RAÚL FUENTES "GATO"

Jordi Armengol Carner
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Tema: "Gato"









La gran esfera brillante asomó entre las nubes que había sobre La Garriga y, justo en ese momento, la tranquilidad que se respiraba en las calles del centro del pueblo fue aniquilada por el retumbar de los potentes altavoces de un Volkswagen rojo mientras bordeaba la Plaza de la Iglesia. Raúl Fuentes lo siguió con la mirada hasta que desapareció más allá de la fachada del templo. Luego tiró de la persiana del local hasta dejarla a media altura.

Pasaban unos minutos de la hora del cierre oficial, que era mucho antes de la hora de cierre habitual. Cerró las puertas interiores mientras se giraba para contemplar al último cliente, que seguía sentado en la barra.

—Es hora de irse a casa.

El tipo no le respondió. Se limitó a tomar un nuevo trago de cerveza.

—Tal y como te lo digo, tío…

Raúl había escuchado la historia de la juventud del viejo Josep en la Legión Española, y de su época en Ceuta, al menos media docena de veces. Aquella noche estaba cansado y no tenía ánimos para volverla a oír. Al cruzar el pasillo recogió una chaqueta abandonada en una silla, una tejana de color azul grisáceo. Recordaba a la chica que la llevaba.

Decidió dejarla en el rincón de los objetos perdidos, el colgador que había en la cocina, justo al entrar a la derecha.

—…cuatro malditos moros. Cada uno con sus cuchillos desenfundados…

Raúl caminó hacia la cocina y aprovechó para observar la copa del viejo borracho. Había tomado un par de tragos desde que cerró la persiana, pero su vaso estaba más lleno.

—…y te aseguro que lo vi en sus ojos. Esa era, su maldita cara de muerte.

—Vete a casa, Josep.

—Tendrías que haber visto cómo les brillaba la mirada a la luz de la luna...

—Ya te has llenado la copa demasiadas veces. Vete a casa.

El viejo calló de repente, a media frase.

—Perdona ¿cómo has dicho?

—Que te vayas a casa. Es tarde.

—¿Me estás llamando ladrón?

—Mira, te has llenado el vaso varias veces cuando yo no miraba. Y estoy cansado. Vete a casa.

La mano del viejo se movió con rapidez. Aún conservaba algo de la pericia de los años en el ejército. Raúl no fue capaz de prever que Josep iba a sacar una navaja de su bolsillo y, para cuando se dio cuenta, la hoja estaba a pocos milímetros de su garganta.

—Este es el recuerdo que guardo de aquella noche. Se la quité a uno de los moros, y con ella le hice una bonita marca en la frente que van a recordar él y su familia durante toda la vida.

Al viejo le temblaba el pulso. Raúl pudo notar el metal acariciando los pelillos de la barba de tres días que le asomaban en el cuello. También sintió un sudor frío recorrerle la espalda.

Entonces llegaron los recuerdos del pasado reciente, imágenes que quería enterrar: su puño golpeando carne; el crujir de un hueso; una mujer pidiendo clemencia. Recordó aquella noche, a la vez demasiado cercana y lejana en el tiempo. Y recordó la rabia. La ira. El vacío del dolor, de la culpabilidad.

—Aleja ese cuchillo, Josep —la voz de Raúl sonó entrecortada, apenas audible—. Estás borracho y yo no he sido siempre camarero. No quiero hacerte daño.

Josep siguió sujetando el arma en silencio, mirándole a los ojos.

—Miquel está en el almacén. Puedes buscarte muchos problemas.

El viejo pareció reaccionar. Un instante después la expresión de su mirada se relajó, cambiando por completo. Apartó los ojos de los de Raúl, parpadeando, y se dio cuenta de que lo tenía arrinconado con el cuchillo en el cuello. Sin mediar palabra, guardó la hoja en su bolsillo y caminó hasta la puerta, donde se detuvo para mirarlo una última vez antes de abandonar el bar. Luego desapareció en la noche como si nunca hubiera estado allí.

Raúl permaneció inmóvil unos segundos. Después miró hacia la pared que había detrás la barra, hacia la estantería de las bebidas.

—Necesitas un trago —dijo una voz en su cabeza.

Con un gesto de la mano alejó aquellos pensamientos y pasó al otro lado del mostrador. Luego abrió el cuaderno de los pedidos e intentó concentrarse en la próxima lista de la compra para ocupar su mente.

—Puto viejo…

La puerta del almacén se abrió con un ligero chirrido de las bisagras. Raúl cerró el cuaderno y cabeceó hacia el fondo de la barra.

—¿Qué es lo que estás escribiendo? —preguntó Miquel.

—Nada, repasando la lista.

Sonrió mientras guardaba el cuaderno bajo la barra, antes de apagar las luces del fondo del local.

A sus cuarenta y dos años, Raúl Fuentes, gracias a su corpulencia natural y a su más de metro ochenta de estatura, seguía intimidando con su sola presencia, incluso contando con el sobrepeso que había ganado en los últimos meses. Sus adicciones al tabaco negro y al whisky no ayudaban, pero estaba intentando cambiar. Y por eso, después de algunos años sin ponerse los guantes de boxeo, desde hacía unas pocas semanas volvía a pisar el ring de uno de los gimnasios del pueblo.

Miquel se acercó a la barra y se limpió las manos con un trapo. Raúl cogió las llaves colgadas en la pared y se las lanzó a su amigo.

—Solo son las doce —señaló Miquel—. Hemos terminado temprano.

—Sí. Hoy me voy directo a la cama, que mañana tengo cosas que hacer.

—Claro que sí, aprovecha tu día libre. Te quiero descansado para el miércoles. Por cierto, que hace tiempo que no te pregunto, ¿cómo está Lucía?

—Creo que se ha echado un noviete —respondió Raúl, mientras Miquel se agachaba para atar el candado.

—Bueno, ya tiene edad, ¿no? —Miquel cabeceó hacia él, sonriendo.

—Sí, me parece que voy a tener que empezar a sacarle el polvo a la escopeta.

—Cómo eres… ¿Y qué dice Elena?

—No tengo ni la menor idea. Creo que todavía no lo sabe. Discuten mucho.

—¿Y qué pasa, que tu hija ahora te cuenta a ti las confidencias? ¿Me he perdido algo?

—No —respondió Raúl, mientras abría la pitón de su bicicleta atada a la farola de enfrente del bar—. Pasé por delante del instituto el otro día y la vi andando con un chaval.

—Bueno… Lucía es buena chica y no tiene ni un pelo de tonta. Seguro que es un buen partido —dijo Miquel con una sonrisa. Luego se acercó a Raúl y se dieron un apretón de manos a modo de despedida—. Nos vemos el miércoles.

—Venga, adéu —se despidió Raúl, montado ya en la bici. Descendió por las estrechas callejuelas del centro de La Garriga y, poco después, el macuto empezó a golpear levemente su cadera a causa de los baches, al adentrarse en la carretera algo más descuidada que bordeaba la población. Había sido un día bastante tranquilo a pesar del pequeño incidente con el exlegionario, tras una dura semana de trabajo, y estaba contento de haber podido salir un poco antes de lo habitual. Aquello se debía a que Miquel, el dueño del bar y su amigo desde hacía años, se había quedado a ayudarle durante las últimas horas, reponiendo y limpiando el almacén, tareas que solían hacer antes del martes de descanso. La luna llena le permitió observar, más allá de la calzada, el brillo blanquecino de las copas de los árboles.

Dejó atrás la carretera al desviarse por un camino sin asfaltar. Disfrutó de una suave y fresca brisa, pura, que le acarició el rostro mientras divisaba en la lejanía la masía de los Gotanegra. Cuando abandonó Barcelona dos años atrás, Miquel consiguió que la familia le permitiera quedarse a vivir en el sótano abandonado que había bajo su gran casa.

A cambio, Raúl había limpiado aquel agujero y lo había convertido en lo más parecido a un hogar. Incluso tuvo la oportunidad de dedicarse a restaurar la Triumph que yacía enterrada en el fondo; una reliquia de los ochenta que los Gotanegra habían conservado en bastante mal estado. La mecánica siempre había sido uno de sus pasatiempos favoritos, y tenía planeado dedicarse a ella toda la tarde del día siguiente. Había pensado bajar por la mañana a Barcelona para buscar algunos embellecedores que le faltaban y así terminar un trabajo del que se sentía muy orgulloso. No eran piezas imprescindibles, pero dejarían la moto más bonita aún…

Y, si todo iba bien, por la tarde podría resucitar aquella vieja máquina, que había salido de fábrica hacía casi treinta años, con todos sus complementos; un regalo perfecto para su hija Lucía. La niña compartía, para horror de la madre, la pasión de Raúl por las ruedas, y conducía ciclomotores desde mucho antes de la edad legal; ventajas de tener un padre madero. Una vez acabado el trabajo, la idea era pagar a los Gotanegra un precio razonable por la Triumph y entregársela a su hija en cuanto hubiese conseguido sacarse el carné correspondiente.

Estuvo a punto de sonreír; la labor de todos aquellos meses le había ayudado a evadirse de los motivos por los que decidió abandonar la capital. Pero, en contra de su voluntad, los recuerdos acudieron en ese momento a su mente. El reproche en los ojos de Elena pidiéndole el divorcio; su esposa jamás le perdonó lo sucedido. El comisario Pereira recogiendo su placa y su pistola. Las lágrimas en los ojos de su hija. Su beso. La última vez que cerró la puerta del piso de Gracia para no volver jamás. Y, sobre todo, la comisaría de los mossos del barrio de Les Corts, el día en que terminó todo. Raúl apretó los dientes con fuerza. Volvió a prometerse a sí mismo que lo olvidaría.

Pero… los gritos de la mujer. Podría haberla matado.

—¿Qué es lo que hiciste, Raúl? —preguntó la voz dentro de su cabeza—. No era más que una prostituta.

—La niña solo tenía catorce años. Vendía a su propia hija… la puta rumana y su novio.

Sintió cómo empezaba a temblarle el pulso e intentó detenerlo agarrando con fuerza el manillar de la bicicleta.

—Y te pareció motivo suficiente para mandarla a la UVI...

—¡Perdí el control, joder! ¡Perdí el control!

El freno de la bici chirrió. Maldijo entre dientes. La voz de su cabeza calló. Raúl guardó silencio durante unos segundos, escuchando su propia respiración entrecortada. Buscó en el bolsillo de su pantalón, extrajo un Ducados y se lo llevó a los labios. Al encender el cigarrillo dirigió la mirada hacia el piso de arriba del caserón, donde vivía la familia Gotanegra. Una tenue luz se percibía en el interior, a través del ventanal.

Se apeó de la bicicleta y se acercó con ella a la gran puerta de madera del sótano que ahora era su casa. Se detuvo al ver algo extraño. Avanzó hasta el portón. El pasador parecía girado del revés. Extrajo las llaves de su bandolera y las acercó a la cerradura, para darse cuenta de que el candado jamás estaría en esa posición después de asegurarlo. Entonces sintió un sudor frío en la espalda. Guardó las llaves en el macuto y volvió sobre sus pasos. Se detuvo unos segundos a escuchar. Oyó las hojas de los árboles mecidas por la suave brisa, el canto de los pájaros nocturnos escondidos en el bosque. Nada más.

Volvió los ojos hacia el ventanal. Los Gotanegra eran una pareja mayor, ambos jubilados. Mercè, la mujer de Joan, tenía algo de sordera y siempre ponía la tele muy alta. Recordó el murmullo del «plasma» que su hijo les regaló a principios de verano, presente cada noche al llegar a casa y aparcar la bicicleta. En ese momento no lo percibía. Se acercó a las escaleras y palpó la pared de piedra, apoyando su espalda en ella. Miró hacia arriba e intentó pisar en silencio sobre la hierba seca. Deseó que no estuviera pasando nada, que todo fuera una falsa alarma, pero la voz en su cabeza le alertaba una y otra vez del peligro. Su instinto de presa y a la vez de depredador.

Ascendió por las escaleras que llevaban a la entrada de la casa. Encontró abierta la puerta principal. La madera alrededor de la cerradura aparecía astillada, sin duda forzada. La empujó. Los goznes desengrasados crujieron. Su sombra se alargó hacia el interior de las paredes de piedra. El recibidor estaba vacío. Avanzó sigiloso. Llevó la mano instintivamente al lugar donde tiempo atrás había llevado la funda del arma reglamentaria para solo encontrar el vacío; ya no tenía pistola, por supuesto. Se encaminó hacía el comedor con los puños apretados. Su corazón golpeaba en el pecho, desbocado.

Se detuvo a escuchar frente a la puerta. Un fino halo de luz le iluminó la cara a través de la rendija al asomarse. Una zapatilla en el suelo, junto al pie descalzo de una mujer, una anciana. Era Mercè.

El puño derecho de Raúl se cerró con más fuerza. Luego abrió de un empujón. Lo que vio casi lo dejó sin aliento.

—¡Mierda! ***
Olga Masià

Veinte minutos después, las puertas de entrada a Urgencias se abrían con un golpe seco. Dos camillas las cruzaron a toda velocidad, empujadas por sus respectivos camilleros, mientras Raúl las seguía de cerca.

—Ahí tiene el mostrador. A partir de aquí es cosa nuestra.

Raúl asintió y se dirigió al lugar que le habían señalado.

—Buenas noches. Se trata de dos ancianos de La Garriga, el matrimonio Gotanegra.

—Vamos a necesitar sus datos —le respondió la enfermera—. ¿Ha traído usted las tarjetas sanitarias?

—No, pero creo que ya deberían tenerlos registrados.

—A ver, dígame los nombres.

Los dedos de la enfermera se movieron a toda velocidad por el teclado. Tras unos breves instantes de búsqueda, se dirigió de nuevo a él:

—¿Qué ha pasado?

—Los he encontrado a los dos así en su domicilio.

—¿Estaban ya inconscientes, dice?

Su mente voló en el tiempo unos minutos atrás, hasta el preciso momento en que había abierto la puerta del comedor de los Gotanegra. La estancia estaba en silencio, solo iluminada por una pequeña lámpara tirada en el suelo de piedra. Contuvo la respiración mientras hacía una fotografía mental de la escena, un procedimiento al que se había acostumbrado cuando servía en el cuerpo. Mercè aparecía tumbada en el suelo, inmóvil, en bata y zapatillas. Era pasada la medianoche y, con toda seguridad, se había dispuesto para irse a la cama. La lámpara, al otro lado de la sala, parecía haber caído desde su lugar en la estantería del comedor. No había ni rastro de su marido.

Raúl se había acercado al cuerpo de la anciana. Todavía tenía pulso. A primera vista no parecía presentar ningún signo de violencia. Un ruido lo alertó: parecía el marco de una ventana abierta al chocar contra una pared. Cruzó la sala hasta llegar al pasillo que comunicaba con las habitaciones.

En efecto, una de las ventanas de la cocina estaba abierta. Una pequeña ráfaga de aire hizo que golpeara la pared una vez más mientras cruzaba el umbral. Fue entonces cuando había llegado hasta sus oídos un nuevo sonido, como una pequeña risa contenida. A pesar del viento que soplaba desde el bosque, lo había podido oír con claridad. Estaba convencido de que provenía del interior de la casa.

Abrió un cajón y extrajo un cuchillo de cocina. Lo sostuvo en sus manos, inmóvil, paciente, mientras escuchaba en la oscuridad. Luego, moviéndose con cautela, había regresado al pasillo. La penumbra existente solo se veía rota por la luz de la luna que se filtraba desde el exterior. La hoja de metal brilló en aquel momento, reflejándose en su cara al cruzar el umbral de la puerta de la habitación de matrimonio. Maldijo una vez más.

Joan Gotanegra estaba en el suelo, boca abajo y con los brazos extendidos hacia la cama, como si alguien le hubiera arrastrado hasta allí.

De repente, un ruido casi inaudible llegó hasta él; un doblez de ropa batiéndose en el aire. Raúl se giró en aquel momento con la velocidad de un agente entrenado.

Una sombra oscureció por un instante la pared al otro lado del pasillo antes de desvanecerse con rapidez. Había alguien en la cocina. Corrió hacia la puerta sujetando el cuchillo con fuerza. Luego cruzó la estancia a toda velocidad hasta llegar a la ventana abierta. El metal golpeó la madera cuando Raúl se apoyó en el marco con las dos manos. El ligero viento nocturno mecía las ramas de los árboles en el exterior, en lo que asemejaba una silenciosa danza. Se asomó y observó los alrededores. El que hubiera saltado desde esa ventana, situada en una primera planta, debía de ser alguien tan ágil como para no tener que rodar sobre el suelo antes de empezar a correr. Por rápido que fuera, parecía casi imposible que hubiera tenido tiempo para llegar a cualquiera de las esquinas y esconderse. Los márgenes del bosque aún quedaban más lejos. Raúl tuvo que hacerse a la idea de que no había nadie fuera de la masía, de que lo más probable era que la noche y las sombras reinantes le hubieran jugado una mala pasada.

Como la voz de su cabeza.

Recordó entonces a los Gotanegra, cerró la ventana y dejó el cuchillo sobre la mesa de madera para extraer el móvil del bolsillo del pantalón. Mientras hablaba con la operadora del SEM, se dirigió hasta la habitación de matrimonio y comprobó el estado de Joan. También estaba inconsciente, pero con el pulso muy débil. Y su piel estaba muy fría al tacto. Al igual que su esposa, no presentaba ningún signo de violencia, pero parecía evidente que alguien había arrastrado su cuerpo hasta allí, probablemente desde el comedor. Joan era un hombre corpulento; se necesitaba alguien fuerte para arrastrarlo toda esa distancia. La escasa luz de la estancia no revelaba muchos detalles pero, cuando acercó el móvil al rostro, se dio cuenta de que sus labios parecían los de alguien que ha atravesado el desierto.

Extrañado, pero sin saber qué más hacer, Raúl había registrado los armarios y todos los rincones de la vivienda. Para cuando llegó la ambulancia, podía asegurar con plena confianza que nadie permanecía escondido en la casa.

Luego, frente al mostrador del servicio de Urgencias, un Raúl todavía alterado e incómodo por el sudor frío que sentía sobre la piel intentaba explicarle a la enfermera lo sucedido.

—Sí, estaban los dos inconscientes, en el suelo.

—Aquí los tengo. Joan Gotanegra y Mercè García, su esposa. Con domicilio en La Garriga. ¿Y su nombre cuál es?

La enfermera apartó los ojos del monitor para dirigirse a Raúl. Sus miradas se cruzaron durante unos instantes. Había algo en el rostro de la chica que no pasaba desapercibido a un expolicía: marcas de una agresión ocultas por el maquillaje.

—Raúl Fuentes. Soy su inquilino. Vivo en la planta baja.

—Muy bien. A la derecha, al fondo del pasillo, tiene la sala de espera. Le avisaremos por los altavoces.

Raúl miró hacia el lugar que le había indicado la enfermera, para luego observar el exterior a través de la entrada. Fuera había un par de tipos fumando. Se palpó los bolsillos de la chaqueta y extrajo su paquete de Ducados. Antes de dirigirse hacia la puerta, se volvió a acercar al mostrador.

—Disculpa, ¿tienes fuego?

Observó la placa que la chica llevaba en el pecho. Se llamaba Susana Gómez.

—No, lo siento, no fumo. Y aquí dentro no se puede fumar.

Raúl pudo apreciar con más detalle la hinchazón que se escondía debajo del maquillaje, justo entre el pómulo derecho y la oreja de la chica. Algo que intentaba ocultar, además, dejándose el pelo suelto. Ella reaccionó en seguida, girando la cara.

—No te preocupes. Salgo a la calle.

Atravesó la puerta y volvió a mirar a la chica a través del cristal. Sus ojos reflejaban un temor que la consumía. Dudaba mucho que aquel moratón se lo hubiera hecho tropezándose en la cocina. Alguien la había golpeado, igual que él había golpeado a la puta rumana. «Los viejos recuerdos que se quieren olvidar siempre acuden con más rapidez que otros», pensó.

La luna iluminaba con un fantasmagórico haz blanco los bordes de las nubes en aquel cielo de septiembre. Oyó la carcajada lejana de una pareja que se marchaba del hospital. La risa de la mujer le recordó a la que había escuchado en la masía, pero esta última parecía pertenecer a alguien más joven y sonaba como más contenida. Raúl seguía convencido de haberla oído y, también, de haber visto una sombra que no tenía la rigidez de las ramas de los árboles. El sonido de la ropa ondeando tampoco pudo ser algo producto de su imaginación. Allí había habido alguien.

—Te estás volviendo tarumba, ¿verdad Raúl? —le preguntó la voz en su cabeza—. Ya empiezas a ver cosas extrañas y a oír voces. Estás como una cabra. —Al comentario le siguió una carcajada.

—Déjame en paz.

—Quizá hace demasiado tiempo desde el último trago. ¿Qué haces esperando aquí? Allá enfrente tienes un bar, y está abierto. Solo tienes que cruzar la calle.

Raúl lanzó el cigarrillo al suelo y lo apagó con la suela del zapato.

—Vete a la mierda.

Abrió la puerta de Urgencias de un tirón y pasó frente a otro hombre que lo miraba con extrañeza después de verle hablar solo. Sus ojos volvieron a cruzarse con los de Susana, la enfermera que le había atendido. Ella desvió un solo instante la mirada hacia alguien que estaba de pie junto al mostrador. Raúl se percató entonces de que se lo estaba señalando de alguna manera. Lo observó durante unos segundos y llegó a la conclusión de que aquel era el culpable.

La chica estaba pidiendo auxilio, pero a la vez le suplicaba discreción con su silencio. El individuo en cuestión miraba hacia la sala de espera mientras jugaba con una cerilla entre los dientes. Vestía un impecable traje de color crema, una camiseta y una cadena de oro. El cabello negro como el azabache, engominado y peinado hacia atrás, le terminaba de dar el aspecto de chulo latino más propio de una discoteca. El hombre se volvió y miró a Susana antes de dirigirse hacia la gran sala. Caminó con calma, altivo, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Cuando Raúl volvió la vista hacia la chica, esta ya no estaba en su sitio. La cortina que colgaba detrás del mostrador todavía se movía. Un momento después apareció otra enfermera y ocupó su lugar. ¿Habría terminado su turno? ¿Estaría tomándose un descanso? ¿O quizá había abandonado su sitio para ir a hacer un recado? Fuera por la razón que fuera, aquello olía a gato encerrado.


Jordi Armengol Carner
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Tema: "Gato"









La gran esfera brillante asomó entre las nubes que había sobre La Garriga y, justo en ese momento, la tranquilidad que se respiraba en las calles del centro del pueblo fue aniquilada por el retumbar de los potentes altavoces de un Volkswagen rojo mientras bordeaba la Plaza de la Iglesia. Raúl Fuentes lo siguió con la mirada hasta que desapareció más allá de la fachada del templo. Luego tiró de la persiana del local hasta dejarla a media altura.

Pasaban unos minutos de la hora del cierre oficial, que era mucho antes de la hora de cierre habitual. Cerró las puertas interiores mientras se giraba para contemplar al último cliente, que seguía sentado en la barra.

—Es hora de irse a casa.

El tipo no le respondió. Se limitó a tomar un nuevo trago de cerveza.

—Tal y como te lo digo, tío…

Raúl había escuchado la historia de la juventud del viejo Josep en la Legión Española, y de su época en Ceuta, al menos media docena de veces. Aquella noche estaba cansado y no tenía ánimos para volverla a oír. Al cruzar el pasillo recogió una chaqueta abandonada en una silla, una tejana de color azul grisáceo. Recordaba a la chica que la llevaba.

Decidió dejarla en el rincón de los objetos perdidos, el colgador que había en la cocina, justo al entrar a la derecha.

—…cuatro malditos moros. Cada uno con sus cuchillos desenfundados…

Raúl caminó hacia la cocina y aprovechó para observar la copa del viejo borracho. Había tomado un par de tragos desde que cerró la persiana, pero su vaso estaba más lleno.

—…y te aseguro que lo vi en sus ojos. Esa era, su maldita cara de muerte.

—Vete a casa, Josep.

—Tendrías que haber visto cómo les brillaba la mirada a la luz de la luna...

—Ya te has llenado la copa demasiadas veces. Vete a casa.

El viejo calló de repente, a media frase.

—Perdona ¿cómo has dicho?

—Que te vayas a casa. Es tarde.

—¿Me estás llamando ladrón?

—Mira, te has llenado el vaso varias veces cuando yo no miraba. Y estoy cansado. Vete a casa.

La mano del viejo se movió con rapidez. Aún conservaba algo de la pericia de los años en el ejército. Raúl no fue capaz de prever que Josep iba a sacar una navaja de su bolsillo y, para cuando se dio cuenta, la hoja estaba a pocos milímetros de su garganta.

—Este es el recuerdo que guardo de aquella noche. Se la quité a uno de los moros, y con ella le hice una bonita marca en la frente que van a recordar él y su familia durante toda la vida.

Al viejo le temblaba el pulso. Raúl pudo notar el metal acariciando los pelillos de la barba de tres días que le asomaban en el cuello. También sintió un sudor frío recorrerle la espalda.

Entonces llegaron los recuerdos del pasado reciente, imágenes que quería enterrar: su puño golpeando carne; el crujir de un hueso; una mujer pidiendo clemencia. Recordó aquella noche, a la vez demasiado cercana y lejana en el tiempo. Y recordó la rabia. La ira. El vacío del dolor, de la culpabilidad.

—Aleja ese cuchillo, Josep —la voz de Raúl sonó entrecortada, apenas audible—. Estás borracho y yo no he sido siempre camarero. No quiero hacerte daño.

Josep siguió sujetando el arma en silencio, mirándole a los ojos.

—Miquel está en el almacén. Puedes buscarte muchos problemas.

El viejo pareció reaccionar. Un instante después la expresión de su mirada se relajó, cambiando por completo. Apartó los ojos de los de Raúl, parpadeando, y se dio cuenta de que lo tenía arrinconado con el cuchillo en el cuello. Sin mediar palabra, guardó la hoja en su bolsillo y caminó hasta la puerta, donde se detuvo para mirarlo una última vez antes de abandonar el bar. Luego desapareció en la noche como si nunca hubiera estado allí.

Raúl permaneció inmóvil unos segundos. Después miró hacia la pared que había detrás la barra, hacia la estantería de las bebidas.

—Necesitas un trago —dijo una voz en su cabeza.

Con un gesto de la mano alejó aquellos pensamientos y pasó al otro lado del mostrador. Luego abrió el cuaderno de los pedidos e intentó concentrarse en la próxima lista de la compra para ocupar su mente.

—Puto viejo…

La puerta del almacén se abrió con un ligero chirrido de las bisagras. Raúl cerró el cuaderno y cabeceó hacia el fondo de la barra.

—¿Qué es lo que estás escribiendo? —preguntó Miquel.

—Nada, repasando la lista.

Sonrió mientras guardaba el cuaderno bajo la barra, antes de apagar las luces del fondo del local.

A sus cuarenta y dos años, Raúl Fuentes, gracias a su corpulencia natural y a su más de metro ochenta de estatura, seguía intimidando con su sola presencia, incluso contando con el sobrepeso que había ganado en los últimos meses. Sus adicciones al tabaco negro y al whisky no ayudaban, pero estaba intentando cambiar. Y por eso, después de algunos años sin ponerse los guantes de boxeo, desde hacía unas pocas semanas volvía a pisar el ring de uno de los gimnasios del pueblo.

Miquel se acercó a la barra y se limpió las manos con un trapo. Raúl cogió las llaves colgadas en la pared y se las lanzó a su amigo.

—Solo son las doce —señaló Miquel—. Hemos terminado temprano.

—Sí. Hoy me voy directo a la cama, que mañana tengo cosas que hacer.

—Claro que sí, aprovecha tu día libre. Te quiero descansado para el miércoles. Por cierto, que hace tiempo que no te pregunto, ¿cómo está Lucía?

—Creo que se ha echado un noviete —respondió Raúl, mientras Miquel se agachaba para atar el candado.

—Bueno, ya tiene edad, ¿no? —Miquel cabeceó hacia él, sonriendo.

—Sí, me parece que voy a tener que empezar a sacarle el polvo a la escopeta.

—Cómo eres… ¿Y qué dice Elena?

—No tengo ni la menor idea. Creo que todavía no lo sabe. Discuten mucho.

—¿Y qué pasa, que tu hija ahora te cuenta a ti las confidencias? ¿Me he perdido algo?

—No —respondió Raúl, mientras abría la pitón de su bicicleta atada a la farola de enfrente del bar—. Pasé por delante del instituto el otro día y la vi andando con un chaval.

—Bueno… Lucía es buena chica y no tiene ni un pelo de tonta. Seguro que es un buen partido —dijo Miquel con una sonrisa. Luego se acercó a Raúl y se dieron un apretón de manos a modo de despedida—. Nos vemos el miércoles.

—Venga, adéu —se despidió Raúl, montado ya en la bici. Descendió por las estrechas callejuelas del centro de La Garriga y, poco después, el macuto empezó a golpear levemente su cadera a causa de los baches, al adentrarse en la carretera algo más descuidada que bordeaba la población. Había sido un día bastante tranquilo a pesar del pequeño incidente con el exlegionario, tras una dura semana de trabajo, y estaba contento de haber podido salir un poco antes de lo habitual. Aquello se debía a que Miquel, el dueño del bar y su amigo desde hacía años, se había quedado a ayudarle durante las últimas horas, reponiendo y limpiando el almacén, tareas que solían hacer antes del martes de descanso. La luna llena le permitió observar, más allá de la calzada, el brillo blanquecino de las copas de los árboles.

Dejó atrás la carretera al desviarse por un camino sin asfaltar. Disfrutó de una suave y fresca brisa, pura, que le acarició el rostro mientras divisaba en la lejanía la masía de los Gotanegra. Cuando abandonó Barcelona dos años atrás, Miquel consiguió que la familia le permitiera quedarse a vivir en el sótano abandonado que había bajo su gran casa.

A cambio, Raúl había limpiado aquel agujero y lo había convertido en lo más parecido a un hogar. Incluso tuvo la oportunidad de dedicarse a restaurar la Triumph que yacía enterrada en el fondo; una reliquia de los ochenta que los Gotanegra habían conservado en bastante mal estado. La mecánica siempre había sido uno de sus pasatiempos favoritos, y tenía planeado dedicarse a ella toda la tarde del día siguiente. Había pensado bajar por la mañana a Barcelona para buscar algunos embellecedores que le faltaban y así terminar un trabajo del que se sentía muy orgulloso. No eran piezas imprescindibles, pero dejarían la moto más bonita aún…

Y, si todo iba bien, por la tarde podría resucitar aquella vieja máquina, que había salido de fábrica hacía casi treinta años, con todos sus complementos; un regalo perfecto para su hija Lucía. La niña compartía, para horror de la madre, la pasión de Raúl por las ruedas, y conducía ciclomotores desde mucho antes de la edad legal; ventajas de tener un padre madero. Una vez acabado el trabajo, la idea era pagar a los Gotanegra un precio razonable por la Triumph y entregársela a su hija en cuanto hubiese conseguido sacarse el carné correspondiente.

Estuvo a punto de sonreír; la labor de todos aquellos meses le había ayudado a evadirse de los motivos por los que decidió abandonar la capital. Pero, en contra de su voluntad, los recuerdos acudieron en ese momento a su mente. El reproche en los ojos de Elena pidiéndole el divorcio; su esposa jamás le perdonó lo sucedido. El comisario Pereira recogiendo su placa y su pistola. Las lágrimas en los ojos de su hija. Su beso. La última vez que cerró la puerta del piso de Gracia para no volver jamás. Y, sobre todo, la comisaría de los mossos del barrio de Les Corts, el día en que terminó todo. Raúl apretó los dientes con fuerza. Volvió a prometerse a sí mismo que lo olvidaría.

Pero… los gritos de la mujer. Podría haberla matado.

—¿Qué es lo que hiciste, Raúl? —preguntó la voz dentro de su cabeza—. No era más que una prostituta.

—La niña solo tenía catorce años. Vendía a su propia hija… la puta rumana y su novio.

Sintió cómo empezaba a temblarle el pulso e intentó detenerlo agarrando con fuerza el manillar de la bicicleta.

—Y te pareció motivo suficiente para mandarla a la UVI...

—¡Perdí el control, joder! ¡Perdí el control!

El freno de la bici chirrió. Maldijo entre dientes. La voz de su cabeza calló. Raúl guardó silencio durante unos segundos, escuchando su propia respiración entrecortada. Buscó en el bolsillo de su pantalón, extrajo un Ducados y se lo llevó a los labios. Al encender el cigarrillo dirigió la mirada hacia el piso de arriba del caserón, donde vivía la familia Gotanegra. Una tenue luz se percibía en el interior, a través del ventanal.

Se apeó de la bicicleta y se acercó con ella a la gran puerta de madera del sótano que ahora era su casa. Se detuvo al ver algo extraño. Avanzó hasta el portón. El pasador parecía girado del revés. Extrajo las llaves de su bandolera y las acercó a la cerradura, para darse cuenta de que el candado jamás estaría en esa posición después de asegurarlo. Entonces sintió un sudor frío en la espalda. Guardó las llaves en el macuto y volvió sobre sus pasos. Se detuvo unos segundos a escuchar. Oyó las hojas de los árboles mecidas por la suave brisa, el canto de los pájaros nocturnos escondidos en el bosque. Nada más.

Volvió los ojos hacia el ventanal. Los Gotanegra eran una pareja mayor, ambos jubilados. Mercè, la mujer de Joan, tenía algo de sordera y siempre ponía la tele muy alta. Recordó el murmullo del «plasma» que su hijo les regaló a principios de verano, presente cada noche al llegar a casa y aparcar la bicicleta. En ese momento no lo percibía. Se acercó a las escaleras y palpó la pared de piedra, apoyando su espalda en ella. Miró hacia arriba e intentó pisar en silencio sobre la hierba seca. Deseó que no estuviera pasando nada, que todo fuera una falsa alarma, pero la voz en su cabeza le alertaba una y otra vez del peligro. Su instinto de presa y a la vez de depredador.

Ascendió por las escaleras que llevaban a la entrada de la casa. Encontró abierta la puerta principal. La madera alrededor de la cerradura aparecía astillada, sin duda forzada. La empujó. Los goznes desengrasados crujieron. Su sombra se alargó hacia el interior de las paredes de piedra. El recibidor estaba vacío. Avanzó sigiloso. Llevó la mano instintivamente al lugar donde tiempo atrás había llevado la funda del arma reglamentaria para solo encontrar el vacío; ya no tenía pistola, por supuesto. Se encaminó hacía el comedor con los puños apretados. Su corazón golpeaba en el pecho, desbocado.

Se detuvo a escuchar frente a la puerta. Un fino halo de luz le iluminó la cara a través de la rendija al asomarse. Una zapatilla en el suelo, junto al pie descalzo de una mujer, una anciana. Era Mercè.

El puño derecho de Raúl se cerró con más fuerza. Luego abrió de un empujón. Lo que vio casi lo dejó sin aliento.

—¡Mierda! ***
Olga Masià

Veinte minutos después, las puertas de entrada a Urgencias se abrían con un golpe seco. Dos camillas las cruzaron a toda velocidad, empujadas por sus respectivos camilleros, mientras Raúl las seguía de cerca.

—Ahí tiene el mostrador. A partir de aquí es cosa nuestra.

Raúl asintió y se dirigió al lugar que le habían señalado.

—Buenas noches. Se trata de dos ancianos de La Garriga, el matrimonio Gotanegra.

—Vamos a necesitar sus datos —le respondió la enfermera—. ¿Ha traído usted las tarjetas sanitarias?

—No, pero creo que ya deberían tenerlos registrados.

—A ver, dígame los nombres.

Los dedos de la enfermera se movieron a toda velocidad por el teclado. Tras unos breves instantes de búsqueda, se dirigió de nuevo a él:

—¿Qué ha pasado?

—Los he encontrado a los dos así en su domicilio.

—¿Estaban ya inconscientes, dice?

Su mente voló en el tiempo unos minutos atrás, hasta el preciso momento en que había abierto la puerta del comedor de los Gotanegra. La estancia estaba en silencio, solo iluminada por una pequeña lámpara tirada en el suelo de piedra. Contuvo la respiración mientras hacía una fotografía mental de la escena, un procedimiento al que se había acostumbrado cuando servía en el cuerpo. Mercè aparecía tumbada en el suelo, inmóvil, en bata y zapatillas. Era pasada la medianoche y, con toda seguridad, se había dispuesto para irse a la cama. La lámpara, al otro lado de la sala, parecía haber caído desde su lugar en la estantería del comedor. No había ni rastro de su marido.

Raúl se había acercado al cuerpo de la anciana. Todavía tenía pulso. A primera vista no parecía presentar ningún signo de violencia. Un ruido lo alertó: parecía el marco de una ventana abierta al chocar contra una pared. Cruzó la sala hasta llegar al pasillo que comunicaba con las habitaciones.

En efecto, una de las ventanas de la cocina estaba abierta. Una pequeña ráfaga de aire hizo que golpeara la pared una vez más mientras cruzaba el umbral. Fue entonces cuando había llegado hasta sus oídos un nuevo sonido, como una pequeña risa contenida. A pesar del viento que soplaba desde el bosque, lo había podido oír con claridad. Estaba convencido de que provenía del interior de la casa.

Abrió un cajón y extrajo un cuchillo de cocina. Lo sostuvo en sus manos, inmóvil, paciente, mientras escuchaba en la oscuridad. Luego, moviéndose con cautela, había regresado al pasillo. La penumbra existente solo se veía rota por la luz de la luna que se filtraba desde el exterior. La hoja de metal brilló en aquel momento, reflejándose en su cara al cruzar el umbral de la puerta de la habitación de matrimonio. Maldijo una vez más.

Joan Gotanegra estaba en el suelo, boca abajo y con los brazos extendidos hacia la cama, como si alguien le hubiera arrastrado hasta allí.

De repente, un ruido casi inaudible llegó hasta él; un doblez de ropa batiéndose en el aire. Raúl se giró en aquel momento con la velocidad de un agente entrenado.

Una sombra oscureció por un instante la pared al otro lado del pasillo antes de desvanecerse con rapidez. Había alguien en la cocina. Corrió hacia la puerta sujetando el cuchillo con fuerza. Luego cruzó la estancia a toda velocidad hasta llegar a la ventana abierta. El metal golpeó la madera cuando Raúl se apoyó en el marco con las dos manos. El ligero viento nocturno mecía las ramas de los árboles en el exterior, en lo que asemejaba una silenciosa danza. Se asomó y observó los alrededores. El que hubiera saltado desde esa ventana, situada en una primera planta, debía de ser alguien tan ágil como para no tener que rodar sobre el suelo antes de empezar a correr. Por rápido que fuera, parecía casi imposible que hubiera tenido tiempo para llegar a cualquiera de las esquinas y esconderse. Los márgenes del bosque aún quedaban más lejos. Raúl tuvo que hacerse a la idea de que no había nadie fuera de la masía, de que lo más probable era que la noche y las sombras reinantes le hubieran jugado una mala pasada.

Como la voz de su cabeza.

Recordó entonces a los Gotanegra, cerró la ventana y dejó el cuchillo sobre la mesa de madera para extraer el móvil del bolsillo del pantalón. Mientras hablaba con la operadora del SEM, se dirigió hasta la habitación de matrimonio y comprobó el estado de Joan. También estaba inconsciente, pero con el pulso muy débil. Y su piel estaba muy fría al tacto. Al igual que su esposa, no presentaba ningún signo de violencia, pero parecía evidente que alguien había arrastrado su cuerpo hasta allí, probablemente desde el comedor. Joan era un hombre corpulento; se necesitaba alguien fuerte para arrastrarlo toda esa distancia. La escasa luz de la estancia no revelaba muchos detalles pero, cuando acercó el móvil al rostro, se dio cuenta de que sus labios parecían los de alguien que ha atravesado el desierto.

Extrañado, pero sin saber qué más hacer, Raúl había registrado los armarios y todos los rincones de la vivienda. Para cuando llegó la ambulancia, podía asegurar con plena confianza que nadie permanecía escondido en la casa.

Luego, frente al mostrador del servicio de Urgencias, un Raúl todavía alterado e incómodo por el sudor frío que sentía sobre la piel intentaba explicarle a la enfermera lo sucedido.

—Sí, estaban los dos inconscientes, en el suelo.

—Aquí los tengo. Joan Gotanegra y Mercè García, su esposa. Con domicilio en La Garriga. ¿Y su nombre cuál es?

La enfermera apartó los ojos del monitor para dirigirse a Raúl. Sus miradas se cruzaron durante unos instantes. Había algo en el rostro de la chica que no pasaba desapercibido a un expolicía: marcas de una agresión ocultas por el maquillaje.

—Raúl Fuentes. Soy su inquilino. Vivo en la planta baja.

—Muy bien. A la derecha, al fondo del pasillo, tiene la sala de espera. Le avisaremos por los altavoces.

Raúl miró hacia el lugar que le había indicado la enfermera, para luego observar el exterior a través de la entrada. Fuera había un par de tipos fumando. Se palpó los bolsillos de la chaqueta y extrajo su paquete de Ducados. Antes de dirigirse hacia la puerta, se volvió a acercar al mostrador.

—Disculpa, ¿tienes fuego?

Observó la placa que la chica llevaba en el pecho. Se llamaba Susana Gómez.

—No, lo siento, no fumo. Y aquí dentro no se puede fumar.

Raúl pudo apreciar con más detalle la hinchazón que se escondía debajo del maquillaje, justo entre el pómulo derecho y la oreja de la chica. Algo que intentaba ocultar, además, dejándose el pelo suelto. Ella reaccionó en seguida, girando la cara.

—No te preocupes. Salgo a la calle.

Atravesó la puerta y volvió a mirar a la chica a través del cristal. Sus ojos reflejaban un temor que la consumía. Dudaba mucho que aquel moratón se lo hubiera hecho tropezándose en la cocina. Alguien la había golpeado, igual que él había golpeado a la puta rumana. «Los viejos recuerdos que se quieren olvidar siempre acuden con más rapidez que otros», pensó.

La luna iluminaba con un fantasmagórico haz blanco los bordes de las nubes en aquel cielo de septiembre. Oyó la carcajada lejana de una pareja que se marchaba del hospital. La risa de la mujer le recordó a la que había escuchado en la masía, pero esta última parecía pertenecer a alguien más joven y sonaba como más contenida. Raúl seguía convencido de haberla oído y, también, de haber visto una sombra que no tenía la rigidez de las ramas de los árboles. El sonido de la ropa ondeando tampoco pudo ser algo producto de su imaginación. Allí había habido alguien.

—Te estás volviendo tarumba, ¿verdad Raúl? —le preguntó la voz en su cabeza—. Ya empiezas a ver cosas extrañas y a oír voces. Estás como una cabra. —Al comentario le siguió una carcajada.

—Déjame en paz.

—Quizá hace demasiado tiempo desde el último trago. ¿Qué haces esperando aquí? Allá enfrente tienes un bar, y está abierto. Solo tienes que cruzar la calle.

Raúl lanzó el cigarrillo al suelo y lo apagó con la suela del zapato.

—Vete a la mierda.

Abrió la puerta de Urgencias de un tirón y pasó frente a otro hombre que lo miraba con extrañeza después de verle hablar solo. Sus ojos volvieron a cruzarse con los de Susana, la enfermera que le había atendido. Ella desvió un solo instante la mirada hacia alguien que estaba de pie junto al mostrador. Raúl se percató entonces de que se lo estaba señalando de alguna manera. Lo observó durante unos segundos y llegó a la conclusión de que aquel era el culpable.

La chica estaba pidiendo auxilio, pero a la vez le suplicaba discreción con su silencio. El individuo en cuestión miraba hacia la sala de espera mientras jugaba con una cerilla entre los dientes. Vestía un impecable traje de color crema, una camiseta y una cadena de oro. El cabello negro como el azabache, engominado y peinado hacia atrás, le terminaba de dar el aspecto de chulo latino más propio de una discoteca. El hombre se volvió y miró a Susana antes de dirigirse hacia la gran sala. Caminó con calma, altivo, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Cuando Raúl volvió la vista hacia la chica, esta ya no estaba en su sitio. La cortina que colgaba detrás del mostrador todavía se movía. Un momento después apareció otra enfermera y ocupó su lugar. ¿Habría terminado su turno? ¿Estaría tomándose un descanso? ¿O quizá había abandonado su sitio para ir a hacer un recado? Fuera por la razón que fuera, aquello olía a gato encerrado.


Jordi Armengol Carner
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Tema: "Gato"









La gran esfera brillante asomó entre las nubes que había sobre La Garriga y, justo en ese momento, la tranquilidad que se respiraba en las calles del centro del pueblo fue aniquilada por el retumbar de los potentes altavoces de un Volkswagen rojo mientras bordeaba la Plaza de la Iglesia. Raúl Fuentes lo siguió con la mirada hasta que desapareció más allá de la fachada del templo. Luego tiró de la persiana del local hasta dejarla a media altura.

Pasaban unos minutos de la hora del cierre oficial, que era mucho antes de la hora de cierre habitual. Cerró las puertas interiores mientras se giraba para contemplar al último cliente, que seguía sentado en la barra.

—Es hora de irse a casa.

El tipo no le respondió. Se limitó a tomar un nuevo trago de cerveza.

—Tal y como te lo digo, tío…

Raúl había escuchado la historia de la juventud del viejo Josep en la Legión Española, y de su época en Ceuta, al menos media docena de veces. Aquella noche estaba cansado y no tenía ánimos para volverla a oír. Al cruzar el pasillo recogió una chaqueta abandonada en una silla, una tejana de color azul grisáceo. Recordaba a la chica que la llevaba.

Decidió dejarla en el rincón de los objetos perdidos, el colgador que había en la cocina, justo al entrar a la derecha.

—…cuatro malditos moros. Cada uno con sus cuchillos desenfundados…

Raúl caminó hacia la cocina y aprovechó para observar la copa del viejo borracho. Había tomado un par de tragos desde que cerró la persiana, pero su vaso estaba más lleno.

—…y te aseguro que lo vi en sus ojos. Esa era, su maldita cara de muerte.

—Vete a casa, Josep.

—Tendrías que haber visto cómo les brillaba la mirada a la luz de la luna...

—Ya te has llenado la copa demasiadas veces. Vete a casa.

El viejo calló de repente, a media frase.

—Perdona ¿cómo has dicho?

—Que te vayas a casa. Es tarde.

—¿Me estás llamando ladrón?

—Mira, te has llenado el vaso varias veces cuando yo no miraba. Y estoy cansado. Vete a casa.

La mano del viejo se movió con rapidez. Aún conservaba algo de la pericia de los años en el ejército. Raúl no fue capaz de prever que Josep iba a sacar una navaja de su bolsillo y, para cuando se dio cuenta, la hoja estaba a pocos milímetros de su garganta.

—Este es el recuerdo que guardo de aquella noche. Se la quité a uno de los moros, y con ella le hice una bonita marca en la frente que van a recordar él y su familia durante toda la vida.

Al viejo le temblaba el pulso. Raúl pudo notar el metal acariciando los pelillos de la barba de tres días que le asomaban en el cuello. También sintió un sudor frío recorrerle la espalda.

Entonces llegaron los recuerdos del pasado reciente, imágenes que quería enterrar: su puño golpeando carne; el crujir de un hueso; una mujer pidiendo clemencia. Recordó aquella noche, a la vez demasiado cercana y lejana en el tiempo. Y recordó la rabia. La ira. El vacío del dolor, de la culpabilidad.

—Aleja ese cuchillo, Josep —la voz de Raúl sonó entrecortada, apenas audible—. Estás borracho y yo no he sido siempre camarero. No quiero hacerte daño.

Josep siguió sujetando el arma en silencio, mirándole a los ojos.

—Miquel está en el almacén. Puedes buscarte muchos problemas.

El viejo pareció reaccionar. Un instante después la expresión de su mirada se relajó, cambiando por completo. Apartó los ojos de los de Raúl, parpadeando, y se dio cuenta de que lo tenía arrinconado con el cuchillo en el cuello. Sin mediar palabra, guardó la hoja en su bolsillo y caminó hasta la puerta, donde se detuvo para mirarlo una última vez antes de abandonar el bar. Luego desapareció en la noche como si nunca hubiera estado allí.

Raúl permaneció inmóvil unos segundos. Después miró hacia la pared que había detrás la barra, hacia la estantería de las bebidas.

—Necesitas un trago —dijo una voz en su cabeza.

Con un gesto de la mano alejó aquellos pensamientos y pasó al otro lado del mostrador. Luego abrió el cuaderno de los pedidos e intentó concentrarse en la próxima lista de la compra para ocupar su mente.

—Puto viejo…

La puerta del almacén se abrió con un ligero chirrido de las bisagras. Raúl cerró el cuaderno y cabeceó hacia el fondo de la barra.

—¿Qué es lo que estás escribiendo? —preguntó Miquel.

—Nada, repasando la lista.

Sonrió mientras guardaba el cuaderno bajo la barra, antes de apagar las luces del fondo del local.

A sus cuarenta y dos años, Raúl Fuentes, gracias a su corpulencia natural y a su más de metro ochenta de estatura, seguía intimidando con su sola presencia, incluso contando con el sobrepeso que había ganado en los últimos meses. Sus adicciones al tabaco negro y al whisky no ayudaban, pero estaba intentando cambiar. Y por eso, después de algunos años sin ponerse los guantes de boxeo, desde hacía unas pocas semanas volvía a pisar el ring de uno de los gimnasios del pueblo.

Miquel se acercó a la barra y se limpió las manos con un trapo. Raúl cogió las llaves colgadas en la pared y se las lanzó a su amigo.

—Solo son las doce —señaló Miquel—. Hemos terminado temprano.

—Sí. Hoy me voy directo a la cama, que mañana tengo cosas que hacer.

—Claro que sí, aprovecha tu día libre. Te quiero descansado para el miércoles. Por cierto, que hace tiempo que no te pregunto, ¿cómo está Lucía?

—Creo que se ha echado un noviete —respondió Raúl, mientras Miquel se agachaba para atar el candado.

—Bueno, ya tiene edad, ¿no? —Miquel cabeceó hacia él, sonriendo.

—Sí, me parece que voy a tener que empezar a sacarle el polvo a la escopeta.

—Cómo eres… ¿Y qué dice Elena?

—No tengo ni la menor idea. Creo que todavía no lo sabe. Discuten mucho.

—¿Y qué pasa, que tu hija ahora te cuenta a ti las confidencias? ¿Me he perdido algo?

—No —respondió Raúl, mientras abría la pitón de su bicicleta atada a la farola de enfrente del bar—. Pasé por delante del instituto el otro día y la vi andando con un chaval.

—Bueno… Lucía es buena chica y no tiene ni un pelo de tonta. Seguro que es un buen partido —dijo Miquel con una sonrisa. Luego se acercó a Raúl y se dieron un apretón de manos a modo de despedida—. Nos vemos el miércoles.

—Venga, adéu —se despidió Raúl, montado ya en la bici. Descendió por las estrechas callejuelas del centro de La Garriga y, poco después, el macuto empezó a golpear levemente su cadera a causa de los baches, al adentrarse en la carretera algo más descuidada que bordeaba la población. Había sido un día bastante tranquilo a pesar del pequeño incidente con el exlegionario, tras una dura semana de trabajo, y estaba contento de haber podido salir un poco antes de lo habitual. Aquello se debía a que Miquel, el dueño del bar y su amigo desde hacía años, se había quedado a ayudarle durante las últimas horas, reponiendo y limpiando el almacén, tareas que solían hacer antes del martes de descanso. La luna llena le permitió observar, más allá de la calzada, el brillo blanquecino de las copas de los árboles.

Dejó atrás la carretera al desviarse por un camino sin asfaltar. Disfrutó de una suave y fresca brisa, pura, que le acarició el rostro mientras divisaba en la lejanía la masía de los Gotanegra. Cuando abandonó Barcelona dos años atrás, Miquel consiguió que la familia le permitiera quedarse a vivir en el sótano abandonado que había bajo su gran casa.

A cambio, Raúl había limpiado aquel agujero y lo había convertido en lo más parecido a un hogar. Incluso tuvo la oportunidad de dedicarse a restaurar la Triumph que yacía enterrada en el fondo; una reliquia de los ochenta que los Gotanegra habían conservado en bastante mal estado. La mecánica siempre había sido uno de sus pasatiempos favoritos, y tenía planeado dedicarse a ella toda la tarde del día siguiente. Había pensado bajar por la mañana a Barcelona para buscar algunos embellecedores que le faltaban y así terminar un trabajo del que se sentía muy orgulloso. No eran piezas imprescindibles, pero dejarían la moto más bonita aún…

Y, si todo iba bien, por la tarde podría resucitar aquella vieja máquina, que había salido de fábrica hacía casi treinta años, con todos sus complementos; un regalo perfecto para su hija Lucía. La niña compartía, para horror de la madre, la pasión de Raúl por las ruedas, y conducía ciclomotores desde mucho antes de la edad legal; ventajas de tener un padre madero. Una vez acabado el trabajo, la idea era pagar a los Gotanegra un precio razonable por la Triumph y entregársela a su hija en cuanto hubiese conseguido sacarse el carné correspondiente.

Estuvo a punto de sonreír; la labor de todos aquellos meses le había ayudado a evadirse de los motivos por los que decidió abandonar la capital. Pero, en contra de su voluntad, los recuerdos acudieron en ese momento a su mente. El reproche en los ojos de Elena pidiéndole el divorcio; su esposa jamás le perdonó lo sucedido. El comisario Pereira recogiendo su placa y su pistola. Las lágrimas en los ojos de su hija. Su beso. La última vez que cerró la puerta del piso de Gracia para no volver jamás. Y, sobre todo, la comisaría de los mossos del barrio de Les Corts, el día en que terminó todo. Raúl apretó los dientes con fuerza. Volvió a prometerse a sí mismo que lo olvidaría.

Pero… los gritos de la mujer. Podría haberla matado.

—¿Qué es lo que hiciste, Raúl? —preguntó la voz dentro de su cabeza—. No era más que una prostituta.

—La niña solo tenía catorce años. Vendía a su propia hija… la puta rumana y su novio.

Sintió cómo empezaba a temblarle el pulso e intentó detenerlo agarrando con fuerza el manillar de la bicicleta.

—Y te pareció motivo suficiente para mandarla a la UVI...

—¡Perdí el control, joder! ¡Perdí el control!

El freno de la bici chirrió. Maldijo entre dientes. La voz de su cabeza calló. Raúl guardó silencio durante unos segundos, escuchando su propia respiración entrecortada. Buscó en el bolsillo de su pantalón, extrajo un Ducados y se lo llevó a los labios. Al encender el cigarrillo dirigió la mirada hacia el piso de arriba del caserón, donde vivía la familia Gotanegra. Una tenue luz se percibía en el interior, a través del ventanal.

Se apeó de la bicicleta y se acercó con ella a la gran puerta de madera del sótano que ahora era su casa. Se detuvo al ver algo extraño. Avanzó hasta el portón. El pasador parecía girado del revés. Extrajo las llaves de su bandolera y las acercó a la cerradura, para darse cuenta de que el candado jamás estaría en esa posición después de asegurarlo. Entonces sintió un sudor frío en la espalda. Guardó las llaves en el macuto y volvió sobre sus pasos. Se detuvo unos segundos a escuchar. Oyó las hojas de los árboles mecidas por la suave brisa, el canto de los pájaros nocturnos escondidos en el bosque. Nada más.

Volvió los ojos hacia el ventanal. Los Gotanegra eran una pareja mayor, ambos jubilados. Mercè, la mujer de Joan, tenía algo de sordera y siempre ponía la tele muy alta. Recordó el murmullo del «plasma» que su hijo les regaló a principios de verano, presente cada noche al llegar a casa y aparcar la bicicleta. En ese momento no lo percibía. Se acercó a las escaleras y palpó la pared de piedra, apoyando su espalda en ella. Miró hacia arriba e intentó pisar en silencio sobre la hierba seca. Deseó que no estuviera pasando nada, que todo fuera una falsa alarma, pero la voz en su cabeza le alertaba una y otra vez del peligro. Su instinto de presa y a la vez de depredador.

Ascendió por las escaleras que llevaban a la entrada de la casa. Encontró abierta la puerta principal. La madera alrededor de la cerradura aparecía astillada, sin duda forzada. La empujó. Los goznes desengrasados crujieron. Su sombra se alargó hacia el interior de las paredes de piedra. El recibidor estaba vacío. Avanzó sigiloso. Llevó la mano instintivamente al lugar donde tiempo atrás había llevado la funda del arma reglamentaria para solo encontrar el vacío; ya no tenía pistola, por supuesto. Se encaminó hacía el comedor con los puños apretados. Su corazón golpeaba en el pecho, desbocado.

Se detuvo a escuchar frente a la puerta. Un fino halo de luz le iluminó la cara a través de la rendija al asomarse. Una zapatilla en el suelo, junto al pie descalzo de una mujer, una anciana. Era Mercè.

El puño derecho de Raúl se cerró con más fuerza. Luego abrió de un empujón. Lo que vio casi lo dejó sin aliento.

—¡Mierda! ***
Olga Masià

Veinte minutos después, las puertas de entrada a Urgencias se abrían con un golpe seco. Dos camillas las cruzaron a toda velocidad, empujadas por sus respectivos camilleros, mientras Raúl las seguía de cerca.

—Ahí tiene el mostrador. A partir de aquí es cosa nuestra.

Raúl asintió y se dirigió al lugar que le habían señalado.

—Buenas noches. Se trata de dos ancianos de La Garriga, el matrimonio Gotanegra.

—Vamos a necesitar sus datos —le respondió la enfermera—. ¿Ha traído usted las tarjetas sanitarias?

—No, pero creo que ya deberían tenerlos registrados.

—A ver, dígame los nombres.

Los dedos de la enfermera se movieron a toda velocidad por el teclado. Tras unos breves instantes de búsqueda, se dirigió de nuevo a él:

—¿Qué ha pasado?

—Los he encontrado a los dos así en su domicilio.

—¿Estaban ya inconscientes, dice?

Su mente voló en el tiempo unos minutos atrás, hasta el preciso momento en que había abierto la puerta del comedor de los Gotanegra. La estancia estaba en silencio, solo iluminada por una pequeña lámpara tirada en el suelo de piedra. Contuvo la respiración mientras hacía una fotografía mental de la escena, un procedimiento al que se había acostumbrado cuando servía en el cuerpo. Mercè aparecía tumbada en el suelo, inmóvil, en bata y zapatillas. Era pasada la medianoche y, con toda seguridad, se había dispuesto para irse a la cama. La lámpara, al otro lado de la sala, parecía haber caído desde su lugar en la estantería del comedor. No había ni rastro de su marido.

Raúl se había acercado al cuerpo de la anciana. Todavía tenía pulso. A primera vista no parecía presentar ningún signo de violencia. Un ruido lo alertó: parecía el marco de una ventana abierta al chocar contra una pared. Cruzó la sala hasta llegar al pasillo que comunicaba con las habitaciones.

En efecto, una de las ventanas de la cocina estaba abierta. Una pequeña ráfaga de aire hizo que golpeara la pared una vez más mientras cruzaba el umbral. Fue entonces cuando había llegado hasta sus oídos un nuevo sonido, como una pequeña risa contenida. A pesar del viento que soplaba desde el bosque, lo había podido oír con claridad. Estaba convencido de que provenía del interior de la casa.

Abrió un cajón y extrajo un cuchillo de cocina. Lo sostuvo en sus manos, inmóvil, paciente, mientras escuchaba en la oscuridad. Luego, moviéndose con cautela, había regresado al pasillo. La penumbra existente solo se veía rota por la luz de la luna que se filtraba desde el exterior. La hoja de metal brilló en aquel momento, reflejándose en su cara al cruzar el umbral de la puerta de la habitación de matrimonio. Maldijo una vez más.

Joan Gotanegra estaba en el suelo, boca abajo y con los brazos extendidos hacia la cama, como si alguien le hubiera arrastrado hasta allí.

De repente, un ruido casi inaudible llegó hasta él; un doblez de ropa batiéndose en el aire. Raúl se giró en aquel momento con la velocidad de un agente entrenado.

Una sombra oscureció por un instante la pared al otro lado del pasillo antes de desvanecerse con rapidez. Había alguien en la cocina. Corrió hacia la puerta sujetando el cuchillo con fuerza. Luego cruzó la estancia a toda velocidad hasta llegar a la ventana abierta. El metal golpeó la madera cuando Raúl se apoyó en el marco con las dos manos. El ligero viento nocturno mecía las ramas de los árboles en el exterior, en lo que asemejaba una silenciosa danza. Se asomó y observó los alrededores. El que hubiera saltado desde esa ventana, situada en una primera planta, debía de ser alguien tan ágil como para no tener que rodar sobre el suelo antes de empezar a correr. Por rápido que fuera, parecía casi imposible que hubiera tenido tiempo para llegar a cualquiera de las esquinas y esconderse. Los márgenes del bosque aún quedaban más lejos. Raúl tuvo que hacerse a la idea de que no había nadie fuera de la masía, de que lo más probable era que la noche y las sombras reinantes le hubieran jugado una mala pasada.

Como la voz de su cabeza.

Recordó entonces a los Gotanegra, cerró la ventana y dejó el cuchillo sobre la mesa de madera para extraer el móvil del bolsillo del pantalón. Mientras hablaba con la operadora del SEM, se dirigió hasta la habitación de matrimonio y comprobó el estado de Joan. También estaba inconsciente, pero con el pulso muy débil. Y su piel estaba muy fría al tacto. Al igual que su esposa, no presentaba ningún signo de violencia, pero parecía evidente que alguien había arrastrado su cuerpo hasta allí, probablemente desde el comedor. Joan era un hombre corpulento; se necesitaba alguien fuerte para arrastrarlo toda esa distancia. La escasa luz de la estancia no revelaba muchos detalles pero, cuando acercó el móvil al rostro, se dio cuenta de que sus labios parecían los de alguien que ha atravesado el desierto.

Extrañado, pero sin saber qué más hacer, Raúl había registrado los armarios y todos los rincones de la vivienda. Para cuando llegó la ambulancia, podía asegurar con plena confianza que nadie permanecía escondido en la casa.

Luego, frente al mostrador del servicio de Urgencias, un Raúl todavía alterado e incómodo por el sudor frío que sentía sobre la piel intentaba explicarle a la enfermera lo sucedido.

—Sí, estaban los dos inconscientes, en el suelo.

—Aquí los tengo. Joan Gotanegra y Mercè García, su esposa. Con domicilio en La Garriga. ¿Y su nombre cuál es?

La enfermera apartó los ojos del monitor para dirigirse a Raúl. Sus miradas se cruzaron durante unos instantes. Había algo en el rostro de la chica que no pasaba desapercibido a un expolicía: marcas de una agresión ocultas por el maquillaje.

—Raúl Fuentes. Soy su inquilino. Vivo en la planta baja.

—Muy bien. A la derecha, al fondo del pasillo, tiene la sala de espera. Le avisaremos por los altavoces.

Raúl miró hacia el lugar que le había indicado la enfermera, para luego observar el exterior a través de la entrada. Fuera había un par de tipos fumando. Se palpó los bolsillos de la chaqueta y extrajo su paquete de Ducados. Antes de dirigirse hacia la puerta, se volvió a acercar al mostrador.

—Disculpa, ¿tienes fuego?

Observó la placa que la chica llevaba en el pecho. Se llamaba Susana Gómez.

—No, lo siento, no fumo. Y aquí dentro no se puede fumar.

Raúl pudo apreciar con más detalle la hinchazón que se escondía debajo del maquillaje, justo entre el pómulo derecho y la oreja de la chica. Algo que intentaba ocultar, además, dejándose el pelo suelto. Ella reaccionó en seguida, girando la cara.

—No te preocupes. Salgo a la calle.

Atravesó la puerta y volvió a mirar a la chica a través del cristal. Sus ojos reflejaban un temor que la consumía. Dudaba mucho que aquel moratón se lo hubiera hecho tropezándose en la cocina. Alguien la había golpeado, igual que él había golpeado a la puta rumana. «Los viejos recuerdos que se quieren olvidar siempre acuden con más rapidez que otros», pensó.

La luna iluminaba con un fantasmagórico haz blanco los bordes de las nubes en aquel cielo de septiembre. Oyó la carcajada lejana de una pareja que se marchaba del hospital. La risa de la mujer le recordó a la que había escuchado en la masía, pero esta última parecía pertenecer a alguien más joven y sonaba como más contenida. Raúl seguía convencido de haberla oído y, también, de haber visto una sombra que no tenía la rigidez de las ramas de los árboles. El sonido de la ropa ondeando tampoco pudo ser algo producto de su imaginación. Allí había habido alguien.

—Te estás volviendo tarumba, ¿verdad Raúl? —le preguntó la voz en su cabeza—. Ya empiezas a ver cosas extrañas y a oír voces. Estás como una cabra. —Al comentario le siguió una carcajada.

—Déjame en paz.

—Quizá hace demasiado tiempo desde el último trago. ¿Qué haces esperando aquí? Allá enfrente tienes un bar, y está abierto. Solo tienes que cruzar la calle.

Raúl lanzó el cigarrillo al suelo y lo apagó con la suela del zapato.

—Vete a la mierda.

Abrió la puerta de Urgencias de un tirón y pasó frente a otro hombre que lo miraba con extrañeza después de verle hablar solo. Sus ojos volvieron a cruzarse con los de Susana, la enfermera que le había atendido. Ella desvió un solo instante la mirada hacia alguien que estaba de pie junto al mostrador. Raúl se percató entonces de que se lo estaba señalando de alguna manera. Lo observó durante unos segundos y llegó a la conclusión de que aquel era el culpable.

La chica estaba pidiendo auxilio, pero a la vez le suplicaba discreción con su silencio. El individuo en cuestión miraba hacia la sala de espera mientras jugaba con una cerilla entre los dientes. Vestía un impecable traje de color crema, una camiseta y una cadena de oro. El cabello negro como el azabache, engominado y peinado hacia atrás, le terminaba de dar el aspecto de chulo latino más propio de una discoteca. El hombre se volvió y miró a Susana antes de dirigirse hacia la gran sala. Caminó con calma, altivo, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Cuando Raúl volvió la vista hacia la chica, esta ya no estaba en su sitio. La cortina que colgaba detrás del mostrador todavía se movía. Un momento después apareció otra enfermera y ocupó su lugar. ¿Habría terminado su turno? ¿Estaría tomándose un descanso? ¿O quizá había abandonado su sitio para ir a hacer un recado? Fuera por la razón que fuera, aquello olía a gato encerrado.


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