ANDRÉS SICILIA

CalaveraDiablo
Escucha la banda sonora mientras lees ->


Tema: "Andrés / Iván. La Virgen de los Sicarios"







Andrés Sicilia abrió el balcón y se asomó a la calle. Aquel piso había sido usado en pocas ocasiones por su familia y en muchas menospor él mismo, pero las bisagras no crujieron. Diez minutos antes se había calentado una infusión en el microondas, que respondió a sus obligaciones sin demora. Todo funcionaba bien.

El sol saludó su rostro joven aunque ojeroso. Para un emo o gótico, Andrés sería un tipo bastante atractivo: líneas bien definidas, palidez antinatural, sonrisa cínica y un cierto desprecio inteligente en el ceño. Era difícil seguir el rastro de su sangre colombiana en dichos rasgos.

Tenía los ojos irritados por el llanto y la falta de sueño. El aire saludable de la calle se le antojó agresivo, así que cerró el balcón y se sentó de nuevo en el sofá de cuero al que, la noche anterior, había retirado la funda protectora. Frente a él había una mesa de metacrilato cuyas patas eran cuatro titanes esforzados que la sostenían sobre sus hombros. Encima de la mesa reposaba un cuadernillo con las cinco primeras páginas escritas en letra pulcra y menuda. Andrés guardó la pluma y el diario en el bolsillo de su amplia rebeca gris. Con los mandos a distancia encendió el televisor y preparó el vídeo.

Mientras esperaba el momento oportuno para dar al play, repasó mentalmente las páginas que no hacía mucho había terminado de escribir.

Querido hermano:

Creo que hoy nos hemos distanciado y por eso voy a rellenar, ahora sí, el diario que nos regalamos uno al otro hace un año. Negro con anillas rojas. Espero lo recuerdes.

Sé que te has enfadado al encontrarme en el piso del barrio de La Latina, en Madrid, revisando los vídeos de mi infancia. No te ha parecido una reacción normal, cosa que entiendo.

Te oí llegar y tuve tiempo de ponerme la máscara sanitaria de salir al jardín, la que parece el pico de una tortuga, para no provocarte más sobresaltos. Cuando abriste la puerta, yo me veía en la pantalla con cinco años, corriendo alocado por los pasillos de la mansión de Segovia, a veces el cuello rígido y las manos inquietas como polillas, a veces con los hombros encogidos como un atleta.

Midiendo los límites de mi jaula.

Querido Iván, en estos momentos me da igual que padre haya muerto en el incendio y que madre luche en el hospital por su vida. No te imaginas hasta qué punto me da igual. Ni siquiera me complace.

Según nuestro pacto, solo podrás abrir este diario cuando yo muera, o yo solo podré abrir el tuyo cuando tú lo hagas. ¿Escribes desde el principio? ¿No lo harás nunca?

Los términos del acuerdo me hacen pensar en el temblor que sentirás cuando leas estas palabras.

Madre está en la UVI, su cuerpo en carne viva, con los pulmones hechos ceniza, padre en el Anatómico Forense y yo veo grabaciones de mi infancia. Lo hago muy tranquilo, no por encontrarme en shock, sino porque provoqué el incendio.

¿Lo entiendes?

Párate un momento y lee bien mis palabras; si no lo has deducido ya cuando abras este diario, cuando me hayas enterrado, déjame que te lo cuente todo; la parte que desconoces.

Mamen Iglesias
El apellido Sicilia siempre ha tenido un peso distinto para ti que para mí, ¿verdad? Yo era el hermano mayor, pero a la vez el hermano enfermo. Yo era el que no podía salir a la calle y se bebía los libros en la mansión familiar; tú eras el que odiaba los libros de los colegios privados y te bebías las calles, tomando todo el aire lleno de polen y ácaros y dióxido de carbono y microorganismos que a mí me habrían matado.

Al menos, así nos lo contaron, ¿verdad?

¿No es cierto que madre y padre nos dijeron que yo no podía salir de casa porque moriría, que los guardaespaldas de la finca estaban allí para proteger a la familia porque teníamos mucho dinero, que nací en Colombia pero nos vinimos a España por miedo a los secuestros y porque aquí había mejores médicos, para cuidar al primogénito achacoso, el niño elefante, al bebé burbuja?

¿No es cierto que nos lo dijeron, que no fue una sino mil veces, que nos miraban a los ojos y nos acariciaban el pelo y nos decían que papá no hablaba en casa de sus negocios porque era cansado para él, que tú debías cuidar de mí, aunque yo fuera el mayor? ¿No recuerdas que madre nos hablaba del miedo que pasó la primera vez que tuve un ataque?¿Recuerdas los tarros de pastillas sin etiqueta que fabricaban para mí, los profesores privados con mascarilla, tus mascarillas?

No sé cuántos años tendrás cuando abras este diario, pero por favor, por tu Dios, dime que lo recuerdas.

Porque todo eso es mentira.

Creo que teniendo yo catorce y tú doce ya compartíamos sospechas sobre las actividades de padre y de los guardias de la mansión. Debías de tener quince cuando tú mismo temías que papá fuera un tipo poco honrado. ¡Qué expresión más graciosa! No te lo quise negar. Tampoco te conté desde cuán temprano aquello era una certeza para mí.

Si viviera en el mundo real, Iván, yo sería considerado algo así como un prodigio. Veía la prensa en Internet a la edad con que otros niños ojean libros infantiles. Debido a mis limitaciones impuestas, conozco la mansión quizás mejor que su arquitecto. Acechaba para acceder a documentos, oír conversaciones, extrapolar datos, atar cabos. Durante el tiempo que pasabas entrenando con la espada, saltando muros, huyendo de los municipales o tirándote de los tejados, yo ataba cabos. Tú tienes dotes de superatleta al que todos aplauden y yo soy un genio que pasa inadvertido.

Padre era el mafioso, no quien nos defendía de los criminales, sino el criminal del que había que defenderse, aquel que hacía a otras personas, empresarios honrados, políticos o fiscales, necesitar escoltas. Ya sabes, esos hombres que no llevan los brazos y el torso tatuados, esos hombres que no llevan una navaja en la bota y no miran el trasero de las mujeres que pasan cerca de la finca.

Si hubiera sido criado en el mundo real, Iván, yo no tendría estas ojeras de vampiro, esta palidez enfermiza tan impropia de nuestra sangre sudamericana. Tendría las piernas fuertes como tú, la espalda recta como tú, los pulmones anchos.

¿Sabes? No creo que nunca me haya dolido demasiado que papá nos mintiera acerca de sus negocios y que mamá hiciera de compinche en eso. No, me hacía sentir especial ser el hijo de un mafioso. Especial, aunque no pudiera compararme con nadie, pero especial al fin y al cabo. No, eso no es lo que ha costado la vida a padre y la belleza a madre. Eso no es lo que ha provocado que incendie la mansión con eficacia y sigilo.

Te pedí hace unos días que me enviaras un paquete y luego que fueses a recoger otro a una clínica privada. Sospechabas que me siento incómodo por el tratamiento médico y que quería una segunda opinión. Y tanto si la quería.

No tengo nada, hermano. Soy un joven perfectamente sano. El informe médico dice que necesito algo de vitamina D. Ya sabes, tomar el sol. No tengo ninguna enfermedad inmune, ni autoinmune. Y, lo que es peor, una vez que recibí estos resultados y tras consultar un par de manuales, me jugué el cuello y me hice mis propias pruebas de alergia exponiéndome a agentes que me dijeron eran tóxicos para mí. Sí, podrías haberme encontrado muerto, lo sé, pero se trata de mi vida y resulta que estoy vivo, Iván.
Estoy sano.
Nuestros padres nos han mentido y me han tenido encerrado desde siempre por un motivo que ahora mismo no sé si quiero averiguar. Me miraban a los ojos, me acariciaban el pelo, pero no podían besarme a través de una mascarilla.
He quemado la casa. Padre ha muerto. Bien hecho. Madre está moribunda. Madre, la que nunca me besó para no matarme por una enfermedad que ella sabía que nunca tuve. Bien hecho.
Somos los herederos de una fortuna con tantas ramificaciones que, con seguridad, deberemos perder dinero para no acabar saliendo en los telediarios. Somos los herederos de un imperio de sangre y mentiras, Iván. Somos unos huérfanos muy ricos, pero no sé cuántos niños habrán quedado huérfanos para que nosotros seamos ahora así de ricos. Sin embargo, no insultaré tu inteligencia, sé que eres listo aunque intentes parecer un cafre, diciéndote que incendié la casa pensando en los huérfanos que papá haya dejado por el mundo. No, lo he hecho por mí.

En el futuro, cuando leas esto, espero haber llevado una vida en libertad que haga sombra a mi crimen. Recuerda bien lo que te escribo. Por eso me has encontrado en el piso de La latina, revisando vídeos de mi infancia. Reavivando el dolor por lo que me han quitado, para no sentir remordimientos por lo que he quitado yo.

El señor Carnero me ha dicho que aún debemos aguardar un día más para el funeral de padre. Se espera de ti que mañana no aparezcas en chándal. Mañana.

Cuando acuda al cementerio a la vista de todos, puede que descubra el motivo por el que mis propios padres me han tenido oculto toda mi vida. Espero que sea un motivo egoísta, una vergüenza, un acto horrible de unos monstruos horribles.

Porque ahora mismo, que ya me he desahogado al escribirte, debo reconocer que he actuado movido por un impulso tan irracional como el rugido de una ola.

Y, pensándolo en perspectiva, si averiguo que lo hicieron por una buena causa, que he mandado a mis padres al infierno sin motivo, creo que tendré que acudir a mi laboratorio y prepararme una redoma de veneno.
Pero eso será mañana.

Hoy, por primera vez, soy libre.


Andrés pensaba acercarse a la alacena de la cocina para comer algo cuando oyó unos pasos rápidos en la escalera que daba a ese tercer piso. Reconocería el andar de su hermano en medio de una guerra civil, aquella ligereza cuando bajaba a visitarlo en la mansión de Segovia, aquella energía de elfo, arrogante y a la vez servicial.

Sonrió y pulsó el play del mando a distancia.

En la pantalla apareció una escena grabada con cámara casera. Se trataba de él mismo, un Andrés de cinco años correteando por la lujosa entrada de aquella mansión familiar, destruida por su propia mano hacía unas cuantas docenas de horas.

La puerta del piso se abrió y el joven Iván Sicilia entró con cara de pocos amigos.

Todo funcionaba bien.


CalaveraDiablo
Escucha la banda sonora mientras lees ->


Tema: "Andrés / Iván. La Virgen de los Sicarios"







Andrés Sicilia abrió el balcón y se asomó a la calle. Aquel piso había sido usado en pocas ocasiones por su familia y en muchas menospor él mismo, pero las bisagras no crujieron. Diez minutos antes se había calentado una infusión en el microondas, que respondió a sus obligaciones sin demora. Todo funcionaba bien.

El sol saludó su rostro joven aunque ojeroso. Para un emo o gótico, Andrés sería un tipo bastante atractivo: líneas bien definidas, palidez antinatural, sonrisa cínica y un cierto desprecio inteligente en el ceño. Era difícil seguir el rastro de su sangre colombiana en dichos rasgos.

Tenía los ojos irritados por el llanto y la falta de sueño. El aire saludable de la calle se le antojó agresivo, así que cerró el balcón y se sentó de nuevo en el sofá de cuero al que, la noche anterior, había retirado la funda protectora. Frente a él había una mesa de metacrilato cuyas patas eran cuatro titanes esforzados que la sostenían sobre sus hombros. Encima de la mesa reposaba un cuadernillo con las cinco primeras páginas escritas en letra pulcra y menuda. Andrés guardó la pluma y el diario en el bolsillo de su amplia rebeca gris. Con los mandos a distancia encendió el televisor y preparó el vídeo.

Mientras esperaba el momento oportuno para dar al play, repasó mentalmente las páginas que no hacía mucho había terminado de escribir.

Querido hermano:

Creo que hoy nos hemos distanciado y por eso voy a rellenar, ahora sí, el diario que nos regalamos uno al otro hace un año. Negro con anillas rojas. Espero lo recuerdes.

Sé que te has enfadado al encontrarme en el piso del barrio de La Latina, en Madrid, revisando los vídeos de mi infancia. No te ha parecido una reacción normal, cosa que entiendo.

Te oí llegar y tuve tiempo de ponerme la máscara sanitaria de salir al jardín, la que parece el pico de una tortuga, para no provocarte más sobresaltos. Cuando abriste la puerta, yo me veía en la pantalla con cinco años, corriendo alocado por los pasillos de la mansión de Segovia, a veces el cuello rígido y las manos inquietas como polillas, a veces con los hombros encogidos como un atleta.

Midiendo los límites de mi jaula.

Querido Iván, en estos momentos me da igual que padre haya muerto en el incendio y que madre luche en el hospital por su vida. No te imaginas hasta qué punto me da igual. Ni siquiera me complace.

Según nuestro pacto, solo podrás abrir este diario cuando yo muera, o yo solo podré abrir el tuyo cuando tú lo hagas. ¿Escribes desde el principio? ¿No lo harás nunca?

Los términos del acuerdo me hacen pensar en el temblor que sentirás cuando leas estas palabras.

Madre está en la UVI, su cuerpo en carne viva, con los pulmones hechos ceniza, padre en el Anatómico Forense y yo veo grabaciones de mi infancia. Lo hago muy tranquilo, no por encontrarme en shock, sino porque provoqué el incendio.

¿Lo entiendes?

Párate un momento y lee bien mis palabras; si no lo has deducido ya cuando abras este diario, cuando me hayas enterrado, déjame que te lo cuente todo; la parte que desconoces.

Mamen Iglesias
El apellido Sicilia siempre ha tenido un peso distinto para ti que para mí, ¿verdad? Yo era el hermano mayor, pero a la vez el hermano enfermo. Yo era el que no podía salir a la calle y se bebía los libros en la mansión familiar; tú eras el que odiaba los libros de los colegios privados y te bebías las calles, tomando todo el aire lleno de polen y ácaros y dióxido de carbono y microorganismos que a mí me habrían matado.

Al menos, así nos lo contaron, ¿verdad?

¿No es cierto que madre y padre nos dijeron que yo no podía salir de casa porque moriría, que los guardaespaldas de la finca estaban allí para proteger a la familia porque teníamos mucho dinero, que nací en Colombia pero nos vinimos a España por miedo a los secuestros y porque aquí había mejores médicos, para cuidar al primogénito achacoso, el niño elefante, al bebé burbuja?

¿No es cierto que nos lo dijeron, que no fue una sino mil veces, que nos miraban a los ojos y nos acariciaban el pelo y nos decían que papá no hablaba en casa de sus negocios porque era cansado para él, que tú debías cuidar de mí, aunque yo fuera el mayor? ¿No recuerdas que madre nos hablaba del miedo que pasó la primera vez que tuve un ataque?¿Recuerdas los tarros de pastillas sin etiqueta que fabricaban para mí, los profesores privados con mascarilla, tus mascarillas?

No sé cuántos años tendrás cuando abras este diario, pero por favor, por tu Dios, dime que lo recuerdas.

Porque todo eso es mentira.

Creo que teniendo yo catorce y tú doce ya compartíamos sospechas sobre las actividades de padre y de los guardias de la mansión. Debías de tener quince cuando tú mismo temías que papá fuera un tipo poco honrado. ¡Qué expresión más graciosa! No te lo quise negar. Tampoco te conté desde cuán temprano aquello era una certeza para mí.

Si viviera en el mundo real, Iván, yo sería considerado algo así como un prodigio. Veía la prensa en Internet a la edad con que otros niños ojean libros infantiles. Debido a mis limitaciones impuestas, conozco la mansión quizás mejor que su arquitecto. Acechaba para acceder a documentos, oír conversaciones, extrapolar datos, atar cabos. Durante el tiempo que pasabas entrenando con la espada, saltando muros, huyendo de los municipales o tirándote de los tejados, yo ataba cabos. Tú tienes dotes de superatleta al que todos aplauden y yo soy un genio que pasa inadvertido.

Padre era el mafioso, no quien nos defendía de los criminales, sino el criminal del que había que defenderse, aquel que hacía a otras personas, empresarios honrados, políticos o fiscales, necesitar escoltas. Ya sabes, esos hombres que no llevan los brazos y el torso tatuados, esos hombres que no llevan una navaja en la bota y no miran el trasero de las mujeres que pasan cerca de la finca.

Si hubiera sido criado en el mundo real, Iván, yo no tendría estas ojeras de vampiro, esta palidez enfermiza tan impropia de nuestra sangre sudamericana. Tendría las piernas fuertes como tú, la espalda recta como tú, los pulmones anchos.

¿Sabes? No creo que nunca me haya dolido demasiado que papá nos mintiera acerca de sus negocios y que mamá hiciera de compinche en eso. No, me hacía sentir especial ser el hijo de un mafioso. Especial, aunque no pudiera compararme con nadie, pero especial al fin y al cabo. No, eso no es lo que ha costado la vida a padre y la belleza a madre. Eso no es lo que ha provocado que incendie la mansión con eficacia y sigilo.

Te pedí hace unos días que me enviaras un paquete y luego que fueses a recoger otro a una clínica privada. Sospechabas que me siento incómodo por el tratamiento médico y que quería una segunda opinión. Y tanto si la quería.

No tengo nada, hermano. Soy un joven perfectamente sano. El informe médico dice que necesito algo de vitamina D. Ya sabes, tomar el sol. No tengo ninguna enfermedad inmune, ni autoinmune. Y, lo que es peor, una vez que recibí estos resultados y tras consultar un par de manuales, me jugué el cuello y me hice mis propias pruebas de alergia exponiéndome a agentes que me dijeron eran tóxicos para mí. Sí, podrías haberme encontrado muerto, lo sé, pero se trata de mi vida y resulta que estoy vivo, Iván.
Estoy sano.
Nuestros padres nos han mentido y me han tenido encerrado desde siempre por un motivo que ahora mismo no sé si quiero averiguar. Me miraban a los ojos, me acariciaban el pelo, pero no podían besarme a través de una mascarilla.
He quemado la casa. Padre ha muerto. Bien hecho. Madre está moribunda. Madre, la que nunca me besó para no matarme por una enfermedad que ella sabía que nunca tuve. Bien hecho.
Somos los herederos de una fortuna con tantas ramificaciones que, con seguridad, deberemos perder dinero para no acabar saliendo en los telediarios. Somos los herederos de un imperio de sangre y mentiras, Iván. Somos unos huérfanos muy ricos, pero no sé cuántos niños habrán quedado huérfanos para que nosotros seamos ahora así de ricos. Sin embargo, no insultaré tu inteligencia, sé que eres listo aunque intentes parecer un cafre, diciéndote que incendié la casa pensando en los huérfanos que papá haya dejado por el mundo. No, lo he hecho por mí.

En el futuro, cuando leas esto, espero haber llevado una vida en libertad que haga sombra a mi crimen. Recuerda bien lo que te escribo. Por eso me has encontrado en el piso de La latina, revisando vídeos de mi infancia. Reavivando el dolor por lo que me han quitado, para no sentir remordimientos por lo que he quitado yo.

El señor Carnero me ha dicho que aún debemos aguardar un día más para el funeral de padre. Se espera de ti que mañana no aparezcas en chándal. Mañana.

Cuando acuda al cementerio a la vista de todos, puede que descubra el motivo por el que mis propios padres me han tenido oculto toda mi vida. Espero que sea un motivo egoísta, una vergüenza, un acto horrible de unos monstruos horribles.

Porque ahora mismo, que ya me he desahogado al escribirte, debo reconocer que he actuado movido por un impulso tan irracional como el rugido de una ola.

Y, pensándolo en perspectiva, si averiguo que lo hicieron por una buena causa, que he mandado a mis padres al infierno sin motivo, creo que tendré que acudir a mi laboratorio y prepararme una redoma de veneno.
Pero eso será mañana.

Hoy, por primera vez, soy libre.


Andrés pensaba acercarse a la alacena de la cocina para comer algo cuando oyó unos pasos rápidos en la escalera que daba a ese tercer piso. Reconocería el andar de su hermano en medio de una guerra civil, aquella ligereza cuando bajaba a visitarlo en la mansión de Segovia, aquella energía de elfo, arrogante y a la vez servicial.

Sonrió y pulsó el play del mando a distancia.

En la pantalla apareció una escena grabada con cámara casera. Se trataba de él mismo, un Andrés de cinco años correteando por la lujosa entrada de aquella mansión familiar, destruida por su propia mano hacía unas cuantas docenas de horas.

La puerta del piso se abrió y el joven Iván Sicilia entró con cara de pocos amigos.

Todo funcionaba bien.


CalaveraDiablo
Escucha la banda sonora mientras lees ->


Tema: "Andrés / Iván. La Virgen de los Sicarios"







Andrés Sicilia abrió el balcón y se asomó a la calle. Aquel piso había sido usado en pocas ocasiones por su familia y en muchas menospor él mismo, pero las bisagras no crujieron. Diez minutos antes se había calentado una infusión en el microondas, que respondió a sus obligaciones sin demora. Todo funcionaba bien.

El sol saludó su rostro joven aunque ojeroso. Para un emo o gótico, Andrés sería un tipo bastante atractivo: líneas bien definidas, palidez antinatural, sonrisa cínica y un cierto desprecio inteligente en el ceño. Era difícil seguir el rastro de su sangre colombiana en dichos rasgos.

Tenía los ojos irritados por el llanto y la falta de sueño. El aire saludable de la calle se le antojó agresivo, así que cerró el balcón y se sentó de nuevo en el sofá de cuero al que, la noche anterior, había retirado la funda protectora. Frente a él había una mesa de metacrilato cuyas patas eran cuatro titanes esforzados que la sostenían sobre sus hombros. Encima de la mesa reposaba un cuadernillo con las cinco primeras páginas escritas en letra pulcra y menuda. Andrés guardó la pluma y el diario en el bolsillo de su amplia rebeca gris. Con los mandos a distancia encendió el televisor y preparó el vídeo.

Mientras esperaba el momento oportuno para dar al play, repasó mentalmente las páginas que no hacía mucho había terminado de escribir.

Querido hermano:

Creo que hoy nos hemos distanciado y por eso voy a rellenar, ahora sí, el diario que nos regalamos uno al otro hace un año. Negro con anillas rojas. Espero lo recuerdes.

Sé que te has enfadado al encontrarme en el piso del barrio de La Latina, en Madrid, revisando los vídeos de mi infancia. No te ha parecido una reacción normal, cosa que entiendo.

Te oí llegar y tuve tiempo de ponerme la máscara sanitaria de salir al jardín, la que parece el pico de una tortuga, para no provocarte más sobresaltos. Cuando abriste la puerta, yo me veía en la pantalla con cinco años, corriendo alocado por los pasillos de la mansión de Segovia, a veces el cuello rígido y las manos inquietas como polillas, a veces con los hombros encogidos como un atleta.

Midiendo los límites de mi jaula.

Querido Iván, en estos momentos me da igual que padre haya muerto en el incendio y que madre luche en el hospital por su vida. No te imaginas hasta qué punto me da igual. Ni siquiera me complace.

Según nuestro pacto, solo podrás abrir este diario cuando yo muera, o yo solo podré abrir el tuyo cuando tú lo hagas. ¿Escribes desde el principio? ¿No lo harás nunca?

Los términos del acuerdo me hacen pensar en el temblor que sentirás cuando leas estas palabras.

Madre está en la UVI, su cuerpo en carne viva, con los pulmones hechos ceniza, padre en el Anatómico Forense y yo veo grabaciones de mi infancia. Lo hago muy tranquilo, no por encontrarme en shock, sino porque provoqué el incendio.

¿Lo entiendes?

Párate un momento y lee bien mis palabras; si no lo has deducido ya cuando abras este diario, cuando me hayas enterrado, déjame que te lo cuente todo; la parte que desconoces.

Mamen Iglesias
El apellido Sicilia siempre ha tenido un peso distinto para ti que para mí, ¿verdad? Yo era el hermano mayor, pero a la vez el hermano enfermo. Yo era el que no podía salir a la calle y se bebía los libros en la mansión familiar; tú eras el que odiaba los libros de los colegios privados y te bebías las calles, tomando todo el aire lleno de polen y ácaros y dióxido de carbono y microorganismos que a mí me habrían matado.

Al menos, así nos lo contaron, ¿verdad?

¿No es cierto que madre y padre nos dijeron que yo no podía salir de casa porque moriría, que los guardaespaldas de la finca estaban allí para proteger a la familia porque teníamos mucho dinero, que nací en Colombia pero nos vinimos a España por miedo a los secuestros y porque aquí había mejores médicos, para cuidar al primogénito achacoso, el niño elefante, al bebé burbuja?

¿No es cierto que nos lo dijeron, que no fue una sino mil veces, que nos miraban a los ojos y nos acariciaban el pelo y nos decían que papá no hablaba en casa de sus negocios porque era cansado para él, que tú debías cuidar de mí, aunque yo fuera el mayor? ¿No recuerdas que madre nos hablaba del miedo que pasó la primera vez que tuve un ataque?¿Recuerdas los tarros de pastillas sin etiqueta que fabricaban para mí, los profesores privados con mascarilla, tus mascarillas?

No sé cuántos años tendrás cuando abras este diario, pero por favor, por tu Dios, dime que lo recuerdas.

Porque todo eso es mentira.

Creo que teniendo yo catorce y tú doce ya compartíamos sospechas sobre las actividades de padre y de los guardias de la mansión. Debías de tener quince cuando tú mismo temías que papá fuera un tipo poco honrado. ¡Qué expresión más graciosa! No te lo quise negar. Tampoco te conté desde cuán temprano aquello era una certeza para mí.

Si viviera en el mundo real, Iván, yo sería considerado algo así como un prodigio. Veía la prensa en Internet a la edad con que otros niños ojean libros infantiles. Debido a mis limitaciones impuestas, conozco la mansión quizás mejor que su arquitecto. Acechaba para acceder a documentos, oír conversaciones, extrapolar datos, atar cabos. Durante el tiempo que pasabas entrenando con la espada, saltando muros, huyendo de los municipales o tirándote de los tejados, yo ataba cabos. Tú tienes dotes de superatleta al que todos aplauden y yo soy un genio que pasa inadvertido.

Padre era el mafioso, no quien nos defendía de los criminales, sino el criminal del que había que defenderse, aquel que hacía a otras personas, empresarios honrados, políticos o fiscales, necesitar escoltas. Ya sabes, esos hombres que no llevan los brazos y el torso tatuados, esos hombres que no llevan una navaja en la bota y no miran el trasero de las mujeres que pasan cerca de la finca.

Si hubiera sido criado en el mundo real, Iván, yo no tendría estas ojeras de vampiro, esta palidez enfermiza tan impropia de nuestra sangre sudamericana. Tendría las piernas fuertes como tú, la espalda recta como tú, los pulmones anchos.

¿Sabes? No creo que nunca me haya dolido demasiado que papá nos mintiera acerca de sus negocios y que mamá hiciera de compinche en eso. No, me hacía sentir especial ser el hijo de un mafioso. Especial, aunque no pudiera compararme con nadie, pero especial al fin y al cabo. No, eso no es lo que ha costado la vida a padre y la belleza a madre. Eso no es lo que ha provocado que incendie la mansión con eficacia y sigilo.

Te pedí hace unos días que me enviaras un paquete y luego que fueses a recoger otro a una clínica privada. Sospechabas que me siento incómodo por el tratamiento médico y que quería una segunda opinión. Y tanto si la quería.

No tengo nada, hermano. Soy un joven perfectamente sano. El informe médico dice que necesito algo de vitamina D. Ya sabes, tomar el sol. No tengo ninguna enfermedad inmune, ni autoinmune. Y, lo que es peor, una vez que recibí estos resultados y tras consultar un par de manuales, me jugué el cuello y me hice mis propias pruebas de alergia exponiéndome a agentes que me dijeron eran tóxicos para mí. Sí, podrías haberme encontrado muerto, lo sé, pero se trata de mi vida y resulta que estoy vivo, Iván.
Estoy sano.
Nuestros padres nos han mentido y me han tenido encerrado desde siempre por un motivo que ahora mismo no sé si quiero averiguar. Me miraban a los ojos, me acariciaban el pelo, pero no podían besarme a través de una mascarilla.
He quemado la casa. Padre ha muerto. Bien hecho. Madre está moribunda. Madre, la que nunca me besó para no matarme por una enfermedad que ella sabía que nunca tuve. Bien hecho.
Somos los herederos de una fortuna con tantas ramificaciones que, con seguridad, deberemos perder dinero para no acabar saliendo en los telediarios. Somos los herederos de un imperio de sangre y mentiras, Iván. Somos unos huérfanos muy ricos, pero no sé cuántos niños habrán quedado huérfanos para que nosotros seamos ahora así de ricos. Sin embargo, no insultaré tu inteligencia, sé que eres listo aunque intentes parecer un cafre, diciéndote que incendié la casa pensando en los huérfanos que papá haya dejado por el mundo. No, lo he hecho por mí.

En el futuro, cuando leas esto, espero haber llevado una vida en libertad que haga sombra a mi crimen. Recuerda bien lo que te escribo. Por eso me has encontrado en el piso de La latina, revisando vídeos de mi infancia. Reavivando el dolor por lo que me han quitado, para no sentir remordimientos por lo que he quitado yo.

El señor Carnero me ha dicho que aún debemos aguardar un día más para el funeral de padre. Se espera de ti que mañana no aparezcas en chándal. Mañana.

Cuando acuda al cementerio a la vista de todos, puede que descubra el motivo por el que mis propios padres me han tenido oculto toda mi vida. Espero que sea un motivo egoísta, una vergüenza, un acto horrible de unos monstruos horribles.

Porque ahora mismo, que ya me he desahogado al escribirte, debo reconocer que he actuado movido por un impulso tan irracional como el rugido de una ola.

Y, pensándolo en perspectiva, si averiguo que lo hicieron por una buena causa, que he mandado a mis padres al infierno sin motivo, creo que tendré que acudir a mi laboratorio y prepararme una redoma de veneno.
Pero eso será mañana.

Hoy, por primera vez, soy libre.


Andrés pensaba acercarse a la alacena de la cocina para comer algo cuando oyó unos pasos rápidos en la escalera que daba a ese tercer piso. Reconocería el andar de su hermano en medio de una guerra civil, aquella ligereza cuando bajaba a visitarlo en la mansión de Segovia, aquella energía de elfo, arrogante y a la vez servicial.

Sonrió y pulsó el play del mando a distancia.

En la pantalla apareció una escena grabada con cámara casera. Se trataba de él mismo, un Andrés de cinco años correteando por la lujosa entrada de aquella mansión familiar, destruida por su propia mano hacía unas cuantas docenas de horas.

La puerta del piso se abrió y el joven Iván Sicilia entró con cara de pocos amigos.

Todo funcionaba bien.


CalaveraDiablo
Escucha la banda sonora mientras lees ->


Tema: "Andrés / Iván. La Virgen de los Sicarios"







Andrés Sicilia abrió el balcón y se asomó a la calle. Aquel piso había sido usado en pocas ocasiones por su familia y en muchas menospor él mismo, pero las bisagras no crujieron. Diez minutos antes se había calentado una infusión en el microondas, que respondió a sus obligaciones sin demora. Todo funcionaba bien.

El sol saludó su rostro joven aunque ojeroso. Para un emo o gótico, Andrés sería un tipo bastante atractivo: líneas bien definidas, palidez antinatural, sonrisa cínica y un cierto desprecio inteligente en el ceño. Era difícil seguir el rastro de su sangre colombiana en dichos rasgos.

Tenía los ojos irritados por el llanto y la falta de sueño. El aire saludable de la calle se le antojó agresivo, así que cerró el balcón y se sentó de nuevo en el sofá de cuero al que, la noche anterior, había retirado la funda protectora. Frente a él había una mesa de metacrilato cuyas patas eran cuatro titanes esforzados que la sostenían sobre sus hombros. Encima de la mesa reposaba un cuadernillo con las cinco primeras páginas escritas en letra pulcra y menuda. Andrés guardó la pluma y el diario en el bolsillo de su amplia rebeca gris. Con los mandos a distancia encendió el televisor y preparó el vídeo.

Mientras esperaba el momento oportuno para dar al play, repasó mentalmente las páginas que no hacía mucho había terminado de escribir.

Querido hermano:

Creo que hoy nos hemos distanciado y por eso voy a rellenar, ahora sí, el diario que nos regalamos uno al otro hace un año. Negro con anillas rojas. Espero lo recuerdes.

Sé que te has enfadado al encontrarme en el piso del barrio de La Latina, en Madrid, revisando los vídeos de mi infancia. No te ha parecido una reacción normal, cosa que entiendo.

Te oí llegar y tuve tiempo de ponerme la máscara sanitaria de salir al jardín, la que parece el pico de una tortuga, para no provocarte más sobresaltos. Cuando abriste la puerta, yo me veía en la pantalla con cinco años, corriendo alocado por los pasillos de la mansión de Segovia, a veces el cuello rígido y las manos inquietas como polillas, a veces con los hombros encogidos como un atleta.

Midiendo los límites de mi jaula.

Querido Iván, en estos momentos me da igual que padre haya muerto en el incendio y que madre luche en el hospital por su vida. No te imaginas hasta qué punto me da igual. Ni siquiera me complace.

Según nuestro pacto, solo podrás abrir este diario cuando yo muera, o yo solo podré abrir el tuyo cuando tú lo hagas. ¿Escribes desde el principio? ¿No lo harás nunca?

Los términos del acuerdo me hacen pensar en el temblor que sentirás cuando leas estas palabras.

Madre está en la UVI, su cuerpo en carne viva, con los pulmones hechos ceniza, padre en el Anatómico Forense y yo veo grabaciones de mi infancia. Lo hago muy tranquilo, no por encontrarme en shock, sino porque provoqué el incendio.

¿Lo entiendes?

Párate un momento y lee bien mis palabras; si no lo has deducido ya cuando abras este diario, cuando me hayas enterrado, déjame que te lo cuente todo; la parte que desconoces.

Mamen Iglesias
El apellido Sicilia siempre ha tenido un peso distinto para ti que para mí, ¿verdad? Yo era el hermano mayor, pero a la vez el hermano enfermo. Yo era el que no podía salir a la calle y se bebía los libros en la mansión familiar; tú eras el que odiaba los libros de los colegios privados y te bebías las calles, tomando todo el aire lleno de polen y ácaros y dióxido de carbono y microorganismos que a mí me habrían matado.

Al menos, así nos lo contaron, ¿verdad?

¿No es cierto que madre y padre nos dijeron que yo no podía salir de casa porque moriría, que los guardaespaldas de la finca estaban allí para proteger a la familia porque teníamos mucho dinero, que nací en Colombia pero nos vinimos a España por miedo a los secuestros y porque aquí había mejores médicos, para cuidar al primogénito achacoso, el niño elefante, al bebé burbuja?

¿No es cierto que nos lo dijeron, que no fue una sino mil veces, que nos miraban a los ojos y nos acariciaban el pelo y nos decían que papá no hablaba en casa de sus negocios porque era cansado para él, que tú debías cuidar de mí, aunque yo fuera el mayor? ¿No recuerdas que madre nos hablaba del miedo que pasó la primera vez que tuve un ataque?¿Recuerdas los tarros de pastillas sin etiqueta que fabricaban para mí, los profesores privados con mascarilla, tus mascarillas?

No sé cuántos años tendrás cuando abras este diario, pero por favor, por tu Dios, dime que lo recuerdas.

Porque todo eso es mentira.

Creo que teniendo yo catorce y tú doce ya compartíamos sospechas sobre las actividades de padre y de los guardias de la mansión. Debías de tener quince cuando tú mismo temías que papá fuera un tipo poco honrado. ¡Qué expresión más graciosa! No te lo quise negar. Tampoco te conté desde cuán temprano aquello era una certeza para mí.

Si viviera en el mundo real, Iván, yo sería considerado algo así como un prodigio. Veía la prensa en Internet a la edad con que otros niños ojean libros infantiles. Debido a mis limitaciones impuestas, conozco la mansión quizás mejor que su arquitecto. Acechaba para acceder a documentos, oír conversaciones, extrapolar datos, atar cabos. Durante el tiempo que pasabas entrenando con la espada, saltando muros, huyendo de los municipales o tirándote de los tejados, yo ataba cabos. Tú tienes dotes de superatleta al que todos aplauden y yo soy un genio que pasa inadvertido.

Padre era el mafioso, no quien nos defendía de los criminales, sino el criminal del que había que defenderse, aquel que hacía a otras personas, empresarios honrados, políticos o fiscales, necesitar escoltas. Ya sabes, esos hombres que no llevan los brazos y el torso tatuados, esos hombres que no llevan una navaja en la bota y no miran el trasero de las mujeres que pasan cerca de la finca.

Si hubiera sido criado en el mundo real, Iván, yo no tendría estas ojeras de vampiro, esta palidez enfermiza tan impropia de nuestra sangre sudamericana. Tendría las piernas fuertes como tú, la espalda recta como tú, los pulmones anchos.

¿Sabes? No creo que nunca me haya dolido demasiado que papá nos mintiera acerca de sus negocios y que mamá hiciera de compinche en eso. No, me hacía sentir especial ser el hijo de un mafioso. Especial, aunque no pudiera compararme con nadie, pero especial al fin y al cabo. No, eso no es lo que ha costado la vida a padre y la belleza a madre. Eso no es lo que ha provocado que incendie la mansión con eficacia y sigilo.

Te pedí hace unos días que me enviaras un paquete y luego que fueses a recoger otro a una clínica privada. Sospechabas que me siento incómodo por el tratamiento médico y que quería una segunda opinión. Y tanto si la quería.

No tengo nada, hermano. Soy un joven perfectamente sano. El informe médico dice que necesito algo de vitamina D. Ya sabes, tomar el sol. No tengo ninguna enfermedad inmune, ni autoinmune. Y, lo que es peor, una vez que recibí estos resultados y tras consultar un par de manuales, me jugué el cuello y me hice mis propias pruebas de alergia exponiéndome a agentes que me dijeron eran tóxicos para mí. Sí, podrías haberme encontrado muerto, lo sé, pero se trata de mi vida y resulta que estoy vivo, Iván.
Estoy sano.
Nuestros padres nos han mentido y me han tenido encerrado desde siempre por un motivo que ahora mismo no sé si quiero averiguar. Me miraban a los ojos, me acariciaban el pelo, pero no podían besarme a través de una mascarilla.
He quemado la casa. Padre ha muerto. Bien hecho. Madre está moribunda. Madre, la que nunca me besó para no matarme por una enfermedad que ella sabía que nunca tuve. Bien hecho.
Somos los herederos de una fortuna con tantas ramificaciones que, con seguridad, deberemos perder dinero para no acabar saliendo en los telediarios. Somos los herederos de un imperio de sangre y mentiras, Iván. Somos unos huérfanos muy ricos, pero no sé cuántos niños habrán quedado huérfanos para que nosotros seamos ahora así de ricos. Sin embargo, no insultaré tu inteligencia, sé que eres listo aunque intentes parecer un cafre, diciéndote que incendié la casa pensando en los huérfanos que papá haya dejado por el mundo. No, lo he hecho por mí.

En el futuro, cuando leas esto, espero haber llevado una vida en libertad que haga sombra a mi crimen. Recuerda bien lo que te escribo. Por eso me has encontrado en el piso de La latina, revisando vídeos de mi infancia. Reavivando el dolor por lo que me han quitado, para no sentir remordimientos por lo que he quitado yo.

El señor Carnero me ha dicho que aún debemos aguardar un día más para el funeral de padre. Se espera de ti que mañana no aparezcas en chándal. Mañana.

Cuando acuda al cementerio a la vista de todos, puede que descubra el motivo por el que mis propios padres me han tenido oculto toda mi vida. Espero que sea un motivo egoísta, una vergüenza, un acto horrible de unos monstruos horribles.

Porque ahora mismo, que ya me he desahogado al escribirte, debo reconocer que he actuado movido por un impulso tan irracional como el rugido de una ola.

Y, pensándolo en perspectiva, si averiguo que lo hicieron por una buena causa, que he mandado a mis padres al infierno sin motivo, creo que tendré que acudir a mi laboratorio y prepararme una redoma de veneno.
Pero eso será mañana.

Hoy, por primera vez, soy libre.


Andrés pensaba acercarse a la alacena de la cocina para comer algo cuando oyó unos pasos rápidos en la escalera que daba a ese tercer piso. Reconocería el andar de su hermano en medio de una guerra civil, aquella ligereza cuando bajaba a visitarlo en la mansión de Segovia, aquella energía de elfo, arrogante y a la vez servicial.

Sonrió y pulsó el play del mando a distancia.

En la pantalla apareció una escena grabada con cámara casera. Se trataba de él mismo, un Andrés de cinco años correteando por la lujosa entrada de aquella mansión familiar, destruida por su propia mano hacía unas cuantas docenas de horas.

La puerta del piso se abrió y el joven Iván Sicilia entró con cara de pocos amigos.

Todo funcionaba bien.


No hay comentarios :

Publicar un comentario

Otros héroes