GRACIELA FREIRE "PEKINP"

Estela Gaona


Escucha la banda sonora mientras lees ->

Tema: "Pekin-P"






Le gustaba conducir. Prefería hacerlo antes que tomar un avión y, total, seiscientos kilómetros tampoco eran tantos. Además, esas cinco o seis horas le habían dado margen para pensar en sí misma y en lo que le había ocurrido. No había llegado a grandes conclusiones, pero se sentía mejor, más tranquila.

Su ciudad, su hogar, se extendía ante ella para darle la bienvenida. Nunca hubiese creído que le fuese a afectar tanto volver a verla. Según se iba acercando con el coche, bajo un cielo azul cuajado de pequeñas nubes, fue reconociendo los grandes pabellones que jalonaban la carretera y, al fondo, como siempre, las colinas verdes que había recorrido tantas veces, con sus bosques de pinos. Tras tomar la salida de la autopista se encontró por fin en la avenida de Sabino Arana, que en su primer tramo se veía invadida por la vorágine de vehículos que entraban y salían de la ciudad. Custodiada por grandes árboles, la llevó hacia la Gran Vía y luego, tras un breve serpenteo de calles, hasta la casa de sus padres.

Al ver el portal frente al que tantas veces jugó a la cuerda de niña, con sus primeras amigas, sintió una fuerte emoción, algo que subió desde su estómago y humedeció sus ojos.

¡Por fin los lugares queridos! Qué sensación tan extraña provocaba el regreso.

Mientras aparcaba, vio por el retrovisor el coche que la seguía desde que empezó el viaje. Le constaba que estaban allí por su bien, para protegerla, pero no podía evitarlo: odiaba que fuesen con ella a todas partes. No era capaz de contar las veces que había sentido la tentación de pisar el acelerador y escapar a toda velocidad, o de meterse por una de las carreteras secundarias sin darles tiempo a reaccionar. Huir parecía dársele bien.

Qué tontería. Solo al planteárselo, solo al pensar en quedarse sola y que aquellos cabrones pudieran localizarla y arrastrarla de vuelta a su infierno, a matarla poco a poco entre torturas y dolor, el miedo la atenazaba, le costaba controlarlo. Por su causa había tenido que parar tres veces en los últimos cien kilómetros. Hasta entonces, nunca había creído de verdad que se pudiera morir de terror, de puro pánico. Pensaba que era cosa de la literatura o de las películas, tan truculentas; pero cuando el corazón se te desbocaba, cuando el pecho te oprimía tanto que ni podías respirar, cuando las manos te temblaban apretando el volante de forma incontrolable, la idea de una muerte repentina no resultaba tan insólita.

Supuso que era difícil vivir con normalidad después de una experiencia como la suya. Le gustaría poder descansar y borrarlo todo de su memoria.

No. No era cierto. No quería olvidar.

Su nombre era Graciela, Graciela Freire Pascal, aunque la que regresaba a casa ese día no era aquella muchacha de provincias que se marchó a los veinticinco años, sin apenas experiencia en el mundo y con un exceso de confianza en los demás y en sí misma. Ahora tenía veintisiete y se llamaba PekinP. Sentía que se llamaba PekinP y que era alguien muy distinto. Había muchas marcas en su cuerpo y en su alma que lo confirmaban, cicatrices que jamás iban a borrarse y que eran como un mapa que conducía a otro mundo: a la oscuridad, al caos, al rugido de la tormenta que vivía en su interior. Ya nada era lo mismo. Nunca volvería a ser lo mismo.

Por eso resultaba absurdo emocionarse tanto con su vuelta. No le quedaba nada ni nadie en aquel lugar, excepto esos paisajes tan amados, pero que no la reconocían a ella, porque era otra. No tenía trabajo y, cuando se miraba en cualquier espejo, era consciente de que no volvería a tenerlo nunca. No le quedaban amigos ni familia: su padre murió años atrás y, no hacía mucho, su madre también. No quería pensar en lo angustiada que debió de sentirse esos últimos días por causa de su desaparición, en lo sola que la encontró la muerte...

Si se detenía en esa idea, si permitía que ese dolor la atravesase como un alfiler a una mariposa, se quedaría paralizada y la alcanzaría el alarido de horror que siempre la estaba persiguiendo, ese espanto inmenso que rastreaba sus huellas y la rondaba en sueños. Se volvería vulnerable y no podía permitirlo. No podía. Tenía algo que hacer, algo que era muy importante para ella.

Estaba buscando a alguien.

No sabía qué podría pasar cuando lo encontrase. De momento, se centraba en la búsqueda. Nada más importaba. Cuando le faltaban las fuerzas, como en aquel momento, se recordaba a sí misma que tenía una promesa que cumplir: se la hizo a Penélope cuando agonizaba en sus brazos, consumida por el dolor y la reafirmó al jurar sobre su cadáver que la vengaría. No pudo evitar que terminara suicidándose, pero no permitiría que sus asesinos quedasen impunes.

Todo aquello había empezado con sangre y dolor, y no podía terminar de otra forma.

Sonia Ibáñez entró con ella al portal, porque iba a acompañarla en su visita a la casa de sus padres. Era policía, como los otros, pero además era psicóloga. Creían que necesitaba uno y que además fuese mujer. Debían de tener razón, porque era la única cuya cercanía soportaba durante algo más de un par de minutos. Los hombres la ponían nerviosa. Le revolvían el estómago.

La cerradura chirrió y la puerta se abrió con un crujido. En el interior del piso todo se encontraba en penumbra y silencioso. Por lo demás, las cosas habían cambiado poco en la casa que la vio crecer.

Olía a cerrado. Los muebles estaban cubiertos de polvo, pero se tropezaba con retazos de su infancia en cada rincón, había recuerdos luminosos en cada detalle. Sus padres y sus abuelos le sonreían desde las fotografías. La niña que fue la observaba, vestida de primera comunión; en una representación teatral del colegio, con su amiga Lorea; en el campus de la Universidad o tomando algo en una cafetería, también con Lorea; en la boda de una prima...

Allí había muerto su madre mientras ella seguía prisionera. Había tantos motivos para llorar de rabia y amargura que se colapsaban entre ellos y le cerraban la garganta, que se transformaba y amenazaba con emitir un gruñido bajo de amenaza.

Estela Gaona
Sonia se quedó esperando en el salón. PekinP se dirigió al baño, donde se obligó una vez más a mirarse en el espejo y se sintió sobrecogida por la misma sorpresa de siempre. ¿Esa extraña del reflejo era de verdad ella? No, no podía ser...

Sus pupilas se clavaron en la cicatriz que atravesaba su mejilla de arriba abajo; era de color rosáceo, gruesa y abultada, desagradable. Profunda, tan profunda que llegaba hasta su alma.

El resto no estaba mucho mejor. Tenía ojeras moradas y un rictus amargo deformaba su boca. ¿Qué tenía que ver ese rostro con el de la jovencita llena de ilusión que antaño se arreglaba allí mismo para ir al colegio?

La respuesta era sencilla: nada.

Cambió su camiseta por una limpia, pero antes miró su cuerpo. Hasta ese día no se había atrevido a estudiarlo así, de frente, en su totalidad. Todo él era un catálogo de señales de tortura. Cada cicatriz le recordaba un tormento y al canalla que se lo infligió. Hacían que volviese a sentir, como un frío que se expandía por sus venas, la angustia de la impotencia, esa sensación de desamparo total, de fatalidad, que la consumía tumbada en aquella cama que fue su prisión; porque si la agonía física era terrible, más lo era saber que nadie acudiría en su ayuda.

Eso, simplemente eso, hubiera terminado con PekinP como acabó con Penélope y con tantas otras; pero a ella la salvó que el día de la muerte de su amiga, de pronto, consiguió sentir de un modo diferente. Ni siquiera tenía claro cómo describirlo. Lo único que podía decir era que perdió la noción del tiempo y del lugar en el que se encontraba; dejó de pensar, y la autocompasión y la humillación fueron borradas por una sensación de alerta que afinaba sus sentidos.

Gracias a eso, cada vez que la llevaban a una de aquellas sesiones, podía centrar todo su ser, toda su atención, en observar a su torturador de turno hasta conseguir anticiparse incluso a la más sutil de sus reacciones. Sin entender en principio para qué, asimiló cada pequeña particularidad de sus pupilas mientras aprendía a leer en ellas si aquel día necesitaba causar dolor o solo deseaba satisfacerse. Memorizó el tacto de cada piel que la tocaba, el sonido de cada risa que se burlaba de su sufrimiento, el modo en que se movía sobre ella cada uno de aquellos hombres.

Malditos, malditos… No pudo evitarlo por más tiempo y se echó a llorar. Las lágrimas brotaban incontenibles, resbalaban por su nariz, por su mejilla mutilada. Sus gemidos resonaban en las paredes de un modo tan desesperado que no los reconocía como suyos. Le daba vueltas la cabeza. Su corazón palpitaba demasiado rápido… ¡Se odiaba a sí misma! ¡Odiaba a los hombres! ¡Odiaba a todo el género humano! Pero, sobre todo, los odiaba a ellos, tanto que solo de pensarlo aquella fiera que había despertado en su interior quería destrozarlos por completo, matarlos con lentitud, con regocijo, alargando en lo posible su sufrimiento.

Seguro que tenían vidas normales, con familias felices en casas bonitas. Seguro que sus vecinos los apreciaban, que sus compañeros de trabajo los consideraban gentes dignas de respeto. Pero, por mucho que se ocultasen bajo un barniz de civilización, la criatura monstruosa que realmente eran, apestaba. Y ella podía olerla.

No había prisa. Le sobraba el tiempo y tenía dinero suficiente para ello. Disponía de la casa de sus padres allí, de los ahorros de toda la vida de su familia, que suponían un buen pico, y de la cantidad que les robó a aquellos desgraciados.

Iba a declarar contra ellos como testigo protegido. Sabía que era un riesgo, y hasta una idiotez, porque la mitad se escaparía, seguro, pero no le importaba exponerse si conseguía que, aunque solo fuese uno de aquellos canallas, acabase en la cárcel.

Y a los que se librasen, ya los encontraría ella misma.

A través de los visillos vio a sus guardaespaldas. Estaban abajo, en la calle, esperando: Julio Alcántara fumaba apoyado contra el capó del coche; Félix Rubín hablaba por el móvil, sentado dentro.

—¿Estás bien? —le preguntó Sonia.

PekinP asintió con la cabeza y se dirigió al dormitorio. Tenían que irse de allí cuanto antes y aún debía recoger algunas cosas. No tenía ni idea de adónde la llevarían esa vez, pero estaba segura de poder desandar cualquier camino, si le fuese necesario, tan solo siguiendo el rastro que deja toda cosa que respira y siente.




Estela Gaona


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Tema: "Pekin-P"






Le gustaba conducir. Prefería hacerlo antes que tomar un avión y, total, seiscientos kilómetros tampoco eran tantos. Además, esas cinco o seis horas le habían dado margen para pensar en sí misma y en lo que le había ocurrido. No había llegado a grandes conclusiones, pero se sentía mejor, más tranquila.

Su ciudad, su hogar, se extendía ante ella para darle la bienvenida. Nunca hubiese creído que le fuese a afectar tanto volver a verla. Según se iba acercando con el coche, bajo un cielo azul cuajado de pequeñas nubes, fue reconociendo los grandes pabellones que jalonaban la carretera y, al fondo, como siempre, las colinas verdes que había recorrido tantas veces, con sus bosques de pinos. Tras tomar la salida de la autopista se encontró por fin en la avenida de Sabino Arana, que en su primer tramo se veía invadida por la vorágine de vehículos que entraban y salían de la ciudad. Custodiada por grandes árboles, la llevó hacia la Gran Vía y luego, tras un breve serpenteo de calles, hasta la casa de sus padres.

Al ver el portal frente al que tantas veces jugó a la cuerda de niña, con sus primeras amigas, sintió una fuerte emoción, algo que subió desde su estómago y humedeció sus ojos.

¡Por fin los lugares queridos! Qué sensación tan extraña provocaba el regreso.

Mientras aparcaba, vio por el retrovisor el coche que la seguía desde que empezó el viaje. Le constaba que estaban allí por su bien, para protegerla, pero no podía evitarlo: odiaba que fuesen con ella a todas partes. No era capaz de contar las veces que había sentido la tentación de pisar el acelerador y escapar a toda velocidad, o de meterse por una de las carreteras secundarias sin darles tiempo a reaccionar. Huir parecía dársele bien.

Qué tontería. Solo al planteárselo, solo al pensar en quedarse sola y que aquellos cabrones pudieran localizarla y arrastrarla de vuelta a su infierno, a matarla poco a poco entre torturas y dolor, el miedo la atenazaba, le costaba controlarlo. Por su causa había tenido que parar tres veces en los últimos cien kilómetros. Hasta entonces, nunca había creído de verdad que se pudiera morir de terror, de puro pánico. Pensaba que era cosa de la literatura o de las películas, tan truculentas; pero cuando el corazón se te desbocaba, cuando el pecho te oprimía tanto que ni podías respirar, cuando las manos te temblaban apretando el volante de forma incontrolable, la idea de una muerte repentina no resultaba tan insólita.

Supuso que era difícil vivir con normalidad después de una experiencia como la suya. Le gustaría poder descansar y borrarlo todo de su memoria.

No. No era cierto. No quería olvidar.

Su nombre era Graciela, Graciela Freire Pascal, aunque la que regresaba a casa ese día no era aquella muchacha de provincias que se marchó a los veinticinco años, sin apenas experiencia en el mundo y con un exceso de confianza en los demás y en sí misma. Ahora tenía veintisiete y se llamaba PekinP. Sentía que se llamaba PekinP y que era alguien muy distinto. Había muchas marcas en su cuerpo y en su alma que lo confirmaban, cicatrices que jamás iban a borrarse y que eran como un mapa que conducía a otro mundo: a la oscuridad, al caos, al rugido de la tormenta que vivía en su interior. Ya nada era lo mismo. Nunca volvería a ser lo mismo.

Por eso resultaba absurdo emocionarse tanto con su vuelta. No le quedaba nada ni nadie en aquel lugar, excepto esos paisajes tan amados, pero que no la reconocían a ella, porque era otra. No tenía trabajo y, cuando se miraba en cualquier espejo, era consciente de que no volvería a tenerlo nunca. No le quedaban amigos ni familia: su padre murió años atrás y, no hacía mucho, su madre también. No quería pensar en lo angustiada que debió de sentirse esos últimos días por causa de su desaparición, en lo sola que la encontró la muerte...

Si se detenía en esa idea, si permitía que ese dolor la atravesase como un alfiler a una mariposa, se quedaría paralizada y la alcanzaría el alarido de horror que siempre la estaba persiguiendo, ese espanto inmenso que rastreaba sus huellas y la rondaba en sueños. Se volvería vulnerable y no podía permitirlo. No podía. Tenía algo que hacer, algo que era muy importante para ella.

Estaba buscando a alguien.

No sabía qué podría pasar cuando lo encontrase. De momento, se centraba en la búsqueda. Nada más importaba. Cuando le faltaban las fuerzas, como en aquel momento, se recordaba a sí misma que tenía una promesa que cumplir: se la hizo a Penélope cuando agonizaba en sus brazos, consumida por el dolor y la reafirmó al jurar sobre su cadáver que la vengaría. No pudo evitar que terminara suicidándose, pero no permitiría que sus asesinos quedasen impunes.

Todo aquello había empezado con sangre y dolor, y no podía terminar de otra forma.

Sonia Ibáñez entró con ella al portal, porque iba a acompañarla en su visita a la casa de sus padres. Era policía, como los otros, pero además era psicóloga. Creían que necesitaba uno y que además fuese mujer. Debían de tener razón, porque era la única cuya cercanía soportaba durante algo más de un par de minutos. Los hombres la ponían nerviosa. Le revolvían el estómago.

La cerradura chirrió y la puerta se abrió con un crujido. En el interior del piso todo se encontraba en penumbra y silencioso. Por lo demás, las cosas habían cambiado poco en la casa que la vio crecer.

Olía a cerrado. Los muebles estaban cubiertos de polvo, pero se tropezaba con retazos de su infancia en cada rincón, había recuerdos luminosos en cada detalle. Sus padres y sus abuelos le sonreían desde las fotografías. La niña que fue la observaba, vestida de primera comunión; en una representación teatral del colegio, con su amiga Lorea; en el campus de la Universidad o tomando algo en una cafetería, también con Lorea; en la boda de una prima...

Allí había muerto su madre mientras ella seguía prisionera. Había tantos motivos para llorar de rabia y amargura que se colapsaban entre ellos y le cerraban la garganta, que se transformaba y amenazaba con emitir un gruñido bajo de amenaza.

Estela Gaona
Sonia se quedó esperando en el salón. PekinP se dirigió al baño, donde se obligó una vez más a mirarse en el espejo y se sintió sobrecogida por la misma sorpresa de siempre. ¿Esa extraña del reflejo era de verdad ella? No, no podía ser...

Sus pupilas se clavaron en la cicatriz que atravesaba su mejilla de arriba abajo; era de color rosáceo, gruesa y abultada, desagradable. Profunda, tan profunda que llegaba hasta su alma.

El resto no estaba mucho mejor. Tenía ojeras moradas y un rictus amargo deformaba su boca. ¿Qué tenía que ver ese rostro con el de la jovencita llena de ilusión que antaño se arreglaba allí mismo para ir al colegio?

La respuesta era sencilla: nada.

Cambió su camiseta por una limpia, pero antes miró su cuerpo. Hasta ese día no se había atrevido a estudiarlo así, de frente, en su totalidad. Todo él era un catálogo de señales de tortura. Cada cicatriz le recordaba un tormento y al canalla que se lo infligió. Hacían que volviese a sentir, como un frío que se expandía por sus venas, la angustia de la impotencia, esa sensación de desamparo total, de fatalidad, que la consumía tumbada en aquella cama que fue su prisión; porque si la agonía física era terrible, más lo era saber que nadie acudiría en su ayuda.

Eso, simplemente eso, hubiera terminado con PekinP como acabó con Penélope y con tantas otras; pero a ella la salvó que el día de la muerte de su amiga, de pronto, consiguió sentir de un modo diferente. Ni siquiera tenía claro cómo describirlo. Lo único que podía decir era que perdió la noción del tiempo y del lugar en el que se encontraba; dejó de pensar, y la autocompasión y la humillación fueron borradas por una sensación de alerta que afinaba sus sentidos.

Gracias a eso, cada vez que la llevaban a una de aquellas sesiones, podía centrar todo su ser, toda su atención, en observar a su torturador de turno hasta conseguir anticiparse incluso a la más sutil de sus reacciones. Sin entender en principio para qué, asimiló cada pequeña particularidad de sus pupilas mientras aprendía a leer en ellas si aquel día necesitaba causar dolor o solo deseaba satisfacerse. Memorizó el tacto de cada piel que la tocaba, el sonido de cada risa que se burlaba de su sufrimiento, el modo en que se movía sobre ella cada uno de aquellos hombres.

Malditos, malditos… No pudo evitarlo por más tiempo y se echó a llorar. Las lágrimas brotaban incontenibles, resbalaban por su nariz, por su mejilla mutilada. Sus gemidos resonaban en las paredes de un modo tan desesperado que no los reconocía como suyos. Le daba vueltas la cabeza. Su corazón palpitaba demasiado rápido… ¡Se odiaba a sí misma! ¡Odiaba a los hombres! ¡Odiaba a todo el género humano! Pero, sobre todo, los odiaba a ellos, tanto que solo de pensarlo aquella fiera que había despertado en su interior quería destrozarlos por completo, matarlos con lentitud, con regocijo, alargando en lo posible su sufrimiento.

Seguro que tenían vidas normales, con familias felices en casas bonitas. Seguro que sus vecinos los apreciaban, que sus compañeros de trabajo los consideraban gentes dignas de respeto. Pero, por mucho que se ocultasen bajo un barniz de civilización, la criatura monstruosa que realmente eran, apestaba. Y ella podía olerla.

No había prisa. Le sobraba el tiempo y tenía dinero suficiente para ello. Disponía de la casa de sus padres allí, de los ahorros de toda la vida de su familia, que suponían un buen pico, y de la cantidad que les robó a aquellos desgraciados.

Iba a declarar contra ellos como testigo protegido. Sabía que era un riesgo, y hasta una idiotez, porque la mitad se escaparía, seguro, pero no le importaba exponerse si conseguía que, aunque solo fuese uno de aquellos canallas, acabase en la cárcel.

Y a los que se librasen, ya los encontraría ella misma.

A través de los visillos vio a sus guardaespaldas. Estaban abajo, en la calle, esperando: Julio Alcántara fumaba apoyado contra el capó del coche; Félix Rubín hablaba por el móvil, sentado dentro.

—¿Estás bien? —le preguntó Sonia.

PekinP asintió con la cabeza y se dirigió al dormitorio. Tenían que irse de allí cuanto antes y aún debía recoger algunas cosas. No tenía ni idea de adónde la llevarían esa vez, pero estaba segura de poder desandar cualquier camino, si le fuese necesario, tan solo siguiendo el rastro que deja toda cosa que respira y siente.




Estela Gaona


Escucha la banda sonora mientras lees ->

Tema: "Pekin-P"






Le gustaba conducir. Prefería hacerlo antes que tomar un avión y, total, seiscientos kilómetros tampoco eran tantos. Además, esas cinco o seis horas le habían dado margen para pensar en sí misma y en lo que le había ocurrido. No había llegado a grandes conclusiones, pero se sentía mejor, más tranquila.

Su ciudad, su hogar, se extendía ante ella para darle la bienvenida. Nunca hubiese creído que le fuese a afectar tanto volver a verla. Según se iba acercando con el coche, bajo un cielo azul cuajado de pequeñas nubes, fue reconociendo los grandes pabellones que jalonaban la carretera y, al fondo, como siempre, las colinas verdes que había recorrido tantas veces, con sus bosques de pinos. Tras tomar la salida de la autopista se encontró por fin en la avenida de Sabino Arana, que en su primer tramo se veía invadida por la vorágine de vehículos que entraban y salían de la ciudad. Custodiada por grandes árboles, la llevó hacia la Gran Vía y luego, tras un breve serpenteo de calles, hasta la casa de sus padres.

Al ver el portal frente al que tantas veces jugó a la cuerda de niña, con sus primeras amigas, sintió una fuerte emoción, algo que subió desde su estómago y humedeció sus ojos.

¡Por fin los lugares queridos! Qué sensación tan extraña provocaba el regreso.

Mientras aparcaba, vio por el retrovisor el coche que la seguía desde que empezó el viaje. Le constaba que estaban allí por su bien, para protegerla, pero no podía evitarlo: odiaba que fuesen con ella a todas partes. No era capaz de contar las veces que había sentido la tentación de pisar el acelerador y escapar a toda velocidad, o de meterse por una de las carreteras secundarias sin darles tiempo a reaccionar. Huir parecía dársele bien.

Qué tontería. Solo al planteárselo, solo al pensar en quedarse sola y que aquellos cabrones pudieran localizarla y arrastrarla de vuelta a su infierno, a matarla poco a poco entre torturas y dolor, el miedo la atenazaba, le costaba controlarlo. Por su causa había tenido que parar tres veces en los últimos cien kilómetros. Hasta entonces, nunca había creído de verdad que se pudiera morir de terror, de puro pánico. Pensaba que era cosa de la literatura o de las películas, tan truculentas; pero cuando el corazón se te desbocaba, cuando el pecho te oprimía tanto que ni podías respirar, cuando las manos te temblaban apretando el volante de forma incontrolable, la idea de una muerte repentina no resultaba tan insólita.

Supuso que era difícil vivir con normalidad después de una experiencia como la suya. Le gustaría poder descansar y borrarlo todo de su memoria.

No. No era cierto. No quería olvidar.

Su nombre era Graciela, Graciela Freire Pascal, aunque la que regresaba a casa ese día no era aquella muchacha de provincias que se marchó a los veinticinco años, sin apenas experiencia en el mundo y con un exceso de confianza en los demás y en sí misma. Ahora tenía veintisiete y se llamaba PekinP. Sentía que se llamaba PekinP y que era alguien muy distinto. Había muchas marcas en su cuerpo y en su alma que lo confirmaban, cicatrices que jamás iban a borrarse y que eran como un mapa que conducía a otro mundo: a la oscuridad, al caos, al rugido de la tormenta que vivía en su interior. Ya nada era lo mismo. Nunca volvería a ser lo mismo.

Por eso resultaba absurdo emocionarse tanto con su vuelta. No le quedaba nada ni nadie en aquel lugar, excepto esos paisajes tan amados, pero que no la reconocían a ella, porque era otra. No tenía trabajo y, cuando se miraba en cualquier espejo, era consciente de que no volvería a tenerlo nunca. No le quedaban amigos ni familia: su padre murió años atrás y, no hacía mucho, su madre también. No quería pensar en lo angustiada que debió de sentirse esos últimos días por causa de su desaparición, en lo sola que la encontró la muerte...

Si se detenía en esa idea, si permitía que ese dolor la atravesase como un alfiler a una mariposa, se quedaría paralizada y la alcanzaría el alarido de horror que siempre la estaba persiguiendo, ese espanto inmenso que rastreaba sus huellas y la rondaba en sueños. Se volvería vulnerable y no podía permitirlo. No podía. Tenía algo que hacer, algo que era muy importante para ella.

Estaba buscando a alguien.

No sabía qué podría pasar cuando lo encontrase. De momento, se centraba en la búsqueda. Nada más importaba. Cuando le faltaban las fuerzas, como en aquel momento, se recordaba a sí misma que tenía una promesa que cumplir: se la hizo a Penélope cuando agonizaba en sus brazos, consumida por el dolor y la reafirmó al jurar sobre su cadáver que la vengaría. No pudo evitar que terminara suicidándose, pero no permitiría que sus asesinos quedasen impunes.

Todo aquello había empezado con sangre y dolor, y no podía terminar de otra forma.

Sonia Ibáñez entró con ella al portal, porque iba a acompañarla en su visita a la casa de sus padres. Era policía, como los otros, pero además era psicóloga. Creían que necesitaba uno y que además fuese mujer. Debían de tener razón, porque era la única cuya cercanía soportaba durante algo más de un par de minutos. Los hombres la ponían nerviosa. Le revolvían el estómago.

La cerradura chirrió y la puerta se abrió con un crujido. En el interior del piso todo se encontraba en penumbra y silencioso. Por lo demás, las cosas habían cambiado poco en la casa que la vio crecer.

Olía a cerrado. Los muebles estaban cubiertos de polvo, pero se tropezaba con retazos de su infancia en cada rincón, había recuerdos luminosos en cada detalle. Sus padres y sus abuelos le sonreían desde las fotografías. La niña que fue la observaba, vestida de primera comunión; en una representación teatral del colegio, con su amiga Lorea; en el campus de la Universidad o tomando algo en una cafetería, también con Lorea; en la boda de una prima...

Allí había muerto su madre mientras ella seguía prisionera. Había tantos motivos para llorar de rabia y amargura que se colapsaban entre ellos y le cerraban la garganta, que se transformaba y amenazaba con emitir un gruñido bajo de amenaza.

Estela Gaona
Sonia se quedó esperando en el salón. PekinP se dirigió al baño, donde se obligó una vez más a mirarse en el espejo y se sintió sobrecogida por la misma sorpresa de siempre. ¿Esa extraña del reflejo era de verdad ella? No, no podía ser...

Sus pupilas se clavaron en la cicatriz que atravesaba su mejilla de arriba abajo; era de color rosáceo, gruesa y abultada, desagradable. Profunda, tan profunda que llegaba hasta su alma.

El resto no estaba mucho mejor. Tenía ojeras moradas y un rictus amargo deformaba su boca. ¿Qué tenía que ver ese rostro con el de la jovencita llena de ilusión que antaño se arreglaba allí mismo para ir al colegio?

La respuesta era sencilla: nada.

Cambió su camiseta por una limpia, pero antes miró su cuerpo. Hasta ese día no se había atrevido a estudiarlo así, de frente, en su totalidad. Todo él era un catálogo de señales de tortura. Cada cicatriz le recordaba un tormento y al canalla que se lo infligió. Hacían que volviese a sentir, como un frío que se expandía por sus venas, la angustia de la impotencia, esa sensación de desamparo total, de fatalidad, que la consumía tumbada en aquella cama que fue su prisión; porque si la agonía física era terrible, más lo era saber que nadie acudiría en su ayuda.

Eso, simplemente eso, hubiera terminado con PekinP como acabó con Penélope y con tantas otras; pero a ella la salvó que el día de la muerte de su amiga, de pronto, consiguió sentir de un modo diferente. Ni siquiera tenía claro cómo describirlo. Lo único que podía decir era que perdió la noción del tiempo y del lugar en el que se encontraba; dejó de pensar, y la autocompasión y la humillación fueron borradas por una sensación de alerta que afinaba sus sentidos.

Gracias a eso, cada vez que la llevaban a una de aquellas sesiones, podía centrar todo su ser, toda su atención, en observar a su torturador de turno hasta conseguir anticiparse incluso a la más sutil de sus reacciones. Sin entender en principio para qué, asimiló cada pequeña particularidad de sus pupilas mientras aprendía a leer en ellas si aquel día necesitaba causar dolor o solo deseaba satisfacerse. Memorizó el tacto de cada piel que la tocaba, el sonido de cada risa que se burlaba de su sufrimiento, el modo en que se movía sobre ella cada uno de aquellos hombres.

Malditos, malditos… No pudo evitarlo por más tiempo y se echó a llorar. Las lágrimas brotaban incontenibles, resbalaban por su nariz, por su mejilla mutilada. Sus gemidos resonaban en las paredes de un modo tan desesperado que no los reconocía como suyos. Le daba vueltas la cabeza. Su corazón palpitaba demasiado rápido… ¡Se odiaba a sí misma! ¡Odiaba a los hombres! ¡Odiaba a todo el género humano! Pero, sobre todo, los odiaba a ellos, tanto que solo de pensarlo aquella fiera que había despertado en su interior quería destrozarlos por completo, matarlos con lentitud, con regocijo, alargando en lo posible su sufrimiento.

Seguro que tenían vidas normales, con familias felices en casas bonitas. Seguro que sus vecinos los apreciaban, que sus compañeros de trabajo los consideraban gentes dignas de respeto. Pero, por mucho que se ocultasen bajo un barniz de civilización, la criatura monstruosa que realmente eran, apestaba. Y ella podía olerla.

No había prisa. Le sobraba el tiempo y tenía dinero suficiente para ello. Disponía de la casa de sus padres allí, de los ahorros de toda la vida de su familia, que suponían un buen pico, y de la cantidad que les robó a aquellos desgraciados.

Iba a declarar contra ellos como testigo protegido. Sabía que era un riesgo, y hasta una idiotez, porque la mitad se escaparía, seguro, pero no le importaba exponerse si conseguía que, aunque solo fuese uno de aquellos canallas, acabase en la cárcel.

Y a los que se librasen, ya los encontraría ella misma.

A través de los visillos vio a sus guardaespaldas. Estaban abajo, en la calle, esperando: Julio Alcántara fumaba apoyado contra el capó del coche; Félix Rubín hablaba por el móvil, sentado dentro.

—¿Estás bien? —le preguntó Sonia.

PekinP asintió con la cabeza y se dirigió al dormitorio. Tenían que irse de allí cuanto antes y aún debía recoger algunas cosas. No tenía ni idea de adónde la llevarían esa vez, pero estaba segura de poder desandar cualquier camino, si le fuese necesario, tan solo siguiendo el rastro que deja toda cosa que respira y siente.




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