El hombre de negro - So Blonde

Jordi Armengol Carner
Escucha la banda sonora mientras lees ->


Nuevo Tema Acto 2: "Marlín"








La lluvia aumenta el sonido del tráfico hasta límites que no permiten escuchar los pensamientos. Las conversaciones no son claras y se vuelven bruscas discusiones a causa del volumen que se debe utilizar.

El agua no limpia la ciudad, al contrario, hace que las telas y los tapizados malos huelan a orines; que las alcantarillas rebosen y el hedor se extienda como un sudario por encima de los perfumes caros que se aprecian en el área de negocios más exclusiva de la ciudad.

El hombre de negro lleva gafas de sol a pesar de la escasa luz natural; su impecable traje le da un aspecto aún más lúgubre entre la multitud que pasa a su alrededor sin mirarle, sin mirarse.

Él sí observa, él sí ve. Lo ve todo. Analiza formas de vestir, de moverse, de actuar. Estudia las manos y las miradas anticipándose unos segundos a lo que harán sus dueños. Esto no es un don, es una disciplina desarrollada por el instinto de supervivencia. No siempre ha vivido en el mundo de falsos oropeles y medidas de seguridad que ahora le rodea. Hubo un tiempo en que solo intuir por dónde vendría el siguiente navajazo, la trampa de trilero o el golpe de un policía, permitía volver a la casa de frío y hambre a la que llamaba hogar. Por eso ahora no duda cuando se adentra en los bajos de Azca, una zona poco recomendable para no iniciados. A pesar de que allí hay una comisaria, el último homicidio con arma de fuego en la capital sucedió a pocos metros. Aún hay manchas oscuras sobre algunos adoquines.

Los fluorescentes amarillos titilan a su paso alargando las sombras del semisubterráneo. Una llama aparece como un faro cuando el hombre se detiene y prende un cigarrillo. El olor a tabaco y a gasolina del encendedor son perceptibles con claridad y, por un segundo, parece que todo va a detenerse, pero su enfermo corazón no se rinde tampoco esta vez y sigue bombeando. Los dos extranjeros que se acercan, de cuerpos recios y curtidos, no pueden saber esto, tan solo intuyen que algo no es cómo debería ser. Ese señorito bien vestido no está ahí perdido o fuera de lugar. No tiene miedo, y por eso los depredadores urbanos se alejan.

Ese tampoco es el don del hombre. Su falta de miedo se debe a saber que cada segundo de su vida es un segundo regalado, un instante de propina que se suma a su cuenta de manera gratuita y, como cualquier prebenda, puede ser retirada sin previo aviso. Entonces el dolor en el pecho le partirá en dos otra vez mientras su corazón se gripa y la agonía crece en la base del cráneo para cegarle en negro y rojo. ¿Cuándo sucederá? Eso nadie lo sabe. La Dama camina a su lado, muy cerca, pudiendo rozarle en cualquier momento. Con esa compañera perenne uno aprende a vivir sin miedo ante el mundo.

El atajo le ha llevado ante el edificio de ébano y bronce. Un inmenso templo de poder en cuyas plantas superiores se deciden el futuro de cientos, cuando no de miles. Sin embargo, para aquellos que tienen la capacidad de decidir, esas personas que siquiera saben de su existencia, no son más que números y estadísticas, beneficios y costes. El pan de muchas familias depende de una firma garabateada con prisas antes de salir hacia una whiskería elegante o un restaurante caro.

El hombre de negro llega a la puerta del despacho donde tiene la reunión. Las formas le hacen despojarse por fin de las lentes oscuras. Se ajusta el nudo de la corbata; revisa sus gemelos. Tras las puertas de madera esperan los abogados, los master en administración y gestión de empresas y los contables. Sobre la mesa un único tema a tratar, el ERE y liquidación de una firma de servicios. Doscientas diez personas que se quedarán sin medios para seguir alimentando a los suyos tan solo para que tres socios puedan cambiar de residencia de vacaciones.

Se sabe en desventaja, sin apoyos, menos preparado que sus adversarios, más débil en su postura de representante de los desheredados.

El acto noble de un héroe, que impide una violación en la calle, puede quedar muy bonito en las portadas de los periódicos, puede ser un símbolo para la gente con toda la parafernalia del pasamontañas o los disfraces, pero en realidad no cambia nada.

Su victoria legal de hoy también será baladí, pero llegará a más gente.

Vestido como un villano, oculto por maneras y formas aprendidas entre ellos, infiltrado en mundo que no es el suyo, el hombre hace gala de su don. La rabia hace acto de presencia, no le cuesta controlarla y dirigirla, son muchas décadas nutriéndose de ella, dejándose llevar por sus caprichos como un kamikaze de causas perdidas. Ahora es más rápido de reflejos, más locuaz más intimidante.

Entra en el despacho e invita:

—Comencemos, muchachos.

Jordi Armengol Carner
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Nuevo Tema Acto 2: "Marlín"








La lluvia aumenta el sonido del tráfico hasta límites que no permiten escuchar los pensamientos. Las conversaciones no son claras y se vuelven bruscas discusiones a causa del volumen que se debe utilizar.

El agua no limpia la ciudad, al contrario, hace que las telas y los tapizados malos huelan a orines; que las alcantarillas rebosen y el hedor se extienda como un sudario por encima de los perfumes caros que se aprecian en el área de negocios más exclusiva de la ciudad.

El hombre de negro lleva gafas de sol a pesar de la escasa luz natural; su impecable traje le da un aspecto aún más lúgubre entre la multitud que pasa a su alrededor sin mirarle, sin mirarse.

Él sí observa, él sí ve. Lo ve todo. Analiza formas de vestir, de moverse, de actuar. Estudia las manos y las miradas anticipándose unos segundos a lo que harán sus dueños. Esto no es un don, es una disciplina desarrollada por el instinto de supervivencia. No siempre ha vivido en el mundo de falsos oropeles y medidas de seguridad que ahora le rodea. Hubo un tiempo en que solo intuir por dónde vendría el siguiente navajazo, la trampa de trilero o el golpe de un policía, permitía volver a la casa de frío y hambre a la que llamaba hogar. Por eso ahora no duda cuando se adentra en los bajos de Azca, una zona poco recomendable para no iniciados. A pesar de que allí hay una comisaria, el último homicidio con arma de fuego en la capital sucedió a pocos metros. Aún hay manchas oscuras sobre algunos adoquines.

Los fluorescentes amarillos titilan a su paso alargando las sombras del semisubterráneo. Una llama aparece como un faro cuando el hombre se detiene y prende un cigarrillo. El olor a tabaco y a gasolina del encendedor son perceptibles con claridad y, por un segundo, parece que todo va a detenerse, pero su enfermo corazón no se rinde tampoco esta vez y sigue bombeando. Los dos extranjeros que se acercan, de cuerpos recios y curtidos, no pueden saber esto, tan solo intuyen que algo no es cómo debería ser. Ese señorito bien vestido no está ahí perdido o fuera de lugar. No tiene miedo, y por eso los depredadores urbanos se alejan.

Ese tampoco es el don del hombre. Su falta de miedo se debe a saber que cada segundo de su vida es un segundo regalado, un instante de propina que se suma a su cuenta de manera gratuita y, como cualquier prebenda, puede ser retirada sin previo aviso. Entonces el dolor en el pecho le partirá en dos otra vez mientras su corazón se gripa y la agonía crece en la base del cráneo para cegarle en negro y rojo. ¿Cuándo sucederá? Eso nadie lo sabe. La Dama camina a su lado, muy cerca, pudiendo rozarle en cualquier momento. Con esa compañera perenne uno aprende a vivir sin miedo ante el mundo.

El atajo le ha llevado ante el edificio de ébano y bronce. Un inmenso templo de poder en cuyas plantas superiores se deciden el futuro de cientos, cuando no de miles. Sin embargo, para aquellos que tienen la capacidad de decidir, esas personas que siquiera saben de su existencia, no son más que números y estadísticas, beneficios y costes. El pan de muchas familias depende de una firma garabateada con prisas antes de salir hacia una whiskería elegante o un restaurante caro.

El hombre de negro llega a la puerta del despacho donde tiene la reunión. Las formas le hacen despojarse por fin de las lentes oscuras. Se ajusta el nudo de la corbata; revisa sus gemelos. Tras las puertas de madera esperan los abogados, los master en administración y gestión de empresas y los contables. Sobre la mesa un único tema a tratar, el ERE y liquidación de una firma de servicios. Doscientas diez personas que se quedarán sin medios para seguir alimentando a los suyos tan solo para que tres socios puedan cambiar de residencia de vacaciones.

Se sabe en desventaja, sin apoyos, menos preparado que sus adversarios, más débil en su postura de representante de los desheredados.

El acto noble de un héroe, que impide una violación en la calle, puede quedar muy bonito en las portadas de los periódicos, puede ser un símbolo para la gente con toda la parafernalia del pasamontañas o los disfraces, pero en realidad no cambia nada.

Su victoria legal de hoy también será baladí, pero llegará a más gente.

Vestido como un villano, oculto por maneras y formas aprendidas entre ellos, infiltrado en mundo que no es el suyo, el hombre hace gala de su don. La rabia hace acto de presencia, no le cuesta controlarla y dirigirla, son muchas décadas nutriéndose de ella, dejándose llevar por sus caprichos como un kamikaze de causas perdidas. Ahora es más rápido de reflejos, más locuaz más intimidante.

Entra en el despacho e invita:

—Comencemos, muchachos.

Jordi Armengol Carner
Escucha la banda sonora mientras lees ->


Nuevo Tema Acto 2: "Marlín"








La lluvia aumenta el sonido del tráfico hasta límites que no permiten escuchar los pensamientos. Las conversaciones no son claras y se vuelven bruscas discusiones a causa del volumen que se debe utilizar.

El agua no limpia la ciudad, al contrario, hace que las telas y los tapizados malos huelan a orines; que las alcantarillas rebosen y el hedor se extienda como un sudario por encima de los perfumes caros que se aprecian en el área de negocios más exclusiva de la ciudad.

El hombre de negro lleva gafas de sol a pesar de la escasa luz natural; su impecable traje le da un aspecto aún más lúgubre entre la multitud que pasa a su alrededor sin mirarle, sin mirarse.

Él sí observa, él sí ve. Lo ve todo. Analiza formas de vestir, de moverse, de actuar. Estudia las manos y las miradas anticipándose unos segundos a lo que harán sus dueños. Esto no es un don, es una disciplina desarrollada por el instinto de supervivencia. No siempre ha vivido en el mundo de falsos oropeles y medidas de seguridad que ahora le rodea. Hubo un tiempo en que solo intuir por dónde vendría el siguiente navajazo, la trampa de trilero o el golpe de un policía, permitía volver a la casa de frío y hambre a la que llamaba hogar. Por eso ahora no duda cuando se adentra en los bajos de Azca, una zona poco recomendable para no iniciados. A pesar de que allí hay una comisaria, el último homicidio con arma de fuego en la capital sucedió a pocos metros. Aún hay manchas oscuras sobre algunos adoquines.

Los fluorescentes amarillos titilan a su paso alargando las sombras del semisubterráneo. Una llama aparece como un faro cuando el hombre se detiene y prende un cigarrillo. El olor a tabaco y a gasolina del encendedor son perceptibles con claridad y, por un segundo, parece que todo va a detenerse, pero su enfermo corazón no se rinde tampoco esta vez y sigue bombeando. Los dos extranjeros que se acercan, de cuerpos recios y curtidos, no pueden saber esto, tan solo intuyen que algo no es cómo debería ser. Ese señorito bien vestido no está ahí perdido o fuera de lugar. No tiene miedo, y por eso los depredadores urbanos se alejan.

Ese tampoco es el don del hombre. Su falta de miedo se debe a saber que cada segundo de su vida es un segundo regalado, un instante de propina que se suma a su cuenta de manera gratuita y, como cualquier prebenda, puede ser retirada sin previo aviso. Entonces el dolor en el pecho le partirá en dos otra vez mientras su corazón se gripa y la agonía crece en la base del cráneo para cegarle en negro y rojo. ¿Cuándo sucederá? Eso nadie lo sabe. La Dama camina a su lado, muy cerca, pudiendo rozarle en cualquier momento. Con esa compañera perenne uno aprende a vivir sin miedo ante el mundo.

El atajo le ha llevado ante el edificio de ébano y bronce. Un inmenso templo de poder en cuyas plantas superiores se deciden el futuro de cientos, cuando no de miles. Sin embargo, para aquellos que tienen la capacidad de decidir, esas personas que siquiera saben de su existencia, no son más que números y estadísticas, beneficios y costes. El pan de muchas familias depende de una firma garabateada con prisas antes de salir hacia una whiskería elegante o un restaurante caro.

El hombre de negro llega a la puerta del despacho donde tiene la reunión. Las formas le hacen despojarse por fin de las lentes oscuras. Se ajusta el nudo de la corbata; revisa sus gemelos. Tras las puertas de madera esperan los abogados, los master en administración y gestión de empresas y los contables. Sobre la mesa un único tema a tratar, el ERE y liquidación de una firma de servicios. Doscientas diez personas que se quedarán sin medios para seguir alimentando a los suyos tan solo para que tres socios puedan cambiar de residencia de vacaciones.

Se sabe en desventaja, sin apoyos, menos preparado que sus adversarios, más débil en su postura de representante de los desheredados.

El acto noble de un héroe, que impide una violación en la calle, puede quedar muy bonito en las portadas de los periódicos, puede ser un símbolo para la gente con toda la parafernalia del pasamontañas o los disfraces, pero en realidad no cambia nada.

Su victoria legal de hoy también será baladí, pero llegará a más gente.

Vestido como un villano, oculto por maneras y formas aprendidas entre ellos, infiltrado en mundo que no es el suyo, el hombre hace gala de su don. La rabia hace acto de presencia, no le cuesta controlarla y dirigirla, son muchas décadas nutriéndose de ella, dejándose llevar por sus caprichos como un kamikaze de causas perdidas. Ahora es más rápido de reflejos, más locuaz más intimidante.

Entra en el despacho e invita:

—Comencemos, muchachos.

Jordi Armengol Carner
Escucha la banda sonora mientras lees ->


Nuevo Tema Acto 2: "Marlín"








La lluvia aumenta el sonido del tráfico hasta límites que no permiten escuchar los pensamientos. Las conversaciones no son claras y se vuelven bruscas discusiones a causa del volumen que se debe utilizar.

El agua no limpia la ciudad, al contrario, hace que las telas y los tapizados malos huelan a orines; que las alcantarillas rebosen y el hedor se extienda como un sudario por encima de los perfumes caros que se aprecian en el área de negocios más exclusiva de la ciudad.

El hombre de negro lleva gafas de sol a pesar de la escasa luz natural; su impecable traje le da un aspecto aún más lúgubre entre la multitud que pasa a su alrededor sin mirarle, sin mirarse.

Él sí observa, él sí ve. Lo ve todo. Analiza formas de vestir, de moverse, de actuar. Estudia las manos y las miradas anticipándose unos segundos a lo que harán sus dueños. Esto no es un don, es una disciplina desarrollada por el instinto de supervivencia. No siempre ha vivido en el mundo de falsos oropeles y medidas de seguridad que ahora le rodea. Hubo un tiempo en que solo intuir por dónde vendría el siguiente navajazo, la trampa de trilero o el golpe de un policía, permitía volver a la casa de frío y hambre a la que llamaba hogar. Por eso ahora no duda cuando se adentra en los bajos de Azca, una zona poco recomendable para no iniciados. A pesar de que allí hay una comisaria, el último homicidio con arma de fuego en la capital sucedió a pocos metros. Aún hay manchas oscuras sobre algunos adoquines.

Los fluorescentes amarillos titilan a su paso alargando las sombras del semisubterráneo. Una llama aparece como un faro cuando el hombre se detiene y prende un cigarrillo. El olor a tabaco y a gasolina del encendedor son perceptibles con claridad y, por un segundo, parece que todo va a detenerse, pero su enfermo corazón no se rinde tampoco esta vez y sigue bombeando. Los dos extranjeros que se acercan, de cuerpos recios y curtidos, no pueden saber esto, tan solo intuyen que algo no es cómo debería ser. Ese señorito bien vestido no está ahí perdido o fuera de lugar. No tiene miedo, y por eso los depredadores urbanos se alejan.

Ese tampoco es el don del hombre. Su falta de miedo se debe a saber que cada segundo de su vida es un segundo regalado, un instante de propina que se suma a su cuenta de manera gratuita y, como cualquier prebenda, puede ser retirada sin previo aviso. Entonces el dolor en el pecho le partirá en dos otra vez mientras su corazón se gripa y la agonía crece en la base del cráneo para cegarle en negro y rojo. ¿Cuándo sucederá? Eso nadie lo sabe. La Dama camina a su lado, muy cerca, pudiendo rozarle en cualquier momento. Con esa compañera perenne uno aprende a vivir sin miedo ante el mundo.

El atajo le ha llevado ante el edificio de ébano y bronce. Un inmenso templo de poder en cuyas plantas superiores se deciden el futuro de cientos, cuando no de miles. Sin embargo, para aquellos que tienen la capacidad de decidir, esas personas que siquiera saben de su existencia, no son más que números y estadísticas, beneficios y costes. El pan de muchas familias depende de una firma garabateada con prisas antes de salir hacia una whiskería elegante o un restaurante caro.

El hombre de negro llega a la puerta del despacho donde tiene la reunión. Las formas le hacen despojarse por fin de las lentes oscuras. Se ajusta el nudo de la corbata; revisa sus gemelos. Tras las puertas de madera esperan los abogados, los master en administración y gestión de empresas y los contables. Sobre la mesa un único tema a tratar, el ERE y liquidación de una firma de servicios. Doscientas diez personas que se quedarán sin medios para seguir alimentando a los suyos tan solo para que tres socios puedan cambiar de residencia de vacaciones.

Se sabe en desventaja, sin apoyos, menos preparado que sus adversarios, más débil en su postura de representante de los desheredados.

El acto noble de un héroe, que impide una violación en la calle, puede quedar muy bonito en las portadas de los periódicos, puede ser un símbolo para la gente con toda la parafernalia del pasamontañas o los disfraces, pero en realidad no cambia nada.

Su victoria legal de hoy también será baladí, pero llegará a más gente.

Vestido como un villano, oculto por maneras y formas aprendidas entre ellos, infiltrado en mundo que no es el suyo, el hombre hace gala de su don. La rabia hace acto de presencia, no le cuesta controlarla y dirigirla, son muchas décadas nutriéndose de ella, dejándose llevar por sus caprichos como un kamikaze de causas perdidas. Ahora es más rápido de reflejos, más locuaz más intimidante.

Entra en el despacho e invita:

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3 comentarios :

  1. Respuestas
    1. Tú feliz, yo feliz. ¿Tan bueno para ti como para mí? No lo creo, gracias, nene.

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  2. Éstos héroes son los que nunca salen en la prensa...

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