SEBASTIÁN ALENDA JR. / ÁLEX COBAGO

Daniel Eduardo Mendoza
Escucha la banda sonora mientras lees ->


Tema: "Sebastián. El hambre"





Las veces que su padre lo liberaba de trabajo, él solía dedicarse a sí mismo; buscaba por Internet, ávido de contenidos pornográficos, y se masturbaba. Era un alivio de idiotas, lo sabía, pero a él le consolaba o, por lo menos, eso suponía. Se justificaba con que no le quedaba otro remedio. Era virgen a sus diecinueve años y albergaba dudas de que fuera a dejar de serlo en algún momento.

«Ninguna chica me querrá. No con este aspecto. No siendo un monstruo.»

Siendo pequeño, al parecer, una bacteria altamente agresiva había infectado su boca, devorándolo todo a su paso. Los antibióticos tardaron mucho en hacer efecto y hubo incluso que sustituir su mandíbula por una de acero quirúrgico, inasequible a futuros brotes infecciosos. El tejido que quedaba para trabajar no dio posibilidad a una reconstrucción satisfactoria y su rostro, desde que tenía uso de razón, siempre había sido un desastre de cicatrices que convergían hacia los destrozados labios.

Pese a que era consciente de su lamentable situación física, no solía dejarse llevar por la pena. La costumbre de ver su rostro desfigurado en el espejo ya no le inquietaba. No le afectaba tanto. Por eso quizá, poco a poco, estaba abandonando sus prácticas onanistas; y también por la insistencia de uno de sus profesores, que le movió a labores distintas.

—Con lo inmensa que es la biblioteca de don Sebastián, dudo que hayas leído todos los libros, como aseguras tantas veces. No me lo creo —le dijo.

Aquella frase lo hirió. La autoestima frágil de Sebastián se quebró y comenzó a pensar en que aquel educador dudaba de su nivel cultural. En el fondo era uno más de esos asalariados burócratas de la enseñanza que su padre, de forma regular, contrataba para instruirlo. No duró mucho en la mansión, como todos los demás. Al viejo no le gustaban las visitas prolongadas, así que se deshacía rápido de ellos. No obstante, las palabras aún seguían latentes en la memoria del chico.

Se propuso releer cualquiera de los libros que poblaban los estantes de la biblioteca de su padre. Lo haría hasta desfallecer. No descansaría hasta poder recordar literalmente cada pasaje. Un deseo elogiable que, por supuesto, no cumplió.

La desesperación lo venció tras varias horas de títulos y sinopsis. No encontraba nada que llamara su atención. Nada entre cientos de volúmenes. Nada entre colores, lomos desgastados y páginas amarillentas. Todo releído, viejo, sin interés.

Las únicas palabras encuadernadas a las que no había tenido acceso en aquella casa se encontraban en una vitrina. Su padre le había advertido que no debía tocar ese cuaderno y la palabra de Sebastián Alenda era ley; no necesitaba cerrojos para impedir nada a su hijo. Al menos al niño que había sido su hijo hasta hacía pocos años; el Alenda Junior adolescente que buscaba con desesperación un soporte para su autoestima, sin embargo, sentía impulsos de rebeldía y confirmación. También sentía dudas. ¿Qué se esperaba él, obedecer para siempre o, en algún momento, superar a su progenitor como habían hecho tantos protagonistas en todos aquellos libros que había leído?

¿Cuál debía ser su historia, la de Ícaro, quemado por el sol al desobedecer a Dédalo, o la de Alejandro Magno, que adquirió todos los conocimientos de su padre Filipo II como líder militar, y lo superó diez veces como estratega?

La vitrina no le iba a dar la respuesta. Dentro estaba el cuaderno. Era el mismo modelo que usaban para la contabilidad de los negocios; de ese tipo de diarios tenían docenas, escritos o aún vírgenes, en uno de los despachos.

Lo cogió y corrió a su habitación mientras fantaseaba sobre su contenido.

La elegante caligrafía de su padre, don Sebastián Alenda, no sorprendió a su vástago, que intuyó en la seguridad y profundidad de los trazos de cada línea de texto la juventud de su ya anciano padre. En ese momento le sería imposible escribir así ya que, de vez en cuando, sufría de algún que otro temblor en manos y muñecas.

En ese instante, el chico permitió que su imaginación volara intentando dar forma a una imagen de su padre menos viejo, quizá más atlético, sin arrugas ni bolsas bajo los ojos. Lo intentó sin descanso pero tampoco lo logró. Para él, el viejo había sido siempre un ser humano imberbe y con mandíbula fuerte, marcada contra la piel fina. Un anciano que se movía con lentitud ayudándose de un bastón con esfera dorada. Poseía unos ojos, pequeños y amarillos, que si hubieran mirado en algún momento a los del mismísimo diablo, le habrían hecho enmudecer. No lograba darle forma de otro modo que no fuera ese. Su predecesor no tenía un antes, no lo podía intuir más joven y, sin embargo, su letra se derramaba con la misma floritura bohemia de siempre en cada página de aquel desvencijado cuaderno.

Lo primero que pensó es que parecía una especie de diario inconstante que el viejo, en algún momento del pasado, había llenado de preocupaciones. De hecho, comenzaba con una de ellas, que despertó temores y dudas en el chico mientras caminaba por cada palabra…

«El tiempo va pasando y mi vida no parece detenerse. Nunca he enfermado, ni siquiera en aquellos años en los que sobreviví aislado bajo los escombros del refugio que se desplomó sobre mí y sobre mi madre. Aparentemente esta inmunidad a constipados, gripes, virus e infecciones no me hace eterno, ya que he crecido y madurado.

Esto provoca que me replantee el camino a seguir a partir de este momento. He conseguido una fortuna considerable y necesito un heredero, eso es evidente. Un legatario de mi dinero y poder para perpetuar la posición que me he ganado durante todos estos años. Alguien con mi sentido de la justicia, fuera de la ética adulterada del resto de los humanos que dedican sus días a justificar sus actos frente a sus leyes de cartón.

Buscaré un sucesor adecuado.»

Así rezaba la primera página, que provocó sudores en el chico y le impidió seguir leyendo, y eso a pesar de que prácticamente todo el contenido le resultaba familiar. Sebastián Alenda había dedicado muchos años a su instrucción, explicándole cada uno de los pormenores que necesitaba conocer para llevar el negocio. El anciano le había descrito minuciosamente, como si estuviera en un taller, cada uno de los defectos mecánicos de los engranajes del aparato jurídico. Pasó años justificándole la posición necesaria que tenían, al margen de cualquier ley de la corrupta sociedad española. Incluso había logrado que su hijo entendiera y compartiera cada una de sus aseveraciones, cada tesis.

Sin embargo, de aquella primera página, había varias frases que todavía lo mantenían cautivo. Sin habla, perplejo. Aquellas que citaban la búsqueda de un posible heredero lo habían perturbado. Lo asustaban.

«¿Buscar a un legatario? ¿Dónde? ¿Cómo?»

Mientras las preguntas se atropellaban dentro de su cabeza, el joven Sebastián hizo lo único que podía hacer: cerrar el cuaderno, como si condenando de nuevo al olvido aquel pedazo del pasado todo se fuera a borrar… Era tal el miedo que le producía llegar a intuir las respuestas a cada una de las cuestiones que se le antojaban que no le quedó más remedio que devolver el diario a su vitrina.

Las semanas habían corrido desde aquel momento y el cuaderno, «el puto cuaderno», seguía en el mismo lugar. Las dudas sobre si abrirlo de nuevo o no acosaban al chico. Mientras tanto, la caligrafía de su anciano padre continuaba al acecho. Le tentaba y, a la vez, lo reprendía por su curiosidad adolescente.

«¿Acaso merece papá que espíe sus intimidades después de lo que hace por mí cada día? ¿Y si averiguo alguna verdad dolorosa? ¿Y si mi madre me abandonó por lo asquerosa que es mi cara? ¿Soportaré saberlo?»

Los días pasados habían disuelto el miedo por la herencia del viejo Alenda y, en ese momento, su madre llenaba cada una de las fantasías sobre el contenido de aquel bloc de notas, como casi siempre.
Mamen Iglesias

Crecer sin madre era algo duro, pero para alguien con la autoestima tan frágil como la del joven Sebastián lo había sido todavía más. El chico había preguntado a su padre en infinidad de ocasiones, pero él siempre había cambiado de tema o le había reprochado con una mirada de esas que no tiene posibilidad de réplica. Aquel cuaderno era una puerta abierta al pasado y un camino para encontrar a su predecesora, sin embargo Sebastián decidió darle otra oportunidad a su anciano padre.

La cena sería un buen momento para conseguir información de su madre.

«Se lo preguntaré mientras degustamos el mejor manjar regado con un buen vino. Yo mismo me encargaré de cocinarlo como a él le gusta, sin perder ni uno de los jugos de la carne en su guiso, dejándola crujiente por fuera y al punto en su interior. No podrá resistirse a contarme la verdad con un soborno tan adecuado. Así no necesitaré cotillear el cuaderno y será como si nunca lo hubiera sacado de su sitio…»

***

El guiso quedó perfecto pero, para frustración del chico, no funcionó. Por supuesto que su padre se puso de buen humor ante la cena perfecta, pero todo se truncó al meter a su madre en la conversación.

La sonrisa, si es que don Sebastián Alenda había llegado a sonreír en algún momento, desapareció de la cara afilada del viejo. Los cumplidos hacia la destreza culinaria de su hijo se convirtieron de repente en un incómodo silencio.

El anciano continuó masticando con todo el ansia que su hambre le producía. Así demostraba su desdén hacia su hijo, aunque, a decir verdad, observarlo comer era un auténtico espectáculo. Poca gente había visto a don Sebastián engullir así y continuaba vivo. Desencajaba la mandíbula a voluntad para imprimir a cada dentellada una fuerza sobrehumana consiguiendo incluso fracturar huesos de un solo bocado.

A su hijo apenas si le sorprendía ya aquella demostración de habilidades extraordinarias. Había visto a su padre hacer cosas increíbles. Muchas de ellas cuando era esclavo de su sino, de su insaciable apetito. Quizá por eso le había pasado desapercibida aquella anotación en el cuaderno en la que aseguraba no enfermar nunca. Lo cierto era que él no le había conocido dolencia o indisposición alguna, aunque tampoco le había dado importancia. Sin embargo, como en el caso de tantos y tantos críos, por más que aquel adolescente hubiera visto a su anciano padre como algo inmortal, moriría, como todos.

«Don Sebastián Alenda Cobarro, por mucho que te esfuerces, acabarás comiendo barro». La rima que se le acababa de ocurrir le hizo soltar una risotada.

—¿Se puede saber de qué te ríes?

—De nada importante, papá —mintió mientras intentaba tragar el último bocado y le mostraba un trozo de carne trinchada en su tenedor—. Tan solo recordaba al tipo al que le pertenecía todo esto…

—No se presiona a los Alenda, hijo. Eso es algo que se debe aprender pronto en este negocio —dijo sin parar de masticar y sin perder ojo a la tibia que limpiaba a mordiscos—. Tenemos un nombre y una posición que mantener. Si alguien osa amenazarnos debe pagar de inmediato. Si no lo hace, otros vendrán con la misma cantinela.

—Lo sé, padre. Me has enseñado bien —atajó el chico y añadió esa frase que tanto le repetía—. Que el hambre se pueda leer en tu mirada.

El viejo entonces regresó a lo suyo mientras su hijo rememoraba el episodio vivido hacía unos días.

Como en tantas otras ocasiones, cuando sonó el timbre, el joven Sebastián fue a abrir. Todo el que llegaba a las puertas de la mansión Alenda le tomaba por alguna suerte de mayordomo deforme, papel que él interpretaba con soltura, obedeciendo al viejo sin ofrecer réplica.

—Nadie debe saber que eres mi hijo, o los que me quieren ver muerto irán a por ti —le había dicho muchas veces.

El chico entonces se mostraba aún más dócil para continuar en su rol de sirviente. Abría puertas, mostraba caminos y atendía todo tipo de llamadas y encargos. Su padre no solo se lo permitía sino que, además, lo animaba a continuar para que estableciera lazos y contactos con las fuentes.

—No es más poderoso quien más tiene, sino quien más conoce —le había repetido una y otra vez.

El chico creía en esas palabras. No en vano su padre era quien era gracias a su gigantesca red de confidentes y chivatos.

La enorme visita llegó envuelta en aires de soberbia y con la mirada cargada de una vanidad tan inútil como absurda. Atravesó el marco de la puerta como un maremoto irrumpe en una localidad costera. No dejó florero, mueble u objeto en general que quedara en pie tras su paso furioso. El joven Sebastián siguió su camino desde la entrada, mientras imaginaba al viejo ya en el refugio de la urna de cristal blindado, lo que le hizo reír.

«No pasará demasiado tiempo hasta que el pobre iluso decore con su gigantesco cuerpo la alfombra india del salón.»

Con la sonrisa todavía prendida a sus labios remendados pudo escuchar el estruendo del puño de aquel tipo golpeando la mampara. En ese mismo instante llegó a la sala de grabación.

Desde el sistema cerrado de vídeo podía contemplar cada rincón de aquel hogar hasta los más nimios detalles. Cuando Sebastián alcanzó su silla buscó la pantalla en la que mejor distinguiera a la visita. Un primer plano de la cara embrutecida y musculosa vibraba a su derecha. Al mastodonte no parecía gustarle lo que le decía el viejo.

—Devuélveme la pasta que te di y no te mataré —dijo la visita.

—Cuando viniste en busca de información, ya me pareciste idiota —replicó Alenda mientras clavaba su mirada en las pupilas de aquel ser humano colosal—. Aunque nunca creí que tu estupidez llegara tan lejos.

El invitado reculó. Dio un paso atrás mientras apartaba la mirada de aquel anciano que le observaba desde su silla al otro lado del cristal. La incertidumbre que precede a la elección equivocada se leía ahora en los matices de su gesto.

—¡Estás jugando con fuego, viejo! —gritó el hombre al tiempo que golpeaba el cristal de nuevo, con ambas manos en esta ocasión. La urna aguantó la embestida sin moverse un ápice mientras que Alenda se levantaba para responder.

—Yo nunca juego.

El chico ya había visto decenas de veces la escena que sucedería a continuación: el gas salía por las espitas ocultas de la habitación en la que estaba la urna. El viejo se colocaba la máscara antigás. El gas hacía su trabajo y, antes de que pudiera sufrir un ataque, el invitado ya habría perdido el conocimiento. Sebastián Alenda salía entonces de la urna y también hacía su trabajo.

El anciano consideraba aquel sistema el seguro de vida de la familia Alenda, y no había mes que no sometiera a la prueba del sillón a su hijo, un examen profundo de cada botón o palanca que debía conocer y manejar con discreción durante las conversaciones que mantuviera…

Tras aquello solo quedó guardar el cadáver para su uso posterior. Sus piernas habían sido el plato principal de la cena, que esperaba en el plato a que el joven saliera de sus ensoñaciones, pero fue otro sonido que conocía el que quebró sus recuerdos y lo devolvió a la realidad. El portero automático zumbaba con insistencia mientras el viejo miraba interrogante desde el otro extremo de la mesa.

—Ve a recibir a quien sea. Yo guardaré esto. Si ves que puede ser peligroso activa la urna.

A través de la cámara de seguridad, Sebastián pudo ver a un tipo alto que vestía un traje entallado y que esperaba al otro lado de la verja. Tenía rasgos atractivos, con las líneas de la mandíbula y pómulos bien definidas. Sus ojos eran grandes y oscuros. Miraban de un lado a otro, inquietos, hasta que la voz del chico sonó a través del portero automático.

—¿Quién es?

—Disculpe. Me gustaría hablar con don Sebastián Alenda —dijo acercándose al micrófono—. ¿Podría recibirme?

—Dígame de qué asunto se trata y se lo comunicaré al señor.

—Le traigo información que será de su interés.

Sebastián cortó la conversación. Aquel hombre no era uno de los informadores de su padre, aunque nunca estaba de más ampliar la red. Quizá por eso le abrió la puerta y lo guio luego hasta el salón mientras interpretaba, como siempre, su papel de sirviente con una bandeja de plata en una mano, bajo la que escondía un cúter para proteger al viejo si era necesario.

—¿Señor Alenda?

—El mismo —respondió el viejo.

—Me llamo Julián Salmerón y vengo a ofrecerle algo que no podrá rechazar, señor. Su casa está en una ubicación privilegiada y le interesa a una promotora inmobiliaria de gran capacidad económica. Queremos comprársela.

—Lo lamento, pero no está en venta.

—Lo estará, señor Alenda, aunque no lo esté ahora. Estamos dispuestos a pagarle más de dos millones de euros por su propiedad —insistió el hombre, que sonreía creyéndose ganador en aquella negociación inesperada.

El viejo, sin embargo, se levantó y comenzó a alejarse de él.

—Márchese, no quiero seguir hablando con usted. La casa no está en venta a ningún precio.

—No le aconsejo que rechace nuestra oferta, señor Alenda. Mi empresa sabe ser muy persuasiva —dijo, altivo, el comercial.

—Espero que no me esté amenazando, porque no suelo llevar muy bien esas cosas.

—Nosotros no amenazamos, señor. Ofrecemos oportunidades y, si nos rechazan, actuamos en consecuencia.

—Lárguese de aquí antes de que le arranque la lengua, señor Salmón, o como se llame. El servicio le acompañará hasta la puerta. No vuelva nunca.

Sebastián acompañó al tipo de la inmobiliaria a la salida sin ofrecerle siquiera una mirada. En el fondo había tenido suerte, aunque él no lo supiera.

—¿No cree posible que ceda el señor Alenda? —le preguntó.

—Lo dudo. No necesita su dinero.

—Quizá no hablemos solo de eso.

—Es posible, pero el señor no le permitirá que hable de nada más. Nunca volverá a recibirlo —le advirtió el chico mientras continuaba mirando hacia el recibidor, al fondo del pasillo.

—No hará falta —respondió el otro y, mientras le mostraba un sobre blanco, continuó—: ¿Sería tan amable de darle esta carta para que pueda estudiar en detalle nuestra oferta?

—La tirará sin abrirla.

—¿Se la dará de todos modos?

—Se la daré si insiste —mintió.

—¡Perfecto! Aquí tiene entonces —ofreció dos sobres—. El primero es para el señor Alenda; el de debajo es para usted —agregó mientras cruzaba el umbral del edificio y ponía rumbo a la salida de la finca.

Sebastián no esperaba aquello. Lo dejó confundido, sin posibilidad de reacción. El comercial, por su parte, aceleró el paso para cruzar el jardín antes de que el sirviente pudiera preguntarle nada. El chico se recuperaba del giro de la conversación cuando comenzó a sonar el interfono, al que no hizo el menor caso.

«Cualquiera aguanta el humor de perros que tendrá papá después de recibir a este imbécil.»

El chico esperó a que terminara de sonar el aparato mientras dejaba la bandeja sobre la mesa de la entrada. En la otra mano todavía sostenía los dos sobres. Comenzó a emprender el paso hacia su habitación cuando el interfono volvió a trinar. «Mierda.»

—¿Se puede saber por qué has dejado pasar a ese carroñero? — habló su padre al otro lado de la línea.

—Perdóname, padre. Dijo que tenía información para Sebastián Alenda, pero no pensé que fuera de ese tipo.

—Entonces seguro que viste que encajaba en el perfil de nuestros confidentes —lo recriminó con ironía, permitiendo que su ira se derramara sobre cada palabra.

—Lo lamento de veras, papá. Debí hacerle un interrogatorio de primer grado para decidir si era digno de ser recibido en tu salón.

—A lo mejor no estás a la altura de este negocio.

—¡Si me permitieras salir de esta puta cárcel podría decidir qué negocio prefiero!

La furia invadió a Sebastián y colgó sin pensar en las consecuencias. Estaba cansado de reflejarse tan solo en el espejo que su padre le ofreciera. «Estoy atrapado en este puto lugar.»

Corrió a su habitación y entró. Echó el cerrojo y se tumbó en la cama. Sintió la tentación de masturbarse y dejar la mente en blanco, como los sobres que portaba. Ganó la batalla contra el deseo pero, sin embargo, perdió otra. La curiosidad lo venció, como casi siempre. Miró los sobres al trasluz intentando adivinar su contenido.

No consiguió ver nada. Dudó. Titubeó, pero al final cedió ante la intriga y decidió comprobarlos. Mientras abría el que iba dirigido a su padre y al ser de nuevo un espía entre sus cosas, recordó el cuaderno, que continuaba en la vitrina. No sabía si tendría valor para volver a hojearlo, así que se centró en la carta del comercial de la inmobiliaria y comenzó a leer.

«Estimado señor Alenda,

Si ha recibido usted esta carta es porque ha decidido rechazar la oferta que le ha ofrecido nuestra promotora inmobiliaria. Quizá usted desconozca el valor del suelo en el que reside y, por eso, ha desestimado nuestra, más que generosa, propuesta económica. No obstante, si así lo deseara, le podríamos hacer un estudio objetivo de valor para que comprendiera la oportunidad que le hemos presentado.

Disculpe que le insistamos en este tema, pero somos una empresa ambiciosa a la que no le gusta recibir negativas. Cuando no se quiere contar con nuestra profesionalidad buscamos nuevos caminos para conseguir hacernos entender. Esperamos, de hecho, que estas breves líneas le ayuden a comprendernos y acepte nuestra asesoría inmobiliaria; así nos evitaremos el mal trago que nos supondría tener que acudir a la comisaría más cercana a ofrecer nuestro testimonio jurado de los últimos hechos que hemos presenciado a las puertas de su hogar. No nos gustaría vernos en la obligación de informar a la policía de que ese enorme miembro del Cuerpo que ha desaparecido recientemente, entró en su domicilio hace un par de semanas.

Somos una empresa honrada que solo pretende la satisfacción de sus clientes, por eso le evitaríamos este aprieto innecesario frente a la fuerzas de seguridad del estado, si accede a negociar el precio de su casa. Sin duda solo la casualidad llevó a aquel policía de paisano a la puerta de su propiedad la noche en la que no se supo más de él, con lo cual sería mejor olvidarlo.

Esperamos reconsidere nuestra oferta. Nos encantaría poder contar con su amistad lo que, sin duda, nos proporcionará amplios beneficios a todos.

Sin más, se despide atentamente Julián P. Salmerón.»

—¿Será hijo de puta? —dijo el chico en voz alta tirando al suelo el otro sobre.

Daniel Eduardo Mendoza
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Tema: "Sebastián. El hambre"





Las veces que su padre lo liberaba de trabajo, él solía dedicarse a sí mismo; buscaba por Internet, ávido de contenidos pornográficos, y se masturbaba. Era un alivio de idiotas, lo sabía, pero a él le consolaba o, por lo menos, eso suponía. Se justificaba con que no le quedaba otro remedio. Era virgen a sus diecinueve años y albergaba dudas de que fuera a dejar de serlo en algún momento.

«Ninguna chica me querrá. No con este aspecto. No siendo un monstruo.»

Siendo pequeño, al parecer, una bacteria altamente agresiva había infectado su boca, devorándolo todo a su paso. Los antibióticos tardaron mucho en hacer efecto y hubo incluso que sustituir su mandíbula por una de acero quirúrgico, inasequible a futuros brotes infecciosos. El tejido que quedaba para trabajar no dio posibilidad a una reconstrucción satisfactoria y su rostro, desde que tenía uso de razón, siempre había sido un desastre de cicatrices que convergían hacia los destrozados labios.

Pese a que era consciente de su lamentable situación física, no solía dejarse llevar por la pena. La costumbre de ver su rostro desfigurado en el espejo ya no le inquietaba. No le afectaba tanto. Por eso quizá, poco a poco, estaba abandonando sus prácticas onanistas; y también por la insistencia de uno de sus profesores, que le movió a labores distintas.

—Con lo inmensa que es la biblioteca de don Sebastián, dudo que hayas leído todos los libros, como aseguras tantas veces. No me lo creo —le dijo.

Aquella frase lo hirió. La autoestima frágil de Sebastián se quebró y comenzó a pensar en que aquel educador dudaba de su nivel cultural. En el fondo era uno más de esos asalariados burócratas de la enseñanza que su padre, de forma regular, contrataba para instruirlo. No duró mucho en la mansión, como todos los demás. Al viejo no le gustaban las visitas prolongadas, así que se deshacía rápido de ellos. No obstante, las palabras aún seguían latentes en la memoria del chico.

Se propuso releer cualquiera de los libros que poblaban los estantes de la biblioteca de su padre. Lo haría hasta desfallecer. No descansaría hasta poder recordar literalmente cada pasaje. Un deseo elogiable que, por supuesto, no cumplió.

La desesperación lo venció tras varias horas de títulos y sinopsis. No encontraba nada que llamara su atención. Nada entre cientos de volúmenes. Nada entre colores, lomos desgastados y páginas amarillentas. Todo releído, viejo, sin interés.

Las únicas palabras encuadernadas a las que no había tenido acceso en aquella casa se encontraban en una vitrina. Su padre le había advertido que no debía tocar ese cuaderno y la palabra de Sebastián Alenda era ley; no necesitaba cerrojos para impedir nada a su hijo. Al menos al niño que había sido su hijo hasta hacía pocos años; el Alenda Junior adolescente que buscaba con desesperación un soporte para su autoestima, sin embargo, sentía impulsos de rebeldía y confirmación. También sentía dudas. ¿Qué se esperaba él, obedecer para siempre o, en algún momento, superar a su progenitor como habían hecho tantos protagonistas en todos aquellos libros que había leído?

¿Cuál debía ser su historia, la de Ícaro, quemado por el sol al desobedecer a Dédalo, o la de Alejandro Magno, que adquirió todos los conocimientos de su padre Filipo II como líder militar, y lo superó diez veces como estratega?

La vitrina no le iba a dar la respuesta. Dentro estaba el cuaderno. Era el mismo modelo que usaban para la contabilidad de los negocios; de ese tipo de diarios tenían docenas, escritos o aún vírgenes, en uno de los despachos.

Lo cogió y corrió a su habitación mientras fantaseaba sobre su contenido.

La elegante caligrafía de su padre, don Sebastián Alenda, no sorprendió a su vástago, que intuyó en la seguridad y profundidad de los trazos de cada línea de texto la juventud de su ya anciano padre. En ese momento le sería imposible escribir así ya que, de vez en cuando, sufría de algún que otro temblor en manos y muñecas.

En ese instante, el chico permitió que su imaginación volara intentando dar forma a una imagen de su padre menos viejo, quizá más atlético, sin arrugas ni bolsas bajo los ojos. Lo intentó sin descanso pero tampoco lo logró. Para él, el viejo había sido siempre un ser humano imberbe y con mandíbula fuerte, marcada contra la piel fina. Un anciano que se movía con lentitud ayudándose de un bastón con esfera dorada. Poseía unos ojos, pequeños y amarillos, que si hubieran mirado en algún momento a los del mismísimo diablo, le habrían hecho enmudecer. No lograba darle forma de otro modo que no fuera ese. Su predecesor no tenía un antes, no lo podía intuir más joven y, sin embargo, su letra se derramaba con la misma floritura bohemia de siempre en cada página de aquel desvencijado cuaderno.

Lo primero que pensó es que parecía una especie de diario inconstante que el viejo, en algún momento del pasado, había llenado de preocupaciones. De hecho, comenzaba con una de ellas, que despertó temores y dudas en el chico mientras caminaba por cada palabra…

«El tiempo va pasando y mi vida no parece detenerse. Nunca he enfermado, ni siquiera en aquellos años en los que sobreviví aislado bajo los escombros del refugio que se desplomó sobre mí y sobre mi madre. Aparentemente esta inmunidad a constipados, gripes, virus e infecciones no me hace eterno, ya que he crecido y madurado.

Esto provoca que me replantee el camino a seguir a partir de este momento. He conseguido una fortuna considerable y necesito un heredero, eso es evidente. Un legatario de mi dinero y poder para perpetuar la posición que me he ganado durante todos estos años. Alguien con mi sentido de la justicia, fuera de la ética adulterada del resto de los humanos que dedican sus días a justificar sus actos frente a sus leyes de cartón.

Buscaré un sucesor adecuado.»

Así rezaba la primera página, que provocó sudores en el chico y le impidió seguir leyendo, y eso a pesar de que prácticamente todo el contenido le resultaba familiar. Sebastián Alenda había dedicado muchos años a su instrucción, explicándole cada uno de los pormenores que necesitaba conocer para llevar el negocio. El anciano le había descrito minuciosamente, como si estuviera en un taller, cada uno de los defectos mecánicos de los engranajes del aparato jurídico. Pasó años justificándole la posición necesaria que tenían, al margen de cualquier ley de la corrupta sociedad española. Incluso había logrado que su hijo entendiera y compartiera cada una de sus aseveraciones, cada tesis.

Sin embargo, de aquella primera página, había varias frases que todavía lo mantenían cautivo. Sin habla, perplejo. Aquellas que citaban la búsqueda de un posible heredero lo habían perturbado. Lo asustaban.

«¿Buscar a un legatario? ¿Dónde? ¿Cómo?»

Mientras las preguntas se atropellaban dentro de su cabeza, el joven Sebastián hizo lo único que podía hacer: cerrar el cuaderno, como si condenando de nuevo al olvido aquel pedazo del pasado todo se fuera a borrar… Era tal el miedo que le producía llegar a intuir las respuestas a cada una de las cuestiones que se le antojaban que no le quedó más remedio que devolver el diario a su vitrina.

Las semanas habían corrido desde aquel momento y el cuaderno, «el puto cuaderno», seguía en el mismo lugar. Las dudas sobre si abrirlo de nuevo o no acosaban al chico. Mientras tanto, la caligrafía de su anciano padre continuaba al acecho. Le tentaba y, a la vez, lo reprendía por su curiosidad adolescente.

«¿Acaso merece papá que espíe sus intimidades después de lo que hace por mí cada día? ¿Y si averiguo alguna verdad dolorosa? ¿Y si mi madre me abandonó por lo asquerosa que es mi cara? ¿Soportaré saberlo?»

Los días pasados habían disuelto el miedo por la herencia del viejo Alenda y, en ese momento, su madre llenaba cada una de las fantasías sobre el contenido de aquel bloc de notas, como casi siempre.
Mamen Iglesias

Crecer sin madre era algo duro, pero para alguien con la autoestima tan frágil como la del joven Sebastián lo había sido todavía más. El chico había preguntado a su padre en infinidad de ocasiones, pero él siempre había cambiado de tema o le había reprochado con una mirada de esas que no tiene posibilidad de réplica. Aquel cuaderno era una puerta abierta al pasado y un camino para encontrar a su predecesora, sin embargo Sebastián decidió darle otra oportunidad a su anciano padre.

La cena sería un buen momento para conseguir información de su madre.

«Se lo preguntaré mientras degustamos el mejor manjar regado con un buen vino. Yo mismo me encargaré de cocinarlo como a él le gusta, sin perder ni uno de los jugos de la carne en su guiso, dejándola crujiente por fuera y al punto en su interior. No podrá resistirse a contarme la verdad con un soborno tan adecuado. Así no necesitaré cotillear el cuaderno y será como si nunca lo hubiera sacado de su sitio…»

***

El guiso quedó perfecto pero, para frustración del chico, no funcionó. Por supuesto que su padre se puso de buen humor ante la cena perfecta, pero todo se truncó al meter a su madre en la conversación.

La sonrisa, si es que don Sebastián Alenda había llegado a sonreír en algún momento, desapareció de la cara afilada del viejo. Los cumplidos hacia la destreza culinaria de su hijo se convirtieron de repente en un incómodo silencio.

El anciano continuó masticando con todo el ansia que su hambre le producía. Así demostraba su desdén hacia su hijo, aunque, a decir verdad, observarlo comer era un auténtico espectáculo. Poca gente había visto a don Sebastián engullir así y continuaba vivo. Desencajaba la mandíbula a voluntad para imprimir a cada dentellada una fuerza sobrehumana consiguiendo incluso fracturar huesos de un solo bocado.

A su hijo apenas si le sorprendía ya aquella demostración de habilidades extraordinarias. Había visto a su padre hacer cosas increíbles. Muchas de ellas cuando era esclavo de su sino, de su insaciable apetito. Quizá por eso le había pasado desapercibida aquella anotación en el cuaderno en la que aseguraba no enfermar nunca. Lo cierto era que él no le había conocido dolencia o indisposición alguna, aunque tampoco le había dado importancia. Sin embargo, como en el caso de tantos y tantos críos, por más que aquel adolescente hubiera visto a su anciano padre como algo inmortal, moriría, como todos.

«Don Sebastián Alenda Cobarro, por mucho que te esfuerces, acabarás comiendo barro». La rima que se le acababa de ocurrir le hizo soltar una risotada.

—¿Se puede saber de qué te ríes?

—De nada importante, papá —mintió mientras intentaba tragar el último bocado y le mostraba un trozo de carne trinchada en su tenedor—. Tan solo recordaba al tipo al que le pertenecía todo esto…

—No se presiona a los Alenda, hijo. Eso es algo que se debe aprender pronto en este negocio —dijo sin parar de masticar y sin perder ojo a la tibia que limpiaba a mordiscos—. Tenemos un nombre y una posición que mantener. Si alguien osa amenazarnos debe pagar de inmediato. Si no lo hace, otros vendrán con la misma cantinela.

—Lo sé, padre. Me has enseñado bien —atajó el chico y añadió esa frase que tanto le repetía—. Que el hambre se pueda leer en tu mirada.

El viejo entonces regresó a lo suyo mientras su hijo rememoraba el episodio vivido hacía unos días.

Como en tantas otras ocasiones, cuando sonó el timbre, el joven Sebastián fue a abrir. Todo el que llegaba a las puertas de la mansión Alenda le tomaba por alguna suerte de mayordomo deforme, papel que él interpretaba con soltura, obedeciendo al viejo sin ofrecer réplica.

—Nadie debe saber que eres mi hijo, o los que me quieren ver muerto irán a por ti —le había dicho muchas veces.

El chico entonces se mostraba aún más dócil para continuar en su rol de sirviente. Abría puertas, mostraba caminos y atendía todo tipo de llamadas y encargos. Su padre no solo se lo permitía sino que, además, lo animaba a continuar para que estableciera lazos y contactos con las fuentes.

—No es más poderoso quien más tiene, sino quien más conoce —le había repetido una y otra vez.

El chico creía en esas palabras. No en vano su padre era quien era gracias a su gigantesca red de confidentes y chivatos.

La enorme visita llegó envuelta en aires de soberbia y con la mirada cargada de una vanidad tan inútil como absurda. Atravesó el marco de la puerta como un maremoto irrumpe en una localidad costera. No dejó florero, mueble u objeto en general que quedara en pie tras su paso furioso. El joven Sebastián siguió su camino desde la entrada, mientras imaginaba al viejo ya en el refugio de la urna de cristal blindado, lo que le hizo reír.

«No pasará demasiado tiempo hasta que el pobre iluso decore con su gigantesco cuerpo la alfombra india del salón.»

Con la sonrisa todavía prendida a sus labios remendados pudo escuchar el estruendo del puño de aquel tipo golpeando la mampara. En ese mismo instante llegó a la sala de grabación.

Desde el sistema cerrado de vídeo podía contemplar cada rincón de aquel hogar hasta los más nimios detalles. Cuando Sebastián alcanzó su silla buscó la pantalla en la que mejor distinguiera a la visita. Un primer plano de la cara embrutecida y musculosa vibraba a su derecha. Al mastodonte no parecía gustarle lo que le decía el viejo.

—Devuélveme la pasta que te di y no te mataré —dijo la visita.

—Cuando viniste en busca de información, ya me pareciste idiota —replicó Alenda mientras clavaba su mirada en las pupilas de aquel ser humano colosal—. Aunque nunca creí que tu estupidez llegara tan lejos.

El invitado reculó. Dio un paso atrás mientras apartaba la mirada de aquel anciano que le observaba desde su silla al otro lado del cristal. La incertidumbre que precede a la elección equivocada se leía ahora en los matices de su gesto.

—¡Estás jugando con fuego, viejo! —gritó el hombre al tiempo que golpeaba el cristal de nuevo, con ambas manos en esta ocasión. La urna aguantó la embestida sin moverse un ápice mientras que Alenda se levantaba para responder.

—Yo nunca juego.

El chico ya había visto decenas de veces la escena que sucedería a continuación: el gas salía por las espitas ocultas de la habitación en la que estaba la urna. El viejo se colocaba la máscara antigás. El gas hacía su trabajo y, antes de que pudiera sufrir un ataque, el invitado ya habría perdido el conocimiento. Sebastián Alenda salía entonces de la urna y también hacía su trabajo.

El anciano consideraba aquel sistema el seguro de vida de la familia Alenda, y no había mes que no sometiera a la prueba del sillón a su hijo, un examen profundo de cada botón o palanca que debía conocer y manejar con discreción durante las conversaciones que mantuviera…

Tras aquello solo quedó guardar el cadáver para su uso posterior. Sus piernas habían sido el plato principal de la cena, que esperaba en el plato a que el joven saliera de sus ensoñaciones, pero fue otro sonido que conocía el que quebró sus recuerdos y lo devolvió a la realidad. El portero automático zumbaba con insistencia mientras el viejo miraba interrogante desde el otro extremo de la mesa.

—Ve a recibir a quien sea. Yo guardaré esto. Si ves que puede ser peligroso activa la urna.

A través de la cámara de seguridad, Sebastián pudo ver a un tipo alto que vestía un traje entallado y que esperaba al otro lado de la verja. Tenía rasgos atractivos, con las líneas de la mandíbula y pómulos bien definidas. Sus ojos eran grandes y oscuros. Miraban de un lado a otro, inquietos, hasta que la voz del chico sonó a través del portero automático.

—¿Quién es?

—Disculpe. Me gustaría hablar con don Sebastián Alenda —dijo acercándose al micrófono—. ¿Podría recibirme?

—Dígame de qué asunto se trata y se lo comunicaré al señor.

—Le traigo información que será de su interés.

Sebastián cortó la conversación. Aquel hombre no era uno de los informadores de su padre, aunque nunca estaba de más ampliar la red. Quizá por eso le abrió la puerta y lo guio luego hasta el salón mientras interpretaba, como siempre, su papel de sirviente con una bandeja de plata en una mano, bajo la que escondía un cúter para proteger al viejo si era necesario.

—¿Señor Alenda?

—El mismo —respondió el viejo.

—Me llamo Julián Salmerón y vengo a ofrecerle algo que no podrá rechazar, señor. Su casa está en una ubicación privilegiada y le interesa a una promotora inmobiliaria de gran capacidad económica. Queremos comprársela.

—Lo lamento, pero no está en venta.

—Lo estará, señor Alenda, aunque no lo esté ahora. Estamos dispuestos a pagarle más de dos millones de euros por su propiedad —insistió el hombre, que sonreía creyéndose ganador en aquella negociación inesperada.

El viejo, sin embargo, se levantó y comenzó a alejarse de él.

—Márchese, no quiero seguir hablando con usted. La casa no está en venta a ningún precio.

—No le aconsejo que rechace nuestra oferta, señor Alenda. Mi empresa sabe ser muy persuasiva —dijo, altivo, el comercial.

—Espero que no me esté amenazando, porque no suelo llevar muy bien esas cosas.

—Nosotros no amenazamos, señor. Ofrecemos oportunidades y, si nos rechazan, actuamos en consecuencia.

—Lárguese de aquí antes de que le arranque la lengua, señor Salmón, o como se llame. El servicio le acompañará hasta la puerta. No vuelva nunca.

Sebastián acompañó al tipo de la inmobiliaria a la salida sin ofrecerle siquiera una mirada. En el fondo había tenido suerte, aunque él no lo supiera.

—¿No cree posible que ceda el señor Alenda? —le preguntó.

—Lo dudo. No necesita su dinero.

—Quizá no hablemos solo de eso.

—Es posible, pero el señor no le permitirá que hable de nada más. Nunca volverá a recibirlo —le advirtió el chico mientras continuaba mirando hacia el recibidor, al fondo del pasillo.

—No hará falta —respondió el otro y, mientras le mostraba un sobre blanco, continuó—: ¿Sería tan amable de darle esta carta para que pueda estudiar en detalle nuestra oferta?

—La tirará sin abrirla.

—¿Se la dará de todos modos?

—Se la daré si insiste —mintió.

—¡Perfecto! Aquí tiene entonces —ofreció dos sobres—. El primero es para el señor Alenda; el de debajo es para usted —agregó mientras cruzaba el umbral del edificio y ponía rumbo a la salida de la finca.

Sebastián no esperaba aquello. Lo dejó confundido, sin posibilidad de reacción. El comercial, por su parte, aceleró el paso para cruzar el jardín antes de que el sirviente pudiera preguntarle nada. El chico se recuperaba del giro de la conversación cuando comenzó a sonar el interfono, al que no hizo el menor caso.

«Cualquiera aguanta el humor de perros que tendrá papá después de recibir a este imbécil.»

El chico esperó a que terminara de sonar el aparato mientras dejaba la bandeja sobre la mesa de la entrada. En la otra mano todavía sostenía los dos sobres. Comenzó a emprender el paso hacia su habitación cuando el interfono volvió a trinar. «Mierda.»

—¿Se puede saber por qué has dejado pasar a ese carroñero? — habló su padre al otro lado de la línea.

—Perdóname, padre. Dijo que tenía información para Sebastián Alenda, pero no pensé que fuera de ese tipo.

—Entonces seguro que viste que encajaba en el perfil de nuestros confidentes —lo recriminó con ironía, permitiendo que su ira se derramara sobre cada palabra.

—Lo lamento de veras, papá. Debí hacerle un interrogatorio de primer grado para decidir si era digno de ser recibido en tu salón.

—A lo mejor no estás a la altura de este negocio.

—¡Si me permitieras salir de esta puta cárcel podría decidir qué negocio prefiero!

La furia invadió a Sebastián y colgó sin pensar en las consecuencias. Estaba cansado de reflejarse tan solo en el espejo que su padre le ofreciera. «Estoy atrapado en este puto lugar.»

Corrió a su habitación y entró. Echó el cerrojo y se tumbó en la cama. Sintió la tentación de masturbarse y dejar la mente en blanco, como los sobres que portaba. Ganó la batalla contra el deseo pero, sin embargo, perdió otra. La curiosidad lo venció, como casi siempre. Miró los sobres al trasluz intentando adivinar su contenido.

No consiguió ver nada. Dudó. Titubeó, pero al final cedió ante la intriga y decidió comprobarlos. Mientras abría el que iba dirigido a su padre y al ser de nuevo un espía entre sus cosas, recordó el cuaderno, que continuaba en la vitrina. No sabía si tendría valor para volver a hojearlo, así que se centró en la carta del comercial de la inmobiliaria y comenzó a leer.

«Estimado señor Alenda,

Si ha recibido usted esta carta es porque ha decidido rechazar la oferta que le ha ofrecido nuestra promotora inmobiliaria. Quizá usted desconozca el valor del suelo en el que reside y, por eso, ha desestimado nuestra, más que generosa, propuesta económica. No obstante, si así lo deseara, le podríamos hacer un estudio objetivo de valor para que comprendiera la oportunidad que le hemos presentado.

Disculpe que le insistamos en este tema, pero somos una empresa ambiciosa a la que no le gusta recibir negativas. Cuando no se quiere contar con nuestra profesionalidad buscamos nuevos caminos para conseguir hacernos entender. Esperamos, de hecho, que estas breves líneas le ayuden a comprendernos y acepte nuestra asesoría inmobiliaria; así nos evitaremos el mal trago que nos supondría tener que acudir a la comisaría más cercana a ofrecer nuestro testimonio jurado de los últimos hechos que hemos presenciado a las puertas de su hogar. No nos gustaría vernos en la obligación de informar a la policía de que ese enorme miembro del Cuerpo que ha desaparecido recientemente, entró en su domicilio hace un par de semanas.

Somos una empresa honrada que solo pretende la satisfacción de sus clientes, por eso le evitaríamos este aprieto innecesario frente a la fuerzas de seguridad del estado, si accede a negociar el precio de su casa. Sin duda solo la casualidad llevó a aquel policía de paisano a la puerta de su propiedad la noche en la que no se supo más de él, con lo cual sería mejor olvidarlo.

Esperamos reconsidere nuestra oferta. Nos encantaría poder contar con su amistad lo que, sin duda, nos proporcionará amplios beneficios a todos.

Sin más, se despide atentamente Julián P. Salmerón.»

—¿Será hijo de puta? —dijo el chico en voz alta tirando al suelo el otro sobre.

Daniel Eduardo Mendoza
Escucha la banda sonora mientras lees ->


Tema: "Sebastián. El hambre"





Las veces que su padre lo liberaba de trabajo, él solía dedicarse a sí mismo; buscaba por Internet, ávido de contenidos pornográficos, y se masturbaba. Era un alivio de idiotas, lo sabía, pero a él le consolaba o, por lo menos, eso suponía. Se justificaba con que no le quedaba otro remedio. Era virgen a sus diecinueve años y albergaba dudas de que fuera a dejar de serlo en algún momento.

«Ninguna chica me querrá. No con este aspecto. No siendo un monstruo.»

Siendo pequeño, al parecer, una bacteria altamente agresiva había infectado su boca, devorándolo todo a su paso. Los antibióticos tardaron mucho en hacer efecto y hubo incluso que sustituir su mandíbula por una de acero quirúrgico, inasequible a futuros brotes infecciosos. El tejido que quedaba para trabajar no dio posibilidad a una reconstrucción satisfactoria y su rostro, desde que tenía uso de razón, siempre había sido un desastre de cicatrices que convergían hacia los destrozados labios.

Pese a que era consciente de su lamentable situación física, no solía dejarse llevar por la pena. La costumbre de ver su rostro desfigurado en el espejo ya no le inquietaba. No le afectaba tanto. Por eso quizá, poco a poco, estaba abandonando sus prácticas onanistas; y también por la insistencia de uno de sus profesores, que le movió a labores distintas.

—Con lo inmensa que es la biblioteca de don Sebastián, dudo que hayas leído todos los libros, como aseguras tantas veces. No me lo creo —le dijo.

Aquella frase lo hirió. La autoestima frágil de Sebastián se quebró y comenzó a pensar en que aquel educador dudaba de su nivel cultural. En el fondo era uno más de esos asalariados burócratas de la enseñanza que su padre, de forma regular, contrataba para instruirlo. No duró mucho en la mansión, como todos los demás. Al viejo no le gustaban las visitas prolongadas, así que se deshacía rápido de ellos. No obstante, las palabras aún seguían latentes en la memoria del chico.

Se propuso releer cualquiera de los libros que poblaban los estantes de la biblioteca de su padre. Lo haría hasta desfallecer. No descansaría hasta poder recordar literalmente cada pasaje. Un deseo elogiable que, por supuesto, no cumplió.

La desesperación lo venció tras varias horas de títulos y sinopsis. No encontraba nada que llamara su atención. Nada entre cientos de volúmenes. Nada entre colores, lomos desgastados y páginas amarillentas. Todo releído, viejo, sin interés.

Las únicas palabras encuadernadas a las que no había tenido acceso en aquella casa se encontraban en una vitrina. Su padre le había advertido que no debía tocar ese cuaderno y la palabra de Sebastián Alenda era ley; no necesitaba cerrojos para impedir nada a su hijo. Al menos al niño que había sido su hijo hasta hacía pocos años; el Alenda Junior adolescente que buscaba con desesperación un soporte para su autoestima, sin embargo, sentía impulsos de rebeldía y confirmación. También sentía dudas. ¿Qué se esperaba él, obedecer para siempre o, en algún momento, superar a su progenitor como habían hecho tantos protagonistas en todos aquellos libros que había leído?

¿Cuál debía ser su historia, la de Ícaro, quemado por el sol al desobedecer a Dédalo, o la de Alejandro Magno, que adquirió todos los conocimientos de su padre Filipo II como líder militar, y lo superó diez veces como estratega?

La vitrina no le iba a dar la respuesta. Dentro estaba el cuaderno. Era el mismo modelo que usaban para la contabilidad de los negocios; de ese tipo de diarios tenían docenas, escritos o aún vírgenes, en uno de los despachos.

Lo cogió y corrió a su habitación mientras fantaseaba sobre su contenido.

La elegante caligrafía de su padre, don Sebastián Alenda, no sorprendió a su vástago, que intuyó en la seguridad y profundidad de los trazos de cada línea de texto la juventud de su ya anciano padre. En ese momento le sería imposible escribir así ya que, de vez en cuando, sufría de algún que otro temblor en manos y muñecas.

En ese instante, el chico permitió que su imaginación volara intentando dar forma a una imagen de su padre menos viejo, quizá más atlético, sin arrugas ni bolsas bajo los ojos. Lo intentó sin descanso pero tampoco lo logró. Para él, el viejo había sido siempre un ser humano imberbe y con mandíbula fuerte, marcada contra la piel fina. Un anciano que se movía con lentitud ayudándose de un bastón con esfera dorada. Poseía unos ojos, pequeños y amarillos, que si hubieran mirado en algún momento a los del mismísimo diablo, le habrían hecho enmudecer. No lograba darle forma de otro modo que no fuera ese. Su predecesor no tenía un antes, no lo podía intuir más joven y, sin embargo, su letra se derramaba con la misma floritura bohemia de siempre en cada página de aquel desvencijado cuaderno.

Lo primero que pensó es que parecía una especie de diario inconstante que el viejo, en algún momento del pasado, había llenado de preocupaciones. De hecho, comenzaba con una de ellas, que despertó temores y dudas en el chico mientras caminaba por cada palabra…

«El tiempo va pasando y mi vida no parece detenerse. Nunca he enfermado, ni siquiera en aquellos años en los que sobreviví aislado bajo los escombros del refugio que se desplomó sobre mí y sobre mi madre. Aparentemente esta inmunidad a constipados, gripes, virus e infecciones no me hace eterno, ya que he crecido y madurado.

Esto provoca que me replantee el camino a seguir a partir de este momento. He conseguido una fortuna considerable y necesito un heredero, eso es evidente. Un legatario de mi dinero y poder para perpetuar la posición que me he ganado durante todos estos años. Alguien con mi sentido de la justicia, fuera de la ética adulterada del resto de los humanos que dedican sus días a justificar sus actos frente a sus leyes de cartón.

Buscaré un sucesor adecuado.»

Así rezaba la primera página, que provocó sudores en el chico y le impidió seguir leyendo, y eso a pesar de que prácticamente todo el contenido le resultaba familiar. Sebastián Alenda había dedicado muchos años a su instrucción, explicándole cada uno de los pormenores que necesitaba conocer para llevar el negocio. El anciano le había descrito minuciosamente, como si estuviera en un taller, cada uno de los defectos mecánicos de los engranajes del aparato jurídico. Pasó años justificándole la posición necesaria que tenían, al margen de cualquier ley de la corrupta sociedad española. Incluso había logrado que su hijo entendiera y compartiera cada una de sus aseveraciones, cada tesis.

Sin embargo, de aquella primera página, había varias frases que todavía lo mantenían cautivo. Sin habla, perplejo. Aquellas que citaban la búsqueda de un posible heredero lo habían perturbado. Lo asustaban.

«¿Buscar a un legatario? ¿Dónde? ¿Cómo?»

Mientras las preguntas se atropellaban dentro de su cabeza, el joven Sebastián hizo lo único que podía hacer: cerrar el cuaderno, como si condenando de nuevo al olvido aquel pedazo del pasado todo se fuera a borrar… Era tal el miedo que le producía llegar a intuir las respuestas a cada una de las cuestiones que se le antojaban que no le quedó más remedio que devolver el diario a su vitrina.

Las semanas habían corrido desde aquel momento y el cuaderno, «el puto cuaderno», seguía en el mismo lugar. Las dudas sobre si abrirlo de nuevo o no acosaban al chico. Mientras tanto, la caligrafía de su anciano padre continuaba al acecho. Le tentaba y, a la vez, lo reprendía por su curiosidad adolescente.

«¿Acaso merece papá que espíe sus intimidades después de lo que hace por mí cada día? ¿Y si averiguo alguna verdad dolorosa? ¿Y si mi madre me abandonó por lo asquerosa que es mi cara? ¿Soportaré saberlo?»

Los días pasados habían disuelto el miedo por la herencia del viejo Alenda y, en ese momento, su madre llenaba cada una de las fantasías sobre el contenido de aquel bloc de notas, como casi siempre.
Mamen Iglesias

Crecer sin madre era algo duro, pero para alguien con la autoestima tan frágil como la del joven Sebastián lo había sido todavía más. El chico había preguntado a su padre en infinidad de ocasiones, pero él siempre había cambiado de tema o le había reprochado con una mirada de esas que no tiene posibilidad de réplica. Aquel cuaderno era una puerta abierta al pasado y un camino para encontrar a su predecesora, sin embargo Sebastián decidió darle otra oportunidad a su anciano padre.

La cena sería un buen momento para conseguir información de su madre.

«Se lo preguntaré mientras degustamos el mejor manjar regado con un buen vino. Yo mismo me encargaré de cocinarlo como a él le gusta, sin perder ni uno de los jugos de la carne en su guiso, dejándola crujiente por fuera y al punto en su interior. No podrá resistirse a contarme la verdad con un soborno tan adecuado. Así no necesitaré cotillear el cuaderno y será como si nunca lo hubiera sacado de su sitio…»

***

El guiso quedó perfecto pero, para frustración del chico, no funcionó. Por supuesto que su padre se puso de buen humor ante la cena perfecta, pero todo se truncó al meter a su madre en la conversación.

La sonrisa, si es que don Sebastián Alenda había llegado a sonreír en algún momento, desapareció de la cara afilada del viejo. Los cumplidos hacia la destreza culinaria de su hijo se convirtieron de repente en un incómodo silencio.

El anciano continuó masticando con todo el ansia que su hambre le producía. Así demostraba su desdén hacia su hijo, aunque, a decir verdad, observarlo comer era un auténtico espectáculo. Poca gente había visto a don Sebastián engullir así y continuaba vivo. Desencajaba la mandíbula a voluntad para imprimir a cada dentellada una fuerza sobrehumana consiguiendo incluso fracturar huesos de un solo bocado.

A su hijo apenas si le sorprendía ya aquella demostración de habilidades extraordinarias. Había visto a su padre hacer cosas increíbles. Muchas de ellas cuando era esclavo de su sino, de su insaciable apetito. Quizá por eso le había pasado desapercibida aquella anotación en el cuaderno en la que aseguraba no enfermar nunca. Lo cierto era que él no le había conocido dolencia o indisposición alguna, aunque tampoco le había dado importancia. Sin embargo, como en el caso de tantos y tantos críos, por más que aquel adolescente hubiera visto a su anciano padre como algo inmortal, moriría, como todos.

«Don Sebastián Alenda Cobarro, por mucho que te esfuerces, acabarás comiendo barro». La rima que se le acababa de ocurrir le hizo soltar una risotada.

—¿Se puede saber de qué te ríes?

—De nada importante, papá —mintió mientras intentaba tragar el último bocado y le mostraba un trozo de carne trinchada en su tenedor—. Tan solo recordaba al tipo al que le pertenecía todo esto…

—No se presiona a los Alenda, hijo. Eso es algo que se debe aprender pronto en este negocio —dijo sin parar de masticar y sin perder ojo a la tibia que limpiaba a mordiscos—. Tenemos un nombre y una posición que mantener. Si alguien osa amenazarnos debe pagar de inmediato. Si no lo hace, otros vendrán con la misma cantinela.

—Lo sé, padre. Me has enseñado bien —atajó el chico y añadió esa frase que tanto le repetía—. Que el hambre se pueda leer en tu mirada.

El viejo entonces regresó a lo suyo mientras su hijo rememoraba el episodio vivido hacía unos días.

Como en tantas otras ocasiones, cuando sonó el timbre, el joven Sebastián fue a abrir. Todo el que llegaba a las puertas de la mansión Alenda le tomaba por alguna suerte de mayordomo deforme, papel que él interpretaba con soltura, obedeciendo al viejo sin ofrecer réplica.

—Nadie debe saber que eres mi hijo, o los que me quieren ver muerto irán a por ti —le había dicho muchas veces.

El chico entonces se mostraba aún más dócil para continuar en su rol de sirviente. Abría puertas, mostraba caminos y atendía todo tipo de llamadas y encargos. Su padre no solo se lo permitía sino que, además, lo animaba a continuar para que estableciera lazos y contactos con las fuentes.

—No es más poderoso quien más tiene, sino quien más conoce —le había repetido una y otra vez.

El chico creía en esas palabras. No en vano su padre era quien era gracias a su gigantesca red de confidentes y chivatos.

La enorme visita llegó envuelta en aires de soberbia y con la mirada cargada de una vanidad tan inútil como absurda. Atravesó el marco de la puerta como un maremoto irrumpe en una localidad costera. No dejó florero, mueble u objeto en general que quedara en pie tras su paso furioso. El joven Sebastián siguió su camino desde la entrada, mientras imaginaba al viejo ya en el refugio de la urna de cristal blindado, lo que le hizo reír.

«No pasará demasiado tiempo hasta que el pobre iluso decore con su gigantesco cuerpo la alfombra india del salón.»

Con la sonrisa todavía prendida a sus labios remendados pudo escuchar el estruendo del puño de aquel tipo golpeando la mampara. En ese mismo instante llegó a la sala de grabación.

Desde el sistema cerrado de vídeo podía contemplar cada rincón de aquel hogar hasta los más nimios detalles. Cuando Sebastián alcanzó su silla buscó la pantalla en la que mejor distinguiera a la visita. Un primer plano de la cara embrutecida y musculosa vibraba a su derecha. Al mastodonte no parecía gustarle lo que le decía el viejo.

—Devuélveme la pasta que te di y no te mataré —dijo la visita.

—Cuando viniste en busca de información, ya me pareciste idiota —replicó Alenda mientras clavaba su mirada en las pupilas de aquel ser humano colosal—. Aunque nunca creí que tu estupidez llegara tan lejos.

El invitado reculó. Dio un paso atrás mientras apartaba la mirada de aquel anciano que le observaba desde su silla al otro lado del cristal. La incertidumbre que precede a la elección equivocada se leía ahora en los matices de su gesto.

—¡Estás jugando con fuego, viejo! —gritó el hombre al tiempo que golpeaba el cristal de nuevo, con ambas manos en esta ocasión. La urna aguantó la embestida sin moverse un ápice mientras que Alenda se levantaba para responder.

—Yo nunca juego.

El chico ya había visto decenas de veces la escena que sucedería a continuación: el gas salía por las espitas ocultas de la habitación en la que estaba la urna. El viejo se colocaba la máscara antigás. El gas hacía su trabajo y, antes de que pudiera sufrir un ataque, el invitado ya habría perdido el conocimiento. Sebastián Alenda salía entonces de la urna y también hacía su trabajo.

El anciano consideraba aquel sistema el seguro de vida de la familia Alenda, y no había mes que no sometiera a la prueba del sillón a su hijo, un examen profundo de cada botón o palanca que debía conocer y manejar con discreción durante las conversaciones que mantuviera…

Tras aquello solo quedó guardar el cadáver para su uso posterior. Sus piernas habían sido el plato principal de la cena, que esperaba en el plato a que el joven saliera de sus ensoñaciones, pero fue otro sonido que conocía el que quebró sus recuerdos y lo devolvió a la realidad. El portero automático zumbaba con insistencia mientras el viejo miraba interrogante desde el otro extremo de la mesa.

—Ve a recibir a quien sea. Yo guardaré esto. Si ves que puede ser peligroso activa la urna.

A través de la cámara de seguridad, Sebastián pudo ver a un tipo alto que vestía un traje entallado y que esperaba al otro lado de la verja. Tenía rasgos atractivos, con las líneas de la mandíbula y pómulos bien definidas. Sus ojos eran grandes y oscuros. Miraban de un lado a otro, inquietos, hasta que la voz del chico sonó a través del portero automático.

—¿Quién es?

—Disculpe. Me gustaría hablar con don Sebastián Alenda —dijo acercándose al micrófono—. ¿Podría recibirme?

—Dígame de qué asunto se trata y se lo comunicaré al señor.

—Le traigo información que será de su interés.

Sebastián cortó la conversación. Aquel hombre no era uno de los informadores de su padre, aunque nunca estaba de más ampliar la red. Quizá por eso le abrió la puerta y lo guio luego hasta el salón mientras interpretaba, como siempre, su papel de sirviente con una bandeja de plata en una mano, bajo la que escondía un cúter para proteger al viejo si era necesario.

—¿Señor Alenda?

—El mismo —respondió el viejo.

—Me llamo Julián Salmerón y vengo a ofrecerle algo que no podrá rechazar, señor. Su casa está en una ubicación privilegiada y le interesa a una promotora inmobiliaria de gran capacidad económica. Queremos comprársela.

—Lo lamento, pero no está en venta.

—Lo estará, señor Alenda, aunque no lo esté ahora. Estamos dispuestos a pagarle más de dos millones de euros por su propiedad —insistió el hombre, que sonreía creyéndose ganador en aquella negociación inesperada.

El viejo, sin embargo, se levantó y comenzó a alejarse de él.

—Márchese, no quiero seguir hablando con usted. La casa no está en venta a ningún precio.

—No le aconsejo que rechace nuestra oferta, señor Alenda. Mi empresa sabe ser muy persuasiva —dijo, altivo, el comercial.

—Espero que no me esté amenazando, porque no suelo llevar muy bien esas cosas.

—Nosotros no amenazamos, señor. Ofrecemos oportunidades y, si nos rechazan, actuamos en consecuencia.

—Lárguese de aquí antes de que le arranque la lengua, señor Salmón, o como se llame. El servicio le acompañará hasta la puerta. No vuelva nunca.

Sebastián acompañó al tipo de la inmobiliaria a la salida sin ofrecerle siquiera una mirada. En el fondo había tenido suerte, aunque él no lo supiera.

—¿No cree posible que ceda el señor Alenda? —le preguntó.

—Lo dudo. No necesita su dinero.

—Quizá no hablemos solo de eso.

—Es posible, pero el señor no le permitirá que hable de nada más. Nunca volverá a recibirlo —le advirtió el chico mientras continuaba mirando hacia el recibidor, al fondo del pasillo.

—No hará falta —respondió el otro y, mientras le mostraba un sobre blanco, continuó—: ¿Sería tan amable de darle esta carta para que pueda estudiar en detalle nuestra oferta?

—La tirará sin abrirla.

—¿Se la dará de todos modos?

—Se la daré si insiste —mintió.

—¡Perfecto! Aquí tiene entonces —ofreció dos sobres—. El primero es para el señor Alenda; el de debajo es para usted —agregó mientras cruzaba el umbral del edificio y ponía rumbo a la salida de la finca.

Sebastián no esperaba aquello. Lo dejó confundido, sin posibilidad de reacción. El comercial, por su parte, aceleró el paso para cruzar el jardín antes de que el sirviente pudiera preguntarle nada. El chico se recuperaba del giro de la conversación cuando comenzó a sonar el interfono, al que no hizo el menor caso.

«Cualquiera aguanta el humor de perros que tendrá papá después de recibir a este imbécil.»

El chico esperó a que terminara de sonar el aparato mientras dejaba la bandeja sobre la mesa de la entrada. En la otra mano todavía sostenía los dos sobres. Comenzó a emprender el paso hacia su habitación cuando el interfono volvió a trinar. «Mierda.»

—¿Se puede saber por qué has dejado pasar a ese carroñero? — habló su padre al otro lado de la línea.

—Perdóname, padre. Dijo que tenía información para Sebastián Alenda, pero no pensé que fuera de ese tipo.

—Entonces seguro que viste que encajaba en el perfil de nuestros confidentes —lo recriminó con ironía, permitiendo que su ira se derramara sobre cada palabra.

—Lo lamento de veras, papá. Debí hacerle un interrogatorio de primer grado para decidir si era digno de ser recibido en tu salón.

—A lo mejor no estás a la altura de este negocio.

—¡Si me permitieras salir de esta puta cárcel podría decidir qué negocio prefiero!

La furia invadió a Sebastián y colgó sin pensar en las consecuencias. Estaba cansado de reflejarse tan solo en el espejo que su padre le ofreciera. «Estoy atrapado en este puto lugar.»

Corrió a su habitación y entró. Echó el cerrojo y se tumbó en la cama. Sintió la tentación de masturbarse y dejar la mente en blanco, como los sobres que portaba. Ganó la batalla contra el deseo pero, sin embargo, perdió otra. La curiosidad lo venció, como casi siempre. Miró los sobres al trasluz intentando adivinar su contenido.

No consiguió ver nada. Dudó. Titubeó, pero al final cedió ante la intriga y decidió comprobarlos. Mientras abría el que iba dirigido a su padre y al ser de nuevo un espía entre sus cosas, recordó el cuaderno, que continuaba en la vitrina. No sabía si tendría valor para volver a hojearlo, así que se centró en la carta del comercial de la inmobiliaria y comenzó a leer.

«Estimado señor Alenda,

Si ha recibido usted esta carta es porque ha decidido rechazar la oferta que le ha ofrecido nuestra promotora inmobiliaria. Quizá usted desconozca el valor del suelo en el que reside y, por eso, ha desestimado nuestra, más que generosa, propuesta económica. No obstante, si así lo deseara, le podríamos hacer un estudio objetivo de valor para que comprendiera la oportunidad que le hemos presentado.

Disculpe que le insistamos en este tema, pero somos una empresa ambiciosa a la que no le gusta recibir negativas. Cuando no se quiere contar con nuestra profesionalidad buscamos nuevos caminos para conseguir hacernos entender. Esperamos, de hecho, que estas breves líneas le ayuden a comprendernos y acepte nuestra asesoría inmobiliaria; así nos evitaremos el mal trago que nos supondría tener que acudir a la comisaría más cercana a ofrecer nuestro testimonio jurado de los últimos hechos que hemos presenciado a las puertas de su hogar. No nos gustaría vernos en la obligación de informar a la policía de que ese enorme miembro del Cuerpo que ha desaparecido recientemente, entró en su domicilio hace un par de semanas.

Somos una empresa honrada que solo pretende la satisfacción de sus clientes, por eso le evitaríamos este aprieto innecesario frente a la fuerzas de seguridad del estado, si accede a negociar el precio de su casa. Sin duda solo la casualidad llevó a aquel policía de paisano a la puerta de su propiedad la noche en la que no se supo más de él, con lo cual sería mejor olvidarlo.

Esperamos reconsidere nuestra oferta. Nos encantaría poder contar con su amistad lo que, sin duda, nos proporcionará amplios beneficios a todos.

Sin más, se despide atentamente Julián P. Salmerón.»

—¿Será hijo de puta? —dijo el chico en voz alta tirando al suelo el otro sobre.

Daniel Eduardo Mendoza
Escucha la banda sonora mientras lees ->


Tema: "Sebastián. El hambre"





Las veces que su padre lo liberaba de trabajo, él solía dedicarse a sí mismo; buscaba por Internet, ávido de contenidos pornográficos, y se masturbaba. Era un alivio de idiotas, lo sabía, pero a él le consolaba o, por lo menos, eso suponía. Se justificaba con que no le quedaba otro remedio. Era virgen a sus diecinueve años y albergaba dudas de que fuera a dejar de serlo en algún momento.

«Ninguna chica me querrá. No con este aspecto. No siendo un monstruo.»

Siendo pequeño, al parecer, una bacteria altamente agresiva había infectado su boca, devorándolo todo a su paso. Los antibióticos tardaron mucho en hacer efecto y hubo incluso que sustituir su mandíbula por una de acero quirúrgico, inasequible a futuros brotes infecciosos. El tejido que quedaba para trabajar no dio posibilidad a una reconstrucción satisfactoria y su rostro, desde que tenía uso de razón, siempre había sido un desastre de cicatrices que convergían hacia los destrozados labios.

Pese a que era consciente de su lamentable situación física, no solía dejarse llevar por la pena. La costumbre de ver su rostro desfigurado en el espejo ya no le inquietaba. No le afectaba tanto. Por eso quizá, poco a poco, estaba abandonando sus prácticas onanistas; y también por la insistencia de uno de sus profesores, que le movió a labores distintas.

—Con lo inmensa que es la biblioteca de don Sebastián, dudo que hayas leído todos los libros, como aseguras tantas veces. No me lo creo —le dijo.

Aquella frase lo hirió. La autoestima frágil de Sebastián se quebró y comenzó a pensar en que aquel educador dudaba de su nivel cultural. En el fondo era uno más de esos asalariados burócratas de la enseñanza que su padre, de forma regular, contrataba para instruirlo. No duró mucho en la mansión, como todos los demás. Al viejo no le gustaban las visitas prolongadas, así que se deshacía rápido de ellos. No obstante, las palabras aún seguían latentes en la memoria del chico.

Se propuso releer cualquiera de los libros que poblaban los estantes de la biblioteca de su padre. Lo haría hasta desfallecer. No descansaría hasta poder recordar literalmente cada pasaje. Un deseo elogiable que, por supuesto, no cumplió.

La desesperación lo venció tras varias horas de títulos y sinopsis. No encontraba nada que llamara su atención. Nada entre cientos de volúmenes. Nada entre colores, lomos desgastados y páginas amarillentas. Todo releído, viejo, sin interés.

Las únicas palabras encuadernadas a las que no había tenido acceso en aquella casa se encontraban en una vitrina. Su padre le había advertido que no debía tocar ese cuaderno y la palabra de Sebastián Alenda era ley; no necesitaba cerrojos para impedir nada a su hijo. Al menos al niño que había sido su hijo hasta hacía pocos años; el Alenda Junior adolescente que buscaba con desesperación un soporte para su autoestima, sin embargo, sentía impulsos de rebeldía y confirmación. También sentía dudas. ¿Qué se esperaba él, obedecer para siempre o, en algún momento, superar a su progenitor como habían hecho tantos protagonistas en todos aquellos libros que había leído?

¿Cuál debía ser su historia, la de Ícaro, quemado por el sol al desobedecer a Dédalo, o la de Alejandro Magno, que adquirió todos los conocimientos de su padre Filipo II como líder militar, y lo superó diez veces como estratega?

La vitrina no le iba a dar la respuesta. Dentro estaba el cuaderno. Era el mismo modelo que usaban para la contabilidad de los negocios; de ese tipo de diarios tenían docenas, escritos o aún vírgenes, en uno de los despachos.

Lo cogió y corrió a su habitación mientras fantaseaba sobre su contenido.

La elegante caligrafía de su padre, don Sebastián Alenda, no sorprendió a su vástago, que intuyó en la seguridad y profundidad de los trazos de cada línea de texto la juventud de su ya anciano padre. En ese momento le sería imposible escribir así ya que, de vez en cuando, sufría de algún que otro temblor en manos y muñecas.

En ese instante, el chico permitió que su imaginación volara intentando dar forma a una imagen de su padre menos viejo, quizá más atlético, sin arrugas ni bolsas bajo los ojos. Lo intentó sin descanso pero tampoco lo logró. Para él, el viejo había sido siempre un ser humano imberbe y con mandíbula fuerte, marcada contra la piel fina. Un anciano que se movía con lentitud ayudándose de un bastón con esfera dorada. Poseía unos ojos, pequeños y amarillos, que si hubieran mirado en algún momento a los del mismísimo diablo, le habrían hecho enmudecer. No lograba darle forma de otro modo que no fuera ese. Su predecesor no tenía un antes, no lo podía intuir más joven y, sin embargo, su letra se derramaba con la misma floritura bohemia de siempre en cada página de aquel desvencijado cuaderno.

Lo primero que pensó es que parecía una especie de diario inconstante que el viejo, en algún momento del pasado, había llenado de preocupaciones. De hecho, comenzaba con una de ellas, que despertó temores y dudas en el chico mientras caminaba por cada palabra…

«El tiempo va pasando y mi vida no parece detenerse. Nunca he enfermado, ni siquiera en aquellos años en los que sobreviví aislado bajo los escombros del refugio que se desplomó sobre mí y sobre mi madre. Aparentemente esta inmunidad a constipados, gripes, virus e infecciones no me hace eterno, ya que he crecido y madurado.

Esto provoca que me replantee el camino a seguir a partir de este momento. He conseguido una fortuna considerable y necesito un heredero, eso es evidente. Un legatario de mi dinero y poder para perpetuar la posición que me he ganado durante todos estos años. Alguien con mi sentido de la justicia, fuera de la ética adulterada del resto de los humanos que dedican sus días a justificar sus actos frente a sus leyes de cartón.

Buscaré un sucesor adecuado.»

Así rezaba la primera página, que provocó sudores en el chico y le impidió seguir leyendo, y eso a pesar de que prácticamente todo el contenido le resultaba familiar. Sebastián Alenda había dedicado muchos años a su instrucción, explicándole cada uno de los pormenores que necesitaba conocer para llevar el negocio. El anciano le había descrito minuciosamente, como si estuviera en un taller, cada uno de los defectos mecánicos de los engranajes del aparato jurídico. Pasó años justificándole la posición necesaria que tenían, al margen de cualquier ley de la corrupta sociedad española. Incluso había logrado que su hijo entendiera y compartiera cada una de sus aseveraciones, cada tesis.

Sin embargo, de aquella primera página, había varias frases que todavía lo mantenían cautivo. Sin habla, perplejo. Aquellas que citaban la búsqueda de un posible heredero lo habían perturbado. Lo asustaban.

«¿Buscar a un legatario? ¿Dónde? ¿Cómo?»

Mientras las preguntas se atropellaban dentro de su cabeza, el joven Sebastián hizo lo único que podía hacer: cerrar el cuaderno, como si condenando de nuevo al olvido aquel pedazo del pasado todo se fuera a borrar… Era tal el miedo que le producía llegar a intuir las respuestas a cada una de las cuestiones que se le antojaban que no le quedó más remedio que devolver el diario a su vitrina.

Las semanas habían corrido desde aquel momento y el cuaderno, «el puto cuaderno», seguía en el mismo lugar. Las dudas sobre si abrirlo de nuevo o no acosaban al chico. Mientras tanto, la caligrafía de su anciano padre continuaba al acecho. Le tentaba y, a la vez, lo reprendía por su curiosidad adolescente.

«¿Acaso merece papá que espíe sus intimidades después de lo que hace por mí cada día? ¿Y si averiguo alguna verdad dolorosa? ¿Y si mi madre me abandonó por lo asquerosa que es mi cara? ¿Soportaré saberlo?»

Los días pasados habían disuelto el miedo por la herencia del viejo Alenda y, en ese momento, su madre llenaba cada una de las fantasías sobre el contenido de aquel bloc de notas, como casi siempre.
Mamen Iglesias

Crecer sin madre era algo duro, pero para alguien con la autoestima tan frágil como la del joven Sebastián lo había sido todavía más. El chico había preguntado a su padre en infinidad de ocasiones, pero él siempre había cambiado de tema o le había reprochado con una mirada de esas que no tiene posibilidad de réplica. Aquel cuaderno era una puerta abierta al pasado y un camino para encontrar a su predecesora, sin embargo Sebastián decidió darle otra oportunidad a su anciano padre.

La cena sería un buen momento para conseguir información de su madre.

«Se lo preguntaré mientras degustamos el mejor manjar regado con un buen vino. Yo mismo me encargaré de cocinarlo como a él le gusta, sin perder ni uno de los jugos de la carne en su guiso, dejándola crujiente por fuera y al punto en su interior. No podrá resistirse a contarme la verdad con un soborno tan adecuado. Así no necesitaré cotillear el cuaderno y será como si nunca lo hubiera sacado de su sitio…»

***

El guiso quedó perfecto pero, para frustración del chico, no funcionó. Por supuesto que su padre se puso de buen humor ante la cena perfecta, pero todo se truncó al meter a su madre en la conversación.

La sonrisa, si es que don Sebastián Alenda había llegado a sonreír en algún momento, desapareció de la cara afilada del viejo. Los cumplidos hacia la destreza culinaria de su hijo se convirtieron de repente en un incómodo silencio.

El anciano continuó masticando con todo el ansia que su hambre le producía. Así demostraba su desdén hacia su hijo, aunque, a decir verdad, observarlo comer era un auténtico espectáculo. Poca gente había visto a don Sebastián engullir así y continuaba vivo. Desencajaba la mandíbula a voluntad para imprimir a cada dentellada una fuerza sobrehumana consiguiendo incluso fracturar huesos de un solo bocado.

A su hijo apenas si le sorprendía ya aquella demostración de habilidades extraordinarias. Había visto a su padre hacer cosas increíbles. Muchas de ellas cuando era esclavo de su sino, de su insaciable apetito. Quizá por eso le había pasado desapercibida aquella anotación en el cuaderno en la que aseguraba no enfermar nunca. Lo cierto era que él no le había conocido dolencia o indisposición alguna, aunque tampoco le había dado importancia. Sin embargo, como en el caso de tantos y tantos críos, por más que aquel adolescente hubiera visto a su anciano padre como algo inmortal, moriría, como todos.

«Don Sebastián Alenda Cobarro, por mucho que te esfuerces, acabarás comiendo barro». La rima que se le acababa de ocurrir le hizo soltar una risotada.

—¿Se puede saber de qué te ríes?

—De nada importante, papá —mintió mientras intentaba tragar el último bocado y le mostraba un trozo de carne trinchada en su tenedor—. Tan solo recordaba al tipo al que le pertenecía todo esto…

—No se presiona a los Alenda, hijo. Eso es algo que se debe aprender pronto en este negocio —dijo sin parar de masticar y sin perder ojo a la tibia que limpiaba a mordiscos—. Tenemos un nombre y una posición que mantener. Si alguien osa amenazarnos debe pagar de inmediato. Si no lo hace, otros vendrán con la misma cantinela.

—Lo sé, padre. Me has enseñado bien —atajó el chico y añadió esa frase que tanto le repetía—. Que el hambre se pueda leer en tu mirada.

El viejo entonces regresó a lo suyo mientras su hijo rememoraba el episodio vivido hacía unos días.

Como en tantas otras ocasiones, cuando sonó el timbre, el joven Sebastián fue a abrir. Todo el que llegaba a las puertas de la mansión Alenda le tomaba por alguna suerte de mayordomo deforme, papel que él interpretaba con soltura, obedeciendo al viejo sin ofrecer réplica.

—Nadie debe saber que eres mi hijo, o los que me quieren ver muerto irán a por ti —le había dicho muchas veces.

El chico entonces se mostraba aún más dócil para continuar en su rol de sirviente. Abría puertas, mostraba caminos y atendía todo tipo de llamadas y encargos. Su padre no solo se lo permitía sino que, además, lo animaba a continuar para que estableciera lazos y contactos con las fuentes.

—No es más poderoso quien más tiene, sino quien más conoce —le había repetido una y otra vez.

El chico creía en esas palabras. No en vano su padre era quien era gracias a su gigantesca red de confidentes y chivatos.

La enorme visita llegó envuelta en aires de soberbia y con la mirada cargada de una vanidad tan inútil como absurda. Atravesó el marco de la puerta como un maremoto irrumpe en una localidad costera. No dejó florero, mueble u objeto en general que quedara en pie tras su paso furioso. El joven Sebastián siguió su camino desde la entrada, mientras imaginaba al viejo ya en el refugio de la urna de cristal blindado, lo que le hizo reír.

«No pasará demasiado tiempo hasta que el pobre iluso decore con su gigantesco cuerpo la alfombra india del salón.»

Con la sonrisa todavía prendida a sus labios remendados pudo escuchar el estruendo del puño de aquel tipo golpeando la mampara. En ese mismo instante llegó a la sala de grabación.

Desde el sistema cerrado de vídeo podía contemplar cada rincón de aquel hogar hasta los más nimios detalles. Cuando Sebastián alcanzó su silla buscó la pantalla en la que mejor distinguiera a la visita. Un primer plano de la cara embrutecida y musculosa vibraba a su derecha. Al mastodonte no parecía gustarle lo que le decía el viejo.

—Devuélveme la pasta que te di y no te mataré —dijo la visita.

—Cuando viniste en busca de información, ya me pareciste idiota —replicó Alenda mientras clavaba su mirada en las pupilas de aquel ser humano colosal—. Aunque nunca creí que tu estupidez llegara tan lejos.

El invitado reculó. Dio un paso atrás mientras apartaba la mirada de aquel anciano que le observaba desde su silla al otro lado del cristal. La incertidumbre que precede a la elección equivocada se leía ahora en los matices de su gesto.

—¡Estás jugando con fuego, viejo! —gritó el hombre al tiempo que golpeaba el cristal de nuevo, con ambas manos en esta ocasión. La urna aguantó la embestida sin moverse un ápice mientras que Alenda se levantaba para responder.

—Yo nunca juego.

El chico ya había visto decenas de veces la escena que sucedería a continuación: el gas salía por las espitas ocultas de la habitación en la que estaba la urna. El viejo se colocaba la máscara antigás. El gas hacía su trabajo y, antes de que pudiera sufrir un ataque, el invitado ya habría perdido el conocimiento. Sebastián Alenda salía entonces de la urna y también hacía su trabajo.

El anciano consideraba aquel sistema el seguro de vida de la familia Alenda, y no había mes que no sometiera a la prueba del sillón a su hijo, un examen profundo de cada botón o palanca que debía conocer y manejar con discreción durante las conversaciones que mantuviera…

Tras aquello solo quedó guardar el cadáver para su uso posterior. Sus piernas habían sido el plato principal de la cena, que esperaba en el plato a que el joven saliera de sus ensoñaciones, pero fue otro sonido que conocía el que quebró sus recuerdos y lo devolvió a la realidad. El portero automático zumbaba con insistencia mientras el viejo miraba interrogante desde el otro extremo de la mesa.

—Ve a recibir a quien sea. Yo guardaré esto. Si ves que puede ser peligroso activa la urna.

A través de la cámara de seguridad, Sebastián pudo ver a un tipo alto que vestía un traje entallado y que esperaba al otro lado de la verja. Tenía rasgos atractivos, con las líneas de la mandíbula y pómulos bien definidas. Sus ojos eran grandes y oscuros. Miraban de un lado a otro, inquietos, hasta que la voz del chico sonó a través del portero automático.

—¿Quién es?

—Disculpe. Me gustaría hablar con don Sebastián Alenda —dijo acercándose al micrófono—. ¿Podría recibirme?

—Dígame de qué asunto se trata y se lo comunicaré al señor.

—Le traigo información que será de su interés.

Sebastián cortó la conversación. Aquel hombre no era uno de los informadores de su padre, aunque nunca estaba de más ampliar la red. Quizá por eso le abrió la puerta y lo guio luego hasta el salón mientras interpretaba, como siempre, su papel de sirviente con una bandeja de plata en una mano, bajo la que escondía un cúter para proteger al viejo si era necesario.

—¿Señor Alenda?

—El mismo —respondió el viejo.

—Me llamo Julián Salmerón y vengo a ofrecerle algo que no podrá rechazar, señor. Su casa está en una ubicación privilegiada y le interesa a una promotora inmobiliaria de gran capacidad económica. Queremos comprársela.

—Lo lamento, pero no está en venta.

—Lo estará, señor Alenda, aunque no lo esté ahora. Estamos dispuestos a pagarle más de dos millones de euros por su propiedad —insistió el hombre, que sonreía creyéndose ganador en aquella negociación inesperada.

El viejo, sin embargo, se levantó y comenzó a alejarse de él.

—Márchese, no quiero seguir hablando con usted. La casa no está en venta a ningún precio.

—No le aconsejo que rechace nuestra oferta, señor Alenda. Mi empresa sabe ser muy persuasiva —dijo, altivo, el comercial.

—Espero que no me esté amenazando, porque no suelo llevar muy bien esas cosas.

—Nosotros no amenazamos, señor. Ofrecemos oportunidades y, si nos rechazan, actuamos en consecuencia.

—Lárguese de aquí antes de que le arranque la lengua, señor Salmón, o como se llame. El servicio le acompañará hasta la puerta. No vuelva nunca.

Sebastián acompañó al tipo de la inmobiliaria a la salida sin ofrecerle siquiera una mirada. En el fondo había tenido suerte, aunque él no lo supiera.

—¿No cree posible que ceda el señor Alenda? —le preguntó.

—Lo dudo. No necesita su dinero.

—Quizá no hablemos solo de eso.

—Es posible, pero el señor no le permitirá que hable de nada más. Nunca volverá a recibirlo —le advirtió el chico mientras continuaba mirando hacia el recibidor, al fondo del pasillo.

—No hará falta —respondió el otro y, mientras le mostraba un sobre blanco, continuó—: ¿Sería tan amable de darle esta carta para que pueda estudiar en detalle nuestra oferta?

—La tirará sin abrirla.

—¿Se la dará de todos modos?

—Se la daré si insiste —mintió.

—¡Perfecto! Aquí tiene entonces —ofreció dos sobres—. El primero es para el señor Alenda; el de debajo es para usted —agregó mientras cruzaba el umbral del edificio y ponía rumbo a la salida de la finca.

Sebastián no esperaba aquello. Lo dejó confundido, sin posibilidad de reacción. El comercial, por su parte, aceleró el paso para cruzar el jardín antes de que el sirviente pudiera preguntarle nada. El chico se recuperaba del giro de la conversación cuando comenzó a sonar el interfono, al que no hizo el menor caso.

«Cualquiera aguanta el humor de perros que tendrá papá después de recibir a este imbécil.»

El chico esperó a que terminara de sonar el aparato mientras dejaba la bandeja sobre la mesa de la entrada. En la otra mano todavía sostenía los dos sobres. Comenzó a emprender el paso hacia su habitación cuando el interfono volvió a trinar. «Mierda.»

—¿Se puede saber por qué has dejado pasar a ese carroñero? — habló su padre al otro lado de la línea.

—Perdóname, padre. Dijo que tenía información para Sebastián Alenda, pero no pensé que fuera de ese tipo.

—Entonces seguro que viste que encajaba en el perfil de nuestros confidentes —lo recriminó con ironía, permitiendo que su ira se derramara sobre cada palabra.

—Lo lamento de veras, papá. Debí hacerle un interrogatorio de primer grado para decidir si era digno de ser recibido en tu salón.

—A lo mejor no estás a la altura de este negocio.

—¡Si me permitieras salir de esta puta cárcel podría decidir qué negocio prefiero!

La furia invadió a Sebastián y colgó sin pensar en las consecuencias. Estaba cansado de reflejarse tan solo en el espejo que su padre le ofreciera. «Estoy atrapado en este puto lugar.»

Corrió a su habitación y entró. Echó el cerrojo y se tumbó en la cama. Sintió la tentación de masturbarse y dejar la mente en blanco, como los sobres que portaba. Ganó la batalla contra el deseo pero, sin embargo, perdió otra. La curiosidad lo venció, como casi siempre. Miró los sobres al trasluz intentando adivinar su contenido.

No consiguió ver nada. Dudó. Titubeó, pero al final cedió ante la intriga y decidió comprobarlos. Mientras abría el que iba dirigido a su padre y al ser de nuevo un espía entre sus cosas, recordó el cuaderno, que continuaba en la vitrina. No sabía si tendría valor para volver a hojearlo, así que se centró en la carta del comercial de la inmobiliaria y comenzó a leer.

«Estimado señor Alenda,

Si ha recibido usted esta carta es porque ha decidido rechazar la oferta que le ha ofrecido nuestra promotora inmobiliaria. Quizá usted desconozca el valor del suelo en el que reside y, por eso, ha desestimado nuestra, más que generosa, propuesta económica. No obstante, si así lo deseara, le podríamos hacer un estudio objetivo de valor para que comprendiera la oportunidad que le hemos presentado.

Disculpe que le insistamos en este tema, pero somos una empresa ambiciosa a la que no le gusta recibir negativas. Cuando no se quiere contar con nuestra profesionalidad buscamos nuevos caminos para conseguir hacernos entender. Esperamos, de hecho, que estas breves líneas le ayuden a comprendernos y acepte nuestra asesoría inmobiliaria; así nos evitaremos el mal trago que nos supondría tener que acudir a la comisaría más cercana a ofrecer nuestro testimonio jurado de los últimos hechos que hemos presenciado a las puertas de su hogar. No nos gustaría vernos en la obligación de informar a la policía de que ese enorme miembro del Cuerpo que ha desaparecido recientemente, entró en su domicilio hace un par de semanas.

Somos una empresa honrada que solo pretende la satisfacción de sus clientes, por eso le evitaríamos este aprieto innecesario frente a la fuerzas de seguridad del estado, si accede a negociar el precio de su casa. Sin duda solo la casualidad llevó a aquel policía de paisano a la puerta de su propiedad la noche en la que no se supo más de él, con lo cual sería mejor olvidarlo.

Esperamos reconsidere nuestra oferta. Nos encantaría poder contar con su amistad lo que, sin duda, nos proporcionará amplios beneficios a todos.

Sin más, se despide atentamente Julián P. Salmerón.»

—¿Será hijo de puta? —dijo el chico en voz alta tirando al suelo el otro sobre.

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