SILVIA DE LA IGLESIA

Santiago Ramos

Escucha la banda sonora mientras lees ->


Tema: "Silvia. A través de la ventana"






Silvia de la Iglesia llevaba ya varias semanas despierta, pero todavía no se lo había dicho a nadie.

Ni siquiera se lo había revelado a Josefina, la enfermera que pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, ese ángel que, con grandes dosis de paciencia y cariño, le daba de comer, la bañaba, la peinaba y la sacaba al jardín. También le hablaba a todas horas, casi de continuo, para intentar anclarla a la realidad.

¡La querida voz de Josefina! Fue la que forjó la senda que trajo de vuelta a Silvia, la que la arrancó del silencio y la negrura, ese rincón remoto de sí misma en el que se ocultó cuando tenía diez años. Le debía mucho a esa mujer, bien lo sabía, más de lo que nunca podría retribuir. Pero, mientras siguieran en el centro psiquiátrico San Simón, el lugar de ángulos blancos en el que estaba internada, Silvia no podía permitirse confiar en nadie.

¿Acaso podría hacerlo algún día? A veces lo dudaba. El presente le resultaba extraño y terrible; el futuro, amedrentador; el pasado... No, ni siquiera se atrevía a mirar en el pozo destrozado que era su memoria, no quería recordar qué ocurrió la noche en que murió su madre, qué hecho espantoso quebró su mente y terminó llevándola hasta allí.

Pero ni intentándolo con todas sus fuerzas hubiese podido olvidar por completo las historias sobre la misión de su linaje. Su madre, su abuela, su bisabuela... Las mujeres De la Iglesia, las únicas capaces de distinguir entre los seres humanos y los demonios que se movían con sigilo por las grietas de ese mundo roto que otros llamaban realidad.

Las únicas capaces de enfrentarse a ellos y derrotarlos.

Durante su infancia, Silvia había recibido esas enseñanzas casi cada noche, en vez del cuento de hadas que escuchaban otros niños. En lugar de risas, magia y maravilla, había habido miedo, sombras y alientos entrecortados.

Y en el San Simón había demonios por todas partes. Los había visto.

Incluso allí, al aire libre, sentada en un banco del jardín con Josefina, casi podía oler el azufre.

Estela Gaona
Silvia se estremeció. Estaba débil, era vulnerable. Si debía sobrevivir, más le valía reponerse cuanto antes. Necesitaba aprender de nuevo a actuar como un ser humano. Además, quería hacerlo, lo deseaba con todas sus fuerzas. Llevaba catorce años fuera del mundo, como había comprobado gracias al calendario colgado en la sala común. Catorce años perdidos.

Tras tanto tiempo agazapada en aquella nada oscura, se sentía ávida de vida y detalles. Los colores siempre la llenaban de asombro, los sonidos la fascinaban; había algo mágico en los aromas. Sus ojos vagaron sin rumbo por entre los árboles y los setos, siguiendo el vuelo errático de una mariposa o el movimiento de las ramas con la brisa, y se perdieron durante largos minutos en las siluetas de las nubes. Otros internos estaban paseando por las cercanías; algunos charlaban en grupos o jugaban y disfrutaban del buen tiempo. Varias enfermeras y celadores se movían entre ellos, de un lado a otro, para asegurarse de que todo el mundo se encontraba bien atendido.

Alguien cantaba bajo el sol. Alguien reía.

Silvia suspiró. A pesar de todos sus miedos y problemas, esa tarde tan luminosa hubiera podido ser perfecta, pero Josefina estaba emitiendo una fuerte sensación de melancolía, una tristeza que era como un vaho que lo empañara todo. Estaba tan callada... Solía ponerse así cuando pensaba en la hija que perdió en un accidente. Seguro que era eso.

Se llamaba Almudena. Dos años atrás, su coche se había salido de la carretera, en la ladera del Artxanda, y se había despeñado hasta chocar violentamente contra un árbol. Josefina se lo había contado muchas veces. Almudena iba con su novio y, al parecer, habían superado con mucho el límite de velocidad. Ella no había sobrevivido. Tenía tan solo veintitrés años. Su muerte había dejado a su madre destrozada. Silvia nunca se cansaba de esa historia. Siempre la escuchaba con curiosidad, maravillándose por el modo decisivo en que aquella muchacha, a la que nunca llegó a conocer, había afectado a su vida, incluso después de muerta. Igual que había influido de hecho su propia madre, Isabel, en la de Josefina.

¡Eran tan peculiares los lazos que tejía la sangre a través del tiempo, nudos extraños y fuertes, capaces de atar por siempre y más allá!

Porque por eso estaban ahí sentadas ellas dos, Silvia y Josefina, por eso estaban juntas y solas, dos piezas sueltas que encajaban tan bien que sorprendía: una hija sin madre y llena de miedo; una madre sin hija y cargada con demasiado dolor…

Josefina cerró el libro que había simulado leer y ahogó un gemido, haciendo auténticos esfuerzos por contener las lágrimas. Silvia no pudo soportar la idea de verla llorar, de modo que le envió un impulso mental, un toque ligero para menguar su tristeza. La mejoría resultó inmediata. De pronto, apenas sin transición, Josefina estaba feliz y Silvia tuvo que reprimir una sonrisa.

Ojalá fuese siempre tan fácil.

Poco sabía sobre la naturaleza o el auténtico alcance de ese sorprendente don que había resultado tener, esa capacidad de alterar estados de ánimo, explorar las laberínticas conciencias ajenas o incluso influir en sus voluntades. Si la tenía antes, en otros tiempos, no lograba recordarlo. Suponía que no, precisamente por eso. Tener semejante poder era algo que no podría olvidarse con facilidad. La descubrió tras su regreso de la nada, y por puro azar, cuando quiso impedir que un interno se hiciese daño en la sala común. El hombre respondió a su breve orden mental y se tranquilizó de inmediato, dejándola perpleja.

Desde entonces, Silvia había podido comprobar que su poder funcionaba solo a veces y no con todo el mundo. Con Josefina sí, y le gustaba ayudarla.

Pensándolo bien, quizá sí debería confesarle que había despertado. Eso y contarle lo de los miércoles…

Si alguien podía llegar a comprenderlo todo, era ella. Josefina también odiaba el psiquiátrico y sabía que algo malo estaba pasando allí dentro. Silvia la había oído hablar por teléfono con alguien en muchas ocasiones, cada vez más enfadada. No dejaba de afirmar que en el San Simón todo era pura apariencia. Que, más allá del aspecto amable que se mostraba al público, del hermoso palacete restaurado, de los cuidados jardines, se escondía una verdad muy distinta.

Fármacos bastardos, que aún no tenían nombre ni bendición de ningún sistema sanitario; empleados brutales, más parecidos a carceleros que otra cosa; abusos de todo tipo; terapias experimentales con conejillos de indias que no importaban a nadie…

Muertes. Cadáveres golpeados. Suicidios sospechosos.

Todo eso era cierto. Y más. Solo había que tener en cuenta cómo se comportaba con los internos la enfermera jefe Zabaleta, por ejemplo. Un mal bicho, el primer demonio que Silvia detectó en el centro y el segundo más poderoso de cuantos allí había.

Porque, claro, estaba él.

De repente, como si al surgir en sus pensamientos lo hubiese convocado de algún modo, Silvia divisó a lo lejos al doctor Martínez, el psiquiatra que dirigía el centro. Estaba apoyado en una de las esquinas redondeadas de la terraza del piso bajo, cerca de la escalera de mármol que conducía desde el aparcamiento a la entrada principal del edificio. Leía algo, quizás un informe en el que se creía poder describir, con palabras áridas y frías, el vibrante mundo interior de alguna persona.

Asencio Martínez casi resplandecía bajo el sol gracias al intenso blanco de su bata y de su camisa. Rondaba ya los cincuenta años, pero todavía se mantenía en buena forma. Iba al gimnasio varias veces por semana y procuraba cuidar mucho su imagen, desde los elegantes trajes italianos hasta el excelente corte de su pelo y perilla. Además, era hábil en las relaciones sociales y muy astuto en su papel de médico de vocación, siempre preocupado por sus pacientes.

Pero a ella no podía engañarla. El director Martínez era un demonio, uno de alto rango. Solo necesitaba mirarlo a los ojos para saberlo y Silvia, por otro lado, conocía su tacto y su sabor más de lo que le hubiese gustado.

En las sesiones de los miércoles, a las cinco en punto, tras cerrar con pestillo la puerta del despacho, el psiquiatra sacaba más provecho que ella del cómodo sofá.

—Eres tan bella, tan bella, mi preciosa muñeca sin mente… — solía repetir una y otra vez.

Le gustaba enredar los dedos en el largo cabello negro de Silvia y besarla de una forma que resultaba más sucia que ardiente, mientras con la otra mano le arrebataba el camisón.

Qué horror. Qué asco.

En el jardín, Silvia cerró los ojos y apretó los puños, mientras la ira crecía en su interior. Giraba como un tornado, un viento tempestuoso que rebotaba de un lado a otro sin encontrar una salida.

El primer miércoles tras recuperar la consciencia, aquello la tomó tan por sorpresa que estuvo a punto de reaccionar. Casi empezó a forcejear para quitárselo de encima, arañando furiosa ese cutis que cuidaba con caros cosméticos para hombres, pero pudo controlarse. Menos mal. Bien sabía lo peligroso que hubiese sido perder esa ventaja sobre los demonios sin estar todavía preparada. Podía haberle costado la vida.

Luego, al descubrir su poder, intentó contener a Martínez sin que se diese cuenta, pero comprobó con amargura que no funcionaba con él. Por la razón que fuese, quedaba más allá de sus posibilidades.

Por eso, cuando llegaba un nuevo miércoles, no le quedaba más remedio que refugiarse en un punto oscuro, un triste simulacro del silencio y la negrura que la habían cobijado durante tanto tiempo, y tratar de ignorar lo que le sucedía a su cuerpo.

Aunque su madre, Isabel, le habló de ellos y le enseñó a distinguir a los demonios, murió antes de poder explicarle cómo combatirlos.

Pero odiaba tanto, tanto, sentirle dentro, sentirle encima… ¿Qué hacer?

De pronto, Josefina se puso en pie de un brinco, sobresaltándola. Silvia abrió los ojos y maldijo en silencio, enfadada consigo misma. Ella no era alguien normal, tenía un poder. Debía aprender a ser más cuidadosa.

Por culpa de la vorágine de emociones que le provocaba el doctor Martínez, había estado emitiendo señales, como un grifo con gotera. Uno, dos, cuatro... Los internos que había visto paseando o jugando por las cercanías se movían ahora hacia ella, llegando de todas partes. Caminaban con torpe determinación, los ojos muy abiertos, hasta detenerse a pocos pasos, donde se quedaban muy quietos, con aire reverente, como si estuviesen adorándola.

Para cuando logró reaccionar, muchos ya habían formado un gran semicírculo frente a Silvia, desde el que la contemplaban con fascinación.

No, no eran solo internos. También se había acercado uno de los celadores, Bernardo. ¿Por qué? ¿Por qué respondían a su poder esos y no otros? ¿Por qué no podía afectar a las dos enfermeras que charlaban junto a la rosaleda sin percatarse de lo que estaba ocurriendo, o incluso al propio doctor Martínez?

Sobre todo, al doctor Martínez.

Pero, no. Solo estos. Debía de haber una razón, algo que lo explicase. Silvia se adentró en sus cabezas, buscando la respuesta, fluyendo sin problema entre las aristas de sus mentes desquiciadas.

Estaba Pedrito, que vivía una infancia eterna bajo sus canas; la señora Anselma, que se pasaba el día hablando con los tres hijos que nunca tuvo; Roberto Peña, en tiempos buen abogado, hasta que su psicosis provocó más de un problema a la gente equivocada; Teresa, que subía y bajaba por el tobogán eterno de su depresión; Bernardo, el celador, que a veces no estaba seguro de vivir realmente solo; y tantos, tantos otros...

Cicatrices andantes, criaturas llenas de golpes y traumas. Seres que estaban rotos en el mundo roto.

—¿Silvia? —preguntó Josefina con esfuerzo. También había un toque de adoración en sus ojos. Josefina, luchando contra una depresión, tonteando con la idea de tirar la toalla desde la muerte de su hija—. ¿Esto es… cosa tuya…?

En lugar de responder, Silvia emitió una orden dirigida hacia el grupo. Quería que se dispersasen, cuanto antes, pero no obedecieron. No todos, al menos. Apenas dos o tres dieron media vuelta para alejarse unos metros, con expresiones aturdidas, como si no supiesen qué estaban haciendo allí. Los demás permanecieron en el mismo sitio, insistiendo en esa absurda ceremonia, y ella empezó a sudar.

Sobre todo cuando comprobó que Martínez estaba mirando en su dirección.

Silvia casi pegó un bote en el banco. ¿Se habría dado cuenta? ¿Hasta qué punto? Le costaba respirar, no podía coordinar las ideas. Viéndose desbordada, trató de impedir que su miedo se extendiera

como una marea de histeria entre los internos, pero era novata en el control de su poder y no fue lo bastante hábil.

En el semicírculo, Pedrito y Teresa empezaron a gritar a pleno pulmón, ojos y bocas muy abiertos, los puños apretados. No contentos con eso, se tiraron al suelo y se revolcaron por la hierba, llevándose las manos a la cabeza para arrancarse mechones de cabello con auténtico salvajismo.

Eso quebró por completo el aura de fascinación que había unido al grupo y se oyeron más gritos. Varias enfermeras acudieron corriendo a ver qué pasaba. Bernardo, el celador, parpadeó confuso y se unió a los que intentaban echar una mano. Martínez no tardó tampoco en llegar, dando órdenes. En el San Simón estaban acostumbrados a enfrentar esa clase de situaciones con rapidez y eficacia, así que, en pocos minutos, los afectados por la extraña crisis de nervios se encontraban bien sedados y eran conducidos a sus habitaciones.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Martínez.

Josefina titubeó mientras se cruzaba mejor la chaqueta. Había empezado a hacer frío. Silvia sabía por qué: los ojos turbios del psiquiatra habían conjurado un viento helado que arrastraba las hojas muertas por los senderos de tierra apisonada que recorrían el jardín.

—Nada grave, doctor. Creo que discutieron por algo de un juego —Josefina se volvió hacia las otras enfermeras—. Eso me pareció, ¿no?

Sus compañeras no pudieron aportar gran cosa, nadie sabía qué contestar. Y, en definitiva, no era una cuestión importante, porque tampoco había sucedido algo tan inusual para un lugar como ese.

Pero Martínez había sido testigo de la extraña ceremonia, y miró hacia Silvia con un atisbo de sospecha. Ella trató por todos los medios de fingir que era la misma muñeca perfecta y vacía de siempre, pero temía perder el control en cualquier momento.

Por fortuna, Josefina dijo que había refrescado demasiado, la cogió del brazo y tiró de ella con suavidad para conducirla de vuelta hacia el edificio. Silvia contuvo la respiración hasta estar segura de que Martínez no hacía nada por impedirlo. Aun así, le costó mantener el paso lento e inseguro de siempre mientras se alejaban, doblegando el deseo de echar a correr y no detenerse jamás.

Se sentía tan asustada…

Tenía la intención de esconderse en su habitación el resto del día, meterse en la cama y mirar el techo intentando no pensar en nada, pero Josefina no estaba dispuesta a permitirlo. Su única concesión fue esperar a encontrarse lo bastante lejos como para que nadie más que Silvia la oyera.

—No sé qué has hecho, pero me consta que has sido tú y debes ocultarlo —empezó—. Sobre todo ante el director, Silvia, ten cuidado. Creo que sospecha algo. —Pensó durante tanto tiempo cómo continuar que ya casi habían llegado a su habitación, en el segundo piso, cuando añadió: —El doctor Martínez conserva algunos objetos personales encontrados en el dormitorio de tu madre. Me han dicho que incluso hay un diario. Quizá… —Comprobó que estaban solas en el pasillo, pero aun así bajó la voz—. He pensado que podría ser de mucha ayuda. Cabe la posibilidad de que contenga alguna información importante, algo que nos aclare qué ha pasado hoy y lo que te ocurrió hace años. Intentaré conseguirlo. ¿Te gustaría?

Silvia no contestó. Eso no le importaba, pero agradecía su preocupación, su evidente deseo de verla curada. Pobre ángel, se había ganado de sobras su cariño. Con ella se sentía segura, se sentía bien, incluso en el mundo roto.

Casi, casi, estaba decidida a compartir con ella su secreto. Lo meditó esa noche, mientras Josefina buscaba por todas partes sus zapatillas, hasta encontrarlas en el hueco del armario en el que Silvia las había escondido, porque prefería caminar descalza.

Reflexionó sobre ello mientras le cepillaba cien veces el pelo, y cuando la arropó y la besó en la frente, antes de apagar la luz. Se decidió a ello mientras cerraba los ojos y se sumía en el sueño.

Lo haría por la mañana, lo haría sin falta…


Santiago Ramos

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Silvia de la Iglesia llevaba ya varias semanas despierta, pero todavía no se lo había dicho a nadie.

Ni siquiera se lo había revelado a Josefina, la enfermera que pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, ese ángel que, con grandes dosis de paciencia y cariño, le daba de comer, la bañaba, la peinaba y la sacaba al jardín. También le hablaba a todas horas, casi de continuo, para intentar anclarla a la realidad.

¡La querida voz de Josefina! Fue la que forjó la senda que trajo de vuelta a Silvia, la que la arrancó del silencio y la negrura, ese rincón remoto de sí misma en el que se ocultó cuando tenía diez años. Le debía mucho a esa mujer, bien lo sabía, más de lo que nunca podría retribuir. Pero, mientras siguieran en el centro psiquiátrico San Simón, el lugar de ángulos blancos en el que estaba internada, Silvia no podía permitirse confiar en nadie.

¿Acaso podría hacerlo algún día? A veces lo dudaba. El presente le resultaba extraño y terrible; el futuro, amedrentador; el pasado... No, ni siquiera se atrevía a mirar en el pozo destrozado que era su memoria, no quería recordar qué ocurrió la noche en que murió su madre, qué hecho espantoso quebró su mente y terminó llevándola hasta allí.

Pero ni intentándolo con todas sus fuerzas hubiese podido olvidar por completo las historias sobre la misión de su linaje. Su madre, su abuela, su bisabuela... Las mujeres De la Iglesia, las únicas capaces de distinguir entre los seres humanos y los demonios que se movían con sigilo por las grietas de ese mundo roto que otros llamaban realidad.

Las únicas capaces de enfrentarse a ellos y derrotarlos.

Durante su infancia, Silvia había recibido esas enseñanzas casi cada noche, en vez del cuento de hadas que escuchaban otros niños. En lugar de risas, magia y maravilla, había habido miedo, sombras y alientos entrecortados.

Y en el San Simón había demonios por todas partes. Los había visto.

Incluso allí, al aire libre, sentada en un banco del jardín con Josefina, casi podía oler el azufre.

Estela Gaona
Silvia se estremeció. Estaba débil, era vulnerable. Si debía sobrevivir, más le valía reponerse cuanto antes. Necesitaba aprender de nuevo a actuar como un ser humano. Además, quería hacerlo, lo deseaba con todas sus fuerzas. Llevaba catorce años fuera del mundo, como había comprobado gracias al calendario colgado en la sala común. Catorce años perdidos.

Tras tanto tiempo agazapada en aquella nada oscura, se sentía ávida de vida y detalles. Los colores siempre la llenaban de asombro, los sonidos la fascinaban; había algo mágico en los aromas. Sus ojos vagaron sin rumbo por entre los árboles y los setos, siguiendo el vuelo errático de una mariposa o el movimiento de las ramas con la brisa, y se perdieron durante largos minutos en las siluetas de las nubes. Otros internos estaban paseando por las cercanías; algunos charlaban en grupos o jugaban y disfrutaban del buen tiempo. Varias enfermeras y celadores se movían entre ellos, de un lado a otro, para asegurarse de que todo el mundo se encontraba bien atendido.

Alguien cantaba bajo el sol. Alguien reía.

Silvia suspiró. A pesar de todos sus miedos y problemas, esa tarde tan luminosa hubiera podido ser perfecta, pero Josefina estaba emitiendo una fuerte sensación de melancolía, una tristeza que era como un vaho que lo empañara todo. Estaba tan callada... Solía ponerse así cuando pensaba en la hija que perdió en un accidente. Seguro que era eso.

Se llamaba Almudena. Dos años atrás, su coche se había salido de la carretera, en la ladera del Artxanda, y se había despeñado hasta chocar violentamente contra un árbol. Josefina se lo había contado muchas veces. Almudena iba con su novio y, al parecer, habían superado con mucho el límite de velocidad. Ella no había sobrevivido. Tenía tan solo veintitrés años. Su muerte había dejado a su madre destrozada. Silvia nunca se cansaba de esa historia. Siempre la escuchaba con curiosidad, maravillándose por el modo decisivo en que aquella muchacha, a la que nunca llegó a conocer, había afectado a su vida, incluso después de muerta. Igual que había influido de hecho su propia madre, Isabel, en la de Josefina.

¡Eran tan peculiares los lazos que tejía la sangre a través del tiempo, nudos extraños y fuertes, capaces de atar por siempre y más allá!

Porque por eso estaban ahí sentadas ellas dos, Silvia y Josefina, por eso estaban juntas y solas, dos piezas sueltas que encajaban tan bien que sorprendía: una hija sin madre y llena de miedo; una madre sin hija y cargada con demasiado dolor…

Josefina cerró el libro que había simulado leer y ahogó un gemido, haciendo auténticos esfuerzos por contener las lágrimas. Silvia no pudo soportar la idea de verla llorar, de modo que le envió un impulso mental, un toque ligero para menguar su tristeza. La mejoría resultó inmediata. De pronto, apenas sin transición, Josefina estaba feliz y Silvia tuvo que reprimir una sonrisa.

Ojalá fuese siempre tan fácil.

Poco sabía sobre la naturaleza o el auténtico alcance de ese sorprendente don que había resultado tener, esa capacidad de alterar estados de ánimo, explorar las laberínticas conciencias ajenas o incluso influir en sus voluntades. Si la tenía antes, en otros tiempos, no lograba recordarlo. Suponía que no, precisamente por eso. Tener semejante poder era algo que no podría olvidarse con facilidad. La descubrió tras su regreso de la nada, y por puro azar, cuando quiso impedir que un interno se hiciese daño en la sala común. El hombre respondió a su breve orden mental y se tranquilizó de inmediato, dejándola perpleja.

Desde entonces, Silvia había podido comprobar que su poder funcionaba solo a veces y no con todo el mundo. Con Josefina sí, y le gustaba ayudarla.

Pensándolo bien, quizá sí debería confesarle que había despertado. Eso y contarle lo de los miércoles…

Si alguien podía llegar a comprenderlo todo, era ella. Josefina también odiaba el psiquiátrico y sabía que algo malo estaba pasando allí dentro. Silvia la había oído hablar por teléfono con alguien en muchas ocasiones, cada vez más enfadada. No dejaba de afirmar que en el San Simón todo era pura apariencia. Que, más allá del aspecto amable que se mostraba al público, del hermoso palacete restaurado, de los cuidados jardines, se escondía una verdad muy distinta.

Fármacos bastardos, que aún no tenían nombre ni bendición de ningún sistema sanitario; empleados brutales, más parecidos a carceleros que otra cosa; abusos de todo tipo; terapias experimentales con conejillos de indias que no importaban a nadie…

Muertes. Cadáveres golpeados. Suicidios sospechosos.

Todo eso era cierto. Y más. Solo había que tener en cuenta cómo se comportaba con los internos la enfermera jefe Zabaleta, por ejemplo. Un mal bicho, el primer demonio que Silvia detectó en el centro y el segundo más poderoso de cuantos allí había.

Porque, claro, estaba él.

De repente, como si al surgir en sus pensamientos lo hubiese convocado de algún modo, Silvia divisó a lo lejos al doctor Martínez, el psiquiatra que dirigía el centro. Estaba apoyado en una de las esquinas redondeadas de la terraza del piso bajo, cerca de la escalera de mármol que conducía desde el aparcamiento a la entrada principal del edificio. Leía algo, quizás un informe en el que se creía poder describir, con palabras áridas y frías, el vibrante mundo interior de alguna persona.

Asencio Martínez casi resplandecía bajo el sol gracias al intenso blanco de su bata y de su camisa. Rondaba ya los cincuenta años, pero todavía se mantenía en buena forma. Iba al gimnasio varias veces por semana y procuraba cuidar mucho su imagen, desde los elegantes trajes italianos hasta el excelente corte de su pelo y perilla. Además, era hábil en las relaciones sociales y muy astuto en su papel de médico de vocación, siempre preocupado por sus pacientes.

Pero a ella no podía engañarla. El director Martínez era un demonio, uno de alto rango. Solo necesitaba mirarlo a los ojos para saberlo y Silvia, por otro lado, conocía su tacto y su sabor más de lo que le hubiese gustado.

En las sesiones de los miércoles, a las cinco en punto, tras cerrar con pestillo la puerta del despacho, el psiquiatra sacaba más provecho que ella del cómodo sofá.

—Eres tan bella, tan bella, mi preciosa muñeca sin mente… — solía repetir una y otra vez.

Le gustaba enredar los dedos en el largo cabello negro de Silvia y besarla de una forma que resultaba más sucia que ardiente, mientras con la otra mano le arrebataba el camisón.

Qué horror. Qué asco.

En el jardín, Silvia cerró los ojos y apretó los puños, mientras la ira crecía en su interior. Giraba como un tornado, un viento tempestuoso que rebotaba de un lado a otro sin encontrar una salida.

El primer miércoles tras recuperar la consciencia, aquello la tomó tan por sorpresa que estuvo a punto de reaccionar. Casi empezó a forcejear para quitárselo de encima, arañando furiosa ese cutis que cuidaba con caros cosméticos para hombres, pero pudo controlarse. Menos mal. Bien sabía lo peligroso que hubiese sido perder esa ventaja sobre los demonios sin estar todavía preparada. Podía haberle costado la vida.

Luego, al descubrir su poder, intentó contener a Martínez sin que se diese cuenta, pero comprobó con amargura que no funcionaba con él. Por la razón que fuese, quedaba más allá de sus posibilidades.

Por eso, cuando llegaba un nuevo miércoles, no le quedaba más remedio que refugiarse en un punto oscuro, un triste simulacro del silencio y la negrura que la habían cobijado durante tanto tiempo, y tratar de ignorar lo que le sucedía a su cuerpo.

Aunque su madre, Isabel, le habló de ellos y le enseñó a distinguir a los demonios, murió antes de poder explicarle cómo combatirlos.

Pero odiaba tanto, tanto, sentirle dentro, sentirle encima… ¿Qué hacer?

De pronto, Josefina se puso en pie de un brinco, sobresaltándola. Silvia abrió los ojos y maldijo en silencio, enfadada consigo misma. Ella no era alguien normal, tenía un poder. Debía aprender a ser más cuidadosa.

Por culpa de la vorágine de emociones que le provocaba el doctor Martínez, había estado emitiendo señales, como un grifo con gotera. Uno, dos, cuatro... Los internos que había visto paseando o jugando por las cercanías se movían ahora hacia ella, llegando de todas partes. Caminaban con torpe determinación, los ojos muy abiertos, hasta detenerse a pocos pasos, donde se quedaban muy quietos, con aire reverente, como si estuviesen adorándola.

Para cuando logró reaccionar, muchos ya habían formado un gran semicírculo frente a Silvia, desde el que la contemplaban con fascinación.

No, no eran solo internos. También se había acercado uno de los celadores, Bernardo. ¿Por qué? ¿Por qué respondían a su poder esos y no otros? ¿Por qué no podía afectar a las dos enfermeras que charlaban junto a la rosaleda sin percatarse de lo que estaba ocurriendo, o incluso al propio doctor Martínez?

Sobre todo, al doctor Martínez.

Pero, no. Solo estos. Debía de haber una razón, algo que lo explicase. Silvia se adentró en sus cabezas, buscando la respuesta, fluyendo sin problema entre las aristas de sus mentes desquiciadas.

Estaba Pedrito, que vivía una infancia eterna bajo sus canas; la señora Anselma, que se pasaba el día hablando con los tres hijos que nunca tuvo; Roberto Peña, en tiempos buen abogado, hasta que su psicosis provocó más de un problema a la gente equivocada; Teresa, que subía y bajaba por el tobogán eterno de su depresión; Bernardo, el celador, que a veces no estaba seguro de vivir realmente solo; y tantos, tantos otros...

Cicatrices andantes, criaturas llenas de golpes y traumas. Seres que estaban rotos en el mundo roto.

—¿Silvia? —preguntó Josefina con esfuerzo. También había un toque de adoración en sus ojos. Josefina, luchando contra una depresión, tonteando con la idea de tirar la toalla desde la muerte de su hija—. ¿Esto es… cosa tuya…?

En lugar de responder, Silvia emitió una orden dirigida hacia el grupo. Quería que se dispersasen, cuanto antes, pero no obedecieron. No todos, al menos. Apenas dos o tres dieron media vuelta para alejarse unos metros, con expresiones aturdidas, como si no supiesen qué estaban haciendo allí. Los demás permanecieron en el mismo sitio, insistiendo en esa absurda ceremonia, y ella empezó a sudar.

Sobre todo cuando comprobó que Martínez estaba mirando en su dirección.

Silvia casi pegó un bote en el banco. ¿Se habría dado cuenta? ¿Hasta qué punto? Le costaba respirar, no podía coordinar las ideas. Viéndose desbordada, trató de impedir que su miedo se extendiera

como una marea de histeria entre los internos, pero era novata en el control de su poder y no fue lo bastante hábil.

En el semicírculo, Pedrito y Teresa empezaron a gritar a pleno pulmón, ojos y bocas muy abiertos, los puños apretados. No contentos con eso, se tiraron al suelo y se revolcaron por la hierba, llevándose las manos a la cabeza para arrancarse mechones de cabello con auténtico salvajismo.

Eso quebró por completo el aura de fascinación que había unido al grupo y se oyeron más gritos. Varias enfermeras acudieron corriendo a ver qué pasaba. Bernardo, el celador, parpadeó confuso y se unió a los que intentaban echar una mano. Martínez no tardó tampoco en llegar, dando órdenes. En el San Simón estaban acostumbrados a enfrentar esa clase de situaciones con rapidez y eficacia, así que, en pocos minutos, los afectados por la extraña crisis de nervios se encontraban bien sedados y eran conducidos a sus habitaciones.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Martínez.

Josefina titubeó mientras se cruzaba mejor la chaqueta. Había empezado a hacer frío. Silvia sabía por qué: los ojos turbios del psiquiatra habían conjurado un viento helado que arrastraba las hojas muertas por los senderos de tierra apisonada que recorrían el jardín.

—Nada grave, doctor. Creo que discutieron por algo de un juego —Josefina se volvió hacia las otras enfermeras—. Eso me pareció, ¿no?

Sus compañeras no pudieron aportar gran cosa, nadie sabía qué contestar. Y, en definitiva, no era una cuestión importante, porque tampoco había sucedido algo tan inusual para un lugar como ese.

Pero Martínez había sido testigo de la extraña ceremonia, y miró hacia Silvia con un atisbo de sospecha. Ella trató por todos los medios de fingir que era la misma muñeca perfecta y vacía de siempre, pero temía perder el control en cualquier momento.

Por fortuna, Josefina dijo que había refrescado demasiado, la cogió del brazo y tiró de ella con suavidad para conducirla de vuelta hacia el edificio. Silvia contuvo la respiración hasta estar segura de que Martínez no hacía nada por impedirlo. Aun así, le costó mantener el paso lento e inseguro de siempre mientras se alejaban, doblegando el deseo de echar a correr y no detenerse jamás.

Se sentía tan asustada…

Tenía la intención de esconderse en su habitación el resto del día, meterse en la cama y mirar el techo intentando no pensar en nada, pero Josefina no estaba dispuesta a permitirlo. Su única concesión fue esperar a encontrarse lo bastante lejos como para que nadie más que Silvia la oyera.

—No sé qué has hecho, pero me consta que has sido tú y debes ocultarlo —empezó—. Sobre todo ante el director, Silvia, ten cuidado. Creo que sospecha algo. —Pensó durante tanto tiempo cómo continuar que ya casi habían llegado a su habitación, en el segundo piso, cuando añadió: —El doctor Martínez conserva algunos objetos personales encontrados en el dormitorio de tu madre. Me han dicho que incluso hay un diario. Quizá… —Comprobó que estaban solas en el pasillo, pero aun así bajó la voz—. He pensado que podría ser de mucha ayuda. Cabe la posibilidad de que contenga alguna información importante, algo que nos aclare qué ha pasado hoy y lo que te ocurrió hace años. Intentaré conseguirlo. ¿Te gustaría?

Silvia no contestó. Eso no le importaba, pero agradecía su preocupación, su evidente deseo de verla curada. Pobre ángel, se había ganado de sobras su cariño. Con ella se sentía segura, se sentía bien, incluso en el mundo roto.

Casi, casi, estaba decidida a compartir con ella su secreto. Lo meditó esa noche, mientras Josefina buscaba por todas partes sus zapatillas, hasta encontrarlas en el hueco del armario en el que Silvia las había escondido, porque prefería caminar descalza.

Reflexionó sobre ello mientras le cepillaba cien veces el pelo, y cuando la arropó y la besó en la frente, antes de apagar la luz. Se decidió a ello mientras cerraba los ojos y se sumía en el sueño.

Lo haría por la mañana, lo haría sin falta…


Santiago Ramos

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Tema: "Silvia. A través de la ventana"






Silvia de la Iglesia llevaba ya varias semanas despierta, pero todavía no se lo había dicho a nadie.

Ni siquiera se lo había revelado a Josefina, la enfermera que pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, ese ángel que, con grandes dosis de paciencia y cariño, le daba de comer, la bañaba, la peinaba y la sacaba al jardín. También le hablaba a todas horas, casi de continuo, para intentar anclarla a la realidad.

¡La querida voz de Josefina! Fue la que forjó la senda que trajo de vuelta a Silvia, la que la arrancó del silencio y la negrura, ese rincón remoto de sí misma en el que se ocultó cuando tenía diez años. Le debía mucho a esa mujer, bien lo sabía, más de lo que nunca podría retribuir. Pero, mientras siguieran en el centro psiquiátrico San Simón, el lugar de ángulos blancos en el que estaba internada, Silvia no podía permitirse confiar en nadie.

¿Acaso podría hacerlo algún día? A veces lo dudaba. El presente le resultaba extraño y terrible; el futuro, amedrentador; el pasado... No, ni siquiera se atrevía a mirar en el pozo destrozado que era su memoria, no quería recordar qué ocurrió la noche en que murió su madre, qué hecho espantoso quebró su mente y terminó llevándola hasta allí.

Pero ni intentándolo con todas sus fuerzas hubiese podido olvidar por completo las historias sobre la misión de su linaje. Su madre, su abuela, su bisabuela... Las mujeres De la Iglesia, las únicas capaces de distinguir entre los seres humanos y los demonios que se movían con sigilo por las grietas de ese mundo roto que otros llamaban realidad.

Las únicas capaces de enfrentarse a ellos y derrotarlos.

Durante su infancia, Silvia había recibido esas enseñanzas casi cada noche, en vez del cuento de hadas que escuchaban otros niños. En lugar de risas, magia y maravilla, había habido miedo, sombras y alientos entrecortados.

Y en el San Simón había demonios por todas partes. Los había visto.

Incluso allí, al aire libre, sentada en un banco del jardín con Josefina, casi podía oler el azufre.

Estela Gaona
Silvia se estremeció. Estaba débil, era vulnerable. Si debía sobrevivir, más le valía reponerse cuanto antes. Necesitaba aprender de nuevo a actuar como un ser humano. Además, quería hacerlo, lo deseaba con todas sus fuerzas. Llevaba catorce años fuera del mundo, como había comprobado gracias al calendario colgado en la sala común. Catorce años perdidos.

Tras tanto tiempo agazapada en aquella nada oscura, se sentía ávida de vida y detalles. Los colores siempre la llenaban de asombro, los sonidos la fascinaban; había algo mágico en los aromas. Sus ojos vagaron sin rumbo por entre los árboles y los setos, siguiendo el vuelo errático de una mariposa o el movimiento de las ramas con la brisa, y se perdieron durante largos minutos en las siluetas de las nubes. Otros internos estaban paseando por las cercanías; algunos charlaban en grupos o jugaban y disfrutaban del buen tiempo. Varias enfermeras y celadores se movían entre ellos, de un lado a otro, para asegurarse de que todo el mundo se encontraba bien atendido.

Alguien cantaba bajo el sol. Alguien reía.

Silvia suspiró. A pesar de todos sus miedos y problemas, esa tarde tan luminosa hubiera podido ser perfecta, pero Josefina estaba emitiendo una fuerte sensación de melancolía, una tristeza que era como un vaho que lo empañara todo. Estaba tan callada... Solía ponerse así cuando pensaba en la hija que perdió en un accidente. Seguro que era eso.

Se llamaba Almudena. Dos años atrás, su coche se había salido de la carretera, en la ladera del Artxanda, y se había despeñado hasta chocar violentamente contra un árbol. Josefina se lo había contado muchas veces. Almudena iba con su novio y, al parecer, habían superado con mucho el límite de velocidad. Ella no había sobrevivido. Tenía tan solo veintitrés años. Su muerte había dejado a su madre destrozada. Silvia nunca se cansaba de esa historia. Siempre la escuchaba con curiosidad, maravillándose por el modo decisivo en que aquella muchacha, a la que nunca llegó a conocer, había afectado a su vida, incluso después de muerta. Igual que había influido de hecho su propia madre, Isabel, en la de Josefina.

¡Eran tan peculiares los lazos que tejía la sangre a través del tiempo, nudos extraños y fuertes, capaces de atar por siempre y más allá!

Porque por eso estaban ahí sentadas ellas dos, Silvia y Josefina, por eso estaban juntas y solas, dos piezas sueltas que encajaban tan bien que sorprendía: una hija sin madre y llena de miedo; una madre sin hija y cargada con demasiado dolor…

Josefina cerró el libro que había simulado leer y ahogó un gemido, haciendo auténticos esfuerzos por contener las lágrimas. Silvia no pudo soportar la idea de verla llorar, de modo que le envió un impulso mental, un toque ligero para menguar su tristeza. La mejoría resultó inmediata. De pronto, apenas sin transición, Josefina estaba feliz y Silvia tuvo que reprimir una sonrisa.

Ojalá fuese siempre tan fácil.

Poco sabía sobre la naturaleza o el auténtico alcance de ese sorprendente don que había resultado tener, esa capacidad de alterar estados de ánimo, explorar las laberínticas conciencias ajenas o incluso influir en sus voluntades. Si la tenía antes, en otros tiempos, no lograba recordarlo. Suponía que no, precisamente por eso. Tener semejante poder era algo que no podría olvidarse con facilidad. La descubrió tras su regreso de la nada, y por puro azar, cuando quiso impedir que un interno se hiciese daño en la sala común. El hombre respondió a su breve orden mental y se tranquilizó de inmediato, dejándola perpleja.

Desde entonces, Silvia había podido comprobar que su poder funcionaba solo a veces y no con todo el mundo. Con Josefina sí, y le gustaba ayudarla.

Pensándolo bien, quizá sí debería confesarle que había despertado. Eso y contarle lo de los miércoles…

Si alguien podía llegar a comprenderlo todo, era ella. Josefina también odiaba el psiquiátrico y sabía que algo malo estaba pasando allí dentro. Silvia la había oído hablar por teléfono con alguien en muchas ocasiones, cada vez más enfadada. No dejaba de afirmar que en el San Simón todo era pura apariencia. Que, más allá del aspecto amable que se mostraba al público, del hermoso palacete restaurado, de los cuidados jardines, se escondía una verdad muy distinta.

Fármacos bastardos, que aún no tenían nombre ni bendición de ningún sistema sanitario; empleados brutales, más parecidos a carceleros que otra cosa; abusos de todo tipo; terapias experimentales con conejillos de indias que no importaban a nadie…

Muertes. Cadáveres golpeados. Suicidios sospechosos.

Todo eso era cierto. Y más. Solo había que tener en cuenta cómo se comportaba con los internos la enfermera jefe Zabaleta, por ejemplo. Un mal bicho, el primer demonio que Silvia detectó en el centro y el segundo más poderoso de cuantos allí había.

Porque, claro, estaba él.

De repente, como si al surgir en sus pensamientos lo hubiese convocado de algún modo, Silvia divisó a lo lejos al doctor Martínez, el psiquiatra que dirigía el centro. Estaba apoyado en una de las esquinas redondeadas de la terraza del piso bajo, cerca de la escalera de mármol que conducía desde el aparcamiento a la entrada principal del edificio. Leía algo, quizás un informe en el que se creía poder describir, con palabras áridas y frías, el vibrante mundo interior de alguna persona.

Asencio Martínez casi resplandecía bajo el sol gracias al intenso blanco de su bata y de su camisa. Rondaba ya los cincuenta años, pero todavía se mantenía en buena forma. Iba al gimnasio varias veces por semana y procuraba cuidar mucho su imagen, desde los elegantes trajes italianos hasta el excelente corte de su pelo y perilla. Además, era hábil en las relaciones sociales y muy astuto en su papel de médico de vocación, siempre preocupado por sus pacientes.

Pero a ella no podía engañarla. El director Martínez era un demonio, uno de alto rango. Solo necesitaba mirarlo a los ojos para saberlo y Silvia, por otro lado, conocía su tacto y su sabor más de lo que le hubiese gustado.

En las sesiones de los miércoles, a las cinco en punto, tras cerrar con pestillo la puerta del despacho, el psiquiatra sacaba más provecho que ella del cómodo sofá.

—Eres tan bella, tan bella, mi preciosa muñeca sin mente… — solía repetir una y otra vez.

Le gustaba enredar los dedos en el largo cabello negro de Silvia y besarla de una forma que resultaba más sucia que ardiente, mientras con la otra mano le arrebataba el camisón.

Qué horror. Qué asco.

En el jardín, Silvia cerró los ojos y apretó los puños, mientras la ira crecía en su interior. Giraba como un tornado, un viento tempestuoso que rebotaba de un lado a otro sin encontrar una salida.

El primer miércoles tras recuperar la consciencia, aquello la tomó tan por sorpresa que estuvo a punto de reaccionar. Casi empezó a forcejear para quitárselo de encima, arañando furiosa ese cutis que cuidaba con caros cosméticos para hombres, pero pudo controlarse. Menos mal. Bien sabía lo peligroso que hubiese sido perder esa ventaja sobre los demonios sin estar todavía preparada. Podía haberle costado la vida.

Luego, al descubrir su poder, intentó contener a Martínez sin que se diese cuenta, pero comprobó con amargura que no funcionaba con él. Por la razón que fuese, quedaba más allá de sus posibilidades.

Por eso, cuando llegaba un nuevo miércoles, no le quedaba más remedio que refugiarse en un punto oscuro, un triste simulacro del silencio y la negrura que la habían cobijado durante tanto tiempo, y tratar de ignorar lo que le sucedía a su cuerpo.

Aunque su madre, Isabel, le habló de ellos y le enseñó a distinguir a los demonios, murió antes de poder explicarle cómo combatirlos.

Pero odiaba tanto, tanto, sentirle dentro, sentirle encima… ¿Qué hacer?

De pronto, Josefina se puso en pie de un brinco, sobresaltándola. Silvia abrió los ojos y maldijo en silencio, enfadada consigo misma. Ella no era alguien normal, tenía un poder. Debía aprender a ser más cuidadosa.

Por culpa de la vorágine de emociones que le provocaba el doctor Martínez, había estado emitiendo señales, como un grifo con gotera. Uno, dos, cuatro... Los internos que había visto paseando o jugando por las cercanías se movían ahora hacia ella, llegando de todas partes. Caminaban con torpe determinación, los ojos muy abiertos, hasta detenerse a pocos pasos, donde se quedaban muy quietos, con aire reverente, como si estuviesen adorándola.

Para cuando logró reaccionar, muchos ya habían formado un gran semicírculo frente a Silvia, desde el que la contemplaban con fascinación.

No, no eran solo internos. También se había acercado uno de los celadores, Bernardo. ¿Por qué? ¿Por qué respondían a su poder esos y no otros? ¿Por qué no podía afectar a las dos enfermeras que charlaban junto a la rosaleda sin percatarse de lo que estaba ocurriendo, o incluso al propio doctor Martínez?

Sobre todo, al doctor Martínez.

Pero, no. Solo estos. Debía de haber una razón, algo que lo explicase. Silvia se adentró en sus cabezas, buscando la respuesta, fluyendo sin problema entre las aristas de sus mentes desquiciadas.

Estaba Pedrito, que vivía una infancia eterna bajo sus canas; la señora Anselma, que se pasaba el día hablando con los tres hijos que nunca tuvo; Roberto Peña, en tiempos buen abogado, hasta que su psicosis provocó más de un problema a la gente equivocada; Teresa, que subía y bajaba por el tobogán eterno de su depresión; Bernardo, el celador, que a veces no estaba seguro de vivir realmente solo; y tantos, tantos otros...

Cicatrices andantes, criaturas llenas de golpes y traumas. Seres que estaban rotos en el mundo roto.

—¿Silvia? —preguntó Josefina con esfuerzo. También había un toque de adoración en sus ojos. Josefina, luchando contra una depresión, tonteando con la idea de tirar la toalla desde la muerte de su hija—. ¿Esto es… cosa tuya…?

En lugar de responder, Silvia emitió una orden dirigida hacia el grupo. Quería que se dispersasen, cuanto antes, pero no obedecieron. No todos, al menos. Apenas dos o tres dieron media vuelta para alejarse unos metros, con expresiones aturdidas, como si no supiesen qué estaban haciendo allí. Los demás permanecieron en el mismo sitio, insistiendo en esa absurda ceremonia, y ella empezó a sudar.

Sobre todo cuando comprobó que Martínez estaba mirando en su dirección.

Silvia casi pegó un bote en el banco. ¿Se habría dado cuenta? ¿Hasta qué punto? Le costaba respirar, no podía coordinar las ideas. Viéndose desbordada, trató de impedir que su miedo se extendiera

como una marea de histeria entre los internos, pero era novata en el control de su poder y no fue lo bastante hábil.

En el semicírculo, Pedrito y Teresa empezaron a gritar a pleno pulmón, ojos y bocas muy abiertos, los puños apretados. No contentos con eso, se tiraron al suelo y se revolcaron por la hierba, llevándose las manos a la cabeza para arrancarse mechones de cabello con auténtico salvajismo.

Eso quebró por completo el aura de fascinación que había unido al grupo y se oyeron más gritos. Varias enfermeras acudieron corriendo a ver qué pasaba. Bernardo, el celador, parpadeó confuso y se unió a los que intentaban echar una mano. Martínez no tardó tampoco en llegar, dando órdenes. En el San Simón estaban acostumbrados a enfrentar esa clase de situaciones con rapidez y eficacia, así que, en pocos minutos, los afectados por la extraña crisis de nervios se encontraban bien sedados y eran conducidos a sus habitaciones.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Martínez.

Josefina titubeó mientras se cruzaba mejor la chaqueta. Había empezado a hacer frío. Silvia sabía por qué: los ojos turbios del psiquiatra habían conjurado un viento helado que arrastraba las hojas muertas por los senderos de tierra apisonada que recorrían el jardín.

—Nada grave, doctor. Creo que discutieron por algo de un juego —Josefina se volvió hacia las otras enfermeras—. Eso me pareció, ¿no?

Sus compañeras no pudieron aportar gran cosa, nadie sabía qué contestar. Y, en definitiva, no era una cuestión importante, porque tampoco había sucedido algo tan inusual para un lugar como ese.

Pero Martínez había sido testigo de la extraña ceremonia, y miró hacia Silvia con un atisbo de sospecha. Ella trató por todos los medios de fingir que era la misma muñeca perfecta y vacía de siempre, pero temía perder el control en cualquier momento.

Por fortuna, Josefina dijo que había refrescado demasiado, la cogió del brazo y tiró de ella con suavidad para conducirla de vuelta hacia el edificio. Silvia contuvo la respiración hasta estar segura de que Martínez no hacía nada por impedirlo. Aun así, le costó mantener el paso lento e inseguro de siempre mientras se alejaban, doblegando el deseo de echar a correr y no detenerse jamás.

Se sentía tan asustada…

Tenía la intención de esconderse en su habitación el resto del día, meterse en la cama y mirar el techo intentando no pensar en nada, pero Josefina no estaba dispuesta a permitirlo. Su única concesión fue esperar a encontrarse lo bastante lejos como para que nadie más que Silvia la oyera.

—No sé qué has hecho, pero me consta que has sido tú y debes ocultarlo —empezó—. Sobre todo ante el director, Silvia, ten cuidado. Creo que sospecha algo. —Pensó durante tanto tiempo cómo continuar que ya casi habían llegado a su habitación, en el segundo piso, cuando añadió: —El doctor Martínez conserva algunos objetos personales encontrados en el dormitorio de tu madre. Me han dicho que incluso hay un diario. Quizá… —Comprobó que estaban solas en el pasillo, pero aun así bajó la voz—. He pensado que podría ser de mucha ayuda. Cabe la posibilidad de que contenga alguna información importante, algo que nos aclare qué ha pasado hoy y lo que te ocurrió hace años. Intentaré conseguirlo. ¿Te gustaría?

Silvia no contestó. Eso no le importaba, pero agradecía su preocupación, su evidente deseo de verla curada. Pobre ángel, se había ganado de sobras su cariño. Con ella se sentía segura, se sentía bien, incluso en el mundo roto.

Casi, casi, estaba decidida a compartir con ella su secreto. Lo meditó esa noche, mientras Josefina buscaba por todas partes sus zapatillas, hasta encontrarlas en el hueco del armario en el que Silvia las había escondido, porque prefería caminar descalza.

Reflexionó sobre ello mientras le cepillaba cien veces el pelo, y cuando la arropó y la besó en la frente, antes de apagar la luz. Se decidió a ello mientras cerraba los ojos y se sumía en el sueño.

Lo haría por la mañana, lo haría sin falta…


Santiago Ramos

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Tema: "Silvia. A través de la ventana"






Silvia de la Iglesia llevaba ya varias semanas despierta, pero todavía no se lo había dicho a nadie.

Ni siquiera se lo había revelado a Josefina, la enfermera que pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, ese ángel que, con grandes dosis de paciencia y cariño, le daba de comer, la bañaba, la peinaba y la sacaba al jardín. También le hablaba a todas horas, casi de continuo, para intentar anclarla a la realidad.

¡La querida voz de Josefina! Fue la que forjó la senda que trajo de vuelta a Silvia, la que la arrancó del silencio y la negrura, ese rincón remoto de sí misma en el que se ocultó cuando tenía diez años. Le debía mucho a esa mujer, bien lo sabía, más de lo que nunca podría retribuir. Pero, mientras siguieran en el centro psiquiátrico San Simón, el lugar de ángulos blancos en el que estaba internada, Silvia no podía permitirse confiar en nadie.

¿Acaso podría hacerlo algún día? A veces lo dudaba. El presente le resultaba extraño y terrible; el futuro, amedrentador; el pasado... No, ni siquiera se atrevía a mirar en el pozo destrozado que era su memoria, no quería recordar qué ocurrió la noche en que murió su madre, qué hecho espantoso quebró su mente y terminó llevándola hasta allí.

Pero ni intentándolo con todas sus fuerzas hubiese podido olvidar por completo las historias sobre la misión de su linaje. Su madre, su abuela, su bisabuela... Las mujeres De la Iglesia, las únicas capaces de distinguir entre los seres humanos y los demonios que se movían con sigilo por las grietas de ese mundo roto que otros llamaban realidad.

Las únicas capaces de enfrentarse a ellos y derrotarlos.

Durante su infancia, Silvia había recibido esas enseñanzas casi cada noche, en vez del cuento de hadas que escuchaban otros niños. En lugar de risas, magia y maravilla, había habido miedo, sombras y alientos entrecortados.

Y en el San Simón había demonios por todas partes. Los había visto.

Incluso allí, al aire libre, sentada en un banco del jardín con Josefina, casi podía oler el azufre.

Estela Gaona
Silvia se estremeció. Estaba débil, era vulnerable. Si debía sobrevivir, más le valía reponerse cuanto antes. Necesitaba aprender de nuevo a actuar como un ser humano. Además, quería hacerlo, lo deseaba con todas sus fuerzas. Llevaba catorce años fuera del mundo, como había comprobado gracias al calendario colgado en la sala común. Catorce años perdidos.

Tras tanto tiempo agazapada en aquella nada oscura, se sentía ávida de vida y detalles. Los colores siempre la llenaban de asombro, los sonidos la fascinaban; había algo mágico en los aromas. Sus ojos vagaron sin rumbo por entre los árboles y los setos, siguiendo el vuelo errático de una mariposa o el movimiento de las ramas con la brisa, y se perdieron durante largos minutos en las siluetas de las nubes. Otros internos estaban paseando por las cercanías; algunos charlaban en grupos o jugaban y disfrutaban del buen tiempo. Varias enfermeras y celadores se movían entre ellos, de un lado a otro, para asegurarse de que todo el mundo se encontraba bien atendido.

Alguien cantaba bajo el sol. Alguien reía.

Silvia suspiró. A pesar de todos sus miedos y problemas, esa tarde tan luminosa hubiera podido ser perfecta, pero Josefina estaba emitiendo una fuerte sensación de melancolía, una tristeza que era como un vaho que lo empañara todo. Estaba tan callada... Solía ponerse así cuando pensaba en la hija que perdió en un accidente. Seguro que era eso.

Se llamaba Almudena. Dos años atrás, su coche se había salido de la carretera, en la ladera del Artxanda, y se había despeñado hasta chocar violentamente contra un árbol. Josefina se lo había contado muchas veces. Almudena iba con su novio y, al parecer, habían superado con mucho el límite de velocidad. Ella no había sobrevivido. Tenía tan solo veintitrés años. Su muerte había dejado a su madre destrozada. Silvia nunca se cansaba de esa historia. Siempre la escuchaba con curiosidad, maravillándose por el modo decisivo en que aquella muchacha, a la que nunca llegó a conocer, había afectado a su vida, incluso después de muerta. Igual que había influido de hecho su propia madre, Isabel, en la de Josefina.

¡Eran tan peculiares los lazos que tejía la sangre a través del tiempo, nudos extraños y fuertes, capaces de atar por siempre y más allá!

Porque por eso estaban ahí sentadas ellas dos, Silvia y Josefina, por eso estaban juntas y solas, dos piezas sueltas que encajaban tan bien que sorprendía: una hija sin madre y llena de miedo; una madre sin hija y cargada con demasiado dolor…

Josefina cerró el libro que había simulado leer y ahogó un gemido, haciendo auténticos esfuerzos por contener las lágrimas. Silvia no pudo soportar la idea de verla llorar, de modo que le envió un impulso mental, un toque ligero para menguar su tristeza. La mejoría resultó inmediata. De pronto, apenas sin transición, Josefina estaba feliz y Silvia tuvo que reprimir una sonrisa.

Ojalá fuese siempre tan fácil.

Poco sabía sobre la naturaleza o el auténtico alcance de ese sorprendente don que había resultado tener, esa capacidad de alterar estados de ánimo, explorar las laberínticas conciencias ajenas o incluso influir en sus voluntades. Si la tenía antes, en otros tiempos, no lograba recordarlo. Suponía que no, precisamente por eso. Tener semejante poder era algo que no podría olvidarse con facilidad. La descubrió tras su regreso de la nada, y por puro azar, cuando quiso impedir que un interno se hiciese daño en la sala común. El hombre respondió a su breve orden mental y se tranquilizó de inmediato, dejándola perpleja.

Desde entonces, Silvia había podido comprobar que su poder funcionaba solo a veces y no con todo el mundo. Con Josefina sí, y le gustaba ayudarla.

Pensándolo bien, quizá sí debería confesarle que había despertado. Eso y contarle lo de los miércoles…

Si alguien podía llegar a comprenderlo todo, era ella. Josefina también odiaba el psiquiátrico y sabía que algo malo estaba pasando allí dentro. Silvia la había oído hablar por teléfono con alguien en muchas ocasiones, cada vez más enfadada. No dejaba de afirmar que en el San Simón todo era pura apariencia. Que, más allá del aspecto amable que se mostraba al público, del hermoso palacete restaurado, de los cuidados jardines, se escondía una verdad muy distinta.

Fármacos bastardos, que aún no tenían nombre ni bendición de ningún sistema sanitario; empleados brutales, más parecidos a carceleros que otra cosa; abusos de todo tipo; terapias experimentales con conejillos de indias que no importaban a nadie…

Muertes. Cadáveres golpeados. Suicidios sospechosos.

Todo eso era cierto. Y más. Solo había que tener en cuenta cómo se comportaba con los internos la enfermera jefe Zabaleta, por ejemplo. Un mal bicho, el primer demonio que Silvia detectó en el centro y el segundo más poderoso de cuantos allí había.

Porque, claro, estaba él.

De repente, como si al surgir en sus pensamientos lo hubiese convocado de algún modo, Silvia divisó a lo lejos al doctor Martínez, el psiquiatra que dirigía el centro. Estaba apoyado en una de las esquinas redondeadas de la terraza del piso bajo, cerca de la escalera de mármol que conducía desde el aparcamiento a la entrada principal del edificio. Leía algo, quizás un informe en el que se creía poder describir, con palabras áridas y frías, el vibrante mundo interior de alguna persona.

Asencio Martínez casi resplandecía bajo el sol gracias al intenso blanco de su bata y de su camisa. Rondaba ya los cincuenta años, pero todavía se mantenía en buena forma. Iba al gimnasio varias veces por semana y procuraba cuidar mucho su imagen, desde los elegantes trajes italianos hasta el excelente corte de su pelo y perilla. Además, era hábil en las relaciones sociales y muy astuto en su papel de médico de vocación, siempre preocupado por sus pacientes.

Pero a ella no podía engañarla. El director Martínez era un demonio, uno de alto rango. Solo necesitaba mirarlo a los ojos para saberlo y Silvia, por otro lado, conocía su tacto y su sabor más de lo que le hubiese gustado.

En las sesiones de los miércoles, a las cinco en punto, tras cerrar con pestillo la puerta del despacho, el psiquiatra sacaba más provecho que ella del cómodo sofá.

—Eres tan bella, tan bella, mi preciosa muñeca sin mente… — solía repetir una y otra vez.

Le gustaba enredar los dedos en el largo cabello negro de Silvia y besarla de una forma que resultaba más sucia que ardiente, mientras con la otra mano le arrebataba el camisón.

Qué horror. Qué asco.

En el jardín, Silvia cerró los ojos y apretó los puños, mientras la ira crecía en su interior. Giraba como un tornado, un viento tempestuoso que rebotaba de un lado a otro sin encontrar una salida.

El primer miércoles tras recuperar la consciencia, aquello la tomó tan por sorpresa que estuvo a punto de reaccionar. Casi empezó a forcejear para quitárselo de encima, arañando furiosa ese cutis que cuidaba con caros cosméticos para hombres, pero pudo controlarse. Menos mal. Bien sabía lo peligroso que hubiese sido perder esa ventaja sobre los demonios sin estar todavía preparada. Podía haberle costado la vida.

Luego, al descubrir su poder, intentó contener a Martínez sin que se diese cuenta, pero comprobó con amargura que no funcionaba con él. Por la razón que fuese, quedaba más allá de sus posibilidades.

Por eso, cuando llegaba un nuevo miércoles, no le quedaba más remedio que refugiarse en un punto oscuro, un triste simulacro del silencio y la negrura que la habían cobijado durante tanto tiempo, y tratar de ignorar lo que le sucedía a su cuerpo.

Aunque su madre, Isabel, le habló de ellos y le enseñó a distinguir a los demonios, murió antes de poder explicarle cómo combatirlos.

Pero odiaba tanto, tanto, sentirle dentro, sentirle encima… ¿Qué hacer?

De pronto, Josefina se puso en pie de un brinco, sobresaltándola. Silvia abrió los ojos y maldijo en silencio, enfadada consigo misma. Ella no era alguien normal, tenía un poder. Debía aprender a ser más cuidadosa.

Por culpa de la vorágine de emociones que le provocaba el doctor Martínez, había estado emitiendo señales, como un grifo con gotera. Uno, dos, cuatro... Los internos que había visto paseando o jugando por las cercanías se movían ahora hacia ella, llegando de todas partes. Caminaban con torpe determinación, los ojos muy abiertos, hasta detenerse a pocos pasos, donde se quedaban muy quietos, con aire reverente, como si estuviesen adorándola.

Para cuando logró reaccionar, muchos ya habían formado un gran semicírculo frente a Silvia, desde el que la contemplaban con fascinación.

No, no eran solo internos. También se había acercado uno de los celadores, Bernardo. ¿Por qué? ¿Por qué respondían a su poder esos y no otros? ¿Por qué no podía afectar a las dos enfermeras que charlaban junto a la rosaleda sin percatarse de lo que estaba ocurriendo, o incluso al propio doctor Martínez?

Sobre todo, al doctor Martínez.

Pero, no. Solo estos. Debía de haber una razón, algo que lo explicase. Silvia se adentró en sus cabezas, buscando la respuesta, fluyendo sin problema entre las aristas de sus mentes desquiciadas.

Estaba Pedrito, que vivía una infancia eterna bajo sus canas; la señora Anselma, que se pasaba el día hablando con los tres hijos que nunca tuvo; Roberto Peña, en tiempos buen abogado, hasta que su psicosis provocó más de un problema a la gente equivocada; Teresa, que subía y bajaba por el tobogán eterno de su depresión; Bernardo, el celador, que a veces no estaba seguro de vivir realmente solo; y tantos, tantos otros...

Cicatrices andantes, criaturas llenas de golpes y traumas. Seres que estaban rotos en el mundo roto.

—¿Silvia? —preguntó Josefina con esfuerzo. También había un toque de adoración en sus ojos. Josefina, luchando contra una depresión, tonteando con la idea de tirar la toalla desde la muerte de su hija—. ¿Esto es… cosa tuya…?

En lugar de responder, Silvia emitió una orden dirigida hacia el grupo. Quería que se dispersasen, cuanto antes, pero no obedecieron. No todos, al menos. Apenas dos o tres dieron media vuelta para alejarse unos metros, con expresiones aturdidas, como si no supiesen qué estaban haciendo allí. Los demás permanecieron en el mismo sitio, insistiendo en esa absurda ceremonia, y ella empezó a sudar.

Sobre todo cuando comprobó que Martínez estaba mirando en su dirección.

Silvia casi pegó un bote en el banco. ¿Se habría dado cuenta? ¿Hasta qué punto? Le costaba respirar, no podía coordinar las ideas. Viéndose desbordada, trató de impedir que su miedo se extendiera

como una marea de histeria entre los internos, pero era novata en el control de su poder y no fue lo bastante hábil.

En el semicírculo, Pedrito y Teresa empezaron a gritar a pleno pulmón, ojos y bocas muy abiertos, los puños apretados. No contentos con eso, se tiraron al suelo y se revolcaron por la hierba, llevándose las manos a la cabeza para arrancarse mechones de cabello con auténtico salvajismo.

Eso quebró por completo el aura de fascinación que había unido al grupo y se oyeron más gritos. Varias enfermeras acudieron corriendo a ver qué pasaba. Bernardo, el celador, parpadeó confuso y se unió a los que intentaban echar una mano. Martínez no tardó tampoco en llegar, dando órdenes. En el San Simón estaban acostumbrados a enfrentar esa clase de situaciones con rapidez y eficacia, así que, en pocos minutos, los afectados por la extraña crisis de nervios se encontraban bien sedados y eran conducidos a sus habitaciones.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Martínez.

Josefina titubeó mientras se cruzaba mejor la chaqueta. Había empezado a hacer frío. Silvia sabía por qué: los ojos turbios del psiquiatra habían conjurado un viento helado que arrastraba las hojas muertas por los senderos de tierra apisonada que recorrían el jardín.

—Nada grave, doctor. Creo que discutieron por algo de un juego —Josefina se volvió hacia las otras enfermeras—. Eso me pareció, ¿no?

Sus compañeras no pudieron aportar gran cosa, nadie sabía qué contestar. Y, en definitiva, no era una cuestión importante, porque tampoco había sucedido algo tan inusual para un lugar como ese.

Pero Martínez había sido testigo de la extraña ceremonia, y miró hacia Silvia con un atisbo de sospecha. Ella trató por todos los medios de fingir que era la misma muñeca perfecta y vacía de siempre, pero temía perder el control en cualquier momento.

Por fortuna, Josefina dijo que había refrescado demasiado, la cogió del brazo y tiró de ella con suavidad para conducirla de vuelta hacia el edificio. Silvia contuvo la respiración hasta estar segura de que Martínez no hacía nada por impedirlo. Aun así, le costó mantener el paso lento e inseguro de siempre mientras se alejaban, doblegando el deseo de echar a correr y no detenerse jamás.

Se sentía tan asustada…

Tenía la intención de esconderse en su habitación el resto del día, meterse en la cama y mirar el techo intentando no pensar en nada, pero Josefina no estaba dispuesta a permitirlo. Su única concesión fue esperar a encontrarse lo bastante lejos como para que nadie más que Silvia la oyera.

—No sé qué has hecho, pero me consta que has sido tú y debes ocultarlo —empezó—. Sobre todo ante el director, Silvia, ten cuidado. Creo que sospecha algo. —Pensó durante tanto tiempo cómo continuar que ya casi habían llegado a su habitación, en el segundo piso, cuando añadió: —El doctor Martínez conserva algunos objetos personales encontrados en el dormitorio de tu madre. Me han dicho que incluso hay un diario. Quizá… —Comprobó que estaban solas en el pasillo, pero aun así bajó la voz—. He pensado que podría ser de mucha ayuda. Cabe la posibilidad de que contenga alguna información importante, algo que nos aclare qué ha pasado hoy y lo que te ocurrió hace años. Intentaré conseguirlo. ¿Te gustaría?

Silvia no contestó. Eso no le importaba, pero agradecía su preocupación, su evidente deseo de verla curada. Pobre ángel, se había ganado de sobras su cariño. Con ella se sentía segura, se sentía bien, incluso en el mundo roto.

Casi, casi, estaba decidida a compartir con ella su secreto. Lo meditó esa noche, mientras Josefina buscaba por todas partes sus zapatillas, hasta encontrarlas en el hueco del armario en el que Silvia las había escondido, porque prefería caminar descalza.

Reflexionó sobre ello mientras le cepillaba cien veces el pelo, y cuando la arropó y la besó en la frente, antes de apagar la luz. Se decidió a ello mientras cerraba los ojos y se sumía en el sueño.

Lo haría por la mañana, lo haría sin falta…


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