En la Semana Salvaje - Díaz de Tuesta

Fany Carmona
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Nuevo Tema Acto 2: "Marlín"








Olga analizó con cuidado la viñeta en la que estaba trabajando a la luz de una vela, estudiando cada detalle bajo aquella extraña penumbra dorada. Tras desdeñar un buen montón de ideas, había dibujado una superheroína voladora en el acto de patear en la boca al villano, un banquero que tenía el poder de alimentarse de la energía vital de todo aquel que llevase monedas de un euro en su cartera.

Hace tanto tiempo que abandonó el dibujo, ese lado creativo de sí misma que era lo único que la hacía sentir bien y completa…

Y, total, ¿para qué? Se había pasado años trabajando de cajera en el mismo supermercado, cumpliendo horarios infernales a cambio de un sueldo de mierda, siempre sin protestar, siempre agradecida por las migajas que le daba el mundo, pero un día dijeron que el negocio ya no rentaba y la despidieron de forma fulminante. Desde entonces, no había conseguido encontrar otro trabajo y sus ahorros se habían terminado. Fin.

Miró el dibujo. De no funcionar este intento patético de volver a la ilustración, ¿qué iba a hacer? Se quedaría sin opciones. Ya le habían cortado la luz por falta de pago y no merecía la pena buscar el dinero para hacer frente a la factura porque, total, no iba a poder pagar la hipoteca. Solo era cuestión de tiempo que se viera en la calle, con una maleta pequeña, un lápiz tras la oreja y su hija Estela, de ocho años, agarrada de una mano.

El banco era el dueño de su casa. Amarga verdad. Nunca se compró un piso, solo vivió esa fantasía durante casi una década.

—Dale, dale —animó a la superheroína. No contenta con eso, remarcó las líneas que inducían a pensar en una patada muy contundente; en el último momento, hasta añadió algunos dientes volando.

Cuánta tontería de capas y mallas de nailon. Ella sí que era una heroína, con sus vaqueros rotos y su vieja gabardina, peleando de sol a sol contra el mundo y su destino. El problema era que, en el mundo real, los héroes no volaban, ni ganaban siempre al villano.

Si ella tuviese superpoderes, o conociera alguien así, bien que arreglaría su vida. La suya y la de tantos...

¿Qué le iba a decir a Estela? De momento, no le había contado nada. ¡Era tan pequeña! Ojalá pudiera preservarla de toda esa mierda, resguardar su infancia, una etapa que debería ser tan dorada como la luz de esa vela para todo ser humano. Lo estaba intentando, con todas sus fuerzas...

Para salir del paso del corte de luz, había planteado todo como un juego: están en la Semana Salvaje. La primera que diese la luz o encendiera algo eléctrico, perdería. La idea no se le había ocurrido a ella: una vez vio que lo contaba una famosa en la televisión, alguien que había pasado por un mal momento tras separarse y había usado ese recurso para que sus hijos no sufrieran. En aquella época le pareció una ocurrencia entrañable y divertida. Quién le iba a decir que terminaría utilizándola y que…

Llamaron a la puerta. Varios golpes, con los nudillos. Claro, de qué otro modo iban a poder llamar, si estaba sin electricidad. Olga se levantó a regañadientes. ¿Quién podía ser a esas horas? Esperaba solucionarlo rápido, porque tenía que acabar los dibujos antes de que se consumiese la vela. Al pensarlo, casi hasta se echó a reír. Era como si estuviese atrapada en una prueba de alguna tragedia griega. Una con mal final, seguro.

Abrió la puerta y encontró con su vecina de arriba, Fany, que llevaba sujeta por un brazo a su hija Dulce, una adolescente de catorce años, peligrosa como solo podían serlo las de dieciséis. Cosa de diez veces más de lo que lo había llegado a ser ella en su momento, y eso que se escapó de casa al poco de cumplir los diecisiete, con un novio poeta que tardó casi dos años en reconocer que era gay.

¡Qué época! Había vivido en una felicidad tan total como extraña, construida a base de drogas, cerveza, libertad y arte, hasta despertarse preñada y con un cuarto de siglo a cuestas en un mundo sin ninguna gracia.

—Perdona, no quería usar el timbre, imagino que Estela ya está durmiendo. —Fany la miró con ojos suplicantes—. ¿Puede quedarse Dulce aquí esta noche? Rosa me ha llamado, tengo que ir corriendo al trabajo, ya te contaré.

—Bueno, pero es que… —empezó Olga. La última vez que se ocupó de Dulce tuvo que perseguirla por toda la casa para quitarle un porro. Que fuera de buen costo, como pudo comprobar más tarde, al fumárselo ella a solas, no terminaba de compensarlo. El ciego que se pilló, sí. ¡Por Dios, cuánto tiempo, desde aquellas cosas!

—Puedo cuidarme yo sola, joder, que ya soy mayor —dijo Dulce. Su madre le dio un capón.

—¡Que hables bien, coño!

—¡Y tú lo dices! ¡Es la polla! ¡Menudo ejemplo!

—¡Anda ya! ¡Ejemplos a mí! ¡Ni que esto fuera un ejercicio de inglés! —Fany la empujó hacia Olga, dando por finalizada la discusión. Dulce gruñó otra palabrota al pasar por su lado y entró en el piso—. Cuida de ella, que no sé qué coño le pasa. Ha vuelto a sangrar por la nariz.

—¿La llevaste a un especialista? —Últimamente, Dulce había tenido varias hemorragias nasales. Una vez, pocas semanas antes, Olga se la encontró en el ascensor sangrando de tal manera que se asustó. Como Fany no estaba, la llevó ella misma a un centro de salud. Para entonces la hemorragia se había detenido por sí sola y no supieron decirle nada.

—No. Antes tengo que encontrar un médico que se apiade de mi sueldo. —Fany llamó al ascensor, que llegó de inmediato y se metió dentro—. Gracias, guapa. Te debo millón de favores. La recogeré por la mañana.

Olga agitó la cabeza. Pues qué bien, otro marrón más para...

Entonces, recordó lo de la luz, cerró la puerta y corrió hacia la sala. Dulce estaba allí, mirando sorprendida la vela.

—Anda la hostia, como en la Edad Media —dijo, y se echó a reír—. ¿Por qué coño no das la luz?

—No puede. Estamos en la Semana Salvaje —replicó otra voz, una más aguda y chillona. Olga y Dulce se sobresaltaron y miraron al unísono hacia la puerta de la habitación de Estela. Su hija estaba de pie entre las sombras del umbral, vestida con su camisón. Tenía los ojos cargados de sueño y abrazaba su osito de peluche preferido—. La primera que dé la luz o algo que se encienda, pierde.

—No fastidies. —Dulce bufó—. Qué juego más tonto. Pues me da igual, yo no juego, no me voy a quedar sin ver el episodio de mi serie favorita. —Sin más, se dirigió hacia la televisión con paso decidido.

—¡No! —exclamó Olga. Incluso llegó a alargar una mano hacia delante, como si el simple gesto pudiera inmovilizar a la niña o parar el tiempo, pero no.

No pudo evitarlo: Dulce pulsó el botón del aparato.

No había electricidad en la casa. La televisión, de hecho, estaba desenchufada, pudo ver el cable colgando a un lado. Era una de las cosas que pensaba llevar a empeñar a primera hora de la mañana, para poder seguir comiendo unos días. Pero, ante su asombro, ante su absoluto pasmo, cuando Dulce le dio al botón, la pantalla se iluminó y el atractivo rostro de un actor de moda pareció asomarse desde su mundo perfecto.

Sonrió con amplitud a una Dulce que suspiraba sin darse cuenta de que una gota de sangre había empezado a asomar por su nariz.

Incapaz de creerlo, Olga comprobó con sus propias manos el cable, y hasta movió el televisor para ponerlo en otra mesa. Nada. No estaba conectado a nada. Era imposible que estuviese funcionando.

—¿Quieres parar? ¡Que no me dejas ver! —protestó Dulce. Qué más quisiera ella que poder detenerse, sentarse y descansar, pero tenía el corazón desbocado.

Sus ojos se dirigieron por sí mismos hacia la viñeta de la superheroína. Volaba. Tenía superpoderes. ¿Acaso, Dulce…? ¿Y eso podría servir para hacer tantas cosas que debían hacerse?

Pero no podía, todavía no era capaz de asumirlo. Aunque lo estaba viendo, iba a tardar en creerlo.

¡Como para plantearse tan pronto sus consecuencias!

—Bah. Has perdido —dijo entonces Estela, que se encogió de hombros y se volvió tranquilamente hacia el dormitorio.

Fany Carmona
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Olga analizó con cuidado la viñeta en la que estaba trabajando a la luz de una vela, estudiando cada detalle bajo aquella extraña penumbra dorada. Tras desdeñar un buen montón de ideas, había dibujado una superheroína voladora en el acto de patear en la boca al villano, un banquero que tenía el poder de alimentarse de la energía vital de todo aquel que llevase monedas de un euro en su cartera.

Hace tanto tiempo que abandonó el dibujo, ese lado creativo de sí misma que era lo único que la hacía sentir bien y completa…

Y, total, ¿para qué? Se había pasado años trabajando de cajera en el mismo supermercado, cumpliendo horarios infernales a cambio de un sueldo de mierda, siempre sin protestar, siempre agradecida por las migajas que le daba el mundo, pero un día dijeron que el negocio ya no rentaba y la despidieron de forma fulminante. Desde entonces, no había conseguido encontrar otro trabajo y sus ahorros se habían terminado. Fin.

Miró el dibujo. De no funcionar este intento patético de volver a la ilustración, ¿qué iba a hacer? Se quedaría sin opciones. Ya le habían cortado la luz por falta de pago y no merecía la pena buscar el dinero para hacer frente a la factura porque, total, no iba a poder pagar la hipoteca. Solo era cuestión de tiempo que se viera en la calle, con una maleta pequeña, un lápiz tras la oreja y su hija Estela, de ocho años, agarrada de una mano.

El banco era el dueño de su casa. Amarga verdad. Nunca se compró un piso, solo vivió esa fantasía durante casi una década.

—Dale, dale —animó a la superheroína. No contenta con eso, remarcó las líneas que inducían a pensar en una patada muy contundente; en el último momento, hasta añadió algunos dientes volando.

Cuánta tontería de capas y mallas de nailon. Ella sí que era una heroína, con sus vaqueros rotos y su vieja gabardina, peleando de sol a sol contra el mundo y su destino. El problema era que, en el mundo real, los héroes no volaban, ni ganaban siempre al villano.

Si ella tuviese superpoderes, o conociera alguien así, bien que arreglaría su vida. La suya y la de tantos...

¿Qué le iba a decir a Estela? De momento, no le había contado nada. ¡Era tan pequeña! Ojalá pudiera preservarla de toda esa mierda, resguardar su infancia, una etapa que debería ser tan dorada como la luz de esa vela para todo ser humano. Lo estaba intentando, con todas sus fuerzas...

Para salir del paso del corte de luz, había planteado todo como un juego: están en la Semana Salvaje. La primera que diese la luz o encendiera algo eléctrico, perdería. La idea no se le había ocurrido a ella: una vez vio que lo contaba una famosa en la televisión, alguien que había pasado por un mal momento tras separarse y había usado ese recurso para que sus hijos no sufrieran. En aquella época le pareció una ocurrencia entrañable y divertida. Quién le iba a decir que terminaría utilizándola y que…

Llamaron a la puerta. Varios golpes, con los nudillos. Claro, de qué otro modo iban a poder llamar, si estaba sin electricidad. Olga se levantó a regañadientes. ¿Quién podía ser a esas horas? Esperaba solucionarlo rápido, porque tenía que acabar los dibujos antes de que se consumiese la vela. Al pensarlo, casi hasta se echó a reír. Era como si estuviese atrapada en una prueba de alguna tragedia griega. Una con mal final, seguro.

Abrió la puerta y encontró con su vecina de arriba, Fany, que llevaba sujeta por un brazo a su hija Dulce, una adolescente de catorce años, peligrosa como solo podían serlo las de dieciséis. Cosa de diez veces más de lo que lo había llegado a ser ella en su momento, y eso que se escapó de casa al poco de cumplir los diecisiete, con un novio poeta que tardó casi dos años en reconocer que era gay.

¡Qué época! Había vivido en una felicidad tan total como extraña, construida a base de drogas, cerveza, libertad y arte, hasta despertarse preñada y con un cuarto de siglo a cuestas en un mundo sin ninguna gracia.

—Perdona, no quería usar el timbre, imagino que Estela ya está durmiendo. —Fany la miró con ojos suplicantes—. ¿Puede quedarse Dulce aquí esta noche? Rosa me ha llamado, tengo que ir corriendo al trabajo, ya te contaré.

—Bueno, pero es que… —empezó Olga. La última vez que se ocupó de Dulce tuvo que perseguirla por toda la casa para quitarle un porro. Que fuera de buen costo, como pudo comprobar más tarde, al fumárselo ella a solas, no terminaba de compensarlo. El ciego que se pilló, sí. ¡Por Dios, cuánto tiempo, desde aquellas cosas!

—Puedo cuidarme yo sola, joder, que ya soy mayor —dijo Dulce. Su madre le dio un capón.

—¡Que hables bien, coño!

—¡Y tú lo dices! ¡Es la polla! ¡Menudo ejemplo!

—¡Anda ya! ¡Ejemplos a mí! ¡Ni que esto fuera un ejercicio de inglés! —Fany la empujó hacia Olga, dando por finalizada la discusión. Dulce gruñó otra palabrota al pasar por su lado y entró en el piso—. Cuida de ella, que no sé qué coño le pasa. Ha vuelto a sangrar por la nariz.

—¿La llevaste a un especialista? —Últimamente, Dulce había tenido varias hemorragias nasales. Una vez, pocas semanas antes, Olga se la encontró en el ascensor sangrando de tal manera que se asustó. Como Fany no estaba, la llevó ella misma a un centro de salud. Para entonces la hemorragia se había detenido por sí sola y no supieron decirle nada.

—No. Antes tengo que encontrar un médico que se apiade de mi sueldo. —Fany llamó al ascensor, que llegó de inmediato y se metió dentro—. Gracias, guapa. Te debo millón de favores. La recogeré por la mañana.

Olga agitó la cabeza. Pues qué bien, otro marrón más para...

Entonces, recordó lo de la luz, cerró la puerta y corrió hacia la sala. Dulce estaba allí, mirando sorprendida la vela.

—Anda la hostia, como en la Edad Media —dijo, y se echó a reír—. ¿Por qué coño no das la luz?

—No puede. Estamos en la Semana Salvaje —replicó otra voz, una más aguda y chillona. Olga y Dulce se sobresaltaron y miraron al unísono hacia la puerta de la habitación de Estela. Su hija estaba de pie entre las sombras del umbral, vestida con su camisón. Tenía los ojos cargados de sueño y abrazaba su osito de peluche preferido—. La primera que dé la luz o algo que se encienda, pierde.

—No fastidies. —Dulce bufó—. Qué juego más tonto. Pues me da igual, yo no juego, no me voy a quedar sin ver el episodio de mi serie favorita. —Sin más, se dirigió hacia la televisión con paso decidido.

—¡No! —exclamó Olga. Incluso llegó a alargar una mano hacia delante, como si el simple gesto pudiera inmovilizar a la niña o parar el tiempo, pero no.

No pudo evitarlo: Dulce pulsó el botón del aparato.

No había electricidad en la casa. La televisión, de hecho, estaba desenchufada, pudo ver el cable colgando a un lado. Era una de las cosas que pensaba llevar a empeñar a primera hora de la mañana, para poder seguir comiendo unos días. Pero, ante su asombro, ante su absoluto pasmo, cuando Dulce le dio al botón, la pantalla se iluminó y el atractivo rostro de un actor de moda pareció asomarse desde su mundo perfecto.

Sonrió con amplitud a una Dulce que suspiraba sin darse cuenta de que una gota de sangre había empezado a asomar por su nariz.

Incapaz de creerlo, Olga comprobó con sus propias manos el cable, y hasta movió el televisor para ponerlo en otra mesa. Nada. No estaba conectado a nada. Era imposible que estuviese funcionando.

—¿Quieres parar? ¡Que no me dejas ver! —protestó Dulce. Qué más quisiera ella que poder detenerse, sentarse y descansar, pero tenía el corazón desbocado.

Sus ojos se dirigieron por sí mismos hacia la viñeta de la superheroína. Volaba. Tenía superpoderes. ¿Acaso, Dulce…? ¿Y eso podría servir para hacer tantas cosas que debían hacerse?

Pero no podía, todavía no era capaz de asumirlo. Aunque lo estaba viendo, iba a tardar en creerlo.

¡Como para plantearse tan pronto sus consecuencias!

—Bah. Has perdido —dijo entonces Estela, que se encogió de hombros y se volvió tranquilamente hacia el dormitorio.

Fany Carmona
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Nuevo Tema Acto 2: "Marlín"








Olga analizó con cuidado la viñeta en la que estaba trabajando a la luz de una vela, estudiando cada detalle bajo aquella extraña penumbra dorada. Tras desdeñar un buen montón de ideas, había dibujado una superheroína voladora en el acto de patear en la boca al villano, un banquero que tenía el poder de alimentarse de la energía vital de todo aquel que llevase monedas de un euro en su cartera.

Hace tanto tiempo que abandonó el dibujo, ese lado creativo de sí misma que era lo único que la hacía sentir bien y completa…

Y, total, ¿para qué? Se había pasado años trabajando de cajera en el mismo supermercado, cumpliendo horarios infernales a cambio de un sueldo de mierda, siempre sin protestar, siempre agradecida por las migajas que le daba el mundo, pero un día dijeron que el negocio ya no rentaba y la despidieron de forma fulminante. Desde entonces, no había conseguido encontrar otro trabajo y sus ahorros se habían terminado. Fin.

Miró el dibujo. De no funcionar este intento patético de volver a la ilustración, ¿qué iba a hacer? Se quedaría sin opciones. Ya le habían cortado la luz por falta de pago y no merecía la pena buscar el dinero para hacer frente a la factura porque, total, no iba a poder pagar la hipoteca. Solo era cuestión de tiempo que se viera en la calle, con una maleta pequeña, un lápiz tras la oreja y su hija Estela, de ocho años, agarrada de una mano.

El banco era el dueño de su casa. Amarga verdad. Nunca se compró un piso, solo vivió esa fantasía durante casi una década.

—Dale, dale —animó a la superheroína. No contenta con eso, remarcó las líneas que inducían a pensar en una patada muy contundente; en el último momento, hasta añadió algunos dientes volando.

Cuánta tontería de capas y mallas de nailon. Ella sí que era una heroína, con sus vaqueros rotos y su vieja gabardina, peleando de sol a sol contra el mundo y su destino. El problema era que, en el mundo real, los héroes no volaban, ni ganaban siempre al villano.

Si ella tuviese superpoderes, o conociera alguien así, bien que arreglaría su vida. La suya y la de tantos...

¿Qué le iba a decir a Estela? De momento, no le había contado nada. ¡Era tan pequeña! Ojalá pudiera preservarla de toda esa mierda, resguardar su infancia, una etapa que debería ser tan dorada como la luz de esa vela para todo ser humano. Lo estaba intentando, con todas sus fuerzas...

Para salir del paso del corte de luz, había planteado todo como un juego: están en la Semana Salvaje. La primera que diese la luz o encendiera algo eléctrico, perdería. La idea no se le había ocurrido a ella: una vez vio que lo contaba una famosa en la televisión, alguien que había pasado por un mal momento tras separarse y había usado ese recurso para que sus hijos no sufrieran. En aquella época le pareció una ocurrencia entrañable y divertida. Quién le iba a decir que terminaría utilizándola y que…

Llamaron a la puerta. Varios golpes, con los nudillos. Claro, de qué otro modo iban a poder llamar, si estaba sin electricidad. Olga se levantó a regañadientes. ¿Quién podía ser a esas horas? Esperaba solucionarlo rápido, porque tenía que acabar los dibujos antes de que se consumiese la vela. Al pensarlo, casi hasta se echó a reír. Era como si estuviese atrapada en una prueba de alguna tragedia griega. Una con mal final, seguro.

Abrió la puerta y encontró con su vecina de arriba, Fany, que llevaba sujeta por un brazo a su hija Dulce, una adolescente de catorce años, peligrosa como solo podían serlo las de dieciséis. Cosa de diez veces más de lo que lo había llegado a ser ella en su momento, y eso que se escapó de casa al poco de cumplir los diecisiete, con un novio poeta que tardó casi dos años en reconocer que era gay.

¡Qué época! Había vivido en una felicidad tan total como extraña, construida a base de drogas, cerveza, libertad y arte, hasta despertarse preñada y con un cuarto de siglo a cuestas en un mundo sin ninguna gracia.

—Perdona, no quería usar el timbre, imagino que Estela ya está durmiendo. —Fany la miró con ojos suplicantes—. ¿Puede quedarse Dulce aquí esta noche? Rosa me ha llamado, tengo que ir corriendo al trabajo, ya te contaré.

—Bueno, pero es que… —empezó Olga. La última vez que se ocupó de Dulce tuvo que perseguirla por toda la casa para quitarle un porro. Que fuera de buen costo, como pudo comprobar más tarde, al fumárselo ella a solas, no terminaba de compensarlo. El ciego que se pilló, sí. ¡Por Dios, cuánto tiempo, desde aquellas cosas!

—Puedo cuidarme yo sola, joder, que ya soy mayor —dijo Dulce. Su madre le dio un capón.

—¡Que hables bien, coño!

—¡Y tú lo dices! ¡Es la polla! ¡Menudo ejemplo!

—¡Anda ya! ¡Ejemplos a mí! ¡Ni que esto fuera un ejercicio de inglés! —Fany la empujó hacia Olga, dando por finalizada la discusión. Dulce gruñó otra palabrota al pasar por su lado y entró en el piso—. Cuida de ella, que no sé qué coño le pasa. Ha vuelto a sangrar por la nariz.

—¿La llevaste a un especialista? —Últimamente, Dulce había tenido varias hemorragias nasales. Una vez, pocas semanas antes, Olga se la encontró en el ascensor sangrando de tal manera que se asustó. Como Fany no estaba, la llevó ella misma a un centro de salud. Para entonces la hemorragia se había detenido por sí sola y no supieron decirle nada.

—No. Antes tengo que encontrar un médico que se apiade de mi sueldo. —Fany llamó al ascensor, que llegó de inmediato y se metió dentro—. Gracias, guapa. Te debo millón de favores. La recogeré por la mañana.

Olga agitó la cabeza. Pues qué bien, otro marrón más para...

Entonces, recordó lo de la luz, cerró la puerta y corrió hacia la sala. Dulce estaba allí, mirando sorprendida la vela.

—Anda la hostia, como en la Edad Media —dijo, y se echó a reír—. ¿Por qué coño no das la luz?

—No puede. Estamos en la Semana Salvaje —replicó otra voz, una más aguda y chillona. Olga y Dulce se sobresaltaron y miraron al unísono hacia la puerta de la habitación de Estela. Su hija estaba de pie entre las sombras del umbral, vestida con su camisón. Tenía los ojos cargados de sueño y abrazaba su osito de peluche preferido—. La primera que dé la luz o algo que se encienda, pierde.

—No fastidies. —Dulce bufó—. Qué juego más tonto. Pues me da igual, yo no juego, no me voy a quedar sin ver el episodio de mi serie favorita. —Sin más, se dirigió hacia la televisión con paso decidido.

—¡No! —exclamó Olga. Incluso llegó a alargar una mano hacia delante, como si el simple gesto pudiera inmovilizar a la niña o parar el tiempo, pero no.

No pudo evitarlo: Dulce pulsó el botón del aparato.

No había electricidad en la casa. La televisión, de hecho, estaba desenchufada, pudo ver el cable colgando a un lado. Era una de las cosas que pensaba llevar a empeñar a primera hora de la mañana, para poder seguir comiendo unos días. Pero, ante su asombro, ante su absoluto pasmo, cuando Dulce le dio al botón, la pantalla se iluminó y el atractivo rostro de un actor de moda pareció asomarse desde su mundo perfecto.

Sonrió con amplitud a una Dulce que suspiraba sin darse cuenta de que una gota de sangre había empezado a asomar por su nariz.

Incapaz de creerlo, Olga comprobó con sus propias manos el cable, y hasta movió el televisor para ponerlo en otra mesa. Nada. No estaba conectado a nada. Era imposible que estuviese funcionando.

—¿Quieres parar? ¡Que no me dejas ver! —protestó Dulce. Qué más quisiera ella que poder detenerse, sentarse y descansar, pero tenía el corazón desbocado.

Sus ojos se dirigieron por sí mismos hacia la viñeta de la superheroína. Volaba. Tenía superpoderes. ¿Acaso, Dulce…? ¿Y eso podría servir para hacer tantas cosas que debían hacerse?

Pero no podía, todavía no era capaz de asumirlo. Aunque lo estaba viendo, iba a tardar en creerlo.

¡Como para plantearse tan pronto sus consecuencias!

—Bah. Has perdido —dijo entonces Estela, que se encogió de hombros y se volvió tranquilamente hacia el dormitorio.

Fany Carmona
Escucha la banda sonora mientras lees ->


Nuevo Tema Acto 2: "Marlín"








Olga analizó con cuidado la viñeta en la que estaba trabajando a la luz de una vela, estudiando cada detalle bajo aquella extraña penumbra dorada. Tras desdeñar un buen montón de ideas, había dibujado una superheroína voladora en el acto de patear en la boca al villano, un banquero que tenía el poder de alimentarse de la energía vital de todo aquel que llevase monedas de un euro en su cartera.

Hace tanto tiempo que abandonó el dibujo, ese lado creativo de sí misma que era lo único que la hacía sentir bien y completa…

Y, total, ¿para qué? Se había pasado años trabajando de cajera en el mismo supermercado, cumpliendo horarios infernales a cambio de un sueldo de mierda, siempre sin protestar, siempre agradecida por las migajas que le daba el mundo, pero un día dijeron que el negocio ya no rentaba y la despidieron de forma fulminante. Desde entonces, no había conseguido encontrar otro trabajo y sus ahorros se habían terminado. Fin.

Miró el dibujo. De no funcionar este intento patético de volver a la ilustración, ¿qué iba a hacer? Se quedaría sin opciones. Ya le habían cortado la luz por falta de pago y no merecía la pena buscar el dinero para hacer frente a la factura porque, total, no iba a poder pagar la hipoteca. Solo era cuestión de tiempo que se viera en la calle, con una maleta pequeña, un lápiz tras la oreja y su hija Estela, de ocho años, agarrada de una mano.

El banco era el dueño de su casa. Amarga verdad. Nunca se compró un piso, solo vivió esa fantasía durante casi una década.

—Dale, dale —animó a la superheroína. No contenta con eso, remarcó las líneas que inducían a pensar en una patada muy contundente; en el último momento, hasta añadió algunos dientes volando.

Cuánta tontería de capas y mallas de nailon. Ella sí que era una heroína, con sus vaqueros rotos y su vieja gabardina, peleando de sol a sol contra el mundo y su destino. El problema era que, en el mundo real, los héroes no volaban, ni ganaban siempre al villano.

Si ella tuviese superpoderes, o conociera alguien así, bien que arreglaría su vida. La suya y la de tantos...

¿Qué le iba a decir a Estela? De momento, no le había contado nada. ¡Era tan pequeña! Ojalá pudiera preservarla de toda esa mierda, resguardar su infancia, una etapa que debería ser tan dorada como la luz de esa vela para todo ser humano. Lo estaba intentando, con todas sus fuerzas...

Para salir del paso del corte de luz, había planteado todo como un juego: están en la Semana Salvaje. La primera que diese la luz o encendiera algo eléctrico, perdería. La idea no se le había ocurrido a ella: una vez vio que lo contaba una famosa en la televisión, alguien que había pasado por un mal momento tras separarse y había usado ese recurso para que sus hijos no sufrieran. En aquella época le pareció una ocurrencia entrañable y divertida. Quién le iba a decir que terminaría utilizándola y que…

Llamaron a la puerta. Varios golpes, con los nudillos. Claro, de qué otro modo iban a poder llamar, si estaba sin electricidad. Olga se levantó a regañadientes. ¿Quién podía ser a esas horas? Esperaba solucionarlo rápido, porque tenía que acabar los dibujos antes de que se consumiese la vela. Al pensarlo, casi hasta se echó a reír. Era como si estuviese atrapada en una prueba de alguna tragedia griega. Una con mal final, seguro.

Abrió la puerta y encontró con su vecina de arriba, Fany, que llevaba sujeta por un brazo a su hija Dulce, una adolescente de catorce años, peligrosa como solo podían serlo las de dieciséis. Cosa de diez veces más de lo que lo había llegado a ser ella en su momento, y eso que se escapó de casa al poco de cumplir los diecisiete, con un novio poeta que tardó casi dos años en reconocer que era gay.

¡Qué época! Había vivido en una felicidad tan total como extraña, construida a base de drogas, cerveza, libertad y arte, hasta despertarse preñada y con un cuarto de siglo a cuestas en un mundo sin ninguna gracia.

—Perdona, no quería usar el timbre, imagino que Estela ya está durmiendo. —Fany la miró con ojos suplicantes—. ¿Puede quedarse Dulce aquí esta noche? Rosa me ha llamado, tengo que ir corriendo al trabajo, ya te contaré.

—Bueno, pero es que… —empezó Olga. La última vez que se ocupó de Dulce tuvo que perseguirla por toda la casa para quitarle un porro. Que fuera de buen costo, como pudo comprobar más tarde, al fumárselo ella a solas, no terminaba de compensarlo. El ciego que se pilló, sí. ¡Por Dios, cuánto tiempo, desde aquellas cosas!

—Puedo cuidarme yo sola, joder, que ya soy mayor —dijo Dulce. Su madre le dio un capón.

—¡Que hables bien, coño!

—¡Y tú lo dices! ¡Es la polla! ¡Menudo ejemplo!

—¡Anda ya! ¡Ejemplos a mí! ¡Ni que esto fuera un ejercicio de inglés! —Fany la empujó hacia Olga, dando por finalizada la discusión. Dulce gruñó otra palabrota al pasar por su lado y entró en el piso—. Cuida de ella, que no sé qué coño le pasa. Ha vuelto a sangrar por la nariz.

—¿La llevaste a un especialista? —Últimamente, Dulce había tenido varias hemorragias nasales. Una vez, pocas semanas antes, Olga se la encontró en el ascensor sangrando de tal manera que se asustó. Como Fany no estaba, la llevó ella misma a un centro de salud. Para entonces la hemorragia se había detenido por sí sola y no supieron decirle nada.

—No. Antes tengo que encontrar un médico que se apiade de mi sueldo. —Fany llamó al ascensor, que llegó de inmediato y se metió dentro—. Gracias, guapa. Te debo millón de favores. La recogeré por la mañana.

Olga agitó la cabeza. Pues qué bien, otro marrón más para...

Entonces, recordó lo de la luz, cerró la puerta y corrió hacia la sala. Dulce estaba allí, mirando sorprendida la vela.

—Anda la hostia, como en la Edad Media —dijo, y se echó a reír—. ¿Por qué coño no das la luz?

—No puede. Estamos en la Semana Salvaje —replicó otra voz, una más aguda y chillona. Olga y Dulce se sobresaltaron y miraron al unísono hacia la puerta de la habitación de Estela. Su hija estaba de pie entre las sombras del umbral, vestida con su camisón. Tenía los ojos cargados de sueño y abrazaba su osito de peluche preferido—. La primera que dé la luz o algo que se encienda, pierde.

—No fastidies. —Dulce bufó—. Qué juego más tonto. Pues me da igual, yo no juego, no me voy a quedar sin ver el episodio de mi serie favorita. —Sin más, se dirigió hacia la televisión con paso decidido.

—¡No! —exclamó Olga. Incluso llegó a alargar una mano hacia delante, como si el simple gesto pudiera inmovilizar a la niña o parar el tiempo, pero no.

No pudo evitarlo: Dulce pulsó el botón del aparato.

No había electricidad en la casa. La televisión, de hecho, estaba desenchufada, pudo ver el cable colgando a un lado. Era una de las cosas que pensaba llevar a empeñar a primera hora de la mañana, para poder seguir comiendo unos días. Pero, ante su asombro, ante su absoluto pasmo, cuando Dulce le dio al botón, la pantalla se iluminó y el atractivo rostro de un actor de moda pareció asomarse desde su mundo perfecto.

Sonrió con amplitud a una Dulce que suspiraba sin darse cuenta de que una gota de sangre había empezado a asomar por su nariz.

Incapaz de creerlo, Olga comprobó con sus propias manos el cable, y hasta movió el televisor para ponerlo en otra mesa. Nada. No estaba conectado a nada. Era imposible que estuviese funcionando.

—¿Quieres parar? ¡Que no me dejas ver! —protestó Dulce. Qué más quisiera ella que poder detenerse, sentarse y descansar, pero tenía el corazón desbocado.

Sus ojos se dirigieron por sí mismos hacia la viñeta de la superheroína. Volaba. Tenía superpoderes. ¿Acaso, Dulce…? ¿Y eso podría servir para hacer tantas cosas que debían hacerse?

Pero no podía, todavía no era capaz de asumirlo. Aunque lo estaba viendo, iba a tardar en creerlo.

¡Como para plantearse tan pronto sus consecuencias!

—Bah. Has perdido —dijo entonces Estela, que se encogió de hombros y se volvió tranquilamente hacia el dormitorio.

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