiera visto a un fantasma, o peor aún, como si le hubieran estrujado los huevos con mano de hierro. Pablo se giró hacia él, confundido, y trató de seguir su mirada para adivinar qué causaba esa expresión en su amigo. Nada de lo que viera en la arteria central madrileña le haría extrañarse ni un poco. Todo parecía normal: tráfico lento y a punto de congestionarse, innumerables seres humanos que subían y bajaban llenando las aceras…

—¿Qué pasa, Ramón, tío? —preguntó.

—Ya están aquí —fue la escueta respuesta.

Pablo, que no tenía la menor idea de a lo que se refería su colega, sintió un escalofrío recorriéndole la espalda y se giró a toda prisa esperando ver, quién sabía, tal vez extraterrestres descendiendo de una nave espacial o monstruos cruzando una puerta interdimensional. Lo único que encontró fue la misma Gran Vía que había visto un momento antes.

—¿Qué pasa, Ramón? —preguntó de nuevo intentando no reflejar su inquietud. Lo cierto era que se sentía un poco tonto.

—Ya están colocando el alumbrado de Navidad —gruñó Ramón, señalando.

Pablo se giró una vez más. Había un camión detenido en el lado derecho de la calle y sí, en efecto, estaban colocando el alumbrado decorativo de las fiestas.

—¿Y qué coño pasa? —soltó malhumorado. Se sentía más estúpido que nunca—, me has dado un susto de tres pares, colega.

—¿Tú sabes la de pasta que cuesta esa mierda? —interrogó Ramón con el rostro torcido—. Todos los putos años igual. ¿Sabes de dónde sale ese dinero? Porque te aseguro que no lo pagan los políticos de los cojones.

Pablo parpadeó con incredulidad, preguntándose si Ramón había perdido finalmente el tornillo que todo el mundo decía que le faltaba. Joder, que sí, que Ramón siempre había sido extravagante y por esa misma razón no tenía demasiados amigos, pero a Pablo le caía bien. Excepto cuando se ponía demasiado rarito, claro. A veces le hacía sentir vergüenza ajena aunque solo estuvieran ellos dos charlando en un bar. Pero ¿qué podía hacer? Sabía bien que Ramón no tenía otros amigos, siempre había sido un solitario y a Pablo le daba pena. Incluso su mujer le miraba con resignación cuando sabía que quedaba con él, no importaba las veces que le explicara que era un buen tío. Su mujer también consideraba que era un rarito.

«Es de esa clase de gente a los que un día se les cruza el cable y entran en una guardería armado hasta los dientes, —aseguraba ella—, y luego los vecinos salen en el telediario diciendo que saludaba todos los días y parecía un buen tipo».

Aquello siempre había hecho gracia a Pablo. Incluso una vez le había respondido a su mujer que entonces no sería de Ramón de quien estarían hablando. «Ramón no saluda a nadie. Vive a solas en su mundo».

«Ya sabes a lo que me refiero, —le había respondido ella en tono preocupado—. Lo que no quiero es que te veas envuelto cuando se le pire la puta chaveta».

Pero ¿pensaba Pablo que eso ocurriría de verdad algún día? Él conocía a Ramón, se jactaba de ello, de ser el único que realmente lo hacía…


—Bueno, se pagan tantas cosas con dinero público que no valen para nada… —murmuró, restándole importancia a la conversación con un gesto de la mano—; ya sabes, aeropuertos fantasmas y esas cosas. Al menos la Navidad sirve para darles ilusión a los niños.

Ramón gruñó como única contestación.

—Y es época de felicidad —lo intentó Pablo una vez más.

—Ya empiezan a anunciarlo en todos sitios —dijo.

Señaló hacia el cartel que podía verse en la marquesina del autobús donde una chica joven y de maravilloso buen ver anunciaba, en pose sugerente, lencería roja y navideña.

—En breve empezaremos a ver putos papanoeles en todos sitios…

Y entonces Pablo cayó en la cuenta. Eso era, por supuesto. Por alguna razón, a Ramón le horrorizaban los papanoeles. Pablo le había preguntado en una ocasión por qué, pero la única respuesta que había recibido había sido un gruñido evasivo y que el rostro de Ramón se contrajese como si le hubieran dado una descarga eléctrica.

Pablo se había dicho que tampoco era la fobia más rara de la que había oído hablar. Mucha gente temía a los payasos, por ejemplo. O a cosas aún más raras. Una vez se metió en internet y leyó los nombres de cientos de fobias raras. Había llegado a plantearse cómo era posible tener fobia a alguna de aquellas cosas cuando a él ni siquiera se le hubiera ocurrido pensar en ellas jamás.

Pero la gente era rara. Se ocultaban detrás de máscaras de normalidad, pero eran raros de cojones, quien más y quien menos.

Al menos Ramón lo llevaba por bandera.

***

María estaba cortando verdura para preparar la cena cuando oyó la puerta cerrándose en el recibidor.

—¡Hola! —saludó—, ¿qué tal lo has pasado?

Pablo entró quitándose el abrigo y lo dejó sobre una silla antes de acercarse a María y darle un beso en los labios.

—Bien —respondió encogiéndose de hombros—, hemos dado una vuelta y tomado un café.

—¿Qué tal está el friki?

—No le llames así —respondió, molesto—. Sabes que no me gusta.

—Ay, hijo, era broma.

Pablo se encogió de hombros y se giró para sacar una botella de agua de la nevera. Ya no tenía ganas de contarle a ella si se lo había pasado bien o no. Que ni una cosa ni la otra; simplemente había sido una tarde normal con un colega, charlando en un bar. Excepto, claro estaba, por el monumental enfado que Ramón había cogido al ver que estaban poniendo ya el alumbrado de Navidad. Pablo había pensado que se le pasaría pronto, pero había durado casi hasta el final de la cita. Ramón había tenido el rostro retorcido, como si aquello fuera una afrenta personal contra él y, de cuando en cuando, había repetido sus quejas sobre lo desagradable que le resultaba la Navidad. Pablo había preferido no entrar al trapo. No tenía sentido, creía.

Sin embargo, esa noche no le resultó nada extraño soñar con su amigo Ramón entrando en una guardería donde todos los niños vestían con diminutos trajes de Papá Noel. Cientos de pequeños Santa Claus cantando villancicos y sobresaltándose al ver entrar a aquel hombre escopeta en mano.

«Parecía un tipo normal. Nunca saludaba, joder, pero nadie en el barrio pensaba que fuera capaz de algo así».

***

El plato daba vueltas en el microondas acompañado del sonido del pequeño motor del electrodoméstico e iluminado por la bombilla interior, que daba una luz amarillenta que siempre le había parecido enfermiza. Ramón prefería las luces blancas. Todas las bombillas de su casa daban luz blanca, como la de la cocina, que era la que él estaba mirando fijamente en ese momento.

Entrecerró los ojos sin dejar de mirar la bombilla y pensó en los operarios que esa misma tarde había visto colocando el alumbrado navideño.

Con gesto tajante cerró el puño derecho hasta convertirlo en una esfera amenazante. Al mismo tiempo, con violencia inusitada, la bombilla de la cocina estalló con un chispazo. La cocina entera habría quedado a oscuras de no ser por la amarillenta, y desagradable, lucecilla del microondas.

Despacio… esbozando una sonrisa que le estiraba hacia arriba la comisura derecha de los labios dándole una apariencia cruel y maligna, con medio rostro iluminado de amarillo y la otra mitad a oscuras, Ramón giró la cara hacia el microondas. Dentro, el plato de sopa giraba y giraba calentando su contenido, lo que sería su cena.

Despacio… estiró el brazo y apuntó con el dedo índice hacia el microondas, levantando el pulgar y formando una pistola imaginaria. Sus labios se abrieron lentamente dejando a la vista unos dientes apretados con fuerza.

—Pum.

La bombilla del microondas estalló. El motor se detuvo y la sopa quedó a medio calentar. A Ramón no le importó. Se echó a reír de una manera tan estridente que cualquiera que le hubiera visto habría pensado que estaba completamente fuera de sus cabales; incluso Pablo habría llegado a esa conclusión.

Ramón siguió riendo y se dejó caer al suelo mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Hacía varios meses ya que había despertado con el estridente sonido de la alarma, como cada puta mañana, por supuesto; pero aquel día se había girado y le había lanzado una mirada de odio al despertador. Había pasado la peor noche en la historia de las peores noches y estaba enfadado. La alarma se había detenido abruptamente, con un chasquido, y una fina hebra de humo negro había surgido de entre las junturas del aparato. Parpadeando sin saber lo que acababa de pasar, Ramón había cogido el despertador y le había dado una vuelta. Estaba apagado, muerto del todo, y olía a quemado.

Cualquier otra persona habría pensado que era una casualidad, pero no Ramón. Él se dijo que había sido el poder de su mente. Se dijo que lo había hecho él, y aunque una vocecilla en su cabeza insistía en decirle que no recorriera aquella senda, que él no era un Jedi, Ramón se obsesionó con aquello.

Pasó los siguientes cinco días mirando con los ojos entrecerrados a todos los aparatos electrónicos que tenía en casa, lanzándoles órdenes mentales para que se rompieran, murieran o estallaran. Fue perdiendo el interés a medida que vio que no pasaba nada. Gritó de frustración. Maldijo en voz alta. Estuvo a punto de abandonar, pero siempre se decía que le daría un último intento. «Solo una vez más y ya».

Y entonces el aparato de DVD dejó de funcionar, con el mismo chasquido que había surgido del despertador. Entonces Ramón lo supo, supo que había algo en él, que tenía un poder y no había necesitado que le picara ninguna araña radiactiva para ello. ¡Oh, sí!

«Lo que acaba de pasarme… —Ramón había mirado al aparato de DVD con la boca abierta y la emoción recorriéndole las venas como pequeñas descargas eléctricas— lo que acaba de pasarme hoy es grande, muy grande, es…»

Algo muy bestia. No había forma mejor de describirlo.

A partir de entonces había sido cuestión de entrenamiento. Porque, al fin y al cabo, todo en la vida se mejora con entrenamiento y perseverancia. Y Ramón puso toda su dedicación al servicio de su «Fuerza».

Por supuesto, probó a intentar mover objetos, soñando con algún día poder levantar un coche en el aire tal vez, pero nunca logró que nada se moviera ni un ápice. Su poder parecía limitarse a la energía. Era capaz de apagarla, de mandar a tomar por culo aparatos electrónicos y luces de todo tipo.

Y cada vez le salía con más facilidad.

Probablemente, para cuando llegara diciembre tendría la fuerza suficiente como para hacer explotar todas aquellas bombillas del alumbrado festivo e impedir la Navidad, como un moderno e igual de malvado Grinch. Soñaba con destrozar todas aquellas luces, con verlas estallar. Incluso le excitaba pensar en los gritos que daría la gente cuando las chispas empezaran a caer y los crujidos de las bombillas al reventarse apagaran su puta felicidad impostada.

A tomar por culo la Navidad de los cojones.

***

Un montón de críos, de edades comprendidas entre los seis y los ocho años, gritando expectantes y nerviosos que les llegue su turno mientras las profesoras intentan mantener el orden, la calma y tener controlada la jauría de niños. Desde detrás de la cortina sale riendo uno de aquellos chiquillos; en el rostro porta una de esas expresiones de felicidad que solo un niño es capaz de esbozar, contagiosa y hermosa a partes iguales.

—Te toca, Ramón —dice la profesora, señalando al niño que está en primera fila estrujándose las manos con nervios e ilusión.

Y Ramón se levanta. Apenas tiene seis años y echa a correr hacia la cortina. La atraviesa y al otro lado encuentra a un fotógrafo de gesto aburrido que observa su cámara con parsimonia y, más allá, sí, allí está, sentado en su trono, un enorme y gordinflón Papá Noel, con su traje rojo brillante y su barba blanca.

El corazón de Ramón late con fuerza mientras corre hacia él y se lanza a sus brazos. Papá Noel le recibe con la misma efusividad y se ríe. «Jo, Jo, Jo».

—¿Cómo te llamas, pequeño?

—¡Ramón! —exclama él sin dejar de mirarle emocionado.

—¿Y qué quieres pedir para estas navidades?

A toda velocidad, como si fuera una metralleta, Ramón empieza a escupir nombres de juguetes que ha visto en los anuncios de la tele y le llaman poderosamente. El hombre escondido tras el traje de Papá Noel ríe y asiente con la cabeza. Algo más allá el fotógrafo le hace una señal.

—Tengo que coger otra batería para hacer la foto— dice.

Aquellas palabras sentencian el futuro de Ramón. Porque el fotógrafo sale de la salita y él se queda a solas con Papá Noel mientras sigue enumerando juguetes y juguetes. Tiene una lista enorme en la mente; se la ha aprendido de memoria porque lleva esperando este día desde hace más de un mes.

—¿Y has sido un niño bueno?

—¡Sí!

—No lo sé… —murmura Papá Noel—. Aún tenemos que comprobar si eres un niño bueno.

La mano de Papá Noel se desliza bajo la ropa del chiquillo quebrando en un mismo instante su inocencia y la persona brillante que podría haber llegado a ser.

Y sentenciando con ello la navidad madrileña de unos cuantos años después.

***

Jordi Armengol Carner
Veinticuatro de diciembre. Gran Vía y la plaza de Callao atestadas de gente ultimando sus compras. La muchedumbre caminando de un lado a otro y las luces embelleciendo las calles con sus colores y formas alegres. Y allí, en el centro, sonriendo como lo haría un psicópata, Ramón levantó las manos hacia el cielo y se preparó para mandarlo todo al carajo.
Daniel Eduardo Mendoza
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Tema: "Mundo de Héroes"






Fue entrar en Gran Vía y ver el camión y a Ramón Córdoba se le cambió la cara. Algo muy bestia. No había forma mejor de describirlo.Como si hubiera visto a un fantasma, o peor aún, como si le hubieran estrujado los huevos con mano de hierro. Pablo se giró hacia él, confundido, y trató de seguir su mirada para adivinar qué causaba esa expresión en su amigo. Nada de lo que viera en la arteria central madrileña le haría extrañarse ni un poco. Todo parecía normal: tráfico lento y a punto de congestionarse, innumerables seres humanos que subían y bajaban llenando las aceras…

—¿Qué pasa, Ramón, tío? —preguntó.

—Ya están aquí —fue la escueta respuesta.

Pablo, que no tenía la menor idea de a lo que se refería su colega, sintió un escalofrío recorriéndole la espalda y se giró a toda prisa esperando ver, quién sabía, tal vez extraterrestres descendiendo de una nave espacial o monstruos cruzando una puerta interdimensional. Lo único que encontró fue la misma Gran Vía que había visto un momento antes.

—¿Qué pasa, Ramón? —preguntó de nuevo intentando no reflejar su inquietud. Lo cierto era que se sentía un poco tonto.

—Ya están colocando el alumbrado de Navidad —gruñó Ramón, señalando.

Pablo se giró una vez más. Había un camión detenido en el lado derecho de la calle y sí, en efecto, estaban colocando el alumbrado decorativo de las fiestas.

—¿Y qué coño pasa? —soltó malhumorado. Se sentía más estúpido que nunca—, me has dado un susto de tres pares, colega.

—¿Tú sabes la de pasta que cuesta esa mierda? —interrogó Ramón con el rostro torcido—. Todos los putos años igual. ¿Sabes de dónde sale ese dinero? Porque te aseguro que no lo pagan los políticos de los cojones.

Pablo parpadeó con incredulidad, preguntándose si Ramón había perdido finalmente el tornillo que todo el mundo decía que le faltaba. Joder, que sí, que Ramón siempre había sido extravagante y por esa misma razón no tenía demasiados amigos, pero a Pablo le caía bien. Excepto cuando se ponía demasiado rarito, claro. A veces le hacía sentir vergüenza ajena aunque solo estuvieran ellos dos charlando en un bar. Pero ¿qué podía hacer? Sabía bien que Ramón no tenía otros amigos, siempre había sido un solitario y a Pablo le daba pena. Incluso su mujer le miraba con resignación cuando sabía que quedaba con él, no importaba las veces que le explicara que era un buen tío. Su mujer también consideraba que era un rarito.

«Es de esa clase de gente a los que un día se les cruza el cable y entran en una guardería armado hasta los dientes, —aseguraba ella—, y luego los vecinos salen en el telediario diciendo que saludaba todos los días y parecía un buen tipo».

Aquello siempre había hecho gracia a Pablo. Incluso una vez le había respondido a su mujer que entonces no sería de Ramón de quien estarían hablando. «Ramón no saluda a nadie. Vive a solas en su mundo».

«Ya sabes a lo que me refiero, —le había respondido ella en tono preocupado—. Lo que no quiero es que te veas envuelto cuando se le pire la puta chaveta».

Pero ¿pensaba Pablo que eso ocurriría de verdad algún día? Él conocía a Ramón, se jactaba de ello, de ser el único que realmente lo hacía…


—Bueno, se pagan tantas cosas con dinero público que no valen para nada… —murmuró, restándole importancia a la conversación con un gesto de la mano—; ya sabes, aeropuertos fantasmas y esas cosas. Al menos la Navidad sirve para darles ilusión a los niños.

Ramón gruñó como única contestación.

—Y es época de felicidad —lo intentó Pablo una vez más.

—Ya empiezan a anunciarlo en todos sitios —dijo.

Señaló hacia el cartel que podía verse en la marquesina del autobús donde una chica joven y de maravilloso buen ver anunciaba, en pose sugerente, lencería roja y navideña.

—En breve empezaremos a ver putos papanoeles en todos sitios…

Y entonces Pablo cayó en la cuenta. Eso era, por supuesto. Por alguna razón, a Ramón le horrorizaban los papanoeles. Pablo le había preguntado en una ocasión por qué, pero la única respuesta que había recibido había sido un gruñido evasivo y que el rostro de Ramón se contrajese como si le hubieran dado una descarga eléctrica.

Pablo se había dicho que tampoco era la fobia más rara de la que había oído hablar. Mucha gente temía a los payasos, por ejemplo. O a cosas aún más raras. Una vez se metió en internet y leyó los nombres de cientos de fobias raras. Había llegado a plantearse cómo era posible tener fobia a alguna de aquellas cosas cuando a él ni siquiera se le hubiera ocurrido pensar en ellas jamás.

Pero la gente era rara. Se ocultaban detrás de máscaras de normalidad, pero eran raros de cojones, quien más y quien menos.

Al menos Ramón lo llevaba por bandera.

***

María estaba cortando verdura para preparar la cena cuando oyó la puerta cerrándose en el recibidor.

—¡Hola! —saludó—, ¿qué tal lo has pasado?

Pablo entró quitándose el abrigo y lo dejó sobre una silla antes de acercarse a María y darle un beso en los labios.

—Bien —respondió encogiéndose de hombros—, hemos dado una vuelta y tomado un café.

—¿Qué tal está el friki?

—No le llames así —respondió, molesto—. Sabes que no me gusta.

—Ay, hijo, era broma.

Pablo se encogió de hombros y se giró para sacar una botella de agua de la nevera. Ya no tenía ganas de contarle a ella si se lo había pasado bien o no. Que ni una cosa ni la otra; simplemente había sido una tarde normal con un colega, charlando en un bar. Excepto, claro estaba, por el monumental enfado que Ramón había cogido al ver que estaban poniendo ya el alumbrado de Navidad. Pablo había pensado que se le pasaría pronto, pero había durado casi hasta el final de la cita. Ramón había tenido el rostro retorcido, como si aquello fuera una afrenta personal contra él y, de cuando en cuando, había repetido sus quejas sobre lo desagradable que le resultaba la Navidad. Pablo había preferido no entrar al trapo. No tenía sentido, creía.

Sin embargo, esa noche no le resultó nada extraño soñar con su amigo Ramón entrando en una guardería donde todos los niños vestían con diminutos trajes de Papá Noel. Cientos de pequeños Santa Claus cantando villancicos y sobresaltándose al ver entrar a aquel hombre escopeta en mano.

«Parecía un tipo normal. Nunca saludaba, joder, pero nadie en el barrio pensaba que fuera capaz de algo así».

***

El plato daba vueltas en el microondas acompañado del sonido del pequeño motor del electrodoméstico e iluminado por la bombilla interior, que daba una luz amarillenta que siempre le había parecido enfermiza. Ramón prefería las luces blancas. Todas las bombillas de su casa daban luz blanca, como la de la cocina, que era la que él estaba mirando fijamente en ese momento.

Entrecerró los ojos sin dejar de mirar la bombilla y pensó en los operarios que esa misma tarde había visto colocando el alumbrado navideño.

Con gesto tajante cerró el puño derecho hasta convertirlo en una esfera amenazante. Al mismo tiempo, con violencia inusitada, la bombilla de la cocina estalló con un chispazo. La cocina entera habría quedado a oscuras de no ser por la amarillenta, y desagradable, lucecilla del microondas.

Despacio… esbozando una sonrisa que le estiraba hacia arriba la comisura derecha de los labios dándole una apariencia cruel y maligna, con medio rostro iluminado de amarillo y la otra mitad a oscuras, Ramón giró la cara hacia el microondas. Dentro, el plato de sopa giraba y giraba calentando su contenido, lo que sería su cena.

Despacio… estiró el brazo y apuntó con el dedo índice hacia el microondas, levantando el pulgar y formando una pistola imaginaria. Sus labios se abrieron lentamente dejando a la vista unos dientes apretados con fuerza.

—Pum.

La bombilla del microondas estalló. El motor se detuvo y la sopa quedó a medio calentar. A Ramón no le importó. Se echó a reír de una manera tan estridente que cualquiera que le hubiera visto habría pensado que estaba completamente fuera de sus cabales; incluso Pablo habría llegado a esa conclusión.

Ramón siguió riendo y se dejó caer al suelo mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Hacía varios meses ya que había despertado con el estridente sonido de la alarma, como cada puta mañana, por supuesto; pero aquel día se había girado y le había lanzado una mirada de odio al despertador. Había pasado la peor noche en la historia de las peores noches y estaba enfadado. La alarma se había detenido abruptamente, con un chasquido, y una fina hebra de humo negro había surgido de entre las junturas del aparato. Parpadeando sin saber lo que acababa de pasar, Ramón había cogido el despertador y le había dado una vuelta. Estaba apagado, muerto del todo, y olía a quemado.

Cualquier otra persona habría pensado que era una casualidad, pero no Ramón. Él se dijo que había sido el poder de su mente. Se dijo que lo había hecho él, y aunque una vocecilla en su cabeza insistía en decirle que no recorriera aquella senda, que él no era un Jedi, Ramón se obsesionó con aquello.

Pasó los siguientes cinco días mirando con los ojos entrecerrados a todos los aparatos electrónicos que tenía en casa, lanzándoles órdenes mentales para que se rompieran, murieran o estallaran. Fue perdiendo el interés a medida que vio que no pasaba nada. Gritó de frustración. Maldijo en voz alta. Estuvo a punto de abandonar, pero siempre se decía que le daría un último intento. «Solo una vez más y ya».

Y entonces el aparato de DVD dejó de funcionar, con el mismo chasquido que había surgido del despertador. Entonces Ramón lo supo, supo que había algo en él, que tenía un poder y no había necesitado que le picara ninguna araña radiactiva para ello. ¡Oh, sí!

«Lo que acaba de pasarme… —Ramón había mirado al aparato de DVD con la boca abierta y la emoción recorriéndole las venas como pequeñas descargas eléctricas— lo que acaba de pasarme hoy es grande, muy grande, es…»

Algo muy bestia. No había forma mejor de describirlo.

A partir de entonces había sido cuestión de entrenamiento. Porque, al fin y al cabo, todo en la vida se mejora con entrenamiento y perseverancia. Y Ramón puso toda su dedicación al servicio de su «Fuerza».

Por supuesto, probó a intentar mover objetos, soñando con algún día poder levantar un coche en el aire tal vez, pero nunca logró que nada se moviera ni un ápice. Su poder parecía limitarse a la energía. Era capaz de apagarla, de mandar a tomar por culo aparatos electrónicos y luces de todo tipo.

Y cada vez le salía con más facilidad.

Probablemente, para cuando llegara diciembre tendría la fuerza suficiente como para hacer explotar todas aquellas bombillas del alumbrado festivo e impedir la Navidad, como un moderno e igual de malvado Grinch. Soñaba con destrozar todas aquellas luces, con verlas estallar. Incluso le excitaba pensar en los gritos que daría la gente cuando las chispas empezaran a caer y los crujidos de las bombillas al reventarse apagaran su puta felicidad impostada.

A tomar por culo la Navidad de los cojones.

***

Un montón de críos, de edades comprendidas entre los seis y los ocho años, gritando expectantes y nerviosos que les llegue su turno mientras las profesoras intentan mantener el orden, la calma y tener controlada la jauría de niños. Desde detrás de la cortina sale riendo uno de aquellos chiquillos; en el rostro porta una de esas expresiones de felicidad que solo un niño es capaz de esbozar, contagiosa y hermosa a partes iguales.

—Te toca, Ramón —dice la profesora, señalando al niño que está en primera fila estrujándose las manos con nervios e ilusión.

Y Ramón se levanta. Apenas tiene seis años y echa a correr hacia la cortina. La atraviesa y al otro lado encuentra a un fotógrafo de gesto aburrido que observa su cámara con parsimonia y, más allá, sí, allí está, sentado en su trono, un enorme y gordinflón Papá Noel, con su traje rojo brillante y su barba blanca.

El corazón de Ramón late con fuerza mientras corre hacia él y se lanza a sus brazos. Papá Noel le recibe con la misma efusividad y se ríe. «Jo, Jo, Jo».

—¿Cómo te llamas, pequeño?

—¡Ramón! —exclama él sin dejar de mirarle emocionado.

—¿Y qué quieres pedir para estas navidades?

A toda velocidad, como si fuera una metralleta, Ramón empieza a escupir nombres de juguetes que ha visto en los anuncios de la tele y le llaman poderosamente. El hombre escondido tras el traje de Papá Noel ríe y asiente con la cabeza. Algo más allá el fotógrafo le hace una señal.

—Tengo que coger otra batería para hacer la foto— dice.

Aquellas palabras sentencian el futuro de Ramón. Porque el fotógrafo sale de la salita y él se queda a solas con Papá Noel mientras sigue enumerando juguetes y juguetes. Tiene una lista enorme en la mente; se la ha aprendido de memoria porque lleva esperando este día desde hace más de un mes.

—¿Y has sido un niño bueno?

—¡Sí!

—No lo sé… —murmura Papá Noel—. Aún tenemos que comprobar si eres un niño bueno.

La mano de Papá Noel se desliza bajo la ropa del chiquillo quebrando en un mismo instante su inocencia y la persona brillante que podría haber llegado a ser.

Y sentenciando con ello la navidad madrileña de unos cuantos años después.

***

Jordi Armengol Carner
Veinticuatro de diciembre. Gran Vía y la plaza de Callao atestadas de gente ultimando sus compras. La muchedumbre caminando de un lado a otro y las luces embelleciendo las calles con sus colores y formas alegres. Y allí, en el centro, sonriendo como lo haría un psicópata, Ramón levantó las manos hacia el cielo y se preparó para mandarlo todo al carajo.

5 comentarios :

  1. Qué quieres que te diga... a mí me iba a gusta, jejeje.

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  2. Cojonudo, muy original. A tomar por saco la Navidad, jajajaja

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  3. Anda que no habré pensado yo veces lo mismo que Ramón al ver las luces de las narices >.< Ejem, desagradable el detalle de por qué es así él, pero por lo demás genial. Me declaro Blázquez-adicta :)

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  4. Como diría santa... Mmmmmm... quiero más!!!

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